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El color de los sentimientos — capítulo 14
POV****Inés
La tarde del sábado me la pasé estudiando mucho y haciendo tantos deberes como me era posible. Me sentía extrañamente culpable por tener planeado asistir a la macrofiesta, y trataba de compensar de alguna forma esa pequeña escapada con una maratón de trabajo.
Hacia las siete de la tarde me detuve para tomar un respiro y un café, pues el peso del sueño se aferraba con fuerza a mis párpados. Salí al pasillo y me detuve frente al cuarto de mi padre. Los ronquidos graves y aguados que se colaban por la rendija de debajo de la puerta indicaban que ya había vuelto de su ronda de copas y estaba durmiendo la borrachera. No sabía qué le había dicho mi hermana que íbamos a hacer esa noche, pero tampoco me interesaba demasiado.
Suspiré y me alejé en dirección a la cocina, pudiendo ver a Marta en el sofá del salón con los ojos cerrados, un libro abierto sobre el pecho y respirando suave y regularmente. Pasé cerca de ella sin hacer ruido y entré al fin en la cocina. Mientras esperaba a que se hiciese el café, cavilaba sobre la macrofiesta. Seguía teniendo el presentimiento de que no era una buena idea. Nunca me habían gustado ese tipo de cosas. Tampoco era que a Marta le encantasen, pero ella al menos les encontraba un lado divertido y era capaz de pasárselo bien. Yo, sin embargo, estaría sola en una esquina sin atreverme a mezclarme demasiado con la marea de adolescentes con ganas de fiesta…
Entonces una idea cruzó rauda por la periferia de mi mente: Nico. Si todo el instituto estaba invitado, podría estar con él… Aunque, en realidad, no me parecía el tipo de chicos que aceptaban ir a esa clase de eventos… ¿Y si no iba?
Chaqueé la lengua y saqué el móvil del bolsillo de mi pantalón. La voz de mi compañero respondió al segundo timbre.
—¿Inés? —dijo con tono interrogante.
—Hola, Nico… Verás, quería preguntarte si sabías lo de la fiesta que han organizado los del instituto para esta noche —no, mentira, lo que quería era preguntarle si él iba a ir.
—Sí, me lo dijo un chico de segundo, un tal Luis… ¿Por qué lo preguntas?
—Verás, es que mi hermana me ha convencido para ir, aunque en realidad no me apetece demasiado… Pensé que, si tú ibas, al menos podría estar contigo.
—Bueno… Yo en realidad no tenía planeado ir… —comentó él con algo de incomodidad. Pues qué bien. A lo mejor si le insistía…
—Venga, Nico… Hazlo por mí, anda, que si no me quedo sola…
—Pero si has dicho que va tu hermana.
—Ya, pero Marta es Marta, ella seguro que acaba encontrando alguien con quien mantener una entretenida conversación sobre cómo torturar al señor Roberto sin dejar pruebas… Venga, ¿qué te cuesta? Solo un ratito, luego te prometo que nos volvemos los dos a casa —añadí, tratando de convencerle. Él se mantuvo en silencio durante unos segundos y, finalmente, suspiró con resignación.
—Está bien… Empieza a las ocho, ¿verdad?
—Sí.
—Vale, pues nos vemos allí.
—¿Me prometes que irás? —pregunté, sin estar del todo segura de si podía fiarme de su palabra. Nico respondió con tono divertido:
—Te lo juro por mi honor de lector empedernido.
Solté una carcajada antes de despedirme de él. Apenas había vuelto a guardar el móvil en el bolsillo cuando me di cuenta de que eran ya las siete y veinte. Corrí a despertar a Marta olvidándome por completo del café.
Cuando el taxi nos dejó junto a la iglesia de San Felipe, a las afueras de la ciudad, me sorprendió ver lo deteriorado que estaba el edifico. Las cristaleras habían sido reventadas, y sus restos se aferraban a la vida lanzando destellos de distintos colores desde la maleza que trataba de devorar las paredes de piedra agrietada. Aquella iglesia debía de llevar mucho tiempo en desuso.
En la zona de detrás había un gran escapado, un solar llano cuyos márgenes estaban trazados con zarzales y pequeños arbustos descuidados. Al fondo del todo podía ver una valla de tela metálica que se había caído al suelo en algunos puntos. Una pequeña corriente de agua turbia cruzaba parte del solar para desembocar en una zona de tuberías que sobresalían del suelo. En conjunto, no parecía un gran lugar para pasear…
La inmensa mayoría de la gente ya había llegado. Reconocí a algunos alumnos a los que había visto por los pasillos o en las clases, pero había otros a los que no conocía de nada.
Habían dispuesto un buen montón de cajas de cartón y madera por el solar sin orden ni concierto, y pude ver una buena cantidad de botellas y latas apiladas en una esquina, rodeadas por varios tableros sostenidos con pequeñas torres de ladrillos que hacían las veces de mesas. En el interior del cuadrado de mesas, junto a las bebidas, un par de chicos charlaban mientras colocaban un tarro de cristal a su lado, probablemente para meter el dinero que cobrasen por los refrescos. No dejaban de mirar unas bolsas de plástico llenas que tenían algo apartadas, y sin saber por qué sentí un extraño cosquilleo de incomodidad.
—Eh, Inés, Guille nos está haciendo señas desde allí —me indicó mi hermana, y cuando me giré descubrí que así era. El pelirrojo se apoyaba en la pared de la vieja iglesia y nos obsequió una sonrisa. A su lado estaba Rafa, que también parecía bastante risueño. Corrimos hacia ellos y les saludamos. Estuvimos un rato charlando de tonterías de clase, pero después, de alguna forma que yo no alcanzaba a comprender, la conversación se desvió al ámbito del fútbol. Rafa y Marta eran los que más vivían la disputa sobre los distintos equipos. Guille también participaba, pero en menor medida. Yo, directamente, me limitaba a escuchar y callar.
Eché un vistazo hacia atrás por encima del hombro y entonces le vi, paseando entre la multitud de gente que se multiplicaba por momentos. Nico. Sonreí y me volví de nuevo hacia los demás.
—Chicos, me voy un segundo a… —me interrumpí al descubrir que ni Marta ni Rafa me estaban escuchando. Guille, sin embargo, me sonrió y me guiñó el ojo, animándome con un gesto de cabeza a avanzar en dirección a Nico. A ese chico no se le escapaba ni una…
Le dediqué una sonrisa de agradecimiento y di media vuelta para ir junto a mi silencioso amigo, cuya expresión denotaba que no se sentía a gusto en aquel ambiente.
—Nico —le llamé al llegar a su lado. Él se volvió y, al verme, pareció algo aliviado.
—Menos mal, pensé que no habías venido…
—¿Cómo no voy a venir, si fui yo la que te llamó? —dije, divertida. Él se encogió de hombros y abrió la boca para decir algo que no pude oír, porque en ese momento un sonido agudo y estridente resonó contra nuestros oídos. Nos dimos la vuelta con sobresalto y descubrimos a tres chicos de segundo subidos a la pequeña plataforma de piedra que poseía la iglesia en un lateral. Había un par de altavoces colocados estratégicamente y un pequeño generador detrás, además de una batería situada en el centro del escenario improvisado. Nada de eso estaba ahí antes, como tampoco lo estaban los tres chicos que paseaban entre los objetos supervisándolo todo. Uno de ellos llevaba una guitarra eléctrica colgando de unas correas, y otro sostenía entre sus manos un micrófono al que daba varios golpecitos que resonaron como terribles redobles cuando los amplificadores hicieron su trabajo. Reconocí al de la guitarra como el chico que nos había invitado a la fiesta, ese tal Luis.
El del micrófono dio un paso adelante y empezó a hablar, mientras el tercer chico se sentaba tras la batería.
—Probando, probando… ¿Se me oye bien? ¿Sí? Estupendo. Bueno, en primer lugar quería daros las gracias a todos por acudir a esta seria reunión de vital importancia que nos vemos en la necesidad de realizar cada poco tiempo —ante la broma, varios chicos alzaron la voz en lo que casi parecían ser gritos de guerra mientras reían a carcajadas. El muchacho del micrófono sonrió y prosiguió hablando—. Para los de primer curso que no me conozcáis, me llamo Jorge y soy el que organiza estas macrofiestas que tanto os gustan. Como no teníamos nada mejor que hacer, los aquí presentes Pablo y Luis, junto conmigo mismo, vamos a ofreceros un poco de sonido esta noche, y de paso os enseñaremos lo que es la verdadera música.
Todo el mundo empezó a aplaudir mientras Jorge retrocedía sonriente hasta quedar a la altura de Luis, que se colocó bien la guitarra y empezó a marcar los primeros acordes. El chico de la batería, Pablo, no tardó en seguirle con fuertes pulsaciones rítmicas que el "público" imitaba con los pies. Finalmente, Jorge se unió a la canción empleando su voz como instrumento, y los aplausos se hicieron aún más notorios.
Tenía que reconocer que el chico cantaba realmente bien, y su manera de moverse por la plataforma, con garbo y naturalidad, dejaba bien claro que aquello era algo a lo que estaba acostumbrado.
La música era rápida y potente, y la voz de Jorge susurrante y algo áspera, lo que le daba a la canción un matiz un tanto siniestro. Pese a ello, no me disgustó, al contrario que a Nico, quien hizo una mueca y sacudió la cabeza como si intentase sacarse la música de la mente. Me miró y dijo algo que no llegué a oír bien por el ruido.
—¿Qué? —le pregunté a voces. Él se acercó un paso a mí hasta casi pegar los labios a mi oreja y repitió:
—He dicho que si te importa que nos alejemos un poco, esto es de todo menos tranquilo. Además, hay algo que quiero decirte, y prefiero que sea más en privado.
—Me parece bien —le respondí. A mí no me molestaba la música, pero dado que Nico había ido allí por mí, no era plan de obligarle a quedarse tan cerca de los altavoces cuando eso le desagradaba. Además, sentía verdadera curiosidad por saber qué querría decirme.
Ambos echamos a andar hacia el otro lado de la iglesia, que en realidad no era tan pequeña como me había parecido en un principio. De hecho, tenía un tamaño considerable.
Incluso cuando estuvimos separados de toda aquella aglomeración de alumnos y ruido seguía sintiendo un pitido sordo persistiendo en hacer vibrar mis oídos. Y eso que apenas había estado un par de minutos escuchando la música… "Acabarán todos sordos", pensé. Entonces, me di cuenta de que Nico me estaba mirando fijamente de una forma extraña, con una intensidad poco habitual.
—¿Qué era lo que querías decirme? —le pregunté. Él siguió observándome unos segundos más y, finalmente, abrió la boca.
—Bueno, es una tontería… Una verdadera tontería, pero siento curiosidad. Inés, tú… ¿tú tienes novio?
Eché la cabeza ligeramente hacia atrás mientras abría mucho los ojos. No era precisamente la pregunta que me esperaba.
—¿Yo? No… Nunca he tenido novio. Creo que estudio tanto que apenas tengo tiempo para buscarme una buena vida social —bromeé con una sonrisa que él me devolvió. Parecía nervioso, lo cual no era nada común en él, que siempre estaba silenciosamente sereno. Sin embargo, al mismo tiempo también parecía aliviado—. ¿Y tú? ¿Tienes novia? —le pregunté, picándole un poco, aunque de pronto me encontré ante el leve temor de que me dijese que sí. Aún no había llegado a definir qué era aquel cosquilleo que sentía por dentro cuando estaba con él, y no tenía demasiadas ganas de hacer que las mariposas saliesen de mi estómago con un brusco soplido de realidad.
—No. Yo tampoco tengo ni he tenido nunca novia —me respondió, divertido. Su forma de mirarme había cambiado, ahora tenía un suave toque pícaro y taimado, una chispa de astucia y esperanza escondida tras el color dorado de sus ojos—. De hecho, quería decirte que…
Pero se calló de golpe cuando oímos unos susurros veloces provenientes de algún lugar cercano. Ambos nos asomamos cautelosamente a una de las múltiples esquinas y recovecos que los pequeños contrafuertes de adorno de la iglesia formaban. Allí, entre un par de pequeñas columnas, había dos chicos a los que reconocí de inmediato: Rafa y Guille. El pelirrojo parecía nervioso, y hablaba gesticulando bastante.
Nico y yo nos miramos y, sin mediar palabra, nos aproximamos más a los dos chicos, teniendo mucho cuidado de no hacer ningún ruido. Y fue entonces cuando escuchamos una curiosa, emotiva y triste conversación…
¡Hola! ¿Qué tal estáis? Espero que os haya gustado este nuevo capítulo, el primero de la macrofiesta… Por cierto, en un principio dije que este evento duraría dos capítulos, pero rectifico: durará entre tres y cinco, dependiendo de cuánto me extienda al desarrollar los hechos…
¿Qué os ha parecido? Dado que el siguiente cap. es un POV Marta, tendréis que esperar al cap. 16 para averiguar qué conversación escucharon Inés y Nico…
Por cierto, ¿qué pensáis que quería decirle Nico a Inés? Parece que al pobre le han interrumpido en un momento "importante", ¿no creéis?
Y lo de la macrofiesta… No sé, no sé. Comparto la opinión de Inés y Nico, a mí tampoco me gustan mucho esas cosas… ¿Y a vosotr@s?
Este capítulo se lo dedico aChowderDel99, que se ha leído**"El disfraz de los cerezos"**y este fic en dos días y me ha puesto un comentario muy alentador. ¡Muchísimas gracias!
¡Un besazo enorme a tod@s!
MA.A