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Memorias de Idhún IV: De luz, hielo y fuego. — capítulo 2
Seguramente su padre estaría orgulloso de que había sacado la mejor nota de toda la clase, pensaba Erik, mientras caminaba hacia la clase de su hermana para recogerla. La mochila era casi más grande que él, y le pesaba bastante, pero intentaba que no se le notara. Él era el más fuerte de todos, pensó sonriendo.
Se acercó a las clases de los de primero de primaria, a la última aula, donde un montón de niños de seis años corrían para salir de clase, veloces como gacelas, pues el colegio había acabado por este año.
Como esperaba, su hermanita estaba sentada en la última fila, con un libro que no era especialmente para su edad, concentrada en su lectura mientras todos sus compañeros jugaban y celebraban el fin de curso.
—¡Eva!— la llamó, y la niña levantó la vista lentamente del libro, mientras lo cerraba y lo guardaba en su enorme mochila, también más grande que ella. Se acercó a su hermano, con aquella cara seria e indiferente que mostraba siempre, y que a la mayoría de los niños les asustaba. Para Erik era más una cara que le molestaba, pero tenía que fingir ante sus padres que adoraba todo lo que Eva hacía. En parte era verdad, pero había cosas imposibles de adorar en ella.
La niña no dijo ni una sola palabra cuando se acercó a su hermano, y ambos caminaron en silencio por los pasillos revueltos. El chico quiso contarle que creía que las vacaciones en las costas de Francia serían fantásticas, y buscaba apoyo en ella, pero Eva se mostraba fría, asentía e incluso le sonrió en una ocasión. Nada de esto sorprendió a Erik, ya estaba acostumbrado.
Por fin salieron al aire libre, y rápidamente Erik detectó a su padre entre todo el gentío. Nunca le era difícil, era como una atracción hacia él, le pasaba con el resto de su familia también, sobre todo con Eva y con…
Christian.
Miro a todos lados, notaba su presencia en alguna parte, al igual que Eva, que se pusieron a mirar a los alrededores, por si descubrían los ojos del hombre en alguna parte.
La mente de Eva iba a toda velocidad. "Papá, papá…" pensaba mientras se acercaban a Jack, que los recibía con una sonrisa. Cuando la alzó en brazos en el aire y le dio una vuelta, a Eva se lo olvidó el extraño presentimiento que había sentido, y se centró en Jack. Nunca lo había llamado papá, sabía que no lo era, pero sentía una extraña conexión hacia él, algo que le decía que no debía juntarse con él, que era peligroso, pero a la vez le decía que con él era el mejor lugar del mundo, que nunca la dejaría sola. Sonrío un poco cuando le dejó en el suelo, y procedió a abrazar fuertemente a Erik.
Pero ninguno de los tres se sentían tranquilos, pues sabían, de alguna manera, que Christian estaba cerca. ¿Dónde? Nadie lo sabía.
En uno de los arbusto que rodeaban el colegio, Christian si que los estaba observando. Había notado en las mentes de los niños como ambos lo presentían, pero pensaban que era una extraña suposición. Sonrió para si, sabiendo que aquellos niños nunca serían normales, y que tarde o temprano les empezarían a ocurrir cosas, cosas que ningún doctor podría explicar, pero los tres padres había acordado esperar todo lo posible, y si surgía la necesidad, hablarían, cuando serían mayores.
Observó como el dragón alzaba en sus brazos a la pequeña, su hija, y le besaba en la frente. El corazón le palpitó más fuerte, viendo todo lo que había crecido. Su cabello era mucho más largo, pardo y oscuro, como el de él. Sus ojos eran mucho más inteligentes y mortíferos, ojos de sheks, y aquella extraña sonrisa, que no llegaba a ser radiante como la de su hermano, era algo tan hermoso que llenaba por dentro a Christian.
Ya tenía seis años, y hacía como mínimo tres que no la veía, había tenido unos cuantos problemas, pero por fin había conseguido acercarse a la capital de España, para ver por fin a su familia.
Erik también había crecido mucho. Sus ojos se habían aclarado un poco, volviéndose de una tonalidad entre verde y pardo, pareciéndose cada vez más a su padre. El cabello se le había oscurecido un tanto, y su piel estaba más morena. Ya no era un niño. Ocho años desde que lo había visto por primera vez, ocho años desde que lo había cuidado, ocho preciosos años. Aunque se sintiera raro por querer tanto a algo que apestaba a dragón, tenía unas ganas descomunales de estrecharlo entre sus brazos.
Siguió a la pequeña familia de cerca, siempre oculto entre las sombras, y solo su hija se había girado un par de veces para mirar detrás de ella, notando claramente que la seguían.
Christian la siguió. Esa era su hija, su preciosa niña.
Victoria les abrió la puerta, y Erik saltó a sus brazos, gritando que había sacado las mejores notas de toda la clase, mientras que Eva simplemente sonrió y le entregó la ficha con sus calificaciones. Ella también tenía las mejores notas, y la profesora había puesto una nota diciendo que se asombraba mucho de la inteligencia de la niña, pero que esperaba que siguiera así.
Victoria sonrió. Es de sheks la inteligencia, no de unicornios.
Cerró la puerta tras de si, y mandó a sus hijos arriba a cambiar, pues Erik se había llenado de barro en el recreo y la camisa de Eva estaba manchada de salsa de tomate. Se reunió con Jack en el salón, mientras el dragón dejaba las mochilas de los niños en la puerta y se quitaba la chaqueta.
—Victoria— la llamó. Ella se giró hacía él— Hoy he… notado algo, ya sabes.
Victoria abrió mucho los ojos, y se miró la mano, donde relucía un ojo de serpiente. Estaba deslumbrando, por lo que sabía que el shek estaba cerca. Sonrió y pegó un salto, cayendo en los brazos de Jack. Estaba claramente muy feliz, y Jack no se lo pudo negar, también él se alegraba un poco de que el shek viniera a verlos.
—¿Crees que se quedará un poco más que la última vez?—
Jack pensó en la última visita del shek. Había sido en esa casa, por la noche. Eva estaba escuchando música con el móvil de Victoria, parecía ser que a la pequeña le fascinaban las melodías y letras que salían de ese aparato. Erik, como cada tarde desde siempre, estaba en la mesa de la cocina, dibujando cosas que se le ocurrían en un viejo cuaderno. Ese ya era el tercero que tenía, pues su madre le había tenido que confiscar los dos primeros, pues estaba dibujando cosas que recordaba de Idhún. Victoria no podía permitir que ninguno de sus hijos encontrara nada de aquello, o que lo recordaba, por lo que había prohibido a su hijo que dibujara cualquier cosa de esa.
Entonces, mientras Jack abrazaba a la chica por detrás, y le susurraba que no importara lo que dibujaran, que les dejara divertirse con lo que quisieran, cuando se abrió la puerta.
Fue Eva la primera en darse cuenta, se levantó del suelo, aún con sus tres años de edad y empezó a correr hacia la entrada. Antes de que nadie llegara, Christian ya estaba abrazando a su hija, resguardándola entre sus brazos. Hasta Erik se sintió un poco celoso de la bonita escena. Ambos, padre e hija, reían, y Eva le susurró a su padre que le había echado de menos.
Todos se sentaron a la mesa, Victoria sin soltar la mano de Christian, y Eva, sin querer bajarse de sus brazos. Erik también abrazó a Christian, aunque no un poco tímido y con la cara de asco típica que ponía, Christian se rió y le devolvió el abrazo.
Hablaron de muchas cosas, pero desgraciadamente en recién llegado dio la noticia de que solo se iba a quedar dos semanas. Eva, demasiado pequeña como para haberlo entendido si fuera normal, abrazó a su padre muy fuerte, sin querer separarse. Fue entonces cuando Christian sintió algo. Eva le susurró que quería volver a verle, pero al shek le pareció la última palabra no salió de sus labios, sino que había sonado en su mente.
Miró a su hija unos minutos, extrañado, esta le sonrió y no dijo nada más.
Jack volvió a la realidad.
—No lo se— dijo finalmente.
—¡Papá!
Alguien bajó a toda velocidad las escaleras. Jack pensó que sería Erik, que lo estaba llamando, pero la personita que corría hacia la entrada no era Erik, ni tampoco se dirigía hacia él. Eva saltó de nuevo a las brazos de alguien, mientras Erik, desde más atrás, avanzaban lentamente, y también abrazaba a la persona de la entrada.
Victoria y Jack no se quedaron rezagados, y cruzaron velozmente la sala, para encontrarse con la emotiva escena.
Christian, sujetaba con un brazo a Eva, agarrándola contra su costado, y junto a su pierna derecha, Erik le abrazaba, al igual que Christian a él. Un momento se quedaron así, hasta que Erik, con una cara de angustia se separó del hombre vestido de negro, intentando sonreír. Todos sabían que de alguna manera Erik entendía que Christian no era normal, pero intentaba tratarlo como si así fuera, igual que hacía con su hermana.
Victoria, con los ojos humedecidos, se acercó a uno de los hombre de su vida, y lo abrazó, junto con Eva. Jack no se acercó, simplemente los estudió desde su sitio, con una sonrisa.
—hola, serpiente— le dijo, en un susurro. Christian sonrió a su manera.
—Hola, dragón— contestó él.
—¡Jack!— gritó Victoria— ¡Christian!
Ellos nunca había dejado de llamarse así, desde siempre, y les costaba no acero delante de los niños. Victoria los miraba con una cara de reproche, y miró instintivamente hacia Eva, pero la niña no parecía prestar atención, sino que jugaba con una cadena que su padre llevaba al cuello. Pero Erik si que había prestado atención, y se rió con esa voz de niño travieso.
—¡Serpiente!— repitió, muy feliz, saltando, y se fue corriendo hacia la cocina. <Eva, por extraño que fuera, pidió a su padre que la bajara, y él lo hizo. Jack vio como el shek escrutaba a su hija mientras ésta también se iba corriendo hacia la cocina, y supo que le estaba leyendo la mente.
—¿Qué has visto?— le preguntó. El shek centró su atención en el dragón, y lo miró unos momentos.
—Mmm…— dijo, dudando— Eh… no lo se. Me he…
—¿Qué?— dijeron Victoria y Jack a la vez.
—Me he encontrado una barrera— explico, muy desconcertado.
—¿Una barrera?— preguntó Victoria, incrédula— ¿Cómo?
—No lo se— contestó el shek— normalmente a las crías de shek se les enseña como hacerlo. Pero nadie la a enseñado, aunque podría haber aprendido sola, pero eso significaría que sabe que tiene poderes mentales.
Los tres adultos se miraron, ceñudos. ¿Es posible que Eva, con seis años, haya descubierto ella sola sus poderes? Ninguno dijo nada, pero el rostro de Victoria se mostraba claramente extrañado, asustado e indeciso. Los adultos empezaron a entrar en la cocina, pero uno a uno se fueron parando en la entrada, el último fue Christian. Ninguno de ellos removió ni un momento, observando la escena, con terror y curiosidad.
Eva y Erik se estaban mirando a los ojos, el uno muy cerca del otro, escrutándose. Erik parecía temeroso, pero decidido, sin apartar la mirada de su hermana. Eva, al contrario, estaba completamente relajada, hasta que entrecerró un poco los ojos, y los abrió de golpe.
—Doce mil cuatrocientos ochenta y uno— contestó, echándose hacia atrás en la silla. Erik también abrió mucho los ojos, y lanzó una exhalación de asombro.
—¡Como mola!— grito de pronto— ¿Cómo lo haces?
Eva estaba punto de responder, cuando su madre se acercó unos pasos, con la cara roja como un tomate.
—¡Eva!— gritó, ferozmente. Dio una fuerte palmada en la mesa, que hizo que su hija se asustara, pero la niña no movió ni un músculo— No vuelvas a hacer eso, ¿me has entendido?
La niña, con la cara feroz e indiferente, asintió despacio, se levantó de la mesa y se marchó por la puerta sin mirar a nadie a los ojos.
—Erik, súbete a tu habitación, ya— dijo Jack, señalando la puerta. El niño, con la cara temerosa porque sus padres lo estaba regañando simplemente por jugar con su hermana, pasó junto a los adultos corrieron, y los tres escucharon como subía las escaleras a toda prisa.
Victoria se dejó caer sobre la silla de Eva, ocultando el rostro entre las manos. Christian corrió junto a ella, pasándole una mano por le cabello, y Jack se unió a ellos en la silla de enfrente.
—¿Qué vamos a hacer?— repetía varias veces Victoria.
—Victoria, tranquila— dijo Jack— Tampoco es para tanto.
—¿Qué no es para tanto?— repitió la mujer, de nuevo furiosa— nuestra hija ha adivinado el numero doce mil cuatrocientos ochenta y uno de la cabeza de su hermano, ¿y te parece que no es para tanto?
Ninguno de los dos pudo decir nada, mientras la mujer se apretaba la cabeza, intentando pensar en cualquier otra cosa para tranquilizarse.
—¡Mamá!
Los adultos escucharon la voz de Erik perfectamente, furiosa y asustada a la vez. Jack fue el primero en levantarse e ir a las escaleras, seguido por Christian y Victoria.
—¡Mamá!— repitió de nuevo Erik, que bajaba por la escalera con algo entre las manos. Se trataba de su pecera, la que Victoria le había regalado hace unos meses, con el pez que tanto le gustaba. Pero había algo raro, la pecera estaba helada.—¡Mamá, Eva ha matado a Ronny!
La niña bajaba tras su hermano, con el rostro heredado de su padre, helado e inescrutable. Se quedó junto a Erik, mientras que los tres adultos los observaban, con caras de horror. Christian fue el primero en reaccionar. Cogió la pecera del niño y rápidamente se descongeló. Acto seguido unió su mirada con la del niño, y Jack entendió que le estaba borrando los últimos recuerdos. Erik, como si fuera un robot, subió las escaleras de nuevo y se metió en su habitación. Christian intentó hacer lo mismo con Eva, y el dragón y el unicornio contemplaron como de nuevo padre e hija se miraran. Siguieron así un rato, hasta que Christian se rindió, y Jack supo que no había conseguido entrar y borrarle los recuerdos.
Le entregó la pecera a Victoria sin apartar los ojos de su hija, y la cogió por los hombros.
—Eva— dijo suavemente, pero también muy serio— Eso no está bien, no lo vuelvas a hacer.
Victoria esperaba que la niña se diera la vuelta muy digna y caminara lentamente, pero en vez de eso, sus ojos de humedecieron, y mientras las primeras lágrimas empezaban a caerle, salió corriendo de la sala, y dio un portazo en su habitación.
El shek contempló como se alejaba, pero no la intentó detener, y se volvió hacia el resto de la tríada.
—¿Había hecho esto antes?— les preguntó, aunque sabía la respuesta.
—No— contestaron a la vez— Nunca.
—Aunque parecía…— empezó Jack, posando la mirada en el shek.
—¿…como si lo hiciera frecuentemente?— completó Christian, bajando las escaleras que había subido para quitarle la pecera a Erik—Por un momento he podido leer su mente, mientras empezaba a llorar, la ha dejado abierta. He visto lo que pensaba.
—¿Qué era?— preguntó Victoria, asustada.
—Intentaba impresionarme— contestó, mirando a la chica, aunque parecía con la mirada perdida— Lo de leer la mente y congelar el agua, y lo de cerrar su mente. Lo ha hecho para impresionarme.
Todos se quedaron callados, pensando en las palabras del shek, hasta que Jack rompió el silencio.
—Eso quiere decir que hace mucho tiempo que sabe que tiene esos poderes, y los ha estado practicando para enseñártelos— comentó, perdido en sus pensamientos.
—Si, y estoy casi seguro— comentó el shek también— de que ya sabe de memoria lo que es Idhún, solo por vuestras cabezas.
—No lo creo— comentó Victoria— No por mi parte, al menos. Hace mucho tiempo que no pienso en eso, y si lo hago, suele ser cuando estoy sola, o hablando con Jack.
—Yo también— afirmó el dragón, sin el mínimo áspide de duda en su voz.
—Eso, en parte, es una buena noticia— dijo el shek, pero nadie supo que más añadir.
Estuvieron un rato pensando, sin hablar, aunque sabían que podrían pensar lo que quisieran, el shek los contestaría telepáticamente. Victoria estaba pensando en los últimos momentos del día, las lágrimas de Eva por sus mejillas, hacía tanto que no la veía llorar, que casi le había dado miedo. Jack también pensaba en Eva, mas o menos por lo mismo, y Christian se preguntaba cuanto tiempo habría estado la niña practicando sus poderes para cuando él volviera, para enseñárselos y ver en la cara de su padre el orgullo y la aprobación, pero ella solo había recibido gritos y advertencias. Se sintió mal por dentro.
—Solo es una niña, solo tiene seis años…— murmuró Victoria, melancólicamente. Se abrazó al pecho de Christian, sintiéndose fría, pero protegida. Y no lloró, solo pensó en su hija, sola entre una familia de dos dragones y un unicornio, esperando la llegada de su padre, alguien como ella, para poder enseñarle que ella también era asombrosa, y nadie la había felicitado.
—Irá a más— comentó Christian, pensando lo mismo que ella— No me sorprendería que en unos años se transformara en un shek.
Ante eso, Victoria tembló. No sabía como afrontar eso, si alegrarse por su hija y regañarla y prohibirla que hiciera cualquiera de esas cosas.
—¿Y Erik?— preguntó.
—Erik es igual que ella pero en dragón, pero al no tener poderes mentales, no lo ha descubierto todavía— dijo Christian, mirando a Jack— También quemará alguna cosa.
—Yo quemé unas cuantas antes de conoceros— dijo el dragón— Mi habitación dos o tres veces y el jardín otras tantas. Habrá que vigilarles.
No volvieron a hablar mas. Se fueron al salón y continuaron contándose, como siempre, lo que habían hecho.
En el piso de arriba, metida entre las sábanas de su cama, Eva lloraba. Ella solo quería enseñarle a su padre que podía hacer cosas alucinantes, que ella también sabía leer mentes como él lo hacía a menudo. Y había esperado que su padre le dijera que era la mejor hija del mundo, que se la llevara con él a donde fuera que fuera cuando no estaba con ellos, y pudieran vivir juntos para siempre.
Entonces la puerta de su habitación se abrió y volvió a cerrarse rápidamente. Como estaba tan afligida, no se había dado cuenta de que su hermano se había acercado a ella.
—Eva— la llamó, ella no le contestó. El niño de ojos pardos verdosos, se acercó más a la cama, y se sentó a los pies de esta— Oye, que ha mi no me importa que hayas matado a Ronny. Ya estaba viejo.
Eva se enderezó y se enjugó las lágrimas con la manos. Miró a los ojos a su hermano, que la observaba esperando una respuesta, y le sonrió.
—Gracias, Erik— dijo, mientras le abrazaba.
—A mi me ha parecido alucinante que adivinaras el número— le dijo, cuando se separaron. Se sentó más cerca de ella. Llevaba su blog de dibujo y el lápiz debajo del brazo— ¿Sabes lo que estoy pensando ahora?
Eva sonrió y enlazó su mente con la de su hermano, hurgando en sus pensamientos inocentes.
Después volvió a sonreír.
—Yo también te quiero, Erik— contestó. El chico ensanchó su sonrisa, algo que Eva nunca hacía, no porque no quisiera, sino porque nunca lo había intentando, y sabía que le quedaría mal.
—Mira lo que te he dibujado— contestó, sacando una hoja de su cuaderno— A mi mamá también me prohíbe hacer cosas chulas, como esta, pero te lo quería dar.
La niña, ilusionada por le regalo, aunque no lo mostró, lo acogió entre sus brazos. Era un caballo, pero no una normal, era de color negro, con un cuerno en la cabeza. Un unicornio.
—Es muy bonito— contestó, con su dulce voz de niña pequeña— Lo colgaré aquí.
Se dio la vuelta y pinchó el dibujo con una chincheta en el corcho que tenía detrás. Se miraron unos momentos, y Eva, por curiosidad, volvió a meterse en su mente, y por una vez ensanchó un poco mas su sonrisa al oír lo que estaba pensando.
"Da igual lo que digan los mayores, a mi me han encantado tus trucos, hermanita". Ambos volvieron a sonreír y a abrazarse.
Y cualquier pensaría que un dragón y un shek jamás llegarían a tocarse si no era para clavarse las garras y los colmillos mutuamente, pero por primera vez en la historia, dos lo había conseguido. El dragón se quedó a dormir con su hermana la shek, y aunque nadie fue testigo de eso, esa imagen quedó grabada de alguna manera en la larga historia de Idhún.