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El color de los sentimientos — capítulo 9
¡Hola! ¿Qué tal? Siento haber tardado cuatro días en actualizar, pero es que estaba muy liada… Como compensación, he escrito un capítulo un poco más largo… ¡1903 palabras!
…
Sí, vale, no es mucho, pero es que casi no tengo tiempo… Bueno, os dejo con la lectura. ¡Espero que os guste!
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POV****Marta
A la mañana siguiente, en el autobús del instituto, me olvidé de que existía un mundo girando bajo mis pies y me dediqué a estampar la frente contra el cristal de la ventana. Entrecerrando los ojos, lograba difuminar mi visión, y así apreciaba menos las formas y más las luces y los colores. Una veloz mancha roja con dos estrellas de reluciente blanco delante: un coche que pasaba zumbando a nuestro lado. Un borrón alargado de color negro rematado con un lucero verde intenso: el semáforo que nos permitía el paso.
Y así durante un buen rato. Mi hermana estaba sentada a mi lado, en silencio. De hecho, las dos estábamos mucho más calladas que de costumbre, fruto de las preocupaciones que nos asaltaban a cada una.
La noche anterior, con las luces apagadas y bajo el cobijo que ofrecían nuestras sábanas, Inés me había contado todo lo que le había sucedido desde que nos separamos por la mañana: su conversación con Guillermo sobre los colores, la comida en la impresionante casa de Nico, lo que este le había contado sobre sus padres… Reconocía que, en ese instante, sentí mucha lástima por él. Yo nunca estaba sola, porque pese a que mi madre había fallecido y mi padre se pasaba el día de bar en bar, siempre tenía conmigo a Javier y a Inés. Realmente, no podía imaginar qué sería de mí sin ellos, y me apenaba el desamparo de Nicolás…
Tras el relato de mi hermana, yo procedí a contar mis vivencias: el desagradable comportamiento de Sergio con Guillermo, la clase de Educación Física, las parejas, las pullas, el balonazo, el castigo… En el resto del día no me había coincidido el horario con el de Sergio, por lo que no había tenido que verle, pero a la salida me lo había encontrado y, cómo no, nos pusimos a discutir sobre quién había tenido la culpa del castigo.
Inés me escuchó en silencio, y cuando callé, se limitó a decirme que tuviera cuidado con él y no le siguiera el juego. Después, ambas nos quedamos dormidas.
Y aquí estábamos ahora, sentadas juntas en el autobús, ella preocupada por la vida solitaria de Nicolás y yo amargada por el dichoso castigo con Sergio. Aquel iba a ser un día muy largo.
Cuando llegamos, apenas nos bajamos y el timbre se puso a sonar: o bien se había adelantado un par de minutos, o bien el tráfico mañanero había retenido al conductor más de lo habitual.
Corrimos hacia la entrada y nos despedimos. Con un suspiro resignado, me dirigí a mi primera clase: Inglés. Me pasé la hora distraída, deslizando perezosamente la mirada sobre las paredes verdes del aula, imaginándomelas de otros colores para entretenerme decidiendo cuál quedaría mejor.
El rojo sería excesivamente brillante, distraería a los alumnos. ¿El azul? Demasiado… relajante. Yo me dormiría en una clase azul. ¿Qué tal el amarillo? Saldríamos ciegos del aula… ¿Y en morado? Bueno, quedaría muy místico, pero…
—Marta! Listen, please! —llamó mi atención la profesora. Me volví velozmente hacia ella y me di cuenta de que todos los alumnos me estaban mirando.
—Eh… I'm sorry… —murmuré, ruborizándome ligeramente. ¡Jolín! ¡Últimamente no hacían más que llamarme la atención! Debería prestar más atención en clase…
Por suerte, en la hora siguiente, Geografía, el profesor no me dijo ni media palabra porque, si bien es cierto que no atendí todo lo que debería, el pobre hombre no se dio cuenta de nada, tan absorto como estaba en su explicación de los primeros mapas con estadísticas incorporadas.
Y, finalmente, llegó el temido momento: el timbre que indicaba el inicio del primer recreo llenó las clases con su sonido estridente, invitando a la libertad condicional que nos era concedida durante quince minutos… Pero no para mí.
Recogí mis cosas y bajé penosamente las escaleras en dirección al gimnasio. Dejé mi mochila en el vestuario femenino y entré en la cancha, donde me esperaban Carlos y Sergio. Este último llevaba puestos unos vaqueros desgastados y una cazadora negra de cuero abierta sobre una camiseta de tirantes blanca. Metía las manos en los bolsillos y observaba la escena con aburrimiento.
Carlos, por otro lado, iba enfundado en su inamovible chándal, y cruzaba los brazos sobre el pecho con aspecto de no estar muy contento.
—¡Marta! ¿Quieres darte un poco de prisa, por favor? —me dijo, enarcando una ceja. Caminé hacia ellos con paso lento, haciéndole un poco de rabiar. Cuando llegué a su lado, el profesor señaló con el dedo pulgar unas cajas de plástico de tamaño considerable que se disponían en línea junto a la pared, a sus espaldas—. La tarea de hoy es sencilla: el material de estas cajas está mezclado sin orden ni concierto, y hay muchas cosas deterioradas. Lo que tenéis que hacer es vaciarlas, separar en dos montones lo que aún está en buenas condiciones y lo que no y clasificar el material útil en las cajas: en una las pelotas, en otra las raquetas, en otra las alfombrillas… ¿me explico? Las cosas inservibles las metéis en bolsas de basura y las lleváis a conserjería. Os llevará tres o cuatro recreos, por lo menos. Cuando terminéis, venid a buscarme y os daré más trabajo. Y ahora, manos a la obra.
Y dicho esto se alejó con grandes zancadas, saliendo del gimnasio. Suspiré con resignación y me dirigí a las cajas, pero me detuve en seco cuando vi que Sergio no me seguía.
—¿Qué, te pesan los zapatos? ¡Muévete! —le ladré. Él me dirigió una larga mirada, entre divertida e indignada, y después soltó:
—No, gracias. Hoy me siento increíblemente generoso, por lo que te permitiré hacer mi parte del trabajo mientras yo me tumbo… ¿qué tal allí?
Ni corto ni perezoso, Sergio se dirigió a una esquina del gimnasio, y de un brinco se encaramó sobre la pila de colchonetas que usábamos para amortiguar los ejercicios de saltos y evitar lesiones. Me acerqué a él hecha una furia, controlando con dificultad mi mal genio.
—Y, dígame, su real alteza, ¿por qué no piensa "colaborar"? —gruñí entre dientes.
—Hombre, pues está claro, ¿no? Casi me matas de un balonazo. Creo que lo justo sería que tú hicieses todo el trabajo. Me lo debes.
—¡¿QUÉ?! —grité, a punto de abalanzarme sobre él y arrancarle hasta el último trozo de piel.
—Venga, princesa, no te entretengas y ponte a trabajar, que tienes mucha labor por delante… O espera, tengo una idea mejor: súbete aquí conmigo y nos echamos una siesta los dos juntos, ¿eh? Ya le endosaremos el castigo a algún pringado, ¿te parece?
Me quedé atónita, mirándole como si fuese la primera vez que lo veía.
—Me estás tomando el pelo.
Él se apartó el flequillo de la cara distraídamente, como si no se diese cuenta de que llevaba a cabo este gesto, y con una sonrisa respondió:
—Para nada, hablo totalmente en serio. Sé que puede sorprenderte que invite a alguien como tú a gastar parte del oxígeno que me rodea, pero ya ves: soy una persona extremadamente magnánima, y compartiré la colchoneta contigo. Venga, sube.
Le sonreí con indulgencia y me incliné hacia él para susurrar con tono peligroso:
—Ni en un millón de años… ¡Maldito descerebrado! ¿Pero tú qué te crees? ¡Tenemos que organizar esas cajas, o Carlos nos matará! Y no sé tú, pero yo no tengo ninguna gana de ir al despacho del director por culpa del tarado de turno.
—Bah, eres una mojigata. No sabes lo que es la diversión. Y yo que pensaba que podías ser una tía en condiciones… Pero no, resulta que eres como la remilgada pusilánime de tu hermanita…
—¿Qué has dicho? —siseé, con tal suavidad que Sergio abrió los ojos, sorprendido.
—He dicho que eres como tu hermana, una mojigata, remilgada, pusilánime, blandengue y ñoña, ¿te ha quedado bien claro o te hago un esquema?
Toda su ufanaría se extinguió cuando me subí a las colchonetas a la velocidad del relámpago y le cogí del cuello de la camiseta, tirando de él hacia mí.
—Escúchame bien, niñato malcriado -empecé, con la voz temblando por la rabia—. A mí puedes insultarme todo lo que quieras, pero si te oigo decir una sola palabra más de mi hermana, te prometo que te mando derechito al hospital. ¿Me oyes? Nadie, y repito por si tu cerebro de retrasado no lo ha comprendido, NADIE, se mete con Inés. No eres más que un imbécil que va por la vida de chulo en plan "ahí voy yo" y en realidad das auténtica pena. Eres el chico más irresponsable, inmaduro y despreciable que he conocido jamás, y si sabes lo que te conviene no volverás a insultar a mi hermana. ¿Te ha quedado bien claro o te hago un esquema?
Y dicho esto, lo empujé de nuevo contra las colchonetas, respirando irregularmente por la rabia. Sergio, apoyado en los codos y con el pecho de la camiseta arrugado, me miró con una mezcla de estupefacción y turbación, demasiado confundido como para decir nada.
Sin esperar a ver cómo reaccionaba, me bajé de la pila de colchonetas y caminé alejándome de él, inhalando profundamente para relajarme. Sabía que debía controlar mejor mis impulsivos ataques de ira, pero no podía evitarlo: no había cosa en el mundo que detestase más que ver cómo alguien se metía con mi hermana. Ella era la persona que más quería en el mundo junto a Javier, pero a él le resbalaban de tal forma los insultos que no era necesario meterse en problemas por ello. Sin embargo, Inés… No era que ella se tomase mal las pullas, ni tampoco que no pudiera defenderse por sí misma. De hecho, la situación distaba mucho de ser así. Pero yo no podía remediarlo: sentía la necesidad de protegerla, porque ella era una chica sensible y no quería ni podía permitir que le hiciesen daño; aunque Inés no precisara de mi defensa, yo seguía saltando con cada palabra dirigida en su contra.
Me incliné junto a la primera caja con un resoplido molesto. En ese momento, me sentía un poco mal por haber tratado así a Sergio… Pero no, se lo merecía. Ya iba siendo hora de que alguien le parase los pies, y no solo por lo de Inés.
Aunque tenía la sospecha de que ese estúpido nunca cambiaría…
Empujé fuertemente la caja con la intención de volcarla para examinar su contenido, pero estaba demasiado llena y pesaba mucho para mí. Cuando ya estaba a punto de levantarme y sacar las cosas una por una, dos manos fuertes se agarraron junto a las mías al borde de la caja, empujándola y derribándola sin problemas.
Me volví muy sorprendida para encontrarme con un Sergio callado y serio que se sentó entre el barullo de cosas esparcidas por el suelo y empezó a separarlas en dos montones, sin dirigirme ni una palabra, sin dedicarme ni una mirada.
Pensé, por una fracción de segundo, que estaba enfadado conmigo. Pero no. Callar y ponerse a colaborar no era su forma de enfadarse. Si en verdad hubiese estado molesto, me habría gritado cuatro frescas. Pero en ese momento, sin la más mínima expresión en su cara, se limitaba a cumplir el castigo del que apenas unos minutos antes había renegado.
Le observé durante unos segundos, sorprendida al ver la docilidad con la que trabajaba. Y, sin poder contener una leve sonrisa, me acerqué a él para ayudarlo.
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Vale, ¿qué os ha parecido? Este capítulo va dedicado aLectora anonima, seguro que ella ya sabe por qué ;D.
Un besazo enorme
Meri