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El color de los sentimientos — capítulo 5

POV****Marta

Al día siguiente, en el autobús, Inés y yo nos sentamos juntas, como de costumbre. Mi hermana me dijo que ese día no comería con nosotros. Iría a casa del chico aquel con el que había estado hablando el día anterior. A mí me parecía bien, aunque la echaría de menos, todo el día sin saber casi nada de ella.

Mientras me contaba lo del trabajo sobre los mayas, la voz de Guillermo nos llamó desde detrás. Inés y yo nos volvimos para encontrarnos con la cara del sonriente pelirrojo.

-Hola, chicas. ¿Qué tal? Veréis, quería presentaros a un amigo mío -dijo, señalando con la cabeza al chico que se sentaba a su lado, un muchacho moreno de tez pálida-. Este es Rafael. Rafa, ellas son las gemelas de las que te hablé. Son… Bueno, una es Inés y otra Marta, aunque no estoy muy seguro de cual es cual… -terminó, frunciendo el ceño y logrando que nosotras riéramos.

-Hola, Inés, hola Marta -saludó Rafael, mirándonos varias veces a las dos, risueño.

-Hola -respondimos al unísono, y volvimos a reír. Nos divertía mucho que nos confundieran así.

Seguimos hablando con Guillermo y Rafael lo que quedaba de trayecto, y cuando llegamos al instituto, me despedí del moreno y de Inés, pero no del hermano de Miguel, pues tenía Historia con él a primera.

Fuimos juntos a clase. Guillermo charlaba animadamente sobre los grupos de música rock que le gustaban. Yo no podía parar de reír ante sus comentarios sobre el aspecto de los componentes de ACDC, mientras él proseguía con toda la seriedad del mundo haciendo comparaciones estrambóticas entre esos rockeros y ciertos animales.

Al llegar a la clase, ambos nos dirigimos hacia dos mesas libres que había no muy lejos de la puerta. Me senté en una de ellas, pero justo cuando Guille iba a ponerse en la de al lado, una mano se estrelló sobre la mesa. Alzamos la mirada y nos encontramos con Sergio, que observaba ceñudo a Guillermo.

-Este es mi sitio -declaró con tono amenazador.

-No veo que lleve tu nombre -respondió Guille con calma.

-Mis cosas no necesitan llevar mi nombre para ser mías -replicó Sergio. Vi que Guillermo iba a contraatacar, pero intervine con un susurro:

-Déjalo, Guille, vámonos a otro sitio -él asintió, pero cuando ya me estaba levantando el profesor entró por la puerta.

-Tú, siéntate, ya -le dijo a Guillermo, que tras dirigirme una mirada triste se alejó hacia otra mesa, varios sitios más atrás. Y yo tuve que quedarme con aquel idiota que sonreía triunfal mientras se balanceaba sobre su silla.

-Qué penita, no he dejado que tu novio se siente contigo, a ver si se va a poner celoso… -comentó con sorna por lo bajo.

-Guillermo no es mi novio, Sergio, pero si así fuera, no veo por qué debería ponerse celoso de una rata de alcantarilla como tú. Por cierto, yo de ti no me columpiaría así en la silla.

-¿Por qué? -quiso saber, sonriendo.

-Porque el hecho de que estés manteniendo el equilibrio sobre una sola pata de la silla hace que me den ganas de pegarle una buena patada, a ver si te caes y te rompes la cabeza. No es que fuese a importarme mucho, no se echaría a perder nada importante, pero a ver quién limpia luego la sangre -expliqué con una sonrisa inocente, tras lo que saqué el libro de historia mirando al profesor. Por desgracia, a mí no me había tocado Julián, sino uno con un poco más de mala leche, por lo que lo mejor sería atender. Pero claro, con Sergio al lado, eso era misión imposible.

Él dejó caer la silla sobre el suelo, sentándose correctamente, se inclinó despacio hacia mí y me susurró al oído:

-Pero qué malota. ¿No se supone que las chicas no sois nada agresivas y os limitáis a esconderos detrás de los chicos para que os protejan?

Sonreí con cinismo y respondí sin mirarle:

-No sé qué clase de chicas conoces, pero en lo que a mí respecta, prefiero sacar mi basura yo solita y sin la ayuda de nadie.

Esperé a su respuesta, pero esta no llegaba. Le observé de reojo, y descubrí que estaba mirando al profesor. Podría haber pensado que no me había oído, pero sabía que eso no era así por la sonrisilla de suficiencia que adornaba su rostro. Suspiré y me dediqué yo también a atender.

La clase se me hizo más corta de lo que había supuesto en un principio, porque Sergio se abstuvo de hacer ningún comentario más. Cuando tocó el timbre, Guillermo se acercó a mi mesa y murmuró:

-Nos vemos luego, Marta -dirigió una mirada asesina al moreno y se fue. Yo recogí mis cosas con calma. Ahora tocaba Educación Física. Y, cómo no, Sergio estaba también en esa clase.

Eché a andar hacia el gimnasio. No necesitaba cambiarme porque ya había ido con el chándal puesto, así que disponía de unos cinco minutos de tranquilidad hasta que los demás salieran de los vestuarios. Pero por lo visto, Sergio tampoco tenía que cambiarse.

Dos chicas, una rubia de bote con mechas castañas y otra morena, se acercaron a él. Sergio se apoyó en la pared del gimnasio, destilando chulería y altivez por cada poro de su piel, y sonrió a las chicas. Ellas se le acercaban más de lo que debía estar moralmente permitido, toqueteando la chaqueta del chándal del chico y jugueteando con su pelo. Sergio se lo permitía, tranquilo y relajado.

Me di la vuelta para no vomitar. Tenía ganas de gritarles que se fuesen a un baño o a la calle, pero me mordí la lengua a tiempo. Lo mejor sería ignorarles y no meterme. Dejé la mochila en una esquina del gimnasio y esperé a que llegase el profesor.

Cuando entró por la puerta, suspiré, pensando con alivio que en su presencia esas dos chicas se cortarían un poco. Nada más lejos de la realidad. Siguieron tonteando con Sergio como si no hubiese un profesor delante.

Este se limitó a ignorarles, y se dirigió al resto de la clase, que le rodeábamos con nuestros chándales puestos.

El profesor de Educación Física, Carlos, era un hombre joven y castaño, con la piel morena y los ojos color canela. Rondaría los veintisiete años, y yo sabía de más de una chica que erraba en los tiros de balón por estar distraída mirándole.

Sí, era guapo, pero yo no lo veía de la misma forma que las demás. ¡Por favor, pero si era nuestro profesor! Prácticamente nos doblaba la edad.

En ese momento, Carlos nos miró y nos dijo:

-Bueno, chicos, hoy vamos a trabajar un poco de manejo del balón: practicaremos pases de pies, de manos, de cabeza… Ah, sí, y lo haremos por parejas. Elegid vosotros.

Rápidamente se armó un gran revuelo. Yo me quedé quieta, observando, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Me daba igual con quién ponerme, así que esperaría a que la mayoría tuviesen pareja y se lo propondría a alguno de los que quedasen.

Entonces, unos gritos llamaron mi atención. Las dos chicas que antes habían estado tonteando con Sergio se chillaban toda clase de insultos la una a la otra, mientras el moreno las observaba con calma y algo de diversión.

-¡Yo me pondré con él! -gritó la rubia.

-¡Eso es lo que tú te crees! ¡Seré yo la que se ponga con él! -replicó la morena, también a voces.

Siguieron así unos segundos hasta que, finalmente, el asunto llegó a las manos. Carlos intervino cuando ambas empezaron a tirarse del pelo y chillar como locas.

-¡Ya está bien! ¡Separaos ahora mismo! -ordenó, distanciándolas él mismo-. Parecéis crías de Primaria, ¡ninguna se pondrá con él! Tú, con Juan. Y tú, con Elena -prosiguió, asignando el puesto de compañeros de esas chicas a los desafortunados susodichos. Después, añadió señalando a Sergio-. Y tú ponte con esta chica de aquí… ¿Te llamabas Marta, no?

Me giré de golpe para afirmar lo que ya sabía: Carlos estaba hablando conmigo. Asentí, despacio, apretando los dientes. Genial.

El profesor dio media vuelta y se fue a coger los balones, llevándose consigo a un par de estudiantes para que le ayudasen.

Entonces, y reprimiendo un escalofrío, oí una voz susurrándome al oído:

-Vaya, vaya, así que me tengo que poner contigo… Creo que esta va a ser una clase muy divertida.