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El color de los sentimientos — capítulo 8

POV****Inés

Cuando el timbre de salida sonó, me dirigí hacia la calle, y una vez allí me apoltroné con un suspiro en el banco más cercano. Aguardé un par de minutos, y entonces vi a Nico caminando con paso tranquilo hacia mí. Cuando nuestros ojos se encontraron, me sonrió, con la calma y el sosiego que lo caracterizaban. Miré detrás de él tras devolverle la sonrisa, con la esperanza de poder despedirme de mi hermana, y en ese momento la vi salir: andaba deprisa, gesticulando mucho y hablando en voz muy alta, pese a que yo no podía oírla. A su lado, discutiendo fervientemente con ella, y esbozando una sonrisa socarrona, avanzaba Sergio. Cuando Marta me vio, agité mi mano a modo de despedida, y ella imitó el gesto, tras lo que volvió a enfrascarse en su disputa con el moreno, que parecía estar pasándoselo en grande.

Suspiré y me volví hacia Nico.

—¿Nos vamos? —preguntó él. Yo asentí y le seguí.

Nicolás no exageró cuando dijo que vivía al lado del instituto: nos limitamos a cruzar la calle y listo, ya estábamos en su casa. Mi nuevo compañero residía en un apartamento de un edificio grande y vetusto, de esos que tienen pinta de llevar allí décadas, pero que ofrecen un aspecto sólido y seguro.

Nico vivía en un tercer piso, y una vez llegado a su casa abrió la puerta, invitándome a entrar primero con un galante gesto. Le sonreí y avancé hacia el interior de la vivienda. Él me siguió y dejó las llaves en una mesita del recibidor. Yo miraba a mi alrededor, sintiéndome pequeñita, muy pequeñita, insignificante incluso.

Mi compañero me guio por el apartamento, mostrándome todas las habitaciones como buen anfitrión, pese a que yo no tardé en desorientarme por completo. Aquel lugar era enorme, un laberinto de pasillos y salas sobriamente decoradas. Las alfombras eran tan gruesas que cada paso sobre ellas significaba tres segundos con el temor de hundirte por completo entre sus hebras, y las paredes estaban revestidas de estanterías atestadas de libros, cómodas de caoba, espejos de gruesos marcos y cuadros con escenas florales y campestres.

La casa era sombría e impersonal, como si estuviese allí solo de adorno y nadie viviese verdaderamente en ella, dando la impresión de tratarse de un escenario de cartón vacío al que le faltaba la vida y el brío de los actores. Pese a ello, se veía que los padres de Nico tenían mucho dinero.

La visita guiada finalizó en la habitación del chico. Era un cuarto considerablemente grande, con la cama en la pared opuesta a la puerta, bajo un amplio ventanal que daba a la calle, concretamente al instituto. Había un estante lleno de libros, cuadernos y lápices en un lado de la estancia, y en el otro residía un gran escritorio rebosante de papeles con un sillón de cuero delante. Junto a él, fijado a la pared, reposaba un corcho también forrado de hojas con apuntes y varias fotografías. Un discreto armario en una esquina del dormitorio constituía el último elemento del mobiliario.

La habitación, pese a que carecía de adornos desmedidos y no tenía un gran número de enseres personales, poseía un aire íntimo y acogedor que me agradó al instante. Ese cuarto era distinto del resto de la casa y ofrecía el calor que le faltaba al apartamento en sí.

Miré a Nico, y vi que él me observaba de reojo con nerviosismo, como si esperase mi valoración. Le sonreí, y él se relajó un poco.

—Mmmm… ¿Vamos a comer? —preguntó.

—Claro, me muero de hambre —respondí. Así. Simple, sencillo.

Regresamos a la cocina (yo me tomé la molestia de memorizar el camino de vuelta a su cuarto) y, una vez allí, descubrí unos platos de humeante sopa que no estaban sobre la mesa la primera vez que pasamos. Parpadeé, sorprendida, pero mi asombro se disipó cuando una mujer enjuta y con el pelo cano recogido en un moño salió de detrás de la puerta de un armario.

—La comida está lista, Nicolás —dijo, con su avezada y temblorosa voz.

—Gracias, Agustina —respondió mi amigo con una sonrisa cálida, tras lo que me invitó a sentarme con él a la mesa. Ambos empezamos a tomar la sopa, y me sorprendió lo suave y deliciosa que era.

En un momento dado, la mujer salió de la cocina dejándonos solos, ocasión que no dudé en aprovechar para preguntar una afirmación:

—¿Tienes cocinera?

Él se encogió de hombros como restándole importancia al asunto y dijo:

—Más o menos. Se encarga de limpiar y de cocinar, y me cuidaba cuando era pequeño.

Di un trago al vaso de agua que tenía ante mí, y en ese momento la curiosidad fue demasiado fuerte, por lo que no pude evitar preguntar lo que desde hacía rato me rondaba la mente:

—Nico… ¿En qué trabajan tus padres?

Él sonrió con ironía y un deje de tristeza.

—Impresionada, ¿verdad? Todos se sorprenden… En fin, qué más da. Mi padre es empresario, el director de una compañía de relaciones comerciales con el extranjero. Mi madre es ingeniera naval —Nico volvió a sonreír al ver mi expresión de estupefacción, esta vez de forma más veraz.

—Espero que no sea un atrevimiento muy grande por mi parte, pero supongo que eso significa que ganan una auténtica fortuna, ¿no?

—Sí, esa es una de las muchas cosas que significa —murmuró él, con aire abatido. No comenté nada más al respecto, porque en ese momento volvió a entrar Agustina, quien sustituyó nuestros platos vacíos por bandejas con escalopes de ternera.

Comí en silencio, observando a Nicolás por el rabillo del ojo. Después de la carne llegó el postre (pastel de arándanos) del que también di buena cuenta.

Cuando terminamos, Agustina nos echó de la cocina impidiendo que la ayudase con los platos sucios, argumentando que yo era una invitada y ese era su trabajo.

Así que Nico y yo volvimos a su habitación. Él había llevado una silla de la cocina para que pudiera sentarme con él junto al escritorio.

Sin embargo, antes de comenzar con el trabajo, y apenas nos hubimos sentado, mis labios se abrieron de nuevo sin pedirme permiso y materializaron otra de mis preguntas:

—¿Qué más cosas significa que tus padres tengan esos altos cargos?

Nicolás se volvió hacia mí y me dirigió una larga mirada. Yo me encontré contemplando fijamente sus ojos, y me sorprendí. Nunca hubiera pensado que unos ojos marrones, de ese color tan común, podrían ser tan hermosos y especiales.

Por un segundo pensé que no me respondería, pero entonces volvió a hablar con su suave y pausada voz:

—Ellos nunca están en casa. Apenas les veo, solo un par de veces los fines de semana, y eso con suerte. Se marchan temprano, regresan de madrugada, y a menudo se van de viaje durante días, semanas e incluso han llegado a ausentarse durante más de un mes por asuntos del trabajo.

Sentí un nudo en la garganta y me arrepentí de haber preguntado. Nicolás hablaba con el tono desapasionado y frío de quien no experimenta ninguna emoción por lo que está diciendo, de aquel al que no le importa el asunto porque siente que no va con él. O tal vez era el tono de alguien que ya se ha acostumbrado al silencio y a la soledad hasta el punto en que le resulta terriblemente rutinario.

—Lo siento —murmuré, pero él sacudió la cabeza.

—No te preocupes, no tiene la menor importancia. ¿Nos ponemos con el trabajo?

Asentí en silencio, sabiendo que Nicolás no estaba tratando de cambiar de tema, sino que simplemente no tenía nada más que decir.

Y yo me apené por la forma en la que aceptaba su desamparo con tanta naturalidad e indiferencia.

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¡Hola! ¿Qué tal estáis? No sé si os estará gustando el fic, aunque espero que sí… ¿Qué os ha parecido la casa de Nico? ¿Y qué opináis acerca de sus padres?

¡Muchísimas gracias por leer y comentar, sois mi combustible para seguir escribiendo!

Un besazo enorme

MA.A