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El color de los sentimientos — capítulo 4
POV****Inés
El timbre sonó, indicando el final de las clases. Vacié la mesa y salí fuera. El frío se pegaba a las paredes del instituto, y los primeros colores del otoño abrazaban el aire. Tonos marrones, rojos, ocres, naranjas y amarillos, aluviones de matices cubriendo cada centímetro del paisaje. Me gustaba el otoño, con sus brisas frías y sus hojas crujientes, con sus paseos entre el follaje caído y sus noches repentinas.
Me senté en un banco cercano a la puerta principal y aguardé a que mi hermana saliese. Sabía que tardaría. Siempre tardaba. Cerré los ojos, me recosté hacia atrás y me quedé inmóvil, escuchando sin oír los ruidos juveniles que me rodeaban.
Relajándome.
-Mmmm… ¿Inés? -dijo una voz suave a mi lado. Abrí los ojos y me encontré con el rostro de un curioso Nicolás observándome, con el pelo revuelto por la brisa y el exánime cielo blanco enmarcando su cabeza.
-Ah, hola, Nicolás -saludé, enderezándome para mirarle de frente. Él ladeó la cabeza y dijo:
-Me preguntaba si te parecería bien que nos viésemos algún día después de clase. Para avanzar con el trabajo -añadió alzando una ceja al ver mi cara de perplejidad.
-Ah, el trabajo… Sí, claro, es una gran idea. ¿Quieres venir a mi casa… mañana, por ejemplo?
Nicolás negó y respondió:
-Preferiría que vinieses tú a la mía. Vivo aquí al lado, y mis padres trabajan todo el día, así que no habría ningún problema en que vinieses a comer. De esa forma, dispondríamos de más tiempo porque no lo perderíamos con viajes -propuso. Estuve a punto de negarme, pero me mordí la lengua justo a tiempo. Al fin y al cabo, tenía razón.
-Vale, le pediré permiso a mi padre… ¿Seguro que a los tuyos no les importa que vaya a comer a tu casa?
-No.
-Bien… ¿Me pasas tu número? Te llamaré para confirmar que me da permiso…
Estaba apuntando el teléfono de Nicolás en el dorso de mi mano cuando Marta llegó dando saltos y se sentó a mi lado.
-Hola -saludó a mi compañero, y él hizo un gesto como respuesta. No me sorprendió, pues a esas alturas ya había descubierto que Nicolás hablaba solo lo imprescindible. Terminé de apuntar el número y él se fue.
-Qué chico más raro, ¿no? -observó Marta, mirando cómo se alejaba. Yo me encogí de hombros. Un poco raro sí que era, pero en el fondo a mí me caía bien.
-¡Eh, media neurona! -gritó una voz masculina desde la puerta del instituto. Me volví y descubrí a un chico moreno de ojos grises que caminaba hacia nosotros con chulería, seguido de cerca por un par de chicas que no paraban de soltar risitas estúpidas. Me quedé quieta, sorprendida, cuando oí a Marta musitar:
-Genial, otra vez él.
Me fijé mejor en el chico y descubrí que era el chaval con el que mi hermana había discutido el día anterior. Mal asunto. Llegó hasta nosotras y, sin mirarme siquiera, se dirigió a Marta:
-Oye, tú, dice mi nuevo tutor que me pases vuestro horario -ordenó despectivamente. Las dos chicas de detrás seguían observándolo como si tuviesen delante al mismísimo Zeus.
-Primero, no eres nadie para hablarme de esa forma, así que relaja el tono. Segundo, ¿para qué demonios quieres tú el horario, si no vas a traer los libros correspondientes ni un día? -respondió mi hermana, frunciendo el ceño. Parpadeé, atónita. ¿Es que aquel chico estaba en clase de Marta?
Él sonrió torvamente y dijo, metiendo las manos en los bolsillos:
-La verdad es que yo no lo quiero para nada, pero me apetece incordiarte un poco. Además, no querrás que le diga al tutor que te has negado a darme el horario, ¿verdad?
Marta apretó los dientes, abrió su mochila y sacó una hoja de un portafolios.
-Ten, siempre traigo una copia -gruñó. El chico la cogió, sin dejar de sonreír, y la dobló descuidadamente para metérsela en el bolsillo.
-Gracias, media neurona -se burló, mientras las dos arpías de detrás reían. Marta se puso en pie de un salto y, mirándolo con auténtico fuego en los ojos, gritó:
-¡Deja de llamarme así!
Él avanzó un paso hasta Marta, de forma que sus rostros quedaron a escasos centímetros. No borraba de su cara su expresión desafiante y divertida.
-Me-dia-neu-ro-na -susurró despacio y provocadoramente, separando las palabras en sílabas como si hablase con alguien corto de entendederas. Si las miradas matasen, el chico habría caído fulminado en ese mismo instante, porque Marta le taladraba con los ojos. Parecía que quisiese estrellar el puño en la cara del chaval, lo cual no me extrañaba lo más mínimo, pero no debía permitirlo. Me acerqué a ella por detrás y la rodeé con mis brazos, apartándola de él.
-Déjalo, Marta, por favor -le pedí.
-Eso, haz caso de tu… ¿gemela? No es buena idea meterse conmigo -bravuconeó el chico. Marta pataleó entre mis brazos, tratando de zafarse de mi agarre.
-¡Suéltame! ¡Pienso darle una buena patada a ese estúpido, engreído y…!
Pero no llegué a saber qué otros adjetivos tenía Marta para el chico porque el autobús se detuvo junto a nosotros. Tiré de mi hermana en dirección al vehículo, pero ella no dejaba de protestar y retorcerse, mientras él reía y se despedía con la mano, burlón.
Me costó bastante hacer que Marta entrase en el autobús, y cuando lo logré y conseguí que se tranquilizase, me explicó lo del traslado de ese chico, Sergio.
-Pues qué mal, ¿no? -musité, preocupada. Si ya se habían peleado dos veces en dos días, ¿qué nos esperaba en el resto del curso?
-¿Mal? ¿MAL? ¡Es lo peor que podría haberme pasado! Hoy he tenido tres clases con él, Inés. Tres. Y en todas ellas se empeñó en sentarse a mi lado. No dejó de hacer el estúpido ni un segundo. Es un idiota, arrogante, imbécil, degenerado, chulo…
-¡Buff! Espero que no estéis hablando de mí… -dijo una voz divertida, interrumpiendo el discurso de Marta. Guillermo se apoyaba en el respaldo del sillón que teníamos delante, sonriente.
-No, tranquilo -le respondí.
-Pues menos mal, aunque compadezco al pobre diablo a quien tenéis en tanta consideración… -comentó, y Marta y yo reímos.
-No te compadezcas, es un estúpido integral -dijo mi hermana, y Guille se mordió el labio inferior, relajado.
-Bueno, como tú digas. ¿Qué tal vuestro día, hermanas de Javier? -preguntó, a lo que yo respondí:
-Tenemos nombre propio, ¿sabes?
-Qué guay, yo también. Tenemos muchas cosas en común, ¿no? -dijo, haciéndose el despreocupado. Puse los ojos en blanco, suspirando.
De pronto, alguien empezó a cantar una canción desde la parte delantera del autobús. Nos callamos para oírle, y descubrimos así una letra estúpida y obscena que no tardó en ser coreada por varios alumnos más. El resto empezamos a aplaudir, haciendo el ritmo de la canción, ante la indignación del conductor, que comenzó a gritar pidiendo silencio.
Sin embargo, los causantes principales del alboroto pasaron por alto sus palabras y siguieron cantando. Marta, Guillermo y yo reíamos, aún dando palmas. Observé de reojo a mi hermana. Quien quiera que fuese el que había empezado ese ridículo espectáculo había logrado distraer a Marta de su odio hacia Sergio.
Y eso solo significaba una cosa: paz y tranquilidad provisionales.