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El color de los sentimientos — capítulo 10
POV****Inés
A primera tenía de nuevo biología. Nada más llegar, vi a Susana sentada en la mesa de Aida, y supe que aquel día también tocaría guardia.
Efectivamente, Susana no tardó en ponerse en pie para avisarnos de que Aida se encontraba peor aún que el otro día y había tenido que ir a Urgencias.
Con un suspiro, me senté en mi habitual mesa junto a la ventana (en todas las clases me colocaba tan cerca como me fuese posible de la luz del sol). Guille no tardó en ponerse a mi lado, saludando con una sonrisa que le devolví.
Aquel chico me caía increíblemente bien. Era agradable, divertido, cariñoso, educado… Había tardado poco en pasar a ser de mis mejores amigos del instituto… junto a Nico.
—Dime, pequeña, ¿qué te ronda por la cabeza? —dijo Guillermo, pasando repetidamente la mano por delante de mis ojos. Parpadeé, algo despistada, y me encogí de hombros—. Vamos, vamos, cuéntaselo a tu amiguito pelirrojo. ¿Es algún chico? —quiso saber, guiñándome un ojo.
No pude impedir que la sangre se acumulase bajo mis mejillas, confiriéndome un rubor inevitable.
—Eh… No, claro que no —respondí, tratando sonar convincente… aunque en realidad sí que había estado pensando en un chico. Nicolás… La tarde anterior habíamos avanzado mucho con el trabajo, y pasado un rato Agustina nos trajo refrescos y galletas que devoramos como si no hubiésemos visto un plato de comida en nuestra vida. Durante ese descanso, hablamos de varias cosas, siempre teniendo cuidado de evitar en lo posible temas que aludiesen a sus padres. Pero en el tiempo que pasé charlando con él, descubrí que me sentía muy cómoda en su compañía, y que tras la máscara de precaución y timidez de Nicolás se escondía un chico ingenioso, divertido y muy interesante.
—Ya, ya, seguro… —canturreó Guillermo, devolviéndome a la realidad.
—Hablo en serio —reafirmé, observando como el último de los alumnos, un joven que siempre llegaba tarde a todos lados, cerraba la puerta a sus espaldas y caminaba cabizbajo hacia su sitio.
—Venga, Inés, que empiezo a conocerte. Pensabas en un chico, ¿a que sí? Y apuesto a que puedo adivinar en quién.
—¿Ah, sí? —respondí, sonriendo y mirándole por primera vez a los ojos—. Sorpréndeme.
—Nicolás Silva —dijo él, cruzando los brazos sobre el pecho y sonriendo triunfalmente. Quise desmentirlo, pero no fui capaz. ¿Cómo se habría dado cuenta? Tal y como si me hubiese leído la mente, añadió—. Os he visto varias veces juntos últimamente, y ayer te fuiste con él a su casa, ¿no?
—Sí, pero solo fue para hacer un trabajo de historia…
—Venga, Inesita, reconócelo: te gusta Nicolás.
Me quedé mirando su expresión sonriente y pícara… pero no burlona. Sentí el impulso de confiar en él.
—Mmm… No lo sé, puede que me guste un poco, pero no estoy segura. A lo mejor solo me gusta como amigo, le conozco desde hace demasiado poco como para estar segura —mentira, pensé. Había estado en su casa, sabía quiénes eran sus padres y a qué se dedicaban, los pasatiempos preferidos de Nico (que eran muy similares a los míos), las cosas que le desagradaban, sus asignaturas predilectas… Sin duda, una sola tarde daba para mucho.
No obstante, Guillermo pareció conforme con mi respuesta, porque asintió despacio y se acomodó en la silla, mirando por la ventana con gesto despreocupado.
—¿Y a ti? —le pregunté, más por devolverle la pelota que por otra cosa.
—¿A mí qué?
—¿Te gusta alguna chica?
—No, yo… —balbució, apartando la mirada con rapidez. Le pinché con un dedo en el costado e insistí:
—Venga, Guille, no seas malo y responde. ¿Te gusta alguien o no?
—Bueno… Puede, y solo puede, que me guste alguien… —confesó finalmente en voz baja, echando un veloz vistazo a su alrededor como si esperase descubrir a algún espía con prismáticos incluidos atendiendo a nuestra conversación.
—¿De verdad? Y ¿quién es? —quise saber, pero al ver su gesto de alarma rectifiqué—. O bueno, me conformaré con saber cómo es.
—Pues… pelo oscuro y corto… estatura normal, aunque tiene un físico de diez… es bastante deportista… le gusta mucho la música… y… bueno, no sé qué más decirte…
Reí ante su claro nerviosismo
—Está bien, tranquilo. Me vale con eso.
Guillermo me dedicó una tímida sonrisa que era en parte de agradecimiento, y suspiró con algo de bochorno. Para su alivio, el resto de la clase lo pasamos hablando de temas menos comprometidos, como nuestros planes para las vacaciones de Navidad, para las que aún faltaban más de dos meses.
Cuando tocó el timbre, me despedí de mi amigo y me dirigí hacia mi segunda clase, historia, lo cual significaba una sola cosa: Nicolás.
Tenía ganas de verle otra vez. Aquel chico me daba mucha pena. No me gustaba verle siempre solo… y me encantaba estar con él.
Al entrar en clase, le vi sentado junto a las ventanas. Me dirigí al sitio contiguo al suyo y le sonreí.
—Hola, Nico.
Él alzó la cabeza del libro que había estado observando y me devolvió la sonrisa.
—Hola, Inés. ¿Qué tal estás?
—Muy bien, ¿y tú? —respondí, sentándome a su lado.
—Bien también —contestó, bostezando. Sin embargo, detecté una leve sombra de preocupación en su mirada… Y algo más. Unas manchas oscuras enmarcando sus ojos de color miel, acompañadas de profundas ojeras.
—Oye… ¿No has dormido? —quise saber, hablando suavemente.
—¿Eh? Ah… Sí, sí que he dormido… —yo le miré escépticamente, y él añadió—: Bueno, vale, a lo mejor no he dormido mucho… Pero sí lo suficiente. Estoy bien, de veras.
Le observé unos segundos sin decir nada, sinceramente intranquila por él. ¿Por qué no habría dormido?
Julián entró en ese momento por la puerta. Nos pasamos la hora haciendo ejercicios sobre las civilizaciones antiguas que pudiesen servirnos como referencia a la hora de hacer el trabajo. Ni Nico ni yo hablamos demasiado, aunque yo era totalmente consciente de que él no estaba donde debería estar.
También el profesor se percató de esto, y pese a su habitual carácter tranquilo y agradable le llamó varias veces la atención por distraerse hasta que terminó sacándolo de clase.
Cuando el timbre sonó, salí corriendo y me lo encontré solo en el pasillo, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared y la mirada perdida.
—Mmm… ¿Nicolás?
Él me miró y yo me estremecí. Sus ojos estaban velados por una diáfana capa de tristeza. Nico parpadeó un par de veces hasta enfocar la mirada, y murmuró:
—¿Qué? ¿Qué decías?
Con un suspiro resignado, me agaché, le cogí de la mano y le arrastré fuera del instituto sin darle tiempo a protestar.
Me lo llevé al pequeño jardín de detrás del edificio y le empujé contra una esquina solitaria. El cayó sentado sobre la hierba y me miró con aire atontado. Me incliné frente a él muy despacio, recogiéndome un mechón de pelo rizado tras la oreja.
—Nico… ¿Qué te pasa? Y no me digas que nada, porque no soy tonta.
Él se enderezó de pronto, y el aura de inocencia y despiste que le recubría se extinguió sin dejar rastro. Me observó de forma inescrutable, como si intentara averiguar si existía alguna posibilidad de eludir convincentemente la pregunta. Por lo visto, decidió que no.
—Anoche oí a mis padres volver a casa.
Su voz fue apenas un susurro, un rumor teñido de preocupación y melancolía. Arrugué la nariz y me senté ante él con las piernas cruzadas, aguardando pacientemente a que se explicase por sí mismo.
—Eran las dos de la madrugada. No conseguía dormirme, y entonces les oí llegar… Hablaban muy rápido y muy bajo, no podía entender lo que decían. Pero al cabo de un rato empezaron a gritarse. Discutían. Nunca les había oído tan enfadados. Estuvieron chillándose casi una hora, y yo no me atreví a salir de mi cuarto. Al final, mi padre salió de casa pegando un portazo, y mi madre entró con mucho cuidado en mi habitación. Yo me hice el dormido, pero oí como lloraba. Me dio un beso en la mejilla y se fue. Cuando me he despertado esta mañana, ya no estaba. No pude preguntarle qué había ocurrido. Pero no es extraño. Hace meses que no se llevan demasiado bien. Tengo miedo de que puedan…
Nicolás dejó de hablar. Tragué saliva con fuerza, mirándole. Él tenía los ojos fijos en una hilera de hormigas que desfilaban a nuestro lado.
No supe qué decir. Aquello me remontaba a un tiempo lejano, a recuerdos sumidos bajo el peso de muchos años transcurridos con una ausencia anclada en el pecho, al sonido amortiguado de voces distantes gritándose en el pasillo, al restallar de las botellas de vino contra las paredes y al sollozar de una mujer cuyo rostro se desvanecía lentamente en los retazos de mis reminiscencias que luchaban por mantenerse unidos.
Entonces Nico volvió su vista hacia mí y murmuró:
—Lo siento, no pretendía incomodarte…
—No lo has hecho —le interrumpí—. No te preocupes. Es solo que… en fin, iba a decirte que lo siento, pero cuando yo perdí a mi madre odiaba que me dijesen eso porque sonaba como si todo el mundo tuviese la culpa de su muerte. Así que no estoy muy segura de qué decirte.
—No hace falta que digas nada —susurró él—. Ven aquí —me acerqué más a él y cerré los ojos al sentir sus brazos rodeándome en un abrazo que era en parte de consuelo y en parte de llamada de socorro.
Y el hecho de que no se apresurase a decir lo mucho que lo sentía y a poner cara de profunda tristeza como hacía todo el mundo cada vez que salía a relucir el tema de mi madre me agradó, por extraño que pudiera parecer. Porque esa debía de ser la primera vez que hablaba de su muerte con alguien que no me hacía sentirme extraña, diferente o merecedora de infinita compasión, una máquina de dar lástima andante.
Y porque cuando yo también le abracé, me di cuenta de que los dos nos estábamos influyendo apoyo mutuamente.
Algo que no recordaba haber hecho nunca con nadie.
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¡Hola! ¿Qué tal? Espero que os haya gustado este nuevo capítulo de mi fic. Pobre Nico… No es de extrañar que hubiese estado ausente toda la mañana…
¿Y quién le gustará a Guillermo? ¿Quién habrá robado el corazón de nuestro pelirrojillo? Jajaja. Me lo pasé genial escribiendo esa parte.
¡Un besazo enorme, y gracias por leer!
MA.A