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Memorias de Idhún IV: De luz, hielo y fuego. — capítulo 6
Christian había entrado por la ventana de la habitación de su hija. Hacía rato que había notado que había visitantes en la casa, pero no le apetecía hablar con ellos, no tenían nada nuevo que contarle. Cerró las cortinas para que el brillante sol no cegara la vista de su hija cuando despertara. Hace un rato notó como la mente de su hija se iba despertando poco a poco, y quería estar ahí para cuando lo hiciera.
Se sentó junto a ella. Erik había bajado tiempo atrás, y el lugar donde había dormido era un revoltijo de mantas. Se acostó a su lado, observando como su pecho se levantaba y volvía a bajar lentamente. Sus mejillas y color de piel volvían a lucir como antes, y ya no estaba tan fría.
Llegaron a su mente los pensamientos de Jack, que por alguna razón, siempre pensaba muy alto. Pensó que era por ser un dragón, debía de gritar. Iban a volver a Idhún, y no tenían pensado llevarse a los dos niños.
Christian sonrió, sabía que Eva no se quedaría para ver como sus padres se marchan, quizás para no volver, y a él no le apetecía mucho dejar a su niña atrás. Además, había prometido no hacerlo.
Un grito mental rasgó su mente. Eva se había despertado por fin. Pero no había abierto aún los ojos, era solo su mente la que gritaba, probablemente aún bajo los efectos del agudo dolor, hace tres noches.
—¡Papá!— abrió los ojos de golpe, y se enderezó como si la hubieran empujado. Se agarro la cabeza con las manos y empezó a llorar.— Erik… papá… mamá… Jack… duele… frío…
Christian, sin pensarlo, la estrechó entre sus brazos, dejando que apoyara su cabeza en su pecho. Los ojos de Eva se habían inundado automáticamente de lágrimas, y sollozaba en un dolor leve.
—Tranquila, pequeña… ya pasó todo. Yo estoy contigo— le dijo, susurrándole al oído. Eva dejó de sollozar en unos momentos, y solo se oía las pulsaciones de su rápido corazón.
Christian estuvo acunándola durante largos minutos, sin decir nada, solo le susurraba que todo había pasado. Al cabo de un rato, Eva parecía tranquila y serena de nuevo, como había sido siempre. Se separó un poco de su padre, y mirándole a los ojos, le dijo:
—Papa— le llamo. Christian le acariciaba la espalda lentamente, eso reconfortaba enormemente a Eva— Me he… me he transformado, ¿verdad?
El shek no supo que decir, simplemente se le quedó mirando, como si no la reconociera. Y ciertamente, así era. Su hija ya no era la pequeña niñita con el cabello hasta la cintura, con ojitos electrizantes pero secretamente asustados, y la seguridad con la que parecía vivir. Ahora era ya una mujer. Su cabello seguía largo y ondulado, muy similar al suyo. Se había dejado crecer el flequillo de niña pequeña, y ahora le redondeaba la dulce cara. Sus ojos ya no parecían asustados, menos en aquel momento, que no tendría que volver a aparentar nada, ya no. Ahora demostraba que estaba tremendamente asustada.
—Eva…— le susurró, acariciándole el rostro. Ella cerró los ojos, y giró el rostro hacia su caricia, reconfortada.—Eva, lo siento tanto, lo siento… debería haber estado contigo, enseñarte cosas, lo siento…
La abrazó con todas sus fuerzas, y por un momento le pareció que se había convertido en shek y la estrujaba entre sus anillos, afectuosamente. Eva, su pequeña niña, ahora ya era como él. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo la entrenaría? Nunca se había esperado ser padre, y nunca se había esperado tener hijos sheks, nadie le había entrenado. Su progenitor era un brujo humano, y su familia shek nunca mostró afecto hacia el. Por una vez, se sentía solo e indefenso. No sabía que hacer.
—¿Cómo aprendiste todo?— le preguntó, luego.
—No lo se— contesto ella, temblando un poco— Me salía solo. De pequeña, cuando escuché por primera vez la mente de mamá… fue… fue…
—Eva, tu madre te quiere mucho, más de lo que tu piensas— le dijo, sabiendo lo que posiblemente había escuchado en la mente de su madre— Tiene mucho miedo de que algo te pase, de que alguien te encuentre, de que…
No pudo seguir. Le vinieron a la mente la familia de szish que había visto ardiendo en los recuerdos de Shail, y un escalofrío le recorrió. No, no dejaría que nadie hiciera eso a Eva, nadie la tocaría, jamás.
—Papá— le volvió a llamar— Yo no quería gritar así a mamá, es solo que estaba furiosa de que… de que nadie nos tuviera en cuenta. Erik y yo llevamos años sabiendo la verdad, y siempre esperaba… bueno… siempre me imaginaba que algún día te sintieras orgulloso de mi y me contarías to…
—Eva, yo siempre he estado orgulloso de ti— le dijo, cortándola.— Creo que nadie jamás estará tan orgulloso de ti como lo he estado yo.
Eva sonrió, con una media sonrisa, como la de su padre. Le abrazó más fuerte, sin romper el contacto visual.
—Gracias, papá— le dijo, sintiéndolo de verdad. Desde que descubrió lo que le pasaba, con unos tres años de edad, siempre quiso escuchar esas palabras, y se imaginaba mil y una maneras en las que su padre se las diría. Ninguna había podido ganar a esta— Oye, papá, eh…
—¿Si?
—Era… ¿era bonita? Ya sabes… yo transformada…
Christian soltó una carcajada. Hacía mucho que no oía reír a su padre así, y el corazón le palpitó más fuerte, como enorgulleciéndose que de que ella fuera la causa.
—Pequeña, no hay nada más bonito que tu en todos los mundos— le dijo, mientras la besaba en la frente, largo y tendido. Eva disfrutó de aquella muestra de afecto, tan poco comunes en su padre, pero tan satisfactorias cuando existían.
—¿Dolerá tanto la próxima vez?— preguntó, después de unos instantes— ¿Te dolió a ti?
—Yo me transformé con ocho años— le dijo, recordando aquel día de su vida, en una noche en la que Erea estaba nueva, y se había transformado mientras su padre lo observaba. No le había abrazado luego, ni le había dado la enhorabuena cuando despertó, ni lo tranquilizó mientras el dolor pasaba, simplemente le dijo que le avisara cuando se volviera a transformar— A mi no me dolió la segunda vez, pero me costó un poco conseguir que me saliera natural. Pero tranquila, yo te ayudaré.
—Entonces, ¿es verdad? ¿No lo he soñado? ¿Te… te vas a quedar?— durante esos tres día había tenido sueños diversos, y en muchos salía su padre, diciéndole que nunca la dejaría sola, que estarían juntos para siempre.
Christian dudó antes de contestar. Ahora eran posiblemente los únicos sheks de los dos mundos, sin contar a los de Shizoku, pero…
—Te prometo que estaremos siempre juntos, aunque…— no puso si continuar. Estaba ya arto de tener que mentir a su hija en todo, tener que fingir que era otra humana corriente. No, ya nunca volvería a ser una humana corriente— Yo no puedo estar con tu madre y con Jack siempre. Yo necesito… cambiar de lugares. ¿Estarías dispuesta a dejarlo todo pare venir conmigo?
Eva se quedó muda. Su padre esperó pacientemente a que contestara. Por la cabeza solo le pasaban imágenes de ella y Erik, jugando, practicando sus poderes, él dibujándola a ella, ella jugando a leer mentes.
—Erik…— dijo inconscientemente.
—Si, Erik— afirmó su padre, acariciándole la mano— Ambos tenéis algo… algo que envidio. Yo no me puedo acercar a Jack de la manera en la que tu te acercas a Erik. Y no es culpa del chico, pues que tenéis la misma esencia en razas diferentes…
—¿En serio?— le interrumpió la pequeña shek— ¿Es verdad? ¿Erik también se transformará? Siempre hemos pensado eso, pero nunca hemos estado seguros. ¿Se transformará de verdad?
Christian sonrió para si. Estaba claro que había algo que los unía de una manera incomprensible, como si no pudieran sobrevivir separados, que necesitaran estar continuamente juntos. Era algo que también le pasaba a él con Victoria. Pero lo de Erik y Eva era más fuerte, más solidificado, más perseverante. Era algo que posiblemente nunca llegaría a entender.
—En cierto modo, y si no me equivoco, si— contestó, sin dejar de acariciarle el rostro.
Eva volvió a sonreír como solo ellos dos sabían.
—Si, papa— le contestó.
—Si, ¿qué?
—Te acompañaré a donde tu vayas— le dijo, pasándole los brazos por el cuello, y abrazándolo por décima vez en la mañana.—Pero… ¿volveremos… de vez en cuando, no?
—Si, de vez en cuando— contestó su padre, susurrándole en el oreja. Un aire cálido y extraño la recorrió por dentro, mientras su padre la cogía en volandas y salían al pasillo. Todavía estaba un poco débil para andar, y dejo que fuera su padre quien la llevara a donde fuera que fuesen.
Erik fue el primero en escuchar como alguien bajaba las escaleras. No había visto entrar a Christian, pero había advertido su presencia hacía un rato. Observó como, padre e hija, bajaban las escaleras. Eva estaba en sus brazos, con la cabeza apoyada en su hombro, y Erik fue corriendo a su encuentro.
—Eva— susurro, y la chica levantó la cabeza. Sus ojos se iluminaron de esa forma que solo el hielo brilla cuando le alumbra el sol, reflectantes.
—Erik— dijo ella, alargando un brazo hacia él. Le pidió a su padre que la pusiera en el suelo, pero sus piernas se doblaron nada más poner su peso sobre ellas, y cayó en brazos de Erik.
Esta vez fue él quien la cogió. Le bajó el camisón, que se le había subido, y saludó con una inclinación de cabeza a Christian. Besó en el cabello a Eva, mientras esta lo abrazaba. De alguna manera, Erik quería repeler el contacto con Eva, pero otra parte de él le decía que su lugar era con ella, que debía protegerla siempre.
Eva observó la gruesa cicatriz que Erik lucía bajo el ojo derecho, aún en carne viva. Su madre le había pedido varias veces permiso para curarla, pero Erik se había negado siquiera a hablar con ella.
—Erik, lo siento— le dijo, mientras le rozaba la herida con punta de sus dedos.
—No pasa nada, lo importante es que estas bien— le contestó, estrechándola más contra si.
Los tres, dos sheks y un medio dragón, entraron en el salón, donde un puñado de personas los miraban expectantes. La chica llamada Elei pegó un pequeño grito contenido, y se tapó la mano con la boca. Ocultó el rostro en el hombro de su madre, y ésta la tranquilizó. Erik no entendió muy bien ese comportamiento, pero no dijo nada.
—Eva— dijo su madre, levantándose de golpe, y corriendo hacia ellos. Erik, instintivamente, apartó a su hermana del contacto de Victoria, mirándola desafiante, pero Eva le dijo que no pasaba nada. Receloso, dejó que su madre la abrazara, aún en sus brazos— Mi niña… lo siento tanto… tanto…
—Mamá, tranquila, estoy bien— le contestó, un tanto seca. Para ella también era difícil olvidar que por poco la pega un guantazo y la llamó "maldita serpiente", pero a su padre no le gustaba que estuvieran enfadados. Erik pudo ver eso justo cuando cruzaron una mirada, y le dijo telepáticamente que él no tenía intención de perdonarla. Eva dijo que lo intentaría.
—Vaya, Eva, cuánto has crecido— dijo un hombre tras su madre.
Eva contempló el rostro del hombre. Tenía barba de unos días y el cabello necesitaba cortárselo, pero por lo demás, no parecía muy viejo, como mucho cuarenta años. Era bastante alto, y no vestía muy apropiadamente para el año en el que vivían, parecía que estuviera veinte años más atrás. Pero eso no fue lo que más llamó la atención de Eva. Ese rostro le resultaba familiar, ella lo había visto antes.
Pidió a Erik que la dejara sentada en el sofá frente al hombre, y lo estudió con atención.
—Usted… yo le conozco— le dijo, después de unos momentos— Shail, ¿verdad?
La cara del hombre se mostró claramente sorprendida, y miró de reojo a Victoria, que se encontraba en el respaldo del sillón, apoyada en sus codos.
—Si… pero eras muy pequeña, es imposible que me recuerdes— cuando lo dijo, su cara se transformó divertida, como si hubiera recordado algo estúpido— Parece que has salido a tu padre.
Eva miró a Christian, sentado en el reposabrazos de su sillón, pero este no le dirigió la mirada, solo sonrió con una media sonrisa.
—Comprobamos hace tres días lo acertado que estás— comentó Jack, sentado en un sillón individual junto al de Shail.
—¿Cómo?— preguntó la mujer azul, junto a Shail, también.
—Eva se… transformó, ya sabéis… en…—parecía que a Jack no le salieran las palabras, como si ni él se lo creyera.
—Shek— contestaron Eva y Christian a la vez. La atención de todos los de la sala se había plasmado de repente en ella, sobre todo la de Shail, que estudiaba cada rasgo de Eva con precisión.
—¿En serio?— preguntó éste— Bueno, entonces no será buena idea que ella y Erik vengan ha…
—Si iremos— contestaron Eva y Erik al uniso, esta vez.
—Ya lo hemos hablado, si vienen— contestó Christian, mirando a Eva.
—¿Hemos?— preguntó Victoria, incrédula.
—Eva y yo— afirmó, en modo de sentencia.
Parecía que Victoria tenía algo más que decir, pero se lo calló casi al instante, y refunfuñó por lo bajo.
—Bueno, pues cuanto antes mejor— Shail se levantó del sillón, cogiendo en brazos a la pequeña Kiara.
Elei, Luk-ian y Zaisei le imitaron, pero no anduvieron hacia ningún lado, como si no supieran exactamente como actuar. Elei miraba con terror en la mirada a Eva, intentando controlar su respiración, que se había agitado. Agarraba del brazo a su hermano, queriendo ocultarse a su espalda, sin atreverse.
—¿Os parece bien que vengamos esta noche? He de arreglar unos asuntos primero— dijo, de nuevo Shail. Jack y Victoria asintieron, Christian no dijo nada. La familia al completo se dirigió hacia la puerta de la entrada, y la unicornio los despidió a todos. Vio como el alma de Limbhad se lo llevaba, desapareciendo de este mundo, hacia la casa de la frontera.
Reinó un silencio sepulcral en los instantes siguiente, en los que nadie se atrevió a decir nada. Victoria se había girado, y mirada fijamente a Christian, y este le devolvía la mirada. Jack también mirada a Victoria, mientras que Erik miraba el suelo, y Eva espiaba en su mente. Por lo visto estaba pensando en la reacción de Elei cuando Eva había entrado en la habitación.
"Papá" pensó Eva, mentalmente. Su padre pareció sorprenderse, y rompió el contacto visual con Victoria, para fijar su mirada en Eva, "La chica, Elei, ¿por qué… ha reaccionado así al verme?"
Su padre no contestó inmediatamente. Eva se escurrió un poco de su mente para dejarle espacio, hasta que la suave y grave voz de su padre volvía a resonar en sus oídos.
"¿Sabes lo que es un celeste" le preguntó.
"Si, mamá pensaba en Zaisei a menudo, son como personas con el don de leer los sentimientos o algo así, ¿no?" el silencio en la sala seguía. Eva se preguntaba que estarían haciendo o pensando los demás, pero solo prestaba atención a su padre.
"Bueno, pues Elei tiene ese don, de su madre, Zaisei" contestó él.
"¿Y por qué se a asustado al verme?" Inquirió, observando como los ojos de su padre se movían, veloces y calculadores, estudiando todas sus facciones.
"Los celestes no toleran demasiado bien la presencia de un shek, somos muy fríos para ellos" contestó, con dulzura y dureza a la vez.
"¿Y por qué no se ha asustado al verte a ti?" preguntó de nuevo, con los ojos fijos en los de su padre.
El shek lo pensó un momento, Eva pudo notar el desconcierto y el temor en todos sus pensamiento.
"No lo se , Eva" contestó, tras un breve silencio. "No lo se"
Tras mirarla por última vez a los ojos, los clava en Victoria, que sigue callada, observando, esta vez, a su hija y al shek, sabiendo que están hablando telepáticamente. Christian nota que Victoria está, de alguna manera, orgullosa.
—Me voy a llevar a Eva al Ussak, volveremos pronto, he de coger una cosa— dice Christian, mientras coge en brazos a su hija. Ésta se abraza a él, sin saber si la va a llevar a un lugar bueno o malo, pero sinceramente le da igual, va a ir con su padre.
Christian cierra los ojos, y nota como todo a su alrededor cambia, mientras que su hija resguarda la cabeza en el hueco de su cuello y su hombro.
Cuando abre otra vez los ojos, Eva los tiene cerrados, como si temiera lo que se fuera a encontrar. El shek escruta a su alrededor, hacía un par de semanas que no pisaba su hogar, pues entre viaje y viaje, tan solo lo utilizaba como modo de transporte. Ahora uqe se fijaba, los muebles empezaban a coger polvo, y las cortinas aún estaban cerradas.
—Eva— le susurra. Su hija levanta la cabeza, y también observa todo a su alrededor. Decide dejarla todo su tiempo para hacerse a la idea del modo que ha viajado, aunque posiblemente ella ya lo sabía.
—¿Dónde estamos?— le pregunta, tras unos minutos.
—En Nueva York, en mi casa— Christian la deposita en el suelo, y por fin Eva ya se puede mantener en pie ella sola, aunque se apoya en el hombro de su padre, por si acaso.— Es mi hogar, todos los sheks tienen uno.
Eva clava su mirada en él, en aquellos ojos azules, fieros y electrizantes, pero a la vez dulces y calculadores. Se parecían tanto que ha veces le costaba creérselo.
—Yo no tengo— le contestó, mientras que su padre le rodeaba la cintura.
—Claro que tienes, pero todavía no la has encontrado— le dijo, mientras la conducía hacia su despacho. Solo pretendía coger a Haiass y marcharse para abrir la puerta, pero sabía y quería que Eva viera el apartamento antes.— Este es mi despacho.
Eva dio un paso al frente, y entró. Un aire gélido le recorrió, y contempló cada mueble calculadoramente. Una estantería llena de libros perfectamente ordenados por estatura. En la pared lucía un único cuadro de una playa desierta, y sobre el escritorio no había nada más que una mini estantería de plástico con un montón de discos de música, también ordenados. En una esquina había una guitarra española de color negro, sobre su soporte.
Se acercó hacia los CDs de la mini estantería, y los ojeó por encima. En todos lucía una serpiente negra, y el mismo nombre coronaba el dibujo: Chris Tara. En algunos ponía Beyond, en otros rezaba el título de Hell, y en otros tantos *My cold heart.*Ella conocía todas esas canciones, las había escuchado mil veces, sacadas de un antiguo IPod que encontró por casa, viejo y anticuado.
—Papá, ¿te gusta Chris Tara?— le preguntó, mientras leía la lista de canciones que había tras la carátula de Beyond.
Su padre soltó una pequeña risita, y le pasó un brazo por encima del hombro a Eva, atrayéndola hacia si.
—Debería gustarme, si, puesto que a Chris Tara lo conoces muy bien— le dijo, sacando un disco de su carátula y metiéndolo en el reproductor de música— Te sonará haberlo llamado papá.
Entonces la música empezó a sonar, y Christian contempló como en la cara de su hija se le dibujaba una mueca de asombro, y depositaba su mirada en la de él. Las frías palabras deBeyond llenaban la habitación, y Eva no se lo acababa de creer.
—¿Tu eres Chris Tara?— le pregunta señalándolo, burlona— ¿Desde cuando cantas?
—Pues más o menos desde hace unos veinte años, hace mucho que no canto nada— le dijo, mientras daba al Stop en el caset, para que dejara de sonar la vieja letra. Eva no podía controlar sus emociones. ¿Su cantante favorito… era su padre? No sabía como tomárselo, si como algo bueno o como algo malo. Contempló por vigésima vez en su vida la serpiente de la tapa del disco, enroscada sobre si misma, mirándola.
Debería haberlo supuesto. Nunca encontró ninguna foto de Chris Tara en Internet, y en su biografía decía que no le gustaba ser fotografiado. Nunca lo entendió, ahora si. Una serpiente siempre debe ser libre, siempre.
Sonrió, y para sorpresa de su padre, le abrazó con todas sus fuerzas. Nunca hacía muestras de tal cariño, puede que alguna sonrisa, un ligero roce, o una dulce y cálida mirada. Pero no algo así. Su padre la abrazó también, sintiéndose, desde hace mucho tiempo, el hombre más feliz del mundo.
—He de coger una cosa— le susurró— Después volveremos a casa, y te llevaré a tu hogar.
—¿Mi hogar?
—El lugar donde naciste, siempre será tu hogar— le contestó, acariciándole la cabeza.
Ambos, padre e hija salieron del despacho, y Christian sabía que, esta vez, posiblemente no volvería nunca a verlo. Porque volvían a casa, todos juntos, y lo hacían para quedarse, en el mejor de los casos.
No quería saber que ocurriría en el peor de los casos.