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Crepúsculo la saga: Eclipse de fuego — capítulo 3
Había pasado una semana desde la pelea, y yo ya me había recuperado casi por completo. Lo único que me molestaba todavía era algo en las costillas. Ya estaban curadas, pero aun no podía hiperventilar, de manera que correr quedaba fuera de mis actividades diarias. Tampoco podía ir a hacer la guardia en mi forma lobuna, ya que el Doctor Colmillos había pedido expresamente que no cambiara de fase hasta que hubiera recuperado mi condición perfecta en la forma humana. Bueno, uno o dos días más confinado en La Push no me matarían.
Pero quedarme aquí resultaba ser la excusa perfecta. Yo le había prometido una bandeja completa de hamburguesas por haberse ofrecido a cuidar a Bella y a su prometido, así que podía preparárselas. Billy no me ayudaría en ello; se había esmerado en irse temprano a la casa de Sue para tratar ciertos aspectos de la tribu. Allá se le unirían los demás ancianos.
Y era la excusa perfecta. Seth se desviaría para acá. Ya habíamos hablado con su madre acerca de mi promesa. Los demás chicos querían venir, pero yo les había pedido que me dejaran a solas. Y no rechistaron, considerando que todos habían tenido que sufrir mi calvario de tres horas de "Odiar profundamente al chupasangre que finalmente te ha quitado a la chica por la cual suspiras". Sabían que no quería ver a nadie, salvo Seth. Y ellos sabían reconocerlo, porque este chico era buenísimo para animar a alguien cuando realmente se lo proponía.
Quizá lo necesitaba. Después de la pelea, y después de haber sido visitado por ella, no me sentía propiamente bien. Mi padre se preocupaba por mí e intentaba conversar conmigo, pero yo no encontraba una buena razón para salir a vivir como solía hacerlo.
Bueno, podría considerarme en esa situación de no ser porque el chico me estaba ofreciendo una salida a esa depresión. Era maravilloso contar con él aunque, naturalmente, no podíamos pensar en esas cosas enfrente de la manada. O de nadie más. Delante de ellos seguíamos comportándonos como los mejores amigos en la historia del mundo, aunque mis viejos mejores amigos siempre hubieran sido Quil y Embry. Bueno, tras la manada, algo había cambiado que Seth se había ocupado en tomar esa posición. Y se lo agradecía bastante, porque a veces me sorprendía preguntándome si lo que pasó en el bosque se hubiera dado de no haber sido tan cercanos.
Pero la cosa se ponía interesante cuando podíamos conseguirnos incluso unos minutos a solas, en especial cuando venía a visitarme periódicamente mientras aún yacía en mi cama. Siempre venía a disculparse en nombre de Leah por haber causado este embrollo, pero yo no le creía. Sabía que esa mujer no se arrepentía de nada. Más bien podía imaginármela esperando a que yo me curara para castigarme por haberme entrometido entre ella y su presa "asegurada". Era peor que un chico en cuanto a la violencia.
Hubo un momento en el que simplemente le pedí que dejara de darme sus disculpas, que no sabía si eran reales o no. Que ella fuera tan benévola y decidiera reconocer que estaba equivocada era como decir que el sol nos daba una lluvia de dinero cada tercer día. Y creía más en la teoría de la lluvia monetaria.
El asador estaba preparándose justo afuera de la casa, ya que la comida sería en el interior. Hacía unos diez minutos que había encendido el fuego y había puesto el carbón, ahora esperaba a que la carne congelada se suavizara un poco en el fregadero con algo de calor ambiental. No quería arriesgarme a cocinar una tableta de hielo. Así mismo, en la mesa tenía las verduras correspondientes: lechuga, tomate, cebolla y pepinillos. Al lado de las mismas tenía un bote de salsa picante Tabasco, excelente para una buena parrillada. A Seth le encantaría el detalle de la salsa.
Decidí que la carne ya estaría lista para ser cocinada. Saqué el paquete del fregadero, tomé la espátula que había dejado al lado de la lechuga, ya lavada y en hojas, y me salí directo al asador. El carbón ya estaba evidenciando un fuego realmente prometedor. Sonreí mientras me dejaba perder en el posible futuro de esta tarde: los dos comiendo mientras viéramos la televisión, bromeando y relajándonos gracias al fin de los problemas y de las visitas vampíricas innecesarias.
Primero coloqué ocho carnes, lo máximo que podía asar al mismo tiempo. El delicioso sonido de la carne contra el metal caliente era tan hermoso, tanto que incluso me empezaba a entrar hambre, a pesar de que hacía una hora me había acabado todo el sartén de huevos que me había preparado. Es una ventaja de ser licántropo, comes hasta hastiarte pero no engordas. Ni siquiera se altera tu musculatura perfecta, otro obsequio de nuestra naturaleza Quileute. El problema era cuando no tenías dinero para reabastecer la comida en la casa, ahí sí tendríamos que aprender el calvario de pasar hambre hasta que alguien se apiadara de uno.
Conforme la carne se fue cociendo, fui preparando las hamburguesas. Ya llevaba la primera ronda hecha. Las primeras ocho hamburguesas estaban perfectamente acomodadas en la charola de plata, en la cual cabían doce. Me había preparado una charola para mí mismo, así que tenía que preparar otras dieciséis hamburguesas. Menos mal que ayer había ido a comprar todo.
Estaba a la mitad de la segunda ronda cuando escuché unos pasos provenientes del bosque. Eran unos pasos pesados, de un cuerpo enorme. Alcé la vista a tiempo para detectar al lobo de pelaje color arena que me estaba mirando desde la orilla del bosque., quien tenía una bolsa colgando del hocico. Le sonreí.
— Muy buenas tardes, chico. Llegas casi a tiempo.
Por un instante vi que el lobo me había enseñado los dientes en un intento de sonrisa. Al instante siguiente, se paró en sus patas traseras y salió de fase en seguida. Ahora sólo quedaba él, sonriente y desnudo, observándome mientras se vestía.
— Huele delicioso, Jake —me dijo mientras salía del bosque y se encaminaba hacia mí, con la bolsa en la mano derecha. Dirigí mi vista hacia ella y él sonrió—. Dos refrescos de tres litros cada uno. Coca-Cola.
— El perfecto infarto ahora hasta la puerta de tu casa.
— De verdad las hiciste. —comentó maravillado.
— Te prometí que te pagaría con ellas, ¿no?
— No tenías que hacerlo. No hacía falta.
— Bueno, como no puedo moverme a ningún lado gracias a mi última costilla sin sanar, decidí que podríamos aprovechar la tarde para que yo pudiera pagarte lo que te prometí.
— Se ven deliciosas. —se asomó al asador mientras yo le daba vuelta a la carne para que se cociera el otro lado. No obstante, éste lado de las carnes había quedado asado a la perfección.
— Las primeras ocho están adentro —comenté con dulzura—, y la bandeja tiene espacio para doce. Ahora termino con estas, te coloco tus cuatro faltantes y me preparo mis últimas ocho.
— Y aún así siento que nos harán falta.
— No con los refrescos que trajiste.
—Ay, Jake. Me sorprende que tú no comprendas la situación. Has visto cuánto come Paul, y no nos quedamos muy detrás de él…
— Papá y yo compramos dos pasteles el miércoles. Queda uno. Nos lo podemos zampar después de las hamburguesas.
— Suena tentador. —me dijo con una voz algo más (vaya la redundancia) tentadora. Alcé la vista y noté que me estaba viendo directamente a los ojos. Me sonreía en una manera tan provocativa que no pude evitar sentirme ofuscado. Incluso sentí que me sonrojaba un poco.
— Seth… —comencé a hablar, pero él no hizo más que ensanchar su sonrisa. En ese momento me entraron ganas de besarlo, pero luego recordé dónde estaba—. No ahora. Mira, la carretera está justo ahí afuera.
El chico se dio la vuelta para ver lo que le señalaba. Al hacerlo, un vehículo verde había pasado con cierta parsimonia. Seth bufó y se devolvió hacia mí.
— Tienes razón. Eh, pondré las sodas en el congelador, para que agarren frescura.
— Adelante, chico. Estás en tu casa.
Me dirigió una sonrisa más antes de encaminarse a mi casa y desaparecer por el umbral de la misma. Me concentré automáticamente en las hamburguesas, y descubrí que faltaba poco para que se me quemara ese lado.
Oh, maldito chico. Casi arruino nuestra comida, tontito.
Me sorprendí a mí mismo al ver que había usado ese adjetivo para dirigirme a él, a mi amigo. Era curiosa la rapidez con la que me estaba involucrando con él, pero todavía no era capaz de liberarme de Bella. Era algo verdaderamente poderoso lo que sentía por ella, y al acordarme de Seth vi que lo estaba dejando justo en el plano en el que yo estaba.
Esta retorcida historia de amor estaba más que echada a perder. Estaba cautivado por Bella Swan, la chica a la que conocí desde hace tiempo, pero a la vez estaba cautivado por el joven Clearwater, una cosa que no estaba procesando de la manera más fácil. A veces me sorprendía pensando que quizá no era una atracción real, sino más una conveniencia de derechos con el simple propósito de sacarme a Bella de la cabeza. Luego de esas ideas me llegaba el recuerdo del bosque, cuando él y yo coexistimos como uno solo; y cuando me visitó la noche de la guerra, en la cual yo no recordaba muchos detalles, pero sí recordaba que me había besado en algún punto de esa reunión. No había equivocación alguna, porque lo que estaba sintiendo por Seth era real y tangible, pero mi estúpido corazón seguía aspirando algo que jamás llegaría a suceder. ¿Por qué era tan terco? ¿Por qué no la podía dejar ir y comenzar algo más directo con Seth? Él me amaba, yo lo sabía, ¿entonces por qué mi corazón no aprendía a aceptar ese amor?
Quité la segunda ronda y metí las carnes, para prepararlas con los panes y las verduras. Él estaba sentado en una de las sillas, esperándome. No había tocado ni una de sus hamburguesas.
— No se me hacía justo empezar sin ti. —me dijo él, esbozando una sonrisa.
— Gracias, pero no hace falta. Mira, tu bandeja ya está completa. Puedes comer sin mí en lo que me hago las últimas ocho.
— No, gracias. Te esperaré, cielo.
Bajé la vista mientras sentía un poco más de calor en mis mejillas. Ya me empezaba a parecer más normal cuando me llamaba cielo. Y también empezaba a gustarme. El chico sí que sabía cómo relajar el ambiente.
— Iré… a poner el resto.
— Espera. —me suplicó. Se paró en seguida y vino directo a mí. Mientras lo hizo, lo aprecié completamente. Empezaba a gustarme todo de él: su sonrisa, su rostro en sí, su cabello, su cuerpo, todo de él.
Se detuvo a escasos centímetros de mí y me empezó a acariciar los pectorales con la mano derecha, mientras que la izquierda la destinaba a mi mejilla.
— Te eché de menos. —me dijo.
— También yo. —confesé. Sin siquiera pensarlo, le puse ambas manos en su cintura y lo atraje hacia mí, con lo que pudimos besarnos.
Debía reconocer que me estaba volviendo adicto a los besos del chico, en parte por lo dulce de sus labios, en parte por la explosión de los múltiples fuegos, y en parte porque representaba para mí una liberación gratificante. Y no lo decía por el hecho de usarlo para olvidar a Bella, aunque eso también formaba parte de la ecuación. La última parte componente era porque lo quería a él. Podía dejar ese miedo atrás y contemplar algo un poco más formal con él, pero mientras tanto…
— Mmm… —dije sin despegar los labios, aunque intentaba decir "Seth". Él lo entendió y despegó sus labios de los míos.
— ¿Sí, mi vida? —me canturreó de una manera un tanto persuasiva. No pude evitar sonreírle.
— Tengo que ir a terminar mi bandeja de comida. No tardo. Ve a preparar la televisión.
— Sí, señor. —me dijo, y me plantó un beso más en los labios. Antes de volverme al patio con las ocho carnes crudas, le tomé el rostro con ambas manos y le planté un beso en la mejilla izquierda.
— Eres tan lindo, Seth.
— ¿Seguro que no estás borracho, Jake? Creo que se te ha subido a la cabeza.
— Lo único que se me ha subido a la cabeza es el hecho de que yo estoy consciente de que te quiero mucho, mi niño.
Y me dirigí rápidamente al asador. Preparé las hamburguesas con verdadera impaciencia. ¿Por qué tenía que sentirme así a cada vez que lo veía? Comprendía que me amaba y que yo estaba sintiendo algo por él, ¿pero tenía que ponerme nervioso e impaciente a cada vez que me separaba de él? Eso no estaba bien, hermano. Comprendía que el enamoramiento, el que podía ser correspondido, te hacía sentirte realizado y bendecido. No importaba todo lo que sucediera alrededor de ti; cuando estabas con esa persona, todo parecía ir de maravilla. ¿Ya habré cruzado a esa etapa con Seth? Sé que él ya la cruzó conmigo.
Las hamburguesas finalmente estuvieron listas. Apagué las brasas y cerré el asador antes de meterme a preparar mi última porción de comida. Una vez las tenía listas, me dirigí hacia la sala, donde Seth estaba mirando una repetición de Los Simpson.
— ¿Cuál es ese? —le pregunté para hacer conversación. Ante sus pies estaban las dos botellas de tres litros. A la suya ya le faltaba al menos uno, pero sus hamburguesas seguían intactas.
— Es cuando Bart se consigue problemas con los australianos.
— Ah, qué bien. —me senté a su derecha, pegado a él, y enfoqué la vista en la televisión. Ahora el chico amarillo estaba preparándose para la supuesta disculpa pública. Ya sabía qué sucedería.
Entonces tomamos nuestra primera hamburguesa al mismo tiempo. Él se devoró la suya en dos bocados, pero yo tardé un poco más. Normalmente me la hubiera zampado de dos bocados, como él, pero el día de hoy estaba sintiéndome extraño.
— ¿Sabes, Jake? —preguntó después de que tragó su bocado—. Hoy estás un poco nervioso.
— ¿Por qué?
— No sé. Lo presiento.
— No sé qué cosas dices. —le repliqué, intentando aliviar la tensión. Una tensión de la que no me había dado cuenta. ¿Qué tenía él?
Con motivo de calar el terreno, pasé el brazo izquierdo por encima de sus hombros, para abrazarlo y acercarlo junto a mí. Y funcionó. Piel contra piel, costado contra costado, procrearon la unión de nuestros dos fuegos.
— Ay, Jake —tomó la segunda hamburguesa y se la devoró con la misma velocidad que la primera. Tragó y bajó la mano para recoger la botella de soda—, si no te conociera pensaría que todavía te sientes mal con respecto a… ella.
— Me conoces, chico.
— Es que es en cierto modo predecible. No puedes seguirte lastimando de esa manera. Ella ha hecho su elección. Va siendo buena hora de que lo olvides. Por favor, Jake. Por favor, amor. —bajó la soda, a la cual no le había tomado. Al instante me miró directamente, por lo que yo también lo hice. Al encontrarme con sus ojos, algo cálido se manifestó en el centro de mi pecho. Y la tensión crecía.
— Seth… —empecé—. No ha sido tarea fácil. Trato de aceptar que ellos se casarán, de veras, pero no podrías comprender cuán enamorado estoy de ella.
— Oh, claro que lo sé, considerando lo mucho que estoy enamorado de ti. Y a ti te consta, Jacob.
— No creo que sea lo mismo, chico.
— ¿Por qué no?
— Porque… ella es Bella...
— Por mí puede ser quien quiera, pero por supuesto que la fijación es la misma. ¿O me vas a salir que las mujeres tienen prioridad en el triángulo amoroso? Tienes que pensar en lo que es lógico y factible, hermano. Y ella ya no es factible para ti. Tienes que comprender…
— Es que no puedo comprenderlo con facilidad, Seth. Entiende eso, por favor. Duele.
— A mí me duele que siempre tengas que mencionarla, porque eso no le hace ningún bien a nadie. Te dañas a ti mismo, seguro que dañas a Bella al hacerla sentir dividida de esa manera… y… —sollozó—, me haces daño a mí…
— Oh, oh. No, Seth.
Pero supe que había metido la pata con el chico. Empezó a convulsionarse al ritmo de sus sollozos, aún sin lágrimas.
— Seth. Seth, mi niño... —¿mi niño qué? ¿Ahora cómo lo tranquilizaba?
La respuesta se me presentó al instante. Dejé la bandeja de mi comida en el suelo, a una distancia prudente por si teníamos que levantarnos, y tomé la suya para repetir el mismo proceso. Al instante, lo abrecé y lo apreté contra mi pecho con demasiado entusiasmo.
— Perdóname por hacerte sufrir así, Seth. —mascullé, sintiendo que mis ojos también se estaban humedeciendo. ¿Por qué el amor tenía que lastimar a todos? Y pensar que hace rato estaba hablando de lo maravilloso que era el amor correspondido. Pero yo no estaba cumpliendo con mi parte.
Y lo peor era que no lo hacía a propósito. Era mi maldito corazón, que seguía aferrado a ella. Era una enorme carga que me eclipsaba el camino hacia mi felicidad al lado de este chico.
— Sé que no lo haces porque quieres, Jacob, pero a veces no te das cuenta de que le das mucha importancia al asunto. Leah tampoco lo soporta. Nadie lo soporta.
— ¿A qué te refieres?
— Mira, Leah habló contigo el día… el día del bosque, vaya. Realmente no nos gusta mucho estar bajo los efectos depresivos que la incluyen. Y no sólo nos afecta siendo lobos, sino que nos afecta siendo humanos. Te estás poniendo muy alicaído, amor. No quiero que te nos deprimas.
Y fue ahí cuando se le rompió la voz y se echó a llorar.
¡Qué monstruoso podía ser yo! Lastimando a medio mundo con mi estúpida obsesión con Bella. Una poderosa obsesión. ¿No será que yo era sadomasoquista?
— Seth… perdóname, amor. Por favor perdóname. —lo levanté a tal grado que nuestros rostros coincidieran. Tenía vestigio de las lágrimas que quedaron tanto en su rostro como en mi pecho. Nuestros ojos se encontraron una vez más, y fue ahí cuando los míos también dejaron escapar sus lágrimas.
¡Cuánto daño estaba causando!
— No, perdóname a mí, Jake. No he hecho más que llorar en los últimos días.
— No lo hiciste en mi semana de recuperación.
— Porque no habíamos tenido un tiempo a solas. Si no, sé que hubiera sido capaz de llorar. Es que quiero que me elijas, por favor. Yo puedo hacerte feliz, mejor que ella. Será una vampiresa tras la boda, recuérdalo.
Oh, oh. Las mismas palabras que le había dicho a Bella.
— No pueden —refuté con la voz quebrada—. Los Cullen no pueden morder a un humano. De lo contrario se desatará la guerra.
— Sabes que sucederá de todas formas. Además, estando casada, ella ya no se echará atrás. Estará totalmente segura de que se quedará con Edward. Así que por favor… déjala ir. Escógeme, por favor.
Y me besó espontáneamente. Pero éste beso ya no se sentía tan cálido como los demás. Era un beso más serio, que marcaba nuestra pertenencia mutua. Un beso lleno de dolor, traición y furia, todo englobado en la impotencia que le hacía sentir por no poder prescindir de mis sentimientos por Bella. ¡Si tan sólo hubiera una manera fácil, indolora y rápida de dejar eso atrás! ¡O por lo menos fácil y rápida! No me importaba pasar dolor para liberarme de ella, siempre y cuando pudiera pertenecerle a él.
— Imprímate —me dijo al despegar los labios—. Imprímate de mí, Jake. Hazlo, por favor —su súplica hizo que yo derramara más lágrimas, porque en cada una de ellas iba impresa la agonía pura.
— No sé hacerlo. —confesé, al borde de la histeria. No quería verlo llorar así, porque me dolía. Le limpié las lágrimas conforme iban saliendo, pero parecía que había perdido la habilidad de contenerlas.
— Hazlo, Jake. Así la olvidarías y estarías conmigo —levantó sus brazos y aferró ambas manos en mis antebrazos, acentuando el dolor en su persona y la necesidad de una solución rápida—. Ámame completamente.
Y es que no sabía cómo hacerle. Intenté pensar en cómo lo hacía Sam, pero eso no me serviría de nada gracias a que él estaba imprimado de Emily. ¡Qué tediosa situación! No sabía exactamente qué paso era el correcto para demostrarle que, de poder, me quedaría con él para siempre.
Entonces se me ocurrió algo que siempre me imaginaba con Bella. Lógicamente, la capacidad de un hombre para recrear situaciones imaginarias con una chica es enorme, y vaya que había sabido cómo aprovechar esa capacidad. Pero ahora no me interesaba pensar en algo irreal, me interesaba aplicarlo en la vida real, con alguien real.
Alguien a quien podía amar sin que me hiciera daño.
— Te amo. —le grazné, gracias a mis sollozos. Al instante, plasmé mis labios en los suyos, acción que él correspondió con más violencia de la necesaria. Pasó sus manos de mis antebrazos a mi cuello, donde se volvió a aferrar. Aprovechando, subí mis manos de su cintura a su espalda, para volver a quedar íntimamente juntos. Bueno, eso hubiera sido de no ser que el sillón no nos dejaba mucha libertad para quedar frente a frente y estar sentados al mismo tiempo. Teníamos que torcernos en todo caso.
O hubiéramos recurrido a ello de no ser por mi movimiento fugaz: poco a poco me fui inclinando hacia Seth, quien iba retrocediendo en una armonía conmigo. Al cabo de unos instantes él quedó parcialmente recostado en el sillón, mientras yo estaba encima de él, besándolo y acariciándolo. Él me apretó y haló el cabello con fuerza moderada, indicando su pasión. Su mano derecha se desprendió del cabello y fue bajando por mi espalda, acariciándola completamente, con una suavidad que jamás me hubiera imaginado.
Nuestro beso, en cambio, fue evolucionando. De ese violento y tenso contacto inicial fuimos descendiendo hasta el beso de la espuma y el bombón combinados, dando inicio al tercer fuego. Posteriormente habíamos cambiado a los besos más atrevidos, y no sólo a esos, sino que también tomé la libertad de besarlo en la frente, en las mejillas, en la quijada y el cuello. Ni siquiera me había dado cuenta de que el cuarto fuego también había hecho acto de presencia, y estaba consumiendo toda la tensión de hace unos momentos.
— Oh, Jake… —gimió Seth cuando le besaba el cuello. Él tenía ambas manos en mi espalda, intentando aferrarme más hacia él al encajarme unas uñas relativamente cortas, cosa que realmente no tuvo importancia para mí. Al contrario, me parecía un catalizador adicional, con lo que fui aumentando mis impulsos hacia este chico.
— Jake… —volvió a gemir. En ese momento, sentí que el subía las piernas y las colocaba estratégicamente, una a cada lado mío, y con ellas trató de abrazarme mis propias piernas.
— ¿Pero qué…? —no terminé de preguntar, porque había logrado su cometido. Me abrazaba con brazos y piernas, como si no estuviera dispuesto a dejarme ir. Al verlo, sus ojos seguían estando llorosos, pero había algo más detrás de todo eso. Si no me equivocaba, ese cuarto fuego, la pasión, estaba brillando en sus ojos.
— Vas bien —me dijo—. Ámame completamente, Jacob.
No necesité traducción para eso.
Me volví a subir para unir mis labios con los suyos una vez más, y en este hermoso instante todo mi cuerpo se vio envuelto en llamas. No era el fuego que iniciaba la metamorfosis, no. Era un fuego diferente, un fuego que me hizo querer tener a Seth a mi lado para siempre. Y yo no iba a permitir que este fuego se extinguiera.
Lentamente, fui luchando contra mis instintos de permanecer con él, pero tenía que hacerlo. Aquí no era ni el lugar adecuado para esto. En cuanto me paré, tomé las bandejas y las fui a llevar rápidamente a la cocina.
— ¿Qué haces, Jake? —inquirió, nervioso. En cuanto dejé las charolas, regresé a la sala. Él se preparó de nuevo para recibirme en el sofá. Me incliné hacia él, pero en lugar de volver a besarlo, lo tomé en brazos—. ¿Pero qué…?
— Calla, amor —le dije, sintiendo cómo me ruborizaba más de lo que ya estaba. Le sonreí mientras levantaba la mirada hacia mi habitación.
— Oh. —lo comprendió al instante.
— No sé a qué hora volverá Billy —confesé—, así que aprovechemos el momento. Creo que estoy listo para ti.
— Y yo para ti, Jake. —me confesó. Su rostro se puso más colorado de lo normal. Me sonrió.
Y sin siquiera dudarlo, atravesamos juntos el umbral hasta mi habitación, en donde cerré la puerta con una patada leve.
En la escuela de la reservación nos habían dado varias clases exiguas sobre la sexualidad humana, pero el punto era que sólo se habían limitado a explicar la interacción entre un hombre y una mujer, así que eso no me ayudaba mucho. Además, el hecho de que aquí no funcionara la señal del internet volvía inservible a todo cacharro computacional que alguien quisiera comprarse. Bueno, no importaba. Iba a suceder, y confiaríamos en el otro para realizarlo.
Nos habíamos tumbado en la cama, y ahora a mí me tocaba estar abajo mientras el chico se había sentado en mí y seguía besándome con devoción. Yo pasaba mis manos por su espalda, apreciando la suavidad de su piel y la forma en que sus músculos se contraían cada vez que él cambiaba la posición de su cabeza para besarme desde otro ángulo. Él, sin embargo, tenía ambas manos en mis mejillas. No nos habíamos despegado desde el momento en el que entramos a mi cuarto.
— Oh… —dijo él mientras despegaba sus labios de mí. Se irguió lo suficiente como para que pudiera apreciarlo completamente, al menos de la cintura para arriba. Era un chico perfecto: buen rostro, musculatura decente y una sonrisa que derretía corazones. No pude evitar morderme el labio—. Ay —se río seductoramente—, no hagas eso, que tú estás más sexy que yo.
— No me importa, Seth —le dije—. Ven, seamos del otro.
— Claro. —dijo él, y en ese momento vi cómo sus manos iban directamente a su short, específicamente, al botón y la cremallera. Había llegado el momento decisivo.
Le pedí que se parara para que yo también pudiera prescindir de mi ropa. En el momento en el que los dos estábamos de pie, desnudos frente al otro, no pude evitar sentirme al descubierto. Y es que era la primera vez que nos desvestíamos frente al otro con esta idea. Es decir, la desnudez era un elemento básico en la manda para la hora de transformarnos. No era cómodo romper la ropa por no haber esperado treinta segundos a quitártela y atarla a tu cuerda de cuero. Pero ahora era distinto con él. No íbamos a cambiar de fase, íbamos a compartir un momento muy personal.
— Te amo, mi precioso Jake. —me dijo, acercándose a mí hasta quedar piel contra piel en todos los sentidos de la palabra.
— Y yo a ti, mi querido Seth. —concluí, abrazándolo por la espalda, acercándolo todavía más. Los cuatro fuegos, juntos una vez más, hacían de las suyas.
Y nos dejamos caer a la cama.