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El color de los sentimientos — capítulo 11
POV****Marta
Cuando el castigo terminó, Sergio desapareció por la puerta del gimnasio sin dedicarme ni tan siquiera una mirada. Suspiré, frotándome los ojos y escuchando como los alumnos subían de nuevo a sus clases, protestando por todo lo alto. Contemplé el resultado de aquellos quince minutos arrodillada en el suelo recogiendo, ordenando, separando… Fruncí el ceño, molesta. Quince míseros minutos. A mí se me habían antojado más duraderos que largos siglos…
Me levanté del suelo y pasé por el vestuario para recoger mi mochila. La clase siguiente era Historia. Resoplé terriblemente aburrida mientras me abría paso entre los últimos grupos de alumnos rezagados.
Llegué al aula correspondiente y sentí cierto alivio al ver a Guillermo con un sitio libre a su lado. Me dirigí hacia allí y me dejé caer junto a él, tirando la mochila de cualquier manera a mis pies.
—Veo que hoy estamos de muy buen humor —comentó por lo bajo el pelirrojo, contemplando un hilo que sobresalía del puño derecho de su sudadera.
—No lo sabes tú bien —repliqué, observándole.
—¿Qué tal tu castigo con Sergio?
—¿Cómo sabes tú eso? —cuestioné, parpadeando. Él se encogió de hombros y dijo el nombre de mi hermana por toda respuesta—. Pues… no ha sido tan malo como pensaba que sería. Es decir, discutimos al principio y tal, pero después… No sé, estuvo muy callado y trabajador.
Nada más decir eso, me volví buscando a Sergio… Y me encontré de golpe con su tormentosa mirada gris. Me estremecí al sentir sus ojos fijos en los míos, pero no fue eso lo que me inquietó, sino esa especie de rabia que reflejaban. Me pregunté si estaría molesto por lo que le había gritado en el gimnasio, aunque no comprendía por qué se enfadaba ahora si había estado tan tranquilo mientras cumplíamos el castigo. Le sostuve la mirada, pensando que tal vez no era conmigo con quien estaba de mala leche, pero él no desvió los ojos ni un segundo. Aquella nube de frustración y fastidio seguía ahí.
Y, de pronto, desapareció. Sergio se giró y volvió a mirar hacia delante, con el semblante tranquilo… o frío e indiferente, más bien. Pestañeé varias veces, sorprendida por tan inexplicable comportamiento, y entonces Guille siguió la línea de mi mirada y soltó una risita.
Me volví hacia él como un rayo.
—¿Qué te hace gracia?
—No, nada… Es solo que me sorprende que haya descubierto algo muy similar de dos gemelas en el mismo día.
—¿Qué? ¿Hablas de Inés? ¿Qué dices, Guille? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Nada, nada… Pero estoy pensando en montar un negocio, una consulta del corazón para que las personas enamoradas se den cuenta de lo que sienten…
—Pero ¿de qué hablas?
—De que te gusta Sergio, Marta, de eso hablo —aclaró él, mirándome de una forma extraña.
Me quedé observando su rostro, esperando un "¡es broma!" o quizás una simple carcajada por su parte. Pero no. Nada de eso ocurrió. Así que al final me reí yo.
—¿A mí? ¿Gustarme Sergio? Muy buena, Guille…
—Te lo digo en serio, y lo sabes.
—Pero, ¿tú te estás escuchando? —pregunté, riéndome aún. Ese chico no estaba bien—. Venga, confiesa, lo que pasa es que hoy no te has tomado tus pastillas, ¿verdad? ¿No te dijo el psicólogo que no te olvidaras de tomarlas todos los días para evitar las alucinaciones? —me burlé, sacudiendo la cabeza.
—Ríete si quieres, sabes perfectamente que tengo razón. A mí, personalmente, no me va a influenciar en lo más mínimo que decidas admitirlo o no… Por cierto, profe a las dos en punto.
Iba a preguntarle de qué demonios hablaba ahora, pero él me señaló con la cabeza la puerta y me volví para ver al profesor de Historia entrar por ella. Me apresuré a sacar el libro y ya no volví a hablar con Guillermo.
Finalmente, llegó el segundo recreo. Con un largo suspiro de resignación, bajé al gimnasio… Pero Sergio no estaba allí. Le esperé durante un par de minutos sin éxito, y pasado ese tiempo decidí que no necesitaba la ayuda del idiota de mi compañero para ordenar unos malditos trastos.
Cuando había pasado la mitad del castigo, la puerta del gimnasio se abrió de golpe y Sergio entró con su habitual chulería. Se había quitado la cazadora de cuero negro (que aparentemente nunca dejaba en casa) y la llevaba sobre el hombro derecho, dejando a la vista una camiseta gris de AC/DC. Se acercó silbando hacia donde me encontraba yo y, sin decir nada, se sentó en el suelo y empezó a separar los materiales en dos montones.
—Llegas tarde —gruñí, y bajé la cabeza para continuar con lo mío. Pensaba que no me iba a responder, y por eso me sobresalté ligeramente al oír su voz.
—Ya lo sé. Estaba fuera fumando.
Volví a subir la cabeza a toda prisa, sorprendida por su comentario. Él seguía silbando y a lo suyo, observando una raqueta para decidir si el mango descorchado aún permitía hacer un buen uso de ella, aunque se notaba que en realidad estaba esperando mi reacción.
—Eres un mentiroso —dije con una sonrisa, y volví a prestar atención a la pelota desinflada que sostenía.
—¿Mentiroso, yo? ¿Por qué? —preguntó, mirándome por primera vez.
—Mi padre fuma, mi tía fuma, el portero de mi edificio fuma… Sé reconocer perfectamente el olor a humo y tabaco que se queda en la ropa, el pelo y el aliento de las personas que acaban de fumar. Y tú no lo tienes. No fumas o, al menos, ahora no lo has hecho. Por eso eres un mentiroso. Pero tú sabrás por qué dices tantas tonterías que ni siquiera son ciertas.
No le dirigí ni una sola mirada mientras decía esto, y experimenté una cálida sensación de triunfo al sentir sus ojos clavados en mi rostro, cargados de confusión. Y esa vez sí que estaba convencida de que mantendría la boca cerrada.
Ni falta hace decir que me equivoqué.
—¿Qué tal con tu novio, el pelirrojo?
Resoplé y dejé caer la comba que examinaba.
—Por última vez, Sergio: Guillermo no es mi… Mira, ¿sabes qué? Piensa lo que te dé la gana.
—Oye, que yo solo quiero ser amable… Y creo que sí que sois novios, os sentáis juntitos siempre que podéis…
—Me siento con él porque las otras opciones no son de mi agrado —respondí, mirándole despectivamente.
—Espero que eso no vaya por mí —bravuconeó, sonriendo de forma socarrona—. Que alguien como tú pueda compartir media hora diaria en la intimidad con alguien como yo gracias a un castigo es… Bueno, es mil veces mejor que la lotería. De hecho, pienso que me diste ese balonazo a propósito para poder estar conmigo durante los recreos porque sabías que mi gran corazón me haría ofrecerme a ayudarte en tu penitencia —finalizó, fingiendo que se sacudía el polvo del hombro.
—Que sí, Sergio, que lo que tú digas…
—Aunque comprendo que una media neurona como tú no pueda alcanzar a entender lo que significa semejante honor.
—Lo de "media neurona" lo tienes muy gastado, ¿sabes? Si yo fuera tú, me pondría a buscar algún otro insulto que tomar prestado. Empiezas a parecer un disco rayado.
—Tengo toda una variedad de insultos que ofrecerte, pero no estoy seguro de si tus oídos de princesita podrían resistir palabras tan soeces…
—Deja de pensar en mis oídos de princesita y comienza a preocuparte por tu propia salud, que se verá inmediatamente perjudicada si vuelves a abrir la boca.
Sergio soltó una risita de escepticismo, y cuando ya estaba a punto de hablar de nuevo, el timbre sonó y yo me fui rápidamente de allí con la mochila al hombro.
En las dos clases que restaban me senté sola y me esforcé por atender todo el rato y tomar apuntes de cuanto me fuese posible. Pero aunque la primera hora no me coincidiese con Sergio, la segunda sí lo hacía. Y él estuvo mirándome durante toda la clase con una expresión totalmente inescrutable, poniéndome muy nerviosa.
Finalmente, a la hora de salir, recogí mucho más deprisa de lo que era habitual en mí y salí corriendo fuera… Pero noté cómo una mano me sujetaba por la muñeca y me obligaba a detenerme.
—¿A dónde vas con tanta prisa, princesa? —me preguntó el dueño de aquellos ojos color tormenta.
—Al plató de Telecinco, tengo un show que se emite todos los jueves y viernes por la tarde y, como llegue tarde, no me dará tiempo a grabar las primeras secuencias —ironicé.
—Venga, tranquila, que solo quería decirte una cosa.
—Lástima que yo no quiera escucharla.
Y dando media vuelta salí fuera. Vi, en un banco no muy lejano, a Javier sentado junto a una chica a la que conocía bien: Noelia. Mi hermano rodeaba con un brazo los hombros de su novia y charlaba con Inés, que estaba de pie ante ellos.
Sonreí y me dirigí hacia ellos, pero una vez más Sergio se interpuso ente mi destino y yo.
—Es de mala educación interrumpir, ¿no te lo dijo nunca tu madre?
Estuve a punto de pegarle un puñetazo por mencionar a mi madre, quien había fallecido cuando yo tenía tan solo seis años. Pero me contuve justo a tiempo porque eso supondría tener que dar demasiadas explicaciones.
—¿Qué quieres? —espeté, deseando acabar rápido con aquel retrasado.
—Nada, solo decirte que nos vemos mañana en el castigo… Ah, y que avises a tu novio de que a lo mejor me da por quitarle el sitio que ocupa siempre a tu lado —susurró, muy cerca de mí, tras lo que me guiñó un ojo y se fue, dejándome atónita y ardiendo de rabia y vergüenza.
—¡Eh, fierecilla! ¿Qué pasa, quién era ese? —preguntó una voz a mis espaldas. Cuando me di la vuelta descubrí a Javi, Noelia e Inés, que se me habían acercado sin que me diese cuenta.
Y, entonces, estallé:
—¡¿Qué quién era?! ¡Pues era el mayor idiota de todos los tiempos! ¡No le soporto! ¡Le odio, le odio, le odio!
Javier y Noelia se miraron con complicidad y se sonrieron.
—¿Que le odias? ¿Estás segura? —me preguntó ella, mirándome con segundas.
—¡Por supuesto que estoy segura!
—Oye, pues fíjate tú que a mí por un segundo eso me ha parecido una discusión de parejita… —dijo Javier como quien no quiere la cosa, poniendo cara de inocente.
—¿Qué? ¿Tú también con eso?
—¿Es que alguien más te ha dicho algo así? —intervino Inés, que parecía estar pasándoselo bomba.
—Guillermo —mascullé—. Y Sergio no me gusta —gruñí de nuevo, aunque más serena. Fue Noelia la que respondió:
—No, si yo lo comentaba porque ya sabes lo que dicen: los que se pelean se desean...
Lancé un grito de exasperación mientras ponía los ojos en blanco.
—¡¿Nos vamos a casa o no?!
—Sí, sí, vamos, vamos… —respondió Javier sin parar de reír por lo bajo, mientras rodeaba a Noelia por la cintura y todos emprendíamos el camino.
Pero pese a mi evidente enfado, en el fondo esa "conversación" me había dado qué pensar.
¡Hola! ¿Qué tal? ¿Qué opináis de este nuevo capítulo? Ha sido un poco más largo que los demás, pero es que tenía ganas de poner tantas cosas…
**Este capítulo también va dedicado aLectora anonima, y una vez más creo que ella sabrá por qué…**J
¿Estáis de acuerdo con Noelia en eso de que "los que se pelean se desean"? ¿Os gustaría tener un Guille que os aconsejase en asuntos del corazón XD??? ¿Y por qué pensáis que mintió Sergio respecto a lo de fumar? Jajaja.
¡Muchas gracias por leer y por comentar!
Un besazo enorme,
MA.A