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El color de los sentimientos — capítulo 7

POV****Marta

—Vaya, vaya, así que me tengo que poner contigo… Creo que esta va a ser una clase muy divertida.

Suspiré, hastiada. Lo último que quería era tener una clase de Educación Física con Sergio como compañero. Yo, desde luego, no le veía el lado divertido. Decidí ignorarle en la medida de lo posible.

—¿Qué pasa, princesa? ¿Te ha comido la lengua el gato? ¿O ha sido el pelirrojo estúpido de antes? —se burló, aún detrás de mí. En cuanto insultó a Guillermo, mi buen propósito de hacer como que no existía se esfumó.

—¿Tienes algún problema con el mundo? —le gruñí, dándome la vuelta a toda velocidad. Él sonrió con satisfacción al ver que por fin le prestaba atención.

—¿Yo? ¿Problemas? Para nada. ¿Y tú? ¿Tienes algún problema?

—Más que un problema, es una molestia. Una molestia morena, arrogante, ególatra, desesperante y ofensiva —respondí. Sergio movió la cabeza de un lado a otro, mirándome, con cara de estar pasándoselo muy bien.

—No eres muy amable, ¿eh? Dime, ¿esa personalidad tuya tan insultante te permite tener amigos o tu irritación se debe a que estás totalmente sola?

Me mordí la lengua, furiosa. No había dado en el blanco, pero tampoco se había salido de la diana. Lo cierto era que, desde que había comenzado el bachillerato, no me había preocupado mucho por hacer amigos.

—¿Me haces un favor? —le pregunté.

—Claro, princesa, no digas más. Esta noche estoy libre, así que por supuesto que puedes pasarte por mi casa para…

—En realidad —le interrumpí apretando los dientes— iba a pedirte que te mantuvieses tan alejado de mí como te sea posible, ¡y que me dejes en paz!

—Me pides demasiado —observó él, y si Carlos no hubiese llegado en ese momento con los balones, le habría hecho una cara nueva a aquel estúpido.

—Bien, chicos, coger un balón por cada pareja —ordenó el profesor. Sergio murmuró un rápido "Ya voy yo" y se dirigió a la caja de las pelotas. Cuando regresó, comprobé que había sido lo suficientemente rápido como para coger una de las nuevas, por lo que estaba bien hinchada y botaba perfectamente.

Una vez que todas las parejas tuvieron balón, Carlos nos mandó ponernos uno frente al otro ocupando todo el gimnasio. El ejercicio era sencillo: pases de balón con los pies.

Sergio sonrió con suficiencia y chutó en mi dirección: un tiro veloz, certero y difícil de detener. Pero, ante su mirada estupefacta, le devolví la pelota con idéntica precisión y corrección técnica. Sin embargo, él frunció el ceño, y tan pronto como el balón entró en su radio de alcance, volvió a chutar aún más fuerte, pero sin perder la perfección. Yo, tranquilamente, le devolví una vez más el tiro, igualando de nuevo su destreza. Cuando la pelota llegó ante él, lo paró pisándolo.

—¿Y eso? ¿Cómo es que te manejas tan bien con el balón? —preguntó, enarcando una ceja, claramente sorprendido. Me encogí de hombros.

—Fui un par de años a clases de fútbol —aclaré con aparente indiferencia, como quien no quiere la cosa, pese a que en el fondo sentí una extraña alegría de haberle impresionado y mi ego creció un poquito más.

Sergio emitió un gruñido por toda respuesta y me pasó de nuevo el balón, esta vez sin tantas ceremonias. Parecía frustrado por no haber podido vencerme.

Durante los siguientes diez minutos, seguimos haciendo pases, cambiando de pie y de potencia cuando Carlos lo mandaba. Y entonces llegaron los pases de manos.

Una vez más, el ejercicio era sencillo: tirarnos el balón el uno al otro sin que tocase el suelo.

Desgraciadamente, con Sergio no podía reinar la calma eternamente. Con su expresión más inocente, lanzó fuertemente la pelota contra mis pies. La esquivé justo a tiempo, pero pasó por debajo de mis piernas, así que me volví y me agaché para cogerla antes de que se escapase.

Le dirigí una mirada asesina a Sergio, que me observó imperturbable, y le pasé la pelota. Pero, de nuevo, él volvió a intentar estrellarla contra mis pies. La volví a esquivar y me di la vuelta otra vez para cogerla.

Cuando me incorporé, me giré de nuevo hacia él y dije, casi gritando:

—¿Quieres dejar de hacer el estúpido?

Él abrió mucho los ojos y se llevó una mano al pecho con dramatismo.

—¿Yo? ¡Pero si no estoy haciendo nada!

—¿Cómo que no? ¿Quieres dejar de lanzar el balón hacia abajo?

—No puedo evitarlo —respondió, poniéndose serio de pronto. Sorprendida, cuestioné:

—¿Ah, no? ¿Y por qué? —pese a mi tono de burla, por un segundo me preocupé un poco pensando que me diría que tenía algún problema en el brazo que le impedía tirar más alto o algo por el estilo. Pero entonces él sonrió socarronamente y dijo:

—Porque cuando te agachas, esos pantalones te hacen un culo fantástico. ¿Cómo iba a perdérmelo?

Sentí cómo me ardían las mejillas, me moría de la rabia y la vergüenza. Y no pude evitarlo.

Lancé el balón con todas mis fuerzas (que no eran pocas) directo a su cara de idiota… Con la mala suerte de que Carlos pasaba en ese momento por mi lado.

—¡Marta! ¿Qué te crees que es esto? ¿Una batalla campal? La idea es pasar el balón, no incrustarlo en la cara de tu compañero. No te molestes en salir hoy al recreo, lo mejor será que te quedes aquí a recoger el gimnasio.

—Pero… —balbucí, atónita, mas mi profesor me interrumpió con un tono de voz que no admitía réplica:

—De peros, nada. Ah, y olvídate también del segundo recreo: quiero verte aquí, limpiando esto hasta que el gimnasio reluzca —al ver que yo abría de nuevo la boca, me advirtió:— Una palabra más y aumentaré varios días el castigo.

Por encima del hombro de Carlos, vi a Sergio, que me sonreía burlón. La rabia latió en mi pecho como si de un segundo corazón se tratase, y no pude evitar protestar de nuevo.

—¡Pero no ha sido culpa mía! ¡Yo…!

—¡Dos semanas de castigo! ¡Esto es una clase de Educación Física, no una guerra entre alumnos, y yo soy tu profesor, no un amigo al que le puedas hablar de cualquier manera! ¡Todos los recreos en el gimnasio, y como sigas contestándome, te vas derechita al director!

Yo me quedé lívida, sintiéndome humillada e impotente, y entonces pasó algo totalmente asombroso y que tardé unos segundos en asimilar.

—Mmm… ¿profesor?

—¿Qué pasa, Sergio?

—Marta no ha tenido toda la culpa… Yo la estaba provocando, en realidad.

Parpadeé varias veces, contemplando a Sergio si poder creer lo que estaba oyendo. ¿Qué clase de broma era esa? Él, sin embargo, no me miraba a mí, sino a Carlos, y con una seriedad inverosímil pintada en el rostro.

—Ah, claro, ahora esto tiene mucho más sentido —gruñó el profesor—. En ese caso, ambos debéis ser castigados. Tú, Sergio, por alborotador, y tú, Marta, por conducta agresiva y por replicar a un profesor. De todas formas, ahora que me acuerdo, hoy tengo reunión con el equipo docente para tratar ciertos asuntos sobre un alumno algo problemático, así que no podré estar aquí en ninguno de los dos recreos, por lo que no hace falta que vengáis. Pero a partir de mañana, y hasta que os diga lo contrario, todos los recreos aquí. ¿Entendido?

—Sí, profesor —murmuré, abatida y confusa. Sergio asintió con fervor. Carlos cabeceó, conforme, y se alejó hacia el otro extremo del gimnasio. Los alumnos que nos rodeaban dejaron de mirarnos y volvieron a dedicarse a pasarse el balón con su pareja.

Sergio cogió nuestra pelota, que reposaba en el suelo junto a él, y mirándome me dijo:

—¿Qué, seguimos?

No pude más y la curiosidad me venció.

—¿Por qué has hecho eso?

—¿Por qué he hecho qué? —respondió él, tirándome el balón con mesura. Lo atrapé sin ninguna dificultad y le miré a los ojos.

—Decir que la culpa había sido tuya —aclaré, pasándole de nuevo la pelota.

—No he dicho que la culpa haya sido mía. He dicho que tú no tenías toda la culpa. Y es cierto.

—Pero, ¿por qué lo has hecho? —insistí, recogiendo de nuevo el balón que me pasaba.

—Mira que eres pesada, ¿eh? Pues porque tampoco era mi intención que te mandaran al despacho del director, y reconoce que si no llego a intervenir, a estas alturas ya estarías allí. Además —añadió sonriendo, atrapando otra vez el balón—, creo que estas próximas dos semanas pueden ser muy divertidas.

¡Hola!!! ¿Qué tal estáis? Bueno, pues aquí tenéis el capítulo con Sergio y Marta. Madre mía, qué tramará el moreno…

¿Qué os ha parecido que al final haya "defendido" a su manera a Marta? ¿Creéis que en el fondo es una buena persona o que lo ha hecho en beneficio propio?

Un besazo enorme

MA.A