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El color de los sentimientos — capítulo 3
POV****Marta
Primera clase: Lengua y Literatura. Una de mis asignaturas favoritas. Esa sí que era una gran forma de comenzar el día: con una amena charla sobre algún libro. Hoy tocaba comprensión lectora y debate… ¿Qué libro elegiría nuestra profesora, Lourdes?
-Bueno, clase, como sabéis, hoy leeremos un libro y lo comentaremos ordenadamente a lo largo de la semana. El libro que he elegido es…
Sin embargo, no pude saber el título porque alguien picó en la puerta, la cual se abrió dando paso al conserje tras un "Adelante" de nuestra profesora. El bedel se llamaba Luis, si no me fallaba la memoria… Era un hombre delgado y bajo, con el pelo moreno y rostro afable, que siempre rondaba alrededor de Conserjería con su traje negro impecable regalando sonrisas a los alumnos. No obstante, en ese momento no parecía especialmente contento.
-Lourdes… ¿Te importa si te interrumpo un momento? Solo me llevará un segundo, lo prometo -dijo, con un tono algo agrio. Parecía disgustado.
-Claro, adelante -concedió Lourdes, parpadeando. Luis, aún desde el umbral de la puerta, paseó la mirada por la clase, observándonos como si se compadeciese de nosotros. Entonces, suspiró, hastiado, y dijo:
-Chicos, tenéis un nuevo compañero de clase. Él… eh… Pero, ¿dónde se ha metido este chico? -preguntó, más para sí mismo que para nosotros, mientras miraba hacia detrás. Después, fijó sus ojos en algún lugar del pasillo-. ¡Eh, tú! Vuelve aquí, no creas que vas a escaquearte -supuse que el chico le habría hecho caso, porque Luis nos miró de nuevo y explicó rápidamente, como para quitarse el asunto de encima:-. Mirad, el caso es que su tutor no lo quiere en su clase porque ha tenido ciertos… incidentes… con algunos de sus compañeros, con los que no llegó a congeniar del todo. Así que se ha pedido que le trasladen de clase, por lo que a partir de ahora, será vuestro nuevo compañero.
Y dicho esto, se despidió de Lourdes con un gesto de cabeza y se fue, dejando el campo de visión libre. Nuestro "nuevo compañero" avanzó hasta quedar apoyado en el umbral de la puerta, masticando chicle descaradamente. Su mochila colgaba de uno de sus hombros, y por el poco volumen que presentaba se veía que ahí no había todos los libros que debería haber. Sentí cómo algo me golpeaba en la base del estómago.
Pelo negro, ojos color tormenta…
"No", pensé, casi con desesperación. "Él, no".
Pero parecía ser que sí. Ese chico con el que había tropezado el día anterior iba a estar en mi clase desde ese momento. Apreté con fuerza los dientes, molesta. ¿Por qué me importaba tanto? Vale, cierto, no quería meterme en líos por culpa de aquel idiota, pero bastaría con que me mantuviese lejos de él… ¿no?
-Mmm… Bien… ¿Y tu nombre es…? -comenzó Lourdes, frunciendo el ceño. Si el tutor de aquel chico había pedido un traslado, eso significaba que ese era el típico adolescente problemático, y su actitud por el momento no hacía nada para borrar esa etiqueta.
El chico se enderezó y miró a la profesora con una sonrisa socarrona, divertido.
-Sergio -dijo, con voz clara y firme. Algo se agitó en mi pecho. Así que Sergio, ¿eh…?
-Eh… Bien, Sergio… Elige donde sentarte, por favor, pero date prisa. No tenemos todo el día- le ordenó la profesora, que empezaba a ponerse de los nervios. Odiaba perder su precioso tiempo.
Sergio cerró la puerta tras de sí y dirigió una mirada altiva y despectiva a los alumnos del aula, en busca de un lugar donde sentarse. En clase no éramos muchos y había bastantes sitios libres, así que yo no sabía por qué demonios se demoraba tanto…
Entonces, sus ojos se clavaron en los míos. Me estremecí al verle sonreír torvamente cuando me reconoció.
No iría a ponerse en el sitio que había a mi lado, ¿verdad? Pero si me quedaba la menor duda, esta se extinguió como una cerilla bajo el mar al ver cómo caminaba tranquilamente hasta sentarse en la mesa que estaba pegada a la mía.
Estupendo.
-¿Qué tal, media neurona? -susurró mirando al frente, aún sonriendo y en voz lo suficientemente baja como para que Lourdes no le oyese.
-Mal. Un idiota está contaminando el aire con su presencia a escasos centímetros de mí -repliqué, cortante. Mi ira no hizo más que inflarse cuando oí cómo reía entre dientes. Sin mirarme todavía, comentó con tono burlón:
-Uhhhh, no deberías ser tan desagradable con tu nuevo compañero, ¿sabes?
Quise replicar, pero Lourdes nos dirigió una mirada de advertencia, y me tragué la larga oleada de insultos que acudían a mi lengua raudos y venenosos como cianuro. Traté de relajarme escuchando a la profesora.
-Como decía antes de la llegada de Sergio, hoy vamos a tratar un libro llamado Amor -explicó, repartiendo ejemplares para cada dos personas. Y como no podía ser de otra manera, a mí me tocó compartirlo con Sergio, que miró el libro como quien contempla una araña salir de debajo de su almohada-. Es una recopilación de poemas de Pablo Neruda, Pedro Salinas y Federico García Lorca, que…
-¿Poesía? -la interrumpió Sergio, horrorizado.
-Sí, Sergio, poesía. ¿Tienes algún problema con eso? -interrogó Lourdes, deteniendo su reparto para mirar ceñuda al chico.
-¡Por supuesto que tengo un problema! No pienso leer poesía. Eso es para nenazas. Yo paso -respondió él descaradamente y columpiándose en la silla, manteniendo el equilibrio sobre dos patas. Bufé, indignada. Por suerte, la profesora respondió por mí:
-La poesía es una forma de arte, Sergio, y harías bien en apreciarla. De todas formas, esta es mi clase, y te guste o no tienes que hacer lo que yo te diga. No me hagas empezar el día poniéndote una amonestación -le advirtió, pero él, sin cortarse un pelo, replicó:
-Y dos y tres, si quieres. Por mí como si me expulsas del instituto. Pero no pienso leer esta mierda.
-¡Sergio! ¡Siéntate bien ahora mismo y ponte a hacer lo que yo te diga o llamaré a la directora y hablaremos muy seriamente con tus padres! Si sigues a este ritmo, la expulsión parecerá un juego en comparación con la sanción que te puede caer.
Pensé que él respondería mal de nuevo, pero tras mirar con los ojos entrecerrados a la profesora durante unos segundos, Sergio dejó caer las dos patas de la silla que se hallaban en el aire y se volvió de nuevo hacia delante.
Cuando Lourdes terminó de repartir los libros, se colocó al frente de la clase con un ejemplar y dijo:
-Abridlo por la página diez. Empezaremos con "Si mis manos pudieran deshojar", de Lorca. Natalia, empieza a leer.
Una chica alta y morena colocó bien el libro entre su compañero y ella y comenzó a recitar el poema con voz suave mientras los demás seguíamos la lectura desde nuestros libros:
-"Yo pronuncio tu nombre // En las noches oscuras // Cuando vienen los astros // A beber a la luna // Y duermen los ramajes // De las frondas ocultas. // Y yo me siento hueco // De pasión y de música. // Loco reloj que canta // Muertas horas antiguas…
-Menuda sarta de gilipolleces… -susurró Sergio a mi lado, frunciendo el ceño. Chasqueé la lengua, molesta.
-El único gilipollas eres tú, que ni te molestas en intentar comprender la poesía. Si lo hicieses, descubrirías que es más que un montón de palabras juntas -siseé, apretando los puños. Él me miró de una forma extraña, y yo esperé a que empezara a burlarse de mí. Sin embargo, no lo hizo. Se limitó a observarme con expresión inescrutable, mientras las palabras de Lorca jugaban a ser la música de fondo.
Me permití el lujo de perderme momentáneamente en aquellos ojos tormentosos que parecían poseer todas las nubes y mareas del universo danzando en constante movimiento en su interior.
-¿Tan irresistible te resulto que eres incapaz de apartar la mirada de mí? -me preguntó en voz baja, esbozando una de sus sonrisas socarronas y haciéndome volver a la realidad. Sentí cómo me ardían las mejillas, pero me contuve lo mejor que pude y respondí, sonriendo con sorna:
-No, claro que no. Simplemente te estaba dando la oportunidad de contemplarme bien, porque sé que nunca encontrarás a ninguna chica tan guapa como yo y soy consciente de que puedes caer en una depresión por esto.
-¿Ah, sí? Pues si tú eres la chica más guapa del mundo, creo que me plantearé seriamente la homosexualidad -respondió, devolviéndome la pelota y conteniendo la risa. Abrí la boca para decirle lo que se me estaba pasando por la cabeza en ese momento, pero antes de que cometiera ese claro suicidio Lourdes me mandó a mí leer.
Le dirigí una mirada de profundo odio a aquel idiota sideral y empecé a recitar.