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El color de los sentimientos — capítulo 30
¡Hola! ¿Qué tal? Sí, lo sé, llevo siglos sin actualizar, pero entre los días festivos, la falta de Internet que tuve en el pueblo y el hecho de que estuve semana y media enferma no pude escribir mucho…
Pero bueno, al fin lo he logrado. ¡Aquí tenéis el capítulo! En cuanto lo suba me pongo arespondertodos los comentarios que llevo atrasados.
Por cierto, para quienes no lo sepáis (que si no me equivoco sois la mayoría), este es elÚLTIMO capítulo. El fic se estaba haciendo demasiado largo… Pero descuidad, voy a hacer unatercera(y supongo que última) parte, en la que seguiré la historia desde donde la dejo aquí y que espero poder empezar a subir este domingo.
Y, sin nada más que decir, os dejo para que leáis ;D. ¡Espero que os guste!
POV****Inés
Pasé cerca de una hora y media con Nico, dando vueltas por el parque o sentándonos en algún banco. Poco a poco, ese aire nervioso y algo deprimido que había rodeado a mi amigo como una neblina maligna al llegar había ido dispersándose hasta desaparecer, y finalmente Nico reía tranquilo por cualquier cosa y charlaba distendidamente conmigo de esto y de lo otro.
Cuando a eso de las siete y media el cielo se vistió de gris y las primeras gotas de una tormenta venidera comenzaron a caer, decidí que era hora de volver a casa. Le dije adiós a Nicolás con un abrazo al que él correspondió algo azorado, y en el último momento le di un beso en la mejilla. Le dediqué una sonrisa cariñosa y me alejé de él, apresurando el paso para no mojarme demasiado en el camino a casa.
Justo antes de salir del parque, me volví para mirarle una última vez, y descubrí que no se había movido ni un solo centímetro. Estaba ahí, parado bajo la lluvia, ligeramente ruborizado y con una mano sobre la mejilla que le había besado. Me miraba desde lo lejos como si yo fuese una aparición divina, y eso logró sacarme una risilla tímida. Me despedí de él con un gesto, y él me imitó con la mano contraria a la que aún sostenía en su cara.
Me giré de nuevo y corrí a mi casa. El manto de agua que caía de las alturas era cada vez más denso, y para cuando llegué al portal ya estaba completamente empapada. Entonces reparé con un quejido en que llevaba el bolso abierto. Chasqueé la lengua y llamé al ascensor. Mientras esperaba a que este llegase, comprobéel estado del contenido del bolso. El móvil, que se encontraba en un compartimento externo, no se había mojado, y la cartera, al estar plastificada, tampoco. Sin embargo, la cajita de chicles y el paquete de pañuelos estaban estropeados por el agua… Y en ese momento, justo cuando las puertas del ascensor se habrían ante mí, me di cuenta de que había algo más en el interior del bolso, algo que yo no había metido: un sobre rectangular, casi transparente por la humedad.
Entré en el ascensor y saqué el sobre con curiosidad. Traté de abrirlo, pero se deshizo entre mis dedos como una pasta blanquecina. Me quedé con un papel verdoso en las manos. En el papel había escrito algo, pero la tinta azul del bolígrafo estaba emborronada, formando manchurrones añiles que impedían por completo la lectura del texto.
Fruncí el ceño, pensando en cómo podía haber llegado el sobre hasta mi bolso, y entonces las puertas del ascensor volvieron a abrirse, dando lugar a mi piso.
Descubrí que la puerta de mi casa estaba abierta, y en el hall de entrada se encontraban mis hermanos.
Me acerqué a ellos y cerré la puerta a mis espaldas. Ambos me miraron y me saludaron. Javi estaba recostado contra la pared, con las manos en los bolsillos y un brillo divertido en la mirada.
Marta, por su parte, se apartaba el pelo hacia un lado y trataba de secarlo con su propia chaqueta. Estaba totalmente empapada, como yo, por lo que supuse que acababa de llegar a casa. Solo entonces me di cuenta de lo agitada que parecía.
—¿Marta? ¿Estás bien?
—Eh… Sí, sí… —respondió ella de forma distraída, apartando la mirada. Una sonrisa estúpida acudió a sus labios, y trató en vano de ocultarla. Yo reí, comprendiendo. Esa sonrisa lo decía todo.
—Oye… ¿por casualidad no habrás visto a Sergio, no? —inquirí con tono casual, quitándome la chaqueta y mirando a mi alrededor como quien no quiere la cosa.
—¿Yo? —balbució ella, pasándose los dedos por el pelo y retirando así de su cara varios rizos húmedos—. ¿Por qué lo dices?
—No, por nada, pura curiosidad… Dime, ¿le has visto?
—Esto… bueno, sí, me lo encontré hace un buen rato… —respondió ella, sonrojándose ligeramente. Asentí, divertida. Si mi hermana no estaba enamorada, yo era la reina de Inglaterra.
Javier soltó una carcajada y sacudió la cabeza de un lado a otro. Entonces, abrió mucho los ojos, como si se hubiese dado cuenta de algo, y dijo:
—Por cierto, esta mañana, de camino a la panadería, vi a papá saliendo de un pub con una borrachera impresionante. ¿Vosotras le habéis vuelto a ver?
Marta y yo negamos con la cabeza y Javi suspiró.
—En fin, ese hombre no tiene remedio… Bueno, chicas, que sepáis que Noe está a punto de llegar, y…
En ese momento, alguien picó en la puerta, y los tres nos giramos. Javier se adelantó y la abrió. Ante nosotros apareció entonces Noelia, completamente calada por el agua y acompañada por dos niños en iguales condiciones: sus hermanos.
—¡Hola! —saludó Javi, e inclinándose depositó un dulce beso en los labios de su chica, que le abrazó cariñosamente.
—Hola —dijo Noe.
—¿Cómo habéis entrado en el portal? —quiso saber Javier, y ella explicó:
—Una vecina vuestra muy maja nos abrió la puerta…
Los dos niños, por su parte, nos miraron algo cohibidos, sin saber muy bien si pasar o no.
Yo les sonreí y me aparté, indicándoles con un gesto que entrasen.
—¿Qué tal, peques? —preguntó Marta, revolviéndole el pelo al menor, Raúl, de nueve años.
—Bien —respondió él, observando con curiosidad la casa a su alrededor.
—¿Y tú, Emma? —interrogué yo a la niña, que contaba con doce años.
—Bien, bueno, mojada —dijo ella con una sonrisa.
—Perdona, Javi —habló Noelia, mirando a nuestro hermano—. Mis padres están trabajando y tengo que cuidar de ellos…
—Nah, no te preocupes —interrumpió Javi, quitándole importancia con un gesto de la mano.
—Nosotras nos encargamos de ellos —ofrecí. Javi y Noelia nos lo agradecieron y se fueron charlando al salón, dejándonos a solas con los niños.
—¿Tienes juguetes? —preguntó Raúl a Marta. Ella soltó una carcajada, y señaló el fondo del pasillo, hacia nuestra habitación.
—Id allí, ahora miraré qué tengo para dejaros.
Raúl hizo girar su puño en el aire, emitiendo una serie de gruñidos como si estuviese quemando rueda en una moto. Seguidamente, salió corriendo hacia nuestro cuarto, fingiendo agarrarse a un manillar inexistente.
Emma le siguió, regañándole por hacer tanto ruido. Les observé alejarse con una sonrisa, y entonces escuché a Marta carraspear a mi lado. Me volví hacia ella con curiosidad. Parecía bastante nerviosa.
—Tengo algo que decirte —comenzó.
—Cuenta —le animé yo, dejando el bolso en el suelo.
—A ver… Esta tarde… Bueno, he estado con… y… no sé, me parece que tengo dos problemas… es decir, no son problemas, son… eh…
—¿Son? —dije, tratando de ayudarla a conducir la conversación. Marta cogió aire y soltó de golpe:
—Son Sergio y Álex.
—¿Qué? —pregunté, atónita—. ¿Ahora te gustan los dos?
—¿Perdona? ¿Cómo demonios iba a gustarme Álex? ¡Ni loca! ¡Si no le aguanto!
Ambas nos quedamos en silencio durante unos segundos, mirándonos, y a medida que la implicación de aquellas palabras iba entrando en nuestras mentes las mejillas de mi hermana comenzaron a volverse rojas.
Volví a sonreír.
—O sea, Álex no, pero Sergio…
—Cállate —siseó ella, ya del color de la grana.
Asentí con un suspiro. Esa chica era imposible…
—A ver, ¿qué ha pasado hoy con Sergio y qué tiene que ver Álex?
—No, nada… Lo de Álex es que me lo encontré por la calle (ya me dirás qué estaba haciendo tan lejos de su casa) y se auto-convenció de que era mi novio…
—¿Qué? —espeté, sin saber ya si reír o no.
—Nada, el chalado ese, que ahora anda predicando por ahí que estamos saliendo… Bah, olvídalo, ya se le pasará la tontería.
—¿Y con Sergio? Cuéntame eso, que es lo que realmente me interesa.
Marta me dio un suave puñetazo, muy ruborizada, y yo solté una carcajada.
—Bueno… Él…
Entonces, la pequeña cabeza de Raúl asomó por la puerta de nuestro cuarto.
—Oye, ¿y tus juguetes?
—Sí, sí, ya voy —dijo Marta, mirándome de una forma que interpreté como "luego hablamos".
Suspiré y me dispuse a seguirla, pero entonces me sonó el móvil. Me incliné para sacarlo del bolso. El nombre de cierto pelirrojo apareció en la pantalla, y yo alcé la mirada hacia Marta, que me observaba con curiosidad.
—Es Guille —dije, y descolgué—. ¿Sí?
—Ho-hola, Inés… —Guille mostraba un tono de voz atascado, congestionado, como si hubiese estado llorando.
—¿Guillermo? ¿Estás bien? —pregunté preocupada, y Marta frunció el ceño. Me hizo un gesto interrogante, pero yo me encogí de hombros.
—Verás, hoy… Rafa y yo empezamos a salir… —comenzó Guille.
—Pero eso es bueno, ¿no?
—Sí… O mejor dicho, era bueno. Ha habido un problemilla…
—¿Dónde estás? —interrumpí—. Voy para allá.
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¡Hola de nuevo! ¿Qué os ha parecido? Espero que os haya gustado… Sí, lo sé, muchos comienzos y no he cerrado absolutamente ningún interrogante, no me matéis, jeje. Lo que ocurrió con Sergio y el episodio de paranoia de Álex se verá en el primer capítulo de la tercera parte, que comenzará con un POV Marta. Y lo de Guille se descubrirá en el siguiente capítulo, POV Inés.
Quieroagradeceros, hoy más que nunca, todo elapoyoque me habéis dado, en especial las que lleváis conmigo desde abril, desde**"El disfraz de los cerezos".**Os habéis convertido en toda una fuente de ánimos, y tenía que deciros que cada comentario, incluso cada lectura, es imprescindible para mí.
"Cada palabra mía que es leída me impulsa un poco más alto".
Un besazo enorme,
Meri