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El color de los sentimientos — capítulo 15
¡Hola! Bien, tengo algo importante que deciros: mañana empiezo las clases y será un curso largo y complicado en el que necesito sacar buenas notas, por lo que he llegado a plantearme dejar temporalmente Potterfics. Pero después he pensado que, mientras haya una sola persona que quiera seguir leyendo lo que escribo, merecerá la pena continuar. Por ello, aunque no podré actualizar muy de continuo, prometo tratar de subir un capítulo cada semana, probablemente los domingos.
En compensación, os dejo un capítulo más largo de lo normal, jaja. ¡Espero que disfrutéis de la lectura!
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POV****Marta
Durante cerca de diez minutos estuve hablando con Rafa sobre distintas jugadas de fútbol. Él defendía fervientemente que la posición de delantero era la mejor sin lugar a dudas, a lo que yo le respondía que eso no era necesariamente cierto. Guillermo se limitaba a escucharnos, y esporádicamente expresaba su opinión. No fue hasta un buen rato después cuando me di cuenta de que Inés se había ido.
—¿Y mi hermana? —pregunté. Rafa se encogió de hombros, y fue Guille quien me respondió:
—Se fue hace un rato a hablar con Nicolás.
—¿Nico está aquí? —dije, sorprendida. Aquel chaval que era tan amigo de mi hermana no parecía el típico chico al que le gustan las fiestas.
—Sí, vino poco después que vosotras —me explicó pacientemente Guillermo. Yo suspiré, sonriendo. Me apostaba lo que fuese a que Inés le había convencido de que viniese. Decidí que lo mejor sería no ir a buscarla. Había visto cierta conexión entre esos dos, y se merecían estar un rato a solas —. Voy a por algo de beber, chicos. Luego vuelvo.
Ellos asintieron y se quedaron hablando de algo que no me paré a escuchar. Di media vuelta y comencé a caminar despacio entre la gente en dirección al pequeño bar improvisado que habían montado los alumnos de segundo.
El otoño había entrado con fuerza, y aunque solo eran las ocho y media el cielo empezaba ya a adquirir un matiz oscuro que presagiaba una noche inminente.
El aire era más bien frío, y dado que yo iba en camiseta de manga corta sentí un escalofrío helado cuando una brisa me revolvió el pelo.
Los chicos y chicas se agrupaban en todas partes, hablando a toda velocidad y gesticulando mucho, pero yo apenas oía lo que decían porque tres alumnos de segundo se habían puesto a tocar y cantar en una plataforma de piedra situada tras la iglesia. No lo hacían nada mal, pero los altavoces resonaban con más fuerza de la debida. Me pregunté con preocupación si habría gente viviendo en los alrededores de aquel solar. De ser así, no debían de estar demasiado contentos.
Llegué al lugar donde vendían bebidas y le pedí una Coca-Cola a un chico de pelo largo que me cobró y metió el dinero en el tarro de plástico que había a su lado. Abrí la lata con un chasquido y bebí un sorbo mientras miraba a mi alrededor. Para ser una fiesta hecha por adolescentes, aquello estaba bastante bien organizado.
Pensé en volver junto a Rafa y Guille, y emprendí el camino de regreso, pero cuando llegué descubrí que ya no estaban allí. Supuse que se habrían ido a dar una vuelta y decidí esperarles. Mientras aguardaba, me apoyé en la pared de la vieja iglesia, justo donde momentos antes había estado recostado Guillermo. Desde esa posición, contemplé el desarrollo de la fiesta, la gente que reía, bebía y bailaba… Perdí en gran medida la noción del tiempo, pero debía de haber pasado más de media hora cuando vi a un chico moreno de ojos grises al que conocía bien dirigirse a una puerta desvencijada de la iglesia, abrirla de un tirón, entrar y desaparecer dentro del edificio.
Movida por la curiosidad, me aproximé a la estrecha entrada y le seguí. La vieja puerta se cerró sola a mis espaldas, y yo me encontré en una sala no muy grande con un Cristo colgado en la pared de enfrente y otra puerta que debía de conducir a la nave principal de la iglesia. Unas pequeñas escaleras bajaban a lo que supuse que era el sótano, y Sergio fumaba un cigarrillo apoyado en una silla de madera tapizada de grafitis y con varias muescas en las patas. En su mano izquierda sostenía un vaso con un líquido de color amarillo traslúcido.
Al entrar, Sergio alzó la cabeza y me observó de arriba abajo con expresión inescrutable.
—¿Lo ves? Te lo dije. No era suficiente con estar a solas conmigo cinco días a la semana, necesitabas un sexto —dijo con voz tranquila, como quien constata un hecho científico irrefutable.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, ignorando su comentario.
—¿No es obvio? —me respondió alzando una ceja a la vez que el cigarrillo y el vaso.
—Pero eso también puedes hacerlo fuera —observé yo—. ¿Por qué has entrado aquí tú solo?
—Hay un par de chicas que quieren enrollarse conmigo. Al principio me hacía gracia, pero ahora ya son insoportables. No me dejan en paz ni un segundo, y necesitaba algo de tranquilidad.
—Mmm… Genial. Pues te dejo con tu tranquilidad, me están buscando —mentí. En realidad, nadie me estaba buscando, o al menos no que yo supiera. Pero la idea de permanecer sola con Sergio en una habitación cerrada no resultaba muy agradable. No era igual que en el gimnasio: fuera de esas cuatro paredes no había profesores, sino adolescentes hormonados.
—No, espera, ya que estás aquí quédate un rato. Te permito disfrutar de mi compañía —me detuvo con una sonrisa socarrona, avanzando un paso para impedirme el acceso a la puerta.
—Eh… No, gracias por tu generoso ofrecimiento pero creo que lo voy a declinar —respondí, nerviosa de pronto. La poca iluminación de la habitación provenía de los bordes de la desencajada puerta, a través de los cuales nos llegaba el eco sordo de la música. Sergio estaba de espaldas a la entrada, por lo que su cuerpo quedaba bastante oscurecido, excepto en los perfiles, que brillaban con un color ligeramente refulgente, como un hilo de oro que lo rodeaba. Sus ojos grises relucían sobre su rostro en sombras. Chasqueó la lengua sin dejar de sonreír.
—No muerdo, ¿sabes? —dijo con un tono de voz indudablemente seductor.
—No tengo ninguna intención de comprobarlo… Por cierto, ¿qué es eso? ¿No será alcohol? —quise saber, señalando con la cabeza el vaso que aún sujetaba. Aquella pregunta había surgido en parte porque realmente me interesaba y en parte porque necesitaba desviar el tema de conversación. Sergio hizo una mueca y me dedicó su mejor media sonrisa mientras me mostraba el vaso.
—Limonada. Una bebida impura y malsana que destruye el cuerpo, trastorna la mente y corroe el alma. Un producto venido directamente del infierno, miles de jóvenes mueren por su causa cada día. Seguro que una princesa correcta y dulce como tú nunca ha probado tal inmundicia —se mofó. Yo le saqué la lengua, molesta. ¿Por qué siempre tendría que reírse de mí?
—Eres insoportable.
—Tal vez, pero no puedes negar que eso te encanta —me respondió, ensanchando su sonrisa. Bufé y me crucé de brazos.
—Apártate, quiero salir —le dije, pero él negó con la cabeza—. Solo voy a por algo de beber, ¿sabes? —y era cierto. Hacía rato que había terminado mi Coca-Cola y tenía mucha sed.
Él levantó la mano derecha para mirar la hora en su reloj de muñeca y realizó una mueca de disconformidad.
—No te lo recomiendo. Son las nueve y cuarto, y Jorge dijo que sería a partir de las nueve cuando empezaría a animar un poco las bebidas.
—¿Animar las bebidas? —repetí, confusa. Sergio me dirigió una mirada extraña, como si tuviese algún debate interno. Finalmente, respondió.
—Empiezan a servirlas en vasos de plástico y… —se interrumpió fijando sus ojos, grises, en los míos, verdes—. ¿Viste las bolsas de plástico que había junto a la pila de bebidas? Supongo que no sabes lo que contienen —negué con la cabeza. Él suspiró—. Alcohol. En cantidades considerables. Los alumnos de primero que vienen por primera vez a una fiesta de estas no suelen quedarse más de una hora o dos, por lo que es a partir de ese momento cuando Jorge y sus amigos comienzan a vender cervezas y cosas así junto a los refrescos… Y a mezclarlas con otras bebidas sin que la mayoría de los consumidores se enteren.
Atónita, abrí mucho los ojos. Aquello parecía un diálogo de una peli de criminales. Me negaba a creerme esa burrada.
—Eso no es legal —dije.
—Yo no he dicho que lo fuera.
—Pero… pero si todos aquí son menores de edad…
—Todos no, Jorge tiene 19 años, y hay unos cuantos de 18. Repetidores en su mayoría… Además, a ellos les importa bien poco la edad de los aquí presentes. Se limitan a "mostrarles el mundo del alcohol".
—Esto es totalmente surrealista —murmuré. Ir a aquella fiesta había sido una mala idea, una muy mala idea. Y entonces reparé en algo—. ¿Pero tú no eres de primero? ¿Cómo es que sabes todo eso?
Sergio se encogió de hombros.
—Mi hermano mayor era íntimo amigo de Jorge, y me traía siempre a estas fiestas.
Fruncí el ceño.
—Has hablado en pasado —le dije.
—¿Qué?
—Has dicho "era" y "me traía". ¿Por qué? ¿Jorge y él ya no son amigos? ¿Ya no viene a estas "serias reuniones"?
—Más o menos —respondió él, y pese a la sonrisa bravucona que blandió, vi en sus ojos que no quería seguir hablando del tema. No obstante, decidí hacerle una última pregunta.
—¿Dónde está ahora tu hermano?
—No lo sé —su respuesta fue clara, directa y pintada de un matiz de dolor que me llevó a pensar que Sergio no se refería a que no supiera dónde se encontraba su hermano en ese preciso instante, sino que desconocía su paradero en general.
Cavilé unos segundos sobre este nuevo descubrimiento hasta que su voz interrumpió el hilo de mis pensamientos
—Hazme un favor y no bebas nada más esta noche… No tengo ganas de que acabes totalmente ebria —no habría sabido decir qué me sorprendió más, que se estuviese preocupando por mi salud o que emplease un lenguaje tan… insólito viniendo de él; otro chico hubiese dicho "borracha", no "ebria". Esa palabra resultaba chocante salida de sus labios. Por su forma de vestir o de actuar, cualquiera hubiese dicho que Sergio era el típico chico que no toca un libro ni loco, que emplea todo tipo de palabras soeces y que usa un vocabulario sumamente grosero… Pero, en realidad, y lejos de lo que pudiera parecer, Sergio tenía una sorprendente labia y era poco dado a emplear vulgarismos. Además, y pese a que no era un alumno brillante ni que los profesores tuvieran en buena estima, nunca le había visto suspender nada, y daba la impresión de que si no sacaba más nota era simplemente porque no se le antojaba.
Me di cuenta de que llevaba un rato observándole detenidamente cuando el alzó una ceja componiendo una expresión burlona.
—Prometo no beber nada más —dije, tratando de impedir que la sangre se acumulase en mis mejillas. Lo rodeé sin mirarle a los ojos, aproximándome velozmente a la puerta—. Creo que ahora sí que debería irme… Tengo que avisar a mi hermana y a mis amigos de lo del alcohol y…
—Espera —me detuvo él, sujetándome por el brazo. Había tirado el cigarrillo al suelo y lo había pisado. Vació la limonada de un trago y dejó el vaso sobre la vieja silla—. Ni se te ocurra decirle a nadie que he sido yo el que te ha dado el chivatazo, ¿comprendido?
Asentí, intimidada, pero una nueva pregunta se hizo un hueco en mi mente.
—¿Por qué me has avisado de lo del alcohol? —él frunció el ceño con aparente disgusto.
—Ya te lo he dicho, no quiero verte tambaleándote y balbuciendo estupideces… Eso ya lo haces tú solita sin ayuda de ningún producto… digamos… "peligroso".
Le di un puñetazo en el hombro, tratando de soltarme de su agarre sin éxito.
—¿Por qué no dejas de meterte conmigo? —le gruñí, molesta.
—Pero si yo no me meto contigo. De hecho, eres la persona con la que mejor me comporto de todo el instituto —ante mi mirada escéptica, Sergio rio—. Te lo prometo, princesa.
—Ya, claro… Bueno, hasta luego, Sergio —me despedí, logrando por fin apartarme de él y dirigiéndome a la puerta.
—Hasta luego, Marta —respondió él en voz baja, de espaldas a mí, y yo me estremecí: era la primera vez desde que le conocía que me llamaba por mi nombre, y me gustó cómo lo hizo, el tono que empleó. Cuando salí, descubrí que estaba sonriendo sin darme cuenta.
Una vez fuera, la música volvió a golpearme con mucha fuerza. Suspiré y empecé a andar tan rápido como me era posible para alejarme de la iglesia… y de Sergio. Entonces, unas manos me sujetaron por el codo, y me di la vuelta para encontrarme con las dos chicas que habían estado tonteando con Sergio en el gimnasio el día que nos castigaron a ambos: la morena y la rubia con mechas. Supuse que eran esas dos las que estaban molestando a mi compañero constantemente… y las causantes, de forma indirecta, de que hubiese pasado los últimos minutos en su compañía.
—¿Qué hacías en la iglesia? Estabas con mi Sergio, ¿verdad? —me ladró la chica morena. Parpadeé, divertida, al oír ese marcado "mi". Si Sergio lo oyese…
—¿Y a ti qué te importa lo que hago, dónde lo hago o con quién lo hago? —le respondí, pero en esa ocasión fue la chica de las mechas la que intervino, hablando con su compañera morena.
—Déjala, Silvia, para una vez que la pobrecilla tiene a un chico a menos de dos metros de distancia… No hay razón para ponerse celosas, nuestro Sergi jamás se liaría con algo como esto —dijo, mirándome con desprecio de arriba abajo.
—Al menos yo no estoy tan desesperada como para recortar al máximo mi ropa —le respondí, malhumorada.
—Verás, bonita —terció la chica morena, Silvia—, las chicas como nosotras sabemos lo que es la buena vida. Esta forma de vestir no es un signo de desesperación, sino una manera de enseñar lo que algunas tienen y otras como tú, no.
—Pues no es por nada, pero desde aquí mismo casi puedo verte el ombligo tanto por el escote como por debajo de la falda. Pero dejo a tu criterio decidir qué es exactamente lo que quieres "enseñar", como tú dices —aquellas chicas empezaban a enfadarme de verdad, y lo único que quería era irme de una vez.
—Admítelo, mocosa —dijo la chica rubia—. Ningún chico querrá nada serio contigo nunca. De hecho, seguro que jamás en tu vida has besado a nadie —me mordí la lengua. Eso era cierto, pese a que yo no le concedía la menor importancia, pero algo en mi expresión debió de hacerles pensar lo contrario, porque la chica rubia sonrió triunfalmente y prosiguió—. Lo sabía… ¿Y sabes qué? El primer chico que te bese (si no eres tú la que le besa a él después de drogarlo para que no vomite) no estará en absoluto enamorado de ti, simplemente querrá entretenerse un rato contigo y punto. Y, por supuesto, que sepas no tienes absolutamente nada que hacer con nuestro Sergi.
La rabia que me sacudió en ese momento fue tan inmensa que quise abalanzarme sobre esas chicas y molerlas a palos, pero una voz gélida habló a mis espaldas.
—No soy "vuestro Sergi". Y no quiero teneros delante ahora mismo. Me estropeáis el panorama. O, dicho más clara y sinceramente, me dais verdadero asco. Fuera.
Había una autoridad y una frialdad en sus palabras que hizo que me volviese para verlo. Él miraba a las dos chicas con expresión iracunda.
—¿Tengo que repetirlo? ¡Fuera!
Ellas, que en un principio habían dado muestras de querer protestar, dieron media vuelta y se alejaron corriendo tan rápido como sus tacones de aguja se lo permitieron. Por un segundo, yo también quise correr, pero entonces Sergio volvió su mirada hacia mí y pude contemplar atónita una cierta preocupación nadando en el azul de sus ojos. El brillo helado había desaparecido.
—¿Estás bien? —asentí, demasiado sorprendida como para articular palabra—. No les hagas caso. Lo que tienen de belleza les falta de ingenio.
Volví a asentir. En eso estaba totalmente de acuerdo.
Sergio se quedó mirándome un rato más, en silencio y con el ceño fruncido. Finalmente, murmuró:
—No dejes que te afecten las estupideces que te han dicho. Dejar que te humillen nunca debería ser una opción… Además, tengo la seguridad de que eso que han dicho de tu primer beso no será cierto.
—¿Ah, sí? —pregunté con una sonrisa algo amarga. Aunque los insultos de aquellas chicas no me habían hundido, sí que me habían molestado—. ¿Puedo preguntar cómo es que estás tan seguro?
Él sonrió de medio lado, esa sonrisa tan suya, pícara, traviesa, socarrona, como la del día que le conocí.
Me miró fijamente a los ojos con su mejor cara de niño malo.
Y entonces me besó.
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¡Hola!
¿Os ha gustado? Personalmente, no pienso que sea mi mejor capítulo… Pero sí que es de los que más me han gustado escribir.
Va dedicado aAllyson Sheridan, antiguaHermione_Emma, a quien he echado muchísimo de menos últimamente. ¡Un besazo, Ally!
Quería daros las gracias también porque en la primera parte de este fic, "El disfraz de los cerezos", he llegado a las 3000 lecturas, lo que me ha hecho muchísima ilusión. ¡Gracias a tod@s!
Por cierto, ¿qué opináis de lo que ha ocurrido hoy? Lo del alcohol ha sido… malo, muy malo… Pero ya sabíais vosotras que esas bolsas tenían mala pinta, ¿eh? Jeje. ¿Y qué hay de las chicas que se metieron con Marta? Yo tuve ganas de matarlas, qué mal me caen… Y lo más importante: ¿qué pensáis de lo ocurrido entre Marta y Sergio? ¿Cómo creéis que se desenvolverá el asunto? ¿Y qué opináis de lo del primer beso?
¡Un besazo enorme, y gracias! Cada palabra mía que es leída me impulsa un poco más alto.
Meri