Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Memorias de Idhún IV: De luz, hielo y fuego. · de

Memorias de Idhún IV: De luz, hielo y fuego. — capítulo 7

Erik estaba sentado en uno de los sillones individuales del salón cuando su padre entra en la sala. No parece haberle visto, pues parece muy ajetreado, y simplemente deposita un objeto alargado sobre el respaldó del sofá. Después se vuelve a marchar, llamando a su madre a gritos, preguntando si ha cogido "El colgante traductor", algo que Erik desconoce.

El muchacho se acerca al objeto. Lo ha visto antes, muchas veces. El objeto está guardado en una vaina ferra de color cobre, que parece que palpita. Nunca se atrevió a empuñarla, pensaba que su padre lo notaría o algo, viejas supersticiones. Pero nadie le impedía cogerla ahora, y posiblemente está era su única oportunidad de saciar su curiosidad.

Alargó el brazo. Ya estaba a punto de tocarla. Sintió una especie de calor en los dedos, pero no se detuvo. Rodeó su empuñadura con su mano izquierda, pues era zurdo, y la asió con fuerza.

—¡ERIK!— grita su padre, desde las escaleras. El muchacho, asustado por el grito de su padre, suelta la espada y la deja caer sobre el suelo del salón. Su padre se lanza escaleras abajo, y se acerca corriendo a él.

Erik no tiene miedo, pero se siente intimidado. Ha dejado caer la espalda, y siente que ha sido su culpa y que eso está mal. Se agacha para recogerla, y cuando ya la tiene agarrada, su padre se detiene en seco.

—¡NO…!— grita de nuevo su padre, aunque un tanto más calmado.

Erik sostiene la espada entre sus manos, y mira interrogante a su padre. No entiende muy bien que acaba de pasar, si ha sido culpa suya o es algo ajeno a él. Su padre lo mira como si fuera un fantasma, y no sabe que pensar ante eso.

—¿Qué pasa?— le pregunta, cambiando el peso de una pierna a otra.

Jack observa como su hijo sostiene a Domivat, sin quemarse, sin arder, sin daño siquiera. Es imposible. Nadie nunca ha podido hacer eso, nadie nunca ha osado o a podido empuñar su espada. Es una espada para dragones.

Para dragones…

—Erik…— empieza a decir, pero Victoria irrumpe corriendo en la sala, con el cabello revuelto y la ara roja.

—¿Se puede saber que son todos esos grit…?— es entonces cuando la unicornio se percata también de lo sucedido. Por un acto reflejo, se saca el báculo de la espalda, donde lo llevaba atado, y lo golpea contra el arma. Su hijo, por el susto y el impacto, suelta de nuevo el arma, dejándola caer de nuevo.

—¡Mama! ¿Qué coño os pasa?— grita Erik, frotándose la mano, pues el báculo le ha rozado.

Ninguno de los adultos contesta. Se han quedado conmocionados tras la escena, mirando atroces hacia la espada del suelo. Está ahí, palpitando su fuego, siempre viva. ¿Cómo la ha podido coger Erik? ¿Es que acaso es…?

Victoria es la primera en reaccionar. Se quita el cabello de la cara tranquilamente, y parpadea unas cuentas veces. Le da un codazo a Jack para que recoja la espada, aunque este ya lo había pensado, y ya la está guardando en la vaina. Los dos adultos miran fijamente hacia su hijo, aun de pie en medio del salón.

—¿La habías cogido antes?— le pregunta la mujer.

—No, nunca— contesta el chico, aún frotándose la mano con fuerza. El báculo le ha dejado una pequeña marca, pero Victoria no le presta atención, es bastante superficial.

—¿Y el báculo? ¿Lo has cogido?— insiste, expectante.

—¿El bacul…?¡Ah, te refieres a ese bastón con la piedra azul— apunta Erik— No, nunca nos atrevimos a tocarlos.

Erik esperaba que sus padres contestaran de alguna manera, pero solo recibe en silencio. Justo cuando pensaba preguntar por la naturaleza del báculo, una presencia irrumpe en la sala.

Aparecen de la nada, envueltos en una especia de viento que remueve toda la sala. Padre e hija se hacen evidentes en figura, mientras Erik los contempla. Todavía se tiene que acostumbrar a eso de la magia. Eva y él han vivido toda la vida con ella, entre congelar peceras y derretir helados, pero nunca algo tan evidente. Su hermana le había hablado mil veces de la magia de Idhun, de todo lo que aprendía en las cabezas de sus padres, pero nunca lo había visto presentes.

Christian suelta la mano de su hija, a la que ha estado agarrado. Eva por fin abre los ojos, dejando ver esos electrizantes iris tan azules, igual que los de su padre. Erik a veces envidia que él haya sacado los ojos pardos. Le habría gustado tenerlos verdes, como su padre, aunque tampoco es que sean igual que los de su madre, es un punto intermedio. Pero la evidencia entre los de Eva y Christian era tal que ha veces pensaba que el era el de la mala suerte.

—¿Qué tal?— le pregunta a su hermana. Todas las atenciones se fijan en él, pues lo ha dicho de una manera tan espontánea que causa risa. Eva sonríe también.

—Bien— contesta, asintiendo.

—He de preparar el hexágono— comenta Christian, a lo que Erik responde frunciendo el ceño, no sabiendo muy bien a lo que se refiere.— Será mejor que vayáis preparándolo todo para el viaje. Será largo.

Sin decir nada, Eva sale corriendo hacia la planta de arriba, pasando como una lagartija junto a él. Erik tampoco a preparado nada, no como sus padres, que parecen haber terminado las maletas, pues no se mueven de su sitio.

El chico sigue a su hermana por las escaleras, subiendo un tanto más despacio que ella. Tampoco tiene mucho que preparar, solo se llevará un blog de dibujo, un lápiz y varias mudas, pues supone que encontrarán más ropa de recambio allí.

Se acerca a la habitación de su hermana con la mochila al hombro, y descubre que la chica se ha quedado mirando la pantalla de su teléfono móvil.

—No creo que allí haya cobertura— comenta Erik, desde la puerta. Eva levanta la vista de la pantalla y la fija en su hermano. cierra la tapa del móvil y lo deja sobre la mesa.

—Ya lo he supuesto, estaba apagándolo— contesta, levantándose de la silla. Coge su vieja mochila del colegio y mete en ella su IPod (según ella imprescindible), mudas de ropa, un cepillo y unas cuentas baratijas más.

—¿Cómo crees que será?— pregunta Erik, tras unos momentos.

—Más verde que la Tierra, sin duda— contesta la chica, cerrando la cremallera de la mochila. Se la hecha al hombro, y mira por última vez lo que ha sido su habitación hasta ahora. Los pósters del maldito Chris Tara están por todas partes, al igual que otro grupo de Pop y Heavy Metal. Las fotos de su corcho siguen donde siempre, colocadas perfectamente organizadas, y su cama está también perfectamente hecha, a pesar de haber pasado tres días enteros durmiendo. Parece que todo seguirá igual, solo que ellos, posiblemente, no volverán nunca.

Ambos hermanos bajan las escaleras, y en el piso de abajo, Christian ha empezado a dibujar un hexágono brillante en el suelo. Han tenido que apartar todos los muebles, y por lo que parece un jarrón ha sufrido las consecuencias del movimiento, y nadie se ha molestado en recoger los trozos, hay cosas más importantes en este momento.

Christian se levanta del suelo ágilmente, y fija la mirada en Victoria.

—Deberían estar ya aquí— dice, como si lo estuviera exigiendo— No puedo dejarla mucho tiempo abierta, algún mago lo notará.

Justo en ese momento, alguien llama al timbre. Jack va corriendo a recibir a los recién llegados. Shail y Zaisei irrumpen en la sala silenciosamente, seguidos de Luk-ian, Elei y Kiara. La pequeña niña no parece asustada ni confundida, solo curiosa, muy curiosa.

Cuando Eva y Elei cruzan una mirada, la segunda la aparta rápidamente, parpadeando varias veces, y por lo que parece, ocultando las lágrima. Se esconde tras la portentosa figura de su hermano, y espera ahí.

Eva se gira hacia su padre, que también ha estado observando el comportamiento de Elei, extrañado. Ambos coinciden en lo mismo, pasa algo raro. Escrutan en su mente, pero solo encuentran temor, furia y miedo, ningún pensamiento concreto, todo parece un huracán. Eva sale de ahí rápidamente, pues lo pensamientos empezaban a afectarla a ella también, y lo mismo hace su padre.

—Quizás debamos ir entrando ya— comenta Shail tímidamente.

Nadie habla, pues obviamente nadie sabe quien será el primero en cruzarla. Las familia de híbridos parece atemorizada, con razón. Después de unos largos dieciséis años, van a poder volver a su casa, al lugar de donde todos proceden, Idhún.

—Yo iré primero— dice Jack, y da un paso al frente. Nadie se opone. El dragón coge la mano de Victoria y la aprieta con fuerza. Ella le devuelve el apretón, y le indica con la mirada que cruce ya.

El hombre camina hacia ale hexágono sin temor alguno, y muy lentamente, se va introduciendo en él, hasta que su cuerpo desaparece ante sus ojos. Todos aguantan la respiración unos segundo, hasta que Shail y Zaisei comienzan a cruzar también, con Kiara en brazos. Después pasan Elei y Luk-ian, sin temor aparenten, pero cogidos de la mano. Y por último queda Eva, Erik, Victoria y Christian.

—Vete cruzando tu, Victoria— le dice Christian— Ahora vamos nosotros.

La mujer asiente, y con el báculo entre sus manos, se adentra en el hexágono. Y cuando desaparece, la sala se queda tremendamente vacía. Los dos chicos sienten como que su madre se ha ido muy lejos, que puede haberse pedido, y tienen temor por ella.

—Lo que vais a encontrar al otro lado, es my diferente a lo que estáis acostumbrados— le informa el shek— Antes fue un lugar mejor, mejor que ahora quiero decir. Pero Idhún ya no es lo que era antes. Habrá peligros permanentes, sin avisar os atacarán, y harán lo que sea por haceros daño. Tener esto presente.

Los dos niños asienten, y con el corazón en un puño, se adentran en el hexágono de poder, seguidos de su padre.

Hacia un lugar mejor, tal vez.