Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← El color de los sentimientos · de

El color de los sentimientos — capítulo 12

POV****Inés

Esa tarde la pasamos charlando con Noe y Javi. Marta y yo no podíamos evitar lanzarnos miradas indiscretas de alegre complicidad ante el claro enamoramiento que seguían sufriendo esos dos. Daba igual cuántos años pasasen, ellos seguían igual: tonteando continuamente y ruborizándose por la menor demostración de cariño.

Noelia cumplía veintiún años ese mes y estudiaba medicina, cosa que nos sorprendió. Nadie hubiese dicho que ella fuese a decantarse por esa profesión, pero la verdad es que se estaba desenvolviendo de maravilla en la universidad.

Y Javi, que ya tenía veintiún años, había terminado su carrera de diseño gráfico, aunque aún no había encontrado trabajo. Pese a ello, se esforzaba y asistía a tantas entrevistas como le era posible con la esperanza de conseguir pronto un empleo para poder independizarse… Y no me extrañaba. Con mi padre cerca, la vida apenas era merecedora de tal nombre, aunque con un poco de suerte se dormía en los bares y pubs de forma que no le veíamos en todo el día.

Estaba pensando en esto cuando el timbre de casa sonó. Javi se levantó a abrir y oímos los saludos emocionados de varias chicas y una voz masculina y grave riendo de algo con nuestro hermano.

Entonces irrumpieron en el salón los amigos de Javi y Noelia: en primer lugar, Aura, la rubia despampanante cuyo eterno buen humor resultaba de lo más contagioso. La seguían Agus y Lilli, ambas sonriendo con alegría mientras abrazaban a Noe como si no la hubiesen visto en semanas, pese a que quedaban todos los días. Detrás de ellas entraron Santana y Fernando, la dulce parejita formada por los más callados y tranquilos del grupo. Finalmente, y cerrando la puerta a sus espaldas, Javi y el pelirrojo: Miguel. Este último iba contando algo acerca de deseos cumplidos y frutas rojas que no entendí en absoluto, pero por lo visto a Javier le hacía mucha gracia.

Cuando llegaron a nuestro lado, en el sofá, Miguel besó a Aura y me revolvió el pelo.

—¿Qué tal, gemelas? —preguntó con una sonrisa.

Marta bufó y respondió, fingiendo un puchero:

—Eres como tu hermano. ¿Aún no eres capaz de distinguirnos?

Miguel soltó una carcajada y sacudió la cabeza.

—Ah, así que ya conocéis a mi hermano, ¿eh…?

Marta y yo le contamos entonces cosas sobre cómo habíamos conocido a Guille y pequeñas anécdotas de clase.

Y, entre unos temas de conversación y otros, se nos pasó la tarde.

—¡Viernes, al fin! —gritó mi hermana en mitad del porche del instituto al día siguiente, antes de que sonase el timbre. Le di un codazo al ver la mirada hosca que le dirigió un profesor al pasar por su lado, pero ella no le dio la menor importancia.

—Ya tenías ganas, ¿eh? —observó Guille, que estaba apoyado descuidadamente contra la pared.

—¡Claro que sí! ¿Quién no tiene ganas de que sea viernes? —respondió ella con vehemencia.

De pronto, un chaval de segundo se paró delante de nosotros con una extraña expresión.

—Eh, vosotros. Sí, vosotros tres. ¿Tenéis planes para mañana? —preguntó, mirando en derredor con suspicacia.

—¿Nosotros? —murmuré—. No, pero…

—Quedada general con todo el instituto mañana a las ocho en el escampado de al lado de la iglesia de San Felipe. Estáis invitados.

Dio media vuelta para irse, pero yo me apresuré a decir:

—¡Eh, espera! ¿Con todo el instituto? Pero ¿qué se celebra? No será una especie de botellón, ¿verdad? —pregunté, preocupada de pronto con la idea.

—¿Qué? ¿Botellón? No, no, qué va. Pero vosotros venid. Cuantos más mejor.

Y dicho esto se fue sin mediar palabra. Guille, Marta y yo nos miramos con sorpresa.

—¿Es normal esto de hacer fiestas para todo el alumnado simplemente porque sí? —preguntó mi hermana. Guille y yo nos encogimos de hombros.

—Bueno, yo a lo mejor voy. No tengo nada mejor que hacer mañana. ¿A vosotras no os apetece? Seguro que está bien…

—Eh… Pues nosotras… No sé si… —comencé, pero Marta me interrumpió:

—¡Claro que vamos! No nos lo perderíamos por nada del mundo —al ver mis intenciones de protestar, mi hermana chasqueó la lengua—. Venga, Inés, no seas cría. No nos quedaremos hasta tarde… Además, ¿prefieres quedarte en casa con papá? Sabes que mañana Javi no estará en casa…

Me mordí el labio inferior con resignación. Eso era cierto. Miré de reojo a Guille y vi que me ponía ojitos para que aceptara. Al final suspiré y mascullé un escueto "Está bien" que hizo que mi hermana me diese un abrazo. Sin embargo, la idea de ir de fiesta con un montón de adolescentes con las hormonas a flor de piel a los que no conocía casi ni de vista seguía sin hacerme ninguna ilusión.

El timbre sonó y entramos en clase. Las dos primeras horas las pasé en silencio, atendiendo algo menos de lo habitual. Últimamente tenía demasiadas cosas en la cabeza: entre mi preocupación porque Marta la liase con el estúpido de Sergio, mi pena por lo solo que siempre estaba Nicolás y mis dudas sobre si realmente estaba enamorada o no… Y ahora, encima, se sumaba una macrofiesta sin objetivos claros.

Fantástico.

Cuando llegó el primer recreo, me sentí aliviada de poder tomar algo de aire. Sin embargo, la calma no duró demasiado.

Yo estaba paseando por los alrededores, sola. Marta estaba castigada con Sergio en el gimnasio, Guille había desaparecido con Rafael y no encontraba a Nico por ninguna parte.

Fue entonces cuando les vi. Estaban en un callejón bastante apartado y estrecho. Tres chicos, probablemente de segundo, rodeaban a un cuarto que se pegaba a la pared como si quisiera mimetizarse con ella. Lo reconocí al instante por su brillante pelo color fuego: Guillermo.

Los chicos de segundo le gritaban algo que desde mi posición no alcanzaba a oír, pero no parecía precisamente un ofrecimiento de amistad. Me acerqué tanto como pude, a tiempo de ver como uno de los tres chicos, el más fornido y alto, daba un paso hacia Guille con el puño en alto. Le dijo algo que me sonó como "¡No queremos mariquitas en el instituto, a ver si vas a contagiar a alguien!". Contuve un grito ahogado y corrí hacia ellos al ver cómo el chico intentaba golpear a Guille… Y me detuve en seco cuando el puño del chaval fue detenido por la mano de otra persona.

Atónita, contemplé a Sergio empujar hacia atrás al chico, a quien sus dos compañeros sujetaron antes de que cayera al suelo.

¿Qué hacía él allí? ¿No se suponía que debería estar en el gimnasio cumpliendo su castigo? No obstante, me alegré muchísimo de que, por la razón que fuese, aquel alborotador estuviese allí. Me oculté velozmente en una esquina oscura, tras un contenedor de basura.

Sergio se colocó delante de un sorprendido Guillermo, impidiendo que los chicos de segundo se le acercasen. Temí entonces por él, pues pese a que era fuerte y alto, los acosadores le sacaban una cabeza.

Pero él o bien no se percató de esto o bien no le importó demasiado, porque alzó la cabeza con altanería y gruñó:

—¿Qué, jugando a los terroristas valientes? ¿No tenéis ningún otro sitio al que ir a hacer el idiota?

El chico que había intentado pegar a Guille le miró malhumorado.

—Quítate de en medio, Sergio, estás delante de una delicada mariposita, a ver si la vas a aplastar —le dijo, logrando que Guillermo se estremeciese.

—Déjame adivinar: le pediste salir, te rechazó y ahora reclamas venganza. ¿Me equivoco? —se burló Sergio con una sonrisa socarrona.

—¡Que te quites de en medio, Sergio! ¡Muévete o te daré a ti también una buena paliza! —ladró el otro, cada vez más enfadado. La sonrisa de Sergio se volvió tirante, fría, peligrosa, y su tono de voz al hablar parecía hecho de afiladas agujas de hielo:

—Te invito a que lo intentes… Pero yo de ti tendría cuidado. Saldrías tan mal parado que los golpes les seguirían doliendo hasta a tus nietos.

Sin mediar palabra, el gigantón se lanzó a golpear a Sergio en el estómago, pero él se apartó velozmente y le asestó un buen puñetazo en el ojo. El chico se apartó, llevándose las manos a la cara con un gruñido, y luego volvió a cargar contra Sergio, solo que esta vez logró alcanzarle, dándole de lleno en la boca. No obstante, Sergio ni siquiera se quejó: se giró velozmente y le dio una fuerte patada al otro en la espinilla.

Los dos chicos de segundo que acompañaban al gigante dijeron que lo dejaran de una vez y que ellos se iban, que no querían problemas. Dieron media vuelta y echaron a correr lejos de allí. Sergio y el acosador se quedaron mirándose unos segundos, respirando irregularmente. Y el gigante volvió a lanzarse a por él una vez más. Pero en esa ocasión ni siquiera rozó al otro chico, que se movió rápidamente y quedó detrás del abusón de segundo. Sacó algo de su bolsillo, se pegó a la espalda del gigante y colocó la punta de ese algo brillante contra su cuello. El acosador se quedó totalmente inmóvil, las pupilas dilatadas de pronto por el terror.

—Lárgate de una vez si no quieres más problemas —siseó Sergio en su oído, y justo después le soltó. No hizo falta que se lo repitieran más veces: el gigante echó a correr como alma que lleva el diablo, desapareciendo entre la gente que charlaba frente al instituto, totalmente inconsciente de la pelea que acababa de producirse.

Yo seguí en una esquina del callejón, estática, casi sin atreverme a respirar.

—¿Lle-llevas… llevas una na-navaja? —tartamudeó Guillermo, aterrado. Pero Sergio sonrió y le mostró lo que sostenía en su mano: un bolígrafo. Un simple bolígrafo. Había engañado completamente a aquel chaval de segundo curso.

Guillermo soltó una carcajada nerviosa, casi histérica, y miró a su defensor con admiración y gratitud.

—Muchísimas gracias, de verdad. Pero, ¿por qué me has ayudado? —dijo, respirando más despacio.

Sergio se encogió de hombros mientras se limpiaba la sangre de la boca con la manga de su cazadora de cuero negra. Tenía el labio inferior partido, aunque no parecía importarle mucho.

—Pero no lo vayas diciendo por ahí, ¿eh? A ver si la gente se va a pensar que me dedico a defender a críos —advirtió, mirando significativamente a Guille. Sin embargo, no había burla en su voz, y el pelirrojo asintió lentamente.

Entonces, Sergio dio media vuelta, alzó la mano a modo de despedida y se fue sin mirar atrás… Pero justo antes de desaparecer por el extremo del callejón, dijo con algo de sorna:

—Adiós, Guillermo. Adiós, Inés.

——————————————————————————————-

¡Hola! ¿Qué tal estáis? Siento muchísimo haber tardado tanto en actualizar, pero es que apenas he parado en casa. Prometo volver a subir un capítulo muy pronto.

Bien, pues aquí está la pelea que me habíais pedido algunas. Sí, lo sé, no fue Nico la víctima, pero es que me pegaba más así. ¡Espero que os haya gustado!

Un besazo enorme a tod@s,

MA.A