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El color de los sentimientos — capítulo 13

POV****Marta

Llegado el primer recreo, ni siquiera me molesté en aguardar unos minutos por si el tarado de Sergio aparecía, dedicándome directamente a cumplir el castigo.

Ya estaba segura de que no vendría, pues apenas faltaban cinco minutos para que el recreo terminase, y entonces la puerta del gimnasio se abrió de golpe y él entró como una exhalación.

Alcé la vista y, al mirarle, me sorprendí. Parecía alborotado.

Sin mediar palabra, Sergio se acercó a mí, se sentó en el suelo y empezó a recoger conmigo.

—¿Qué? ¿Fumando otra vez? —le pregunté con sorna y una sonrisilla irónica.

Él alzó la mirada de golpe con expresión rabiosa. Me incliné hacia atrás, seria de pronto. No me imaginaba que se lo fuese a tomar tan mal.

—Pues sí. ¿Algún problema? —respondió, desafiante. Negué despacio con la cabeza, atónita. No porque supiese que volvía a mentirme respecto a lo de fumar, sino porque me acababa de dar cuenta del aspecto desastroso que ofrecía mi compañero. Su pelo estaba totalmente alborotado, confiriéndole un aire rebelde e indómito, y tenía el labio inferior partido. La manga derecha de su chupa de cuero negro estaba manchada de sangre.

Sergio jadeaba ligeramente, como si hubiese corrido una distancia colosal en breves segundos.

—Oye… ¿Estás bien? —le pregunté con precaución, pese a que la respuesta era más que obvia.

—Por supuesto que sí —espetó él bruscamente—. Deja de meterte donde no te llaman.

Bufé con ira contenida.

—Eres un desagradecido, ¿lo sabías? Encima que solo me preocupaba por ti…

—No necesito tu compasión. Necesito acabar de una vez este puñetero castigo.

Le miré durante unos segundos. ¿Dónde habría estado? ¿Qué le habría ocurrido?

Sin embargo, decidí no decirle nada más. Claramente, Sergio no estaba de humor para conversaciones.

Suspiré y me limité a seguir recogiendo, pero al poco rato volví a detenerme al sentir la mirada de Sergio clavada en mí.

—¿Qué? —gruñí. Él hizo una mueca extraña y, después, sonrió de medio lado, como solo él sabía hacer, logrando que me estremeciese de la cabeza a los pies.

—Me estaba preguntando si Luis te habrá dicho algo de la macrofiesta de mañana. ¿Estás invitada?

—Sí —respondí, alzando la barbilla—. ¿Por qué lo preguntas?

—¿Y vas a ir? —prosiguió, ignorándome olímpicamente.

—Supongo —mi propia respuesta me sorprendió. ¿Supongo? ¡Pero si esa mañana me había puesto como loca por ir!

—¿Supones? ¿No lo tienes claro? —vi algo curioso en su mirada al hablar, una chispa de… ¿decepción?

—No, no lo tengo claro. ¿Y a ti qué te importa si voy o no voy? —ladré, molesta por su chocante actitud. En ese momento, su expresión cambió de golpe una vez más, tornándose fría y arrogante.

—Me importa una mierda si vas o no vas, a ver si te vas a pensar que estoy que no duermo de la preocupación por saberlo. Como si no fuera suficiente aguantarte ya cinco días a la semana, que encima tengo que añadir un sexto.

Me quedé totalmente anonadada. Pero, ¿quién se creía que era ese ególatra de las narices? Solté una risa falsa y gélida.

—Mira, te respondería a eso, pero estoy pensando que no tengo ninguna buena razón para perder mi valioso tiempo dando lecciones verbales a un narcisista como tú. Así que cierra la boca y dedícate a lo tuyo, porque no pienso prestarte más atención.

Y dicho esto volví a dedicarme a seguir con el castigo. Pero no pude hacer mucho más, porque en ese momento el timbre sonó. Me levanté sin dirigirle ni una sola mirada y salí del gimnasio… chocando abruptamente con mi hermana gemela, que corría en mi dirección. Detrás de ella iba Guillermo, blanco como la cal.

—¡Marta! —gritó Inés, tan cerca de mí que casi me deja sorda —. ¡No sabes lo que ha pasado!

—No, no lo sé. ¿Qué ha pasado? —inquirí con sincera curiosidad.

—Unos chicos de segundo intentaron pegar a Guille por… —Inés se interrumpió de golpe y dirigió una mirada de incomodidad al pelirrojo, que contemplaba sus zapatos como si estos escondieran todos los secretos del cosmos—. Bueno, eso no importa. El caso es que no puedes ni imaginarte quién salió en su defensa dándole una paliza a uno de los chicos.

Abrí la boca para decirle que no tenía ni idea de quién podía ser y que no se anduviese con adivinanzas cuando la puerta del gimnasio se abrió a mis espaldas. Me volví para ver salir a Sergio, que dirigió una mirada indescifrable a Inés y Guille y otra cargada de puro odio a mí, antes de abrirse paso entre nosotros y alejarse. Al pasar a mi lado, pude ver bien la herida de su labio inferior, la sangre de su chaqueta, su aspecto revuelto, como si hubiese corrido mucho… o como si acabase de salir de una pelea. La forma en la que mi hermana y Guillermo contemplaban a Sergio, con una mezcla de admiración y respeto, constituyó la pieza que me faltaba para completar el rompecabezas.

—Oh, no. No, no, no. Eso no hay quien se lo crea —mascullé por lo bajo mientras observaba a Sergio desaparecer entre la marea de alumnos que inundaban los pasillos.

—Te prometo que fue él, Marta. De verdad —susurró Inés, como si tuviese miedo de que alguien la oyese.

—Pero ¿por qué defendería Sergio a Guillermo? ¡No pega para nada con su carácter de chulito prepotente! —dije yo, más para mí que para ellos.

Inés y Guille se miraron sin decir nada. Parecían tan desconcertados como yo. Entonces reparé en que la extrema palidez del pelirrojo no desaparecía.

—Guille… ¿Estás bien?

Él dio un pequeño saltito, como si le sorprendiese que alguien le dirigiese la palabra.

—Sí, sí, estoy bien… Es el susto de la pelea… Anda, vámonos a clase —murmuró, sin que esa máscara de miedo que le cubría el rostro desapareciese.

Inés y yo le seguimos con algo de preocupación, aunque sospechaba que ella sabía más del asunto que yo. Pero bueno, ya le interrogaría en casa, donde el pelirrojo no pudiese escucharnos. Daba la impresión de que el tema le incomodaba…

Cuando llegué al gimnasio en el segundo recreo, no me sorprendió descubrir que Sergio no se hallaba allí. Empecé a trabajar, fingiendo que no me importaba su ausencia, pese a que en el fondo tenía ganas de hablar con él. Confié en que llegaría dando un portazo en el último momento, pero el timbre sonó y cogí mi mochila para regresar a clase sin poder evitar sentir una cierta desilusión.

Caminando por los pasillos en dirección a mi siguiente clase, me lo encontré. Venía de la entrada del instituto, con la mochila al hombro y la mirada perdida. Cuando me vio, sus ojos se volvieron fríos y oscuros de nuevo, cosa que me fastidió un poco. Pero decidí que yo no iba a ser menos y aparté la mirada con elegante arrogancia, fingiendo que Sergio no estaba allí. Y fue entonces, al entrar detrás de él en el aula, cuando lo percibí. Un olor apergaminado, duro, pegajoso.

El olor del humo y del tabaco.

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A la hora de salir de clase, recogí mis cosas y eché a andar en dirección a la salida, acompañada de mi hermana y de Guille. Este último había recuperado el color en las mejillas y volvía a ser el mismo de siempre.

Charlábamos de la macrofiesta del día siguiente, especulando sobre quiénes irían y lo que haríamos. Cuando llegamos a la parada de autobús, me di cuenta de algo que no había percibido antes: la libreta de matemáticas. Me la había dejado en clase.

Sentí como si me hubiesen tirando un cubo de agua helada por la espalda.

—Mierda —mascullé por lo bajo—. Chicos, tengo que volver un segundo a clase a por una cosa, o el señor Roberto me hará tragar las tizas el próximo día.

—¿Qué? ¡Pero si el autobús está a punto de llegar! —exclamó Inés, abriendo mucho los ojos.

—¡Lo sé, lo sé! ¡Me daré prisa! ¡Ahora vuelvo! —dije a toda velocidad, antes de echar a correr de nuevo hacia el instituto.

"Mierda, mierda, mierda", pensaba constantemente mientras me deslizaba por los pasillos como un rayo, evitando ser vista por el conserje. Finalmente llegué a la clase en la que había tenido Matemáticas, y suspirécon alivio al recoger mi libreta de la rejilla de debajo de mi mesa. Metí el cuaderno en la mochila y volví a correr, esta vez en dirección contraria.

Salí fuera del edificio y me permití tomarme un respiro al comprobar que el autobús aún no había llegado: a lo lejos, en la parada, distinguía la cabellera casi ígnea de Guillermo junto a la silueta de Inés. Empecé a andar hacia allí, sorteando los grupos de alumnos que regresaban a casa andando y que aún tenían tiempo para charlar un rato. La mayoría hablaban, como no podía ser de otra forma, de la macrofiesta que tendría lugar al día siguiente.

Entonces, una voz en especial me llamó la atención:

—¡Sergio, Sergio, Sergio! —me detuve y miré a mi alrededor, descubriendo así a una niña que no contaría con más de once o doce años saltando a los brazos de mi compañero de castigo.

No pude evitar la curiosidad y me acerqué un poco a donde se encontraban, en una esquina de la acera apartada del resto de la gente.

La niña, que poseía una larga cabellera negra, cubría de besos el rostro de Sergio, que la sujetaba con una sonrisa dulce y sincera. Yo no daba crédito a lo que veía. ¿Sergio siendo cariñoso?

—¿Qué haces aquí, enana? —preguntó, y el tono de su voz, hecho por completo de ternura, logró sorprenderme aún más si es que eso era posible.

—Salí de clase y pensé: "¿por qué no ir a buscar a mi hermanito preferido a su instituto?" Y aquí estoy —respondió ella, riendo. La sorpresa mitigó un poco en mi pecho. Así que era su hermana pequeña…

—Ah, pues muchas gracias, aunque mamá se preocupará si ve que tardas en llegar, sabes que no puedes ir tú sola por la calle… Venga, vámonos a casa —dijo él, bajando a su hermana al suelo y cogiéndole de la mano.

Entonces, alguien me sujetó por el hombro, y cuando me volví descubrí a Guille mirándome con el ceño fruncido.

—Inés me ha mandado a buscarte. ¿Qué haces? ¡El autobús está en la parada! Tu hermana ha tenido que pedirle al conductor que esperase un minuto… ¿Se puede saber qué mirabas? —se interrumpió al notar que yo seguía algo abstraída. Pero para cuando echó un vistazo por encima de mi hombro, ya no había nadie.

—Nada, no era nada, yo… me entretuve. Venga, vamos —murmuré, y eché a correr con él en dirección a la parada, donde me esperaba una enfadada Inés.

Durante el camino de vuelta, mi hermana me estuvo echando en cara que era muy irresponsable y que debía prestar más atención a lo que hacía con mis cosas, pero yo apenas la escuchaba. Seguía desconcertada.

Ver esa cara oculta de Sergio no era un espectáculo al que estuviese acostumbrada.

¡Hola! ¿Qué tal estáis? ¿Os ha gustado este capítulo? No sé cómo me habrá quedado, aunque me he esforzado bastante porque tiene puntos importantes… Como veis, Sergio parece tener una especie de doble personalidad, la verdadera y la falsa… La pregunta es, ¿cuál es cuál?

Este capítulo se lo dedico aAura-Lune, que quería ver el lado cariñoso de Sergio con una hermanita, y awillow of inkpor lo último que me dijo en su comentario al capítulo anterior, que me emocionó muchísimo.

¡¡¡Muchas gracias por leer y comentar!!! Y siento el retraso de mi actualización, pero es que estoy trabajando en la actividad "Momentos Perdidos" y eso me quita tiempo…

En el próximo capítulo empieza el tema "macrofiesta", que durará por lo menos un par de caps. A lo largo de la macrofiesta veréis un momentoSergio-Marta, un momentoInés-Nicoy un momentoGuille.

Un besazo a tod@s!!!!

Meri