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El color de los sentimientos — capítulo 2

POV****Inés

Entramos en casa charlando animadamente. Marta me estaba contando lo impresionado que se había quedado el señor Roberto al ver cómo resolvía las ecuaciones sin ningún fallo.

-Gracias, hermanita, eres la mejor -me dijo, besándome en la mejilla.

-Ya lo sé -bromeé, sonriendo.

Entonces, chocamos con Javier, que avanzaba apresuradamente en nuestra dirección.

-¡Hey! A buenas horas llegamos, ¿no? -preguntó, divertido. Me tomé unos segundos para observarle.

Había crecido mucho en los últimos años. Estaba más alto y más fuerte, puesto que su apariencia enclenque se había perdido en el transcurso de los meses. Su pelo castaño seguía sin haberse adaptado a un único color, y sus ojos verdes relucían como nunca antes lo habían hecho. Era feliz. Y eso se le notaba.

-Ya sabes, Inés, que siempre sale la última y me toca esperarla… -dijo Marta, moviendo la mano con dejadez.

-¡Oye! ¡Vaya morro que tienes! -le reproché, abriendo mucho los ojos, mientras nuestro hermano se reía.

-Anda, Inesita, que malota te nos estás volviendo -dijo, risueño-. Bueno, me voy, he quedado. Os he dejado macarrones recién hechos en la mesa y….

-¿Vas a ver a Noelia? -interrumpió Marta, con una sonrisa pícara.

-¡No seas cotilla! -susurré, pero Javi sonrió y asintió. Dio media vuelta y ya echaba a correr escaleras abajo cuando le pregunté:- ¿Y papá?

Él se encogió de hombros y prosiguió su camino. Mientras, Marta ya había entrado en la cocina y atacaba los macarrones. Cerré la puerta, sonriendo, y corrí a tratar de hacerme con algo de comida antes de que mi querida hermanita la volatizara toda.

Al día siguiente, Marta y yo cogimos el autobús al final de nuestra calle y fuimos juntas al instituto, como siempre. Charlábamos de esto y de lo otro, distraídas. Entonces, un chico se situó delante de nosotras, con los brazos cruzados sobre el pecho y una gran sonrisa socarrona en los labios.

-Hola. ¿Sois las hermanas de Javier? -preguntó. Me volví hacia él para observarle bien. Era pelirrojo y más bien alto. Bajo la ropa se adivinaba un cuerpo delgado pero fuerte. Sus ojos eran de color pardo, ese tono indefinido entre el marrón y el verde.

-Sí. ¿Y tú eres…? -dijo Marta.

-Guillermo. Soy hermano de Miguel, amigo de Javier -respondió el con una gran sonrisa-. Ayer Miguel me dijo que Javi tenía dos hermanas de mi edad, que eran gemelas y que estudiaban en mi mismo curso. De ahí que viniera a preguntar.

-Pues has acertado. Yo soy Inés, encantada -le saludé, divertida.

-Marta. Mucho gusto -rio mi hermana. De repente, abrió los ojos y exclamó- ¡Oye, pero si yo tengo dos clases contigo! ¿No vas a Psicología y a Historia con el grupo B?

-Sí. Ya sé que vamos a dos clases juntos. También voy a Biología con Inés. Lo que pasa es que no sabía que erais hermanas de Javier -respondió Guillermo, sin dejar de sonreír.

-Pues ya lo sabes -dije yo. Él me miró, tranquilo y risueño, y entonces un grito detrás de él hizo que se girara.

-¡Eh, Guille! ¡Corre, ven, escucha lo que está contando Rafa! -decía un chaval sentado más adelante.

-¡Voy! Bueno, chicas, un placer conoceros. Hasta luego -se despidió de nosotras. Y dando media vuelta, se fue con sus amigos.

Marta y yo seguimos hablando de un par de cosas más hasta que llegamos al instituto. Allí, nos separamos en cuanto tocó el timbre: ella tenía Lengua y Literatura, mientras que a mí me tocaba Historia.

Entré en el aula y me senté en una mesa pegada a las ventanas, las cuales daban al jardín de detrás del instituto. Me encantaban aquellas vistas, era fabuloso perderse en el vivo colorido que ofrecía la mañana perezosa…

Julián entró en la clase, pidiendo silencio. En historia, al igual que en muchas otras asignaturas, me había tocado el mismo profesor que a mi hermano Javier, quien me había hablado mucho de ellos, por lo que pisaba terreno conocido.

De Julián siempre me había dicho que era un hombre bonachón que aparentaba más años de los que realmente tenía, y que era muy dado a pedir trabajos en parejas. De hecho, según lo que nos había contado el último día, hoy se elegían los grupos para el nuevo proyecto. Empezó a decir números al azar, y los alumnos a los que correspondían las cifras se levantaban y se volvían a sentar con su consecuente pareja.

-El 14 y el 19 -dijo. Yo, el 14, me puse en pie, y miré a mi alrededor en busca de mi nuevo compañero. Vi que se levantaba un chico con el que nunca había hablado y cuyo nombre desconocía: el típico muchacho que pasaba totalmente desapercibido en clase. Él me dirigió una mirada serena, y cogiendo su mochila vino a sentarse a mi lado.

-Hola -saludé mientras el profesor Julián seguía con su lista de números-. Me llamo Inés. ¿Y tú?

-Nicolás -respondió, mirándome por primera vez a los ojos. Hablaba con voz suave y modulada. Era un chico ni muy alto ni muy bajo, aunque más bien delgado. Pelo castaño oscuro, ojos color miel. Sus pómulos, así como el puente de la nariz, estaban sembrados de pequeñas pecas rojizas, lo que le daba un aspecto aniñado. Desprendía un aura de tranquilidad y sinceridad que me conmovió un tanto. Me cayó bien desde el principio. Le sonreí, y él me devolvió la sonrisa, despacio. Sus movimientos y gestos parecían tan premeditados que resultaba extraño, pero a la vez reconfortante. Pensé que sería agradable hacer el proyecto con él.

-Este es un trabajo que siempre pido para la primera evaluación, en todos los cursos -dijo Julián entonces, consiguiendo que mi nuevo compañero y yo mirásemos hacia adelante-. Quiero que elijáis una civilización desparecida y hagáis un estudio sobre ella: costumbres, enemigos, acuerdos, época y lugar de existencia, causa de su desaparición… Todo lo que podáis encontrar. Queda prohibido copiar y pegar de Internet, y recordad que gran parte de vuestra nota se basará en este trabajo. Tenéis un mes para hacerlo. Y ahora, dedicad el resto de la clase a decidir la civilización que investigaréis.

Miré a Nicolás y él me devolvió la mirada. Los murmullos se habían extendido por la clase a toda velocidad, similares al zumbido de decenas de abejas.

-¿De qué civilización te gustaría hacer el trabajo? -me preguntó.

-Mmmm… No sé. ¿Y a ti?

Nicolás frunció el ceño, pensativo. Finalmente, dijo:

-¿Qué tal los mayas? Encuentro fascinante sus teorías sobre los calendarios limitados y el fin del mundo.

-Me parece muy bien -respondí con una sonrisa. Me gustaba su forma de hablar.

Dicho y hecho, dedicamos los últimos minutos de clase a repartirnos el trabajo. Hablamos un buen rato, y con cada palabra que decía me caía un poco mejor.

Tal vez, con aquel proyecto me acabase ganando un nuevo amigo.