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El color de los sentimientos — capítulo 6
POV****Inés
La primera clase del día había sido Psicología. Habíamos tenido una lección teórica y realizamos varios ejercicios. A segunda, me tocaba Biología. Es decir, que vería a Guillermo. Me dirigí al aula con una sonrisa. Aquel chico me caía muy bien.
Cuando llegué a la clase correspondiente, descubrí al pelirrojo apoyado en el marco de la puerta, charlando distendidamente con Rafael. Al acercarme, ellos interrumpieron su conversación para mirarme.
—Hola —saludó Guillermo, feliz.
—Hola —le imité.
—Bueno, pues yo tengo que irme, que tengo Matemáticas con el señor Roberto y lo último que necesito es que me eche la bronca otra vez —se despidió Rafael, dándole una palmadita amistosa en el hombro a Guillermo y sonriéndome al pasar por mi lado.
Cuando se fue, Guille y yo entramos en clase y nos sentamos juntos. La profesora de Biología, Aida, aún no había llegado, por lo que había cierto revuelo en el aula.
—Oye, ¿quién es ese chico moreno tan borde de clase de Marta? —me preguntó el pelirrojo. Supe a quien se refería sin necesidad de más detalles.
—Se llama Sergio, y es un idiota. ¿Recuerdas que ayer, en el autobús, Marta estaba insultando a un chico? Hablaba de él. ¿Por qué lo preguntas? ¿Le conoces?
—Lo he conocido hoy. Iba a sentarme con tu hermana y me ha echado. Dile a Marta que tenga cuidado con él, es un caradura, un arrogante, un descarado y un maleante —gruñó. Sacudí la cabeza, sonriendo.
—No creo que sea necesario decirle a Marta que tenga cuidado. Sabe defenderse ella solita. De hecho, si yo fuera Sergio, temblaría. No tiene ni idea de con quién está tratando.
Guillermo me observó, sorprendido por mi comentario, aunque después soltó una breve carcajada, tal vez imaginándose a Marta dando una paliza a Sergio o algo así.
De pronto, la puerta de clase se abrió, pero por ella no entró Aida, sino Susana, la profesora de dibujo. Supuse que se habría equivocado de aula, pues no en vano tenía fama de despistada, pero entonces se colocó al frente de la clase y dijo con su voz dulce y suave:
—Atención, chicos. Aida se encontraba indispuesta esta mañana y ha llamado para avisar de que no podrá venir a clase. Por tanto, yo cubriré su guardia. Podéis hacer lo que queráis en esta hora, excepto armar mucho jaleo.
—¿Podemos sacar los móviles? —preguntó una voz desde el fondo de la clase.
—Los móviles están prohibidos en el recinto escolar —explicó Susana con calma.
—Venga, profe, que es para hablar con los amigos por Internet, que no vamos a hacer nada malo —trató de convencerla otro chico. Susana suspiró, se encogió de hombros y respondió:
—Está bien, hacer lo que queráis. Pero no le digáis a nadie que os he dejado sacar los móviles, ¿de acuerdo?
Tras varios murmullos de aceptación por parte de los alumnos, la profesora se sentó en la mesa de Aida y comenzó a leer un libro que extrajo de su bolso. La mayoría de los estudiantes sacaron sus móviles y empezaron a sentarse en grupitos, riendo por lo bajo y soltando comentarios soeces de vez en cuando.
Guillermo y yo nos miramos. Ninguno de los dos sacamos nuestros teléfonos, y en vez de eso nos pusimos a hablar. Le pregunté cómo había conocido a Javier, a lo que él me respondió con entusiasmo. Mientras me hablaba de esa presentación, yo cogí de mi mochila una libreta y un pequeño estuche con rotuladores de colores y comencé a trazar figuras indefinidas de distintas tonalidades, sin dejar de escucharle.
Pero, de repente, Guillermo dejó de hablar y se dedicó a mirar cómo dibujaba. Mis figuras indefinidas habían ido cogiendo forma, y eran ya personas, animales y objetos. Sin embargo, no les ponía un perfil delimitado. Las manchas de color sin definir se unían librementeunas con otras, creando los pequeños dibujos.
Guillermo silbó por lo bajo con admiración, y comentó:
—Guau, Miguel me había dicho que Javier dibujaba muy bien, pero no que tú también fueses una pintora ejemplar.
Noté cómo me sonrojaba, nerviosa.
—No, bueno, yo… Me gusta pintar, pero Javi lo hace muchísimo mejor que yo… No se me da tan bien.
—¡Tonterías! ¿Tú estás viendo estos dibujos? ¡Son geniales! Me encanta la forma en la que juntas los colores, haces que todo parezca llamativo y vivo… —dijo.
—Qué profundo —reí yo, y él curvó sus labios en una sonrisa—. Me gustan los colores. Creo que la vida sería terriblemente triste y tediosa si todo estuviese en blanco y negro. A Javi le encanta dibujar a carboncillo, dice que así refleja perfectamente las emociones que emanan de aquello que pinta, pero yo prefiero hacer un buen uso del infinito abanico de posibilidades que ofrecen los colores. Cada matiz tiene su propio sentimiento, su propia historia, su propia magia, y por eso me fascinan. Al menos, yo lo veo así —añadí finalmente en un susurro, avergonzándome de pronto por la aplastante emoción que me había sumido unos segundos antes. Pero Guillermo no parecía dispuesto a burlarse de mí ni nada por el estilo. Al contrario, asintió con convicción, y dijo:
—Mi tío es un hombre un poco místico, por así decirlo, y siempre está repitiendo que cada alma y cada sentimiento tiene un color. Es lo mismo que acabas de decir tú, pero al revés. Aunque él afirma que puede ver el color de las almas de la gente…
—¿Ah, sí? Solo por esto tu tío ya me cae bien, y eso que no lo conozco —Guille sonrió—. ¿No le has preguntado nunca de qué color es tu alma? —inquirí, medio en broma, medio en serio.
—No. No se me había ocurrido —respondió, abriendo los ojos con sorpresa. Me miró y dijo, sonriendo—: ¿De qué color crees tú que es mi alma?
—Mmmm… No lo sé. ¿Roja?
—¿Es algún tipo de chiste sobre mi pelo? —quiso saber, alzando una ceja, pero yo reí y sacudí la cabeza.
—No. No es por el pelo… Aunque podría ser. Lo digo porque el rojo es, al menos para mí, el color de la amistad y el amor, y yo creo que eres un chico muy cariñoso y un buen amigo.
En ese momento, las mejillas de Guillermo se volvieron transparentes, dejando ver el color rojo intenso de su alma reflejado en su piel. Apartó la mirada, ruborizado. Yo me mordí el labio inferior y seguí dibujando.
A lo largo del resto de la clase seguimos charlando de esto y de lo otro, y yo llené cuatro páginas de mi libreta con caricaturas y dibujitos.
Finalmente, tocó el timbre.