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No me llames Nymphadora — capítulo 2
Vamos a lo básico porque por ahí es por donde debí haber empezado y seguramente ya te di la peor impresión del mundo por comenzar quejándome.
Lo básico usualmente serían mis rasgos físicos y esas cosas, lo que me hace entrar directamente en un problema: ni idea de como soy realmente. No es cómo si fuera ciega, es un poco menos obvio, básicamente ayer era rubia, pero hoy soy morena y muy probablemente mañana use el pelo azul o algo por el estilo (tal vez me vea bien usándolo morado), ese es el por qué no tengo idea de cómo soy realmente: soy metamorfomaga y siento la necesidad de aprovecharme de ello.
Así que ahora lo básico se reduce a personas que no soy yo pero sin las cuales yo no estaría aquí, mis padres. Mi madre es Andrómeda Tonks (Black de soltera), miren su nombre, memorícenlo ¿Lo captan? Debe odiarlo y por eso decidió vengarse conmigo. Mi padre es Ted Tonks (se llama Edward, pero el nombre es demasiado elegante para el gusto familiar así que para todos es Ted), es hijo de muggles, razón por la cual mi madre quedó borrada del árbol familiar Black, supuestamente deshonró la sangre, pero a nadie le importan las estupideces de sangre ¡Somos mejores que ellos sin ser sangre limpia! Nadie quiere estar en su cochino árbol deshojado.
Dados los antecedentes ubiquémonos en 1984, más específicamente *"¡Sí, tengo once años!"*Tienes que comprender lo que representa tener once años, si no lo sabes probablemente no deberías estar leyendo esto porque significaría que eres muggle y si lo eres no deberías saber del mundo mágico, aunque… bueno, de pronto no me interesa eso.
Quien pueda hacer magia y tenga once años recibe una carta, no cualquier carta, es la carta de Hogwarts, simplemente el mejor colegio de magia y hechicería que pueda existir (realmente es el único al que he ido, pero debe ser el mejor porque es perfectamente… mágico).
No puedo decir que la estuve esperando cada día desde que cumplí los once, en realidad creo que esperé tanto que olvidé qué era lo que estaba esperando y seguí con mi vida, una semana después la recordé al ver a aquella lechuza parda que se posó en la ventana de la cocina cuando estaba de puntitas sobre una silla intentado secuestrar a unas cuantas galletas, la reconocí en cuanto la vi… y me caí de la silla.
Grité, de la emoción y del dolor, pero seguramente fue más la emoción ¿A quién le importa el moretón que me gané? ¡Mi carta estaba ahí! Mis padres aparecieron en la puerta un poco después, justo cuando estaba abriéndola con manos temblorosas, leí lo más rápido que pude; primero de septiembre, por supuesto que estaría ahí.
Una cosa sobre Hogwarts: es inmarcable, no se ve en los mapas y su ubicación es secreta, pero el hecho de que nadie pudiera-o quisiera-decirme su ubicación exacta sólo lograba alimentar más y más mi deseo de saberlo (tal vez si lo sabía podría ir incluso cuando no tuviera que estar ahí), así que adivina qué fue en lo que utilicé la mayor parte de mi tiempo en el Expreso de Hogwarts, exacto, en intentar adivinar su localización, pero todo era demasiado parecido: Bosque, bosque, bosque ¡Mira! Sólo más bosque ¿No había visto ya ese árbol?
No me rendí porque no soy el tipo de persona que se rinde, pero sólo sabía que Hogwarts estaba en algún lugar del mundo, o casi lo único porque también sabía que:
a)No estaba en mi casa (Me habría dado cuenta).b)No estaba en el Callejón Diagon.c)Obviamente no estaba en un barrio muggle.d)No estaba en Azkaban (Realmente no tenía pruebas de ello, pero no sé por qué pondrían una escuela ahí).No encontré su ubicación exacta, pero me olvidé de ello en cuanto-subida en un bote cruzando el lago-vi el castillo: grande, imponente, misterioso y mágico en cada rincón, en ese momento lo único importante era que estaba ahí y que, aunque no sabía su ubicación exacta, sabía dónde viviría en el futuro y vivía en el presente: en miles de corazones.