← Memorias de Idhún IV: De luz, hielo y fuego. · de
Memorias de Idhún IV: De luz, hielo y fuego. — capítulo 8
Eva abre los ojos, sintiendo que una parte de su alma se ha desprendido de ella. Al principio todo estaba oscuro, como si fuera una noche sin luna, hasta que la vista se fue aclarando. Tuvo que pestañear varias veces antes de poder distinguir lo que la rodeaba. Primero vio a su padre, junto a ella, observando el paisaje. Luego vio a Erik, aturdido, casi sin tenerse en pie. También vio a su madre y a Jack, mirando al cielo, horrorizados. Y la familia de gente azul también estaba ahí, pero no parecían inquietos, sino relajados, como si estuvieran muy felices de haber vuelto.
Es entonces cuando también ella fija la vista en el cielo, y una mueca de horror transforma su cara. En cada tramo de aire hay como mínimo una especie de bestia enorme, alada y que se dedica a escupir fuego. Algunas pelean amistosamente entre ellas, otras vuelan en círculos, haciendo piruetas, como si estuvieran bailando, y otras escrutan el suelo como si estuvieran buscando algo.
El cielo está lleno de Nuevos Dragones.
—Es peor de lo que me imaginaba— dice Jack, en un susurro. Eva fija la vista en él, casi sin escucharle. Dentro de ella ha empezado a crecer algo que solo ha experimentado un par de veces en su vida. Odio, instinto y necesidad. Necesidad de matar, de despellejar y volver a hacerlo.
Es entonces cuando nota de verdad como algo está cambiando. El fuego que sintió la primera vez es menor ahora, pero lo nota igualmente. Se va a transformar, necesita hacerlo.
"Eva, mírame" escucha una voz en su cabeza. Intenta fijar la mirada en el que la está llamando, pero está como en trance, no oye nada, solo siente odio, solo quiere matar, solo quiere dejarse llevar. "Eva, estoy aquí, mírame" lo intenta otra vez, pero la mente de Eva ya casi no está consciente. El olor a dragón es tan intenso que la está volviendo loca. Es como si le pusieran su plato favorito en las mismas narices y durante mucho tiempo. "Eva, tu eres más fuerte, mírame" es su padre, por fin lo ha identificado. Es él, la está llamando, quiere salvarla, pero ya todo es insignificante comparado con lo que hay sobre el cielo. "Eva, vuelve aquí, vuelve, tu eres mejor que esto, más fuerte, mírame".
El ardor empieza a disminuir un poco, y Eva es capaz de fijar la vista en dos puntos de hielo que brillan en su ceguera. Esos puntos se van acercando a ella, hipnotizándola por dentro y ella es incapaz de hacer nada para evitarlo. Consigue oír muchas voces a su alrededor, voces de horror, rodeándola, casi no la dejan respirar.
"Eva, trata de volver…"
El olor es demasiado fuerte. Erik está cerca, lo puede sentir, aunque con tanto olor sabiendo igual, es difícil distinguirle, pero ella sabe que está ahí, su hermano está ahí, con ella. Su madre también está ahí, nota su mano caliente junto a la suya, escucha como respira, como la llama en sus oídos, no es su mente. "Eva, vuelve…" Jack también está, pero no para de pegar gritos, llamando a Shail, y dice su nombre. Pero está junto a ella, todos están junto a ella.
"Eva…"
Entonces despierta. Puede ver con toda claridad el rostro de Erik junto al suyo, el de su madre y el de Jack. Y su padre también está ahí, sujetándole la cabeza sobre su regazo, y mirándola fieramente a los ojos.
—Eva, cariño, estás bien…— es su madre, que le besa la mano mientras se la acaricia. La familia azul y la pequeña Kiara también están ahí, mirándola. Empieza a notar todas las ardientes miradas sobre ella, y nota como le queman la piel. No le gusta. Quiere que dejen de mirarla, que paren, fuera…
—Jack, quítalos a todos, quiere espacio— dice su padre, mientras la aparta de todos. Él está frío, es perfecto, no quema. Le quiere con ella. Le abraza con todas sus fuerzas, deseando que el hedor a dragón desaparezca ya, que vuelvan a casa, que todo desaparezca…— Tranquila, criatura, todo irá bien…
No puede evitar mantener los ojos abiertos, mientras su padre la lleva junto a un árbol. Se recuestan los dos ahí, quietos, sintiéndose fríos, como debe ser. Eva acaricia la helada piel de su padre, siente que es como tocar el paraíso.
"Papá… huele muy mal…" intenta decir, pero solo le alcanza el pensamiento.
"Ya lo se, criatura, ya falta poco para que pase, espera…" le contesta él, mientras ella escucha como Shail y Jack discuten sobre lo que deben hacer ahora. El mago habla sobre un oráculo, un lugar seguro, un sitio donde esconderse, donde ella podrá descansar. Le gusta la idea, un lugar donde descansar.
"Papá… ¿dónde estás?" lo siente junto a ella, pero a la vez es como si estuviera muy lejos, como si la hubiera dejado sola. Su padre no contesta, y empieza a asustarse. "¿Papá?" lo vuelve a llamar, pero nadie la oye, se siente muy sola, ya nadie está con ella. No quiere estar sola ahora. "¿Papá? ¡Vuelve!" se siente ciega, y nadie contesta. ¿Dónde estará? ¿Por qué no contesta? Intenta activar todos sus sentidos, pero está muy aturdida con el instinto de shek, demasiado presente en ella. "¿Papá...?" sabe que está ahí, pero… ¿por qué no le hace caso? Solo oye la voz de Jack, y en ocasiones la de su madre, gritando lo mismo todo el rato.
—¡Papá!— consigue gritar en voz alta. Su padre reacciona al final. Lo vuelve a sentir en su mente, junto a ella, como si la estuviera abrazando con sus pensamiento. Eva recobra un poco los sentidos, ya está viva de nuevo.
Y lo ve. Un bosque entero lleno de árboles tan vivos como jamás los hubiera visto en la Tierra. Un cielo lleno de criaturas (las cuales intenta ignorar) de un color azul oscuro digno de una noche sin contaminación, y las ve, las tres lunas brillando sobre sus cabezas, bailando como si de pelotas saltarinas se tratasen. La hierva, que la puede oler como si llevara perfume y el sonido del viento, sonando en sus oídos.
Está en Idhún.
—Eva, ya estás bien— dice su padre, detrás de ella, sentado.
—Papá… ¿por qué no contestabas?— le pregunta, sin preámbulos, intentando no volver a desmayarse con el instinto y el hedor de los dragones artificiales.
—Estaba…— pero no llega a acabar la frase, pues justo en ese momento aparece Jack en su campo de visión.
Cuando Eva intenta fijar su mirada en él, solo ve una enorme bola de fuego que brilla como una hoguera. Huele como el aire, a dragón, y su mera presencia hace que quiera sacarle los ojos y comérselos.
Intenta evitar todo eso, y se abraza a su padre, oliendo su ser, notando ese frescor que tienen todos los sheks, eso lo tranquiliza.
—Christian, debemos irnos ya— dice Jack— Saben que alguien ha traspasado el portal.
No necesita decirles quien lo sabe, pues ni ellos mismos están seguros. Pero, de alguna manera, hay un bando que los quiere muertos, y no es un bando amistoso.
El shek ayuda a levantarse a su hija y los tres caminan hacia el grupo de gente que hay en el pequeño claro donde han aterrizado. Victoria está abrazada a Erik, mientras este tiene los ojos encendidos, como dos insectos encerrados en bolas de cristal. Elei y Luk-ian simplemente los miran llegar, con los rostro severos, mortíferos y duros. La pequeña Kiara, en brazos de Elei mira a los dragones con un sonrisa, y parece querer alcanzarlos con la mano, parece feliz. Y Shail está junto a su mujer, Zaisei, mientras que esta cierra los ojos, como si estuviera llamando a alguien con la mente. Parece un shek.
—Es muy peligroso volar— dice Shail, cuando se reúnen con él.— Y no creo que Eva esté en condiciones de hacerlo.
—¿Sugieres que vayamos andando al oráculo?— dice Jack, desde detrás de Christian.
—Por si no lo has notado, el cielo está lleno de dragones artificiales— insiste Shail— Ni siquiera tu pasarías desapercibido.
—Estamos a un día de camino, es igual de peligroso— insiste Jack, con la mirada clavada en la de Shail.
El mago sonríe. Saca de la manga de su túnica una especie de frasco con un polvo plateado. La luz de las lunas se filtra por la sustancia, haciendo que brille como un diamante. Eva tiene que cerrar un poco los ojos para poder mirar al frasco de frente.
—Llevo dieciséis años sobreviviendo bajo estos cielos infestados de dragones, ¿crees que no se moverme como si fuera invisible?— Nadie contesta, y el mago procede. Abre el frasquito y lo vierte sobre su mujer, que parece haber entrado en estado de trance. Sus hijos de apartan de ella, comos si fuera a explotar, y los otros los imitan, temiendo lo que va a venir a continuación.
Zaisei empieza a balancearse como si fuera una muñeca, de un lado a otro, siempre con los ojos cerrados. Susurra palabras por lo bajo, y tras sus párpados se ve claramente como una chipa brilla.
Y de repente los abre. Parece que ha vuelto completamente a la normalidad. Sonríe a Jack, y levanta las manos.
—Agarraos a mi— sus hijos lo hacen al instante, y apoyan una mano sobre su hombro, y la pequeña Kiara los imita como si lo hiciera todos los días. Shail la coge de la mano. Victoria es la primera en atreverse a rozar su piel, y también la agarra de la mano, Zaisei la sonríe. Erik también se agarra, al igual que hace Jack. Ya solo quedan Christian y Eva.
Los sheks son desconfiados por naturaleza, eso lo saben todos, y no cederán a la primera. Eva mira a su padre, esperando una respuesta, y tras un rato, el shek asiente, y ambos se agarran a los hombros de Zaisei.
Todo empieza a girar de nuevo, y Eva piensa que va a vomitar. No entiende por qué no han ido en el primer viaje directamente al supuesto lugar seguro, posiblemente se lo pregunte después de su padre, o lo lea en la mente de Jack.
El suelo desaparece bajo sus pies. Su padre la sostiene para que no se caiga, y al final, tocan tierra. Los únicos en perder el equilibrio son Erik, Eva y la tríada. En cambio, la familia azul y la niñita aterrizan con una elegancia ejemplar. Avergonzados, los cinco se levantan rápidamente. Jack se pregunta que clase de teletrasportación es esta, pues nunca la había visto antes. Eva asiente para si misma, ella tampoco la había escuchado entre los pensamientos de su madre cuando pensaba en la magia.
Han aterrizado en un claro diferente, junto a un enorme árbol. Eva se corrige rápidamente al comprobar que no es un árbol, sino una enorme casa con una cúpula sobre ella. Está toda rodeada de maleza, por lo que casi no se distingue su contorno. También nota el asombro en las mentes de sus padre, de su hermano y en la de Jack, mientras que en la de la familia azul nota una extraña sensación de añoranza, paz y tranquilidad.
Eva se agarra a la manga de su padre, como si volviera a ser una niña pequeña, y se siente como tal. Hacía ya mucho tiempo que no necesitaba la protección de su padre de esa manera, había aprendido a valerse por si misma, pero ahora, pisando ese suelo, con ese olor en el aire y tantos ojos fijos en ella, lo necesita con toda su alma.
Su padre también lo nota, y la abraza mentalmente, recogiendo la mente de ella entre su propia energía, es lo máximo a lo que pueden llegar las mentes de los sheks en un abrazo. Eva cierra los ojos, sintiendo esa caricia, y al abrirlos, descubre una nueva presencia con ellos.
Sobre las escaleras del gran oráculo, construidas de las mismas raíces de la tierra, se encuentra un hombre.Al igual que la familia de Shail, él también es azul, con la cabeza no rapada al cero, sino como si nunca hubiera habido cabello en ella, como en la de Zaisei. Lleva puesto un hábito de color pardo, mezclado con azul y verde, como si estuviera confeccionado con hojas de estaciones. Desde su rostro azul, los está sonriendo.
—Bienvenidos— dice, alegremente. Baja las escaleras lentamente, y de detrás de él aparecen dos seres que hacen retroceder un poco a Erik, y a Eva le hacen fruncir el ceño.
Son de pequeño tamaño, pero muy proporcionadas. Con extremidades alargadas y orejas puntiagudas. Su tonalidad de piel, parda con el cabello verde pino, todo recogido en trenzas sobre la cabeza. Y lo más importante: alas, alas no translúcidas, sino como las de una mariposa, de colores del otoño.
Hadas del bosque.
Los tres seres, el celeste y los dos feéricos, se acercan a ellos casi sin rozar el suelo, como si flotaran. En el rostro de Victoria se alza una sonrisa, mientras corre hacia el hombre azul y lo envuelve en un cálido abrazo, mientras el hombre la corresponde. Jack también se acerca, y le estrecha la mano, compartiendo una palabras, sonrientes. La familia azul también se acerca. La pequeña Kiara grita el nombre del anciano, Ha-Din, y se lanza a sus brazos, mientras el anciano la alza.
Pero Erik, Eva y su padre se quedan donde están, aunque el shek parece sonreír mentalmente. La atención del anciano se fija primero en él, luego en Erik, y por último en ella. Pero por primera vez desde que ha conocido a un idhuinita, éste no la mira con curiosidad, con miedo o con odio, sino con cariño, con un sincero cariño.
—La pequeña Eva, y el joven Erik, he de suponer— dice, mientras deja a Kiara en el suelo y se acerca a los tres. Christian, por extraño para Eva, le ofrece inmediatamente la mano al padre Ha-Din, y éste se la estrecha. No comparten ninguna muestra de afecto más, y el padre fija su mirada en Erik.— Caray, joven Erik, eres igual que tu padre, aunque ¿de quien son, sino, esos ojos?— se ríe mientras le observa. El padre es unos centímetros más alto que Erik, que ya es difícil. Este traga saliva y asiente, mirando de reojo a su hermana, pidiendo ayuda. Ella ríe mentalmente, llamándole cobarde, por tener miedo de un anciano, y el dragón contesta que ya se las verán luego.
El padre Ha-Din se gira hacia la chica, mostrándole esa misma mirada que le ha dado antes, con cariño, como si la conociera desde siempreestuviera encantado de volver a verla. Pone las manos sobre sus hombros, y ella tiembla un poco, pues no está acostumbrada a recibir un tacto tan familiar de alguien que no sea Erik, Christian, Jack o Victoria,pero, a la vez, siente que no quiere decirle que le quite las manos de encima.
—Recuerdo cuando te vi por primera vez, Lune— dice, lentamente, pronunciando su nombre indhuinita con aprecio— No eras más que un bebé envuelto en mantas, pero seguía poseyendo esos ojos azules, de tu padre— Eva miró a su madre, que se encontraba a su derecha. Él ya la estaba mirando, y ella se fijó, como siempre hacía, el la réplica de los ojos de ella con los de él, tan gemelos como lo son dos gotas de agua— Hay tanta paz en ti que ni mil indhuinitas podría imaginar.
Tanto Christian como Eva piensan esas palabras. Elei, la hija de Shail, tuvo una reacción tan diferenta a la del padre Ha-Din, aun siendo de la misma raza, que es desconcertante. El anciano suelta los hombros de Eva y, mirándolos una última vez, los manda seguirlos, a todos, hacia dentro del Oráculo de Awa.
No hay muchos sitios seguros, dice el anciano mientras entra, pero si que hay algunos que saben como hacerse invisibles.