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Memorias de Idhún IV: De luz, hielo y fuego. — capítulo 5
Ya habían pasado tres días desde que Eva se había transformado, y aún no había despertado. Christian les explicó que era normal, él había estado cinco sin moverse, durmiendo, en un sueño reparador. Las células de Eva se había disparado, helándose por dentro a causa de su parte shek, y tardarían en estabilizarse.
En todo ese tiempo, Erik no se había separado de ella. Se quedaba todas las noches a dormir en su misma cama. No había ido al colegio ni se había movido de esa habitación, a excepción del baño. Su madre le traía la comida a la cama, y el la engullía con la mirada fija en el rostro de su hermana.
Christian también se había quedado con ella. Él solía venir por las noches, cuando Erik ya estaba dormido, y siempre se preguntaba la misma cosa: ¿Por qué no se repelían? Christian ya había observado el aura de Erik, y tenía el mismo metabolismo que Eva, pero en dragón, y lo suficiente como para que el odio fluyera entre ellos, pero nada, ellos se amaban, eso quedaba claro, aunque sabía que en el fondo Erik pensaba que debería odiarla, pero algo muy fuerte taponaba ese pensamiento, la imagen de Eva convirtiéndose en serpiente, y eso lo tranquilizaba, sabiendo que nunca la podría dejar sola, era su hermana.
Christian los envidiaba. En el fondo, le gustaría poder llevarse así con Jack, o con cualquier persona que no fuera una serpiente. Pero no lo había conseguido. Si que sentía un extraño afecto por Erik, no tan fuerte como el de Eva. Pero era algo, algo que nunca sintió con Jack.
Erik tenía un brazo sobre el pecho de Eva en ese momento, y respiraba con regularidad, al igual que Eva. Por primera vez, Christian había tenido serias pesadillas, pesadillas en las que Eva moría durante la transformación, y se despertaba sobresaltado, sobre la silla junto a la cama de Eva.
Esa noche fue igual. Abrió los ojos, respirando a toda velocidad, y observó que todo había sido un sueño. Erik seguía en la misma posición, abrazando a su hermana. Miró a su alrededor. La única luna del cielo terrestre estaba llena, y su luz alumbraba en la penumbra. Sobre la mesa estaba el IPod de Eva, perfectamente enrollado entre sus cascaos. Se estiró sobre la silla y lo cogió.
Encendió la pantalla, y algo lleno un vacío en su interior al ver que la canción última que había escuchado era *Beyond,*y no pudo evitar la tentación de ponerse los cascos y escucharla una vez más.
La música llenó su mente, como la primera vez que la había escuchado en la tierra, y supo que el también quería crearla. Así es como se hizo cantante. La letra le recordó a tiempos pasados, más de veinte años atrás, casi, cuando vio por primera vez la luz en la mirada de Victoria, y supo que quería pasar el resto de su vida con ella.
Tan metido estaba en la letra, que no escuchó ni presintió la mano que se posó lentamente sobre su hombro. Sobresaltado, se quitó un auricular, y se daba la vuelta, para mirar a aquellos preciosos ojos castaños que le habían enamorado.
—Hola, criatura— le dijo, apagando la canción y dejando el IPod en la mesa de nuevo.
—Hola— contestó ella. Christian pudo ver que había estado llorando, las lágrimas aunbañaban sus mejillas, y sus ojos estaban rojos.— Por favor, ven a dormir conmigo.
El shek desvió la mirada hacia la cama, donde Eva estaba totalmente quieta, solo su pecho se hinchaba imperceptiblemente. Se sintió tentado de rechazar la propuesta y quedarse con su hija toda la noche, pero después se dio cuenta en la forma en la que Erik la abrazaba, para que no se fuera lejos, y se tranquilizo.
—De acuerdo— contestó. Se levantó de la silla, cogiendo a Victoria de la mano, mientras esta lo guiaba hacia su habitación. Supuso que Jack se habría ido a dormir a la habitación de invitados, aunque en ese momento le importaba bien poco.
Victoria se tumbó sobre la cama, y Christian se acomodó junto a ella. Se quitó la camiseta, dejando su pecho al descubierto, y Victoria se acurrucó junto a él, sintiendo el frío helado que emanaba de él. Abrieron las sábanas y ambos se metieron debajo, sintiendo la suave tela sobre ellos.
—Christian— dijo Victoria, alzando la mirada— Yo no quería tocarla, de verdad que no quería hacerlo, pero estaba tan nerviosa, tan asustada…
—Victoria, no hace falta que hablemos de esto, se lo que pensabas en ese momento, se que no quería hacerlo— dijo, colocándole un mecho de pelo detrás de la oreja. Ella se estremeció, y tragó saliva.
—Si, es verdad— dijo— Tu sabías lo que pensaba, pero yo no se lo que pensaste tu.
Christian detuvo la caricia que pretendía hacerle, y la miró a los ojos. Estaban llorosos. Normal que estuvieran llorosos. Tomó aire, y sin apartar la mirada de ella, habló:
—Pensaba que Eva tenía razón. Fuimos unos estúpidos al pensar que no se enterarían, yo no estuve con ella cuando me necesitaba, ni Jack estuvo con Erik. Los dejamos solos aun sabiendo las cosas que podían hacer. Y ellos fueron mas listos que nosotros, nos ganaron en nuestro propio juego.
Victoria no dijo nada, simplemente permaneció en silencio, y finalmente acabó durmiéndose en los brazos de Christian, mientras éste pensaba en Eva, acostada en la habitación de al lado, su pequeña niña, a la que nunca abandonaría.
Erik despertó a la mañana siguiente, pero no porque el sol ya hubiera salido, sino porque algo había cambiado. Abrió los ojos forzadamente, pues se le habían pegado las pestañas, y observó el rostro de su hermana. Ahí estaba, el cambio, se apreciaba claramente. El color de sus mejillas había vuelto a ser el de antes, sonrosadas, y su piel ya no es hielo que fue anoche. Estaba mejorando.
Eva estaba a salvo.
Notó como soltó el aire que probablemente estaba aguantando desde que Eva empezó a gritar hace tres noches, y se sintió de pronto más feliz que en toda su vida. Se levantó de la cama y arropó mejor a Eva, mientras salía corriendo hacia el piso de abajo. Su madre ya estaba allí, tomándose un café, conversando con Jack. Ambos se sorprendieron de ver a Erik fuera de la habitación de Eva. El chico, en parte, no quería salir porque no es que estuviera enfadado con los tres adultos, es que no los quería ni ver ni en pintura, excepto, quizás, a Christian, que había ayudado de alguna manera a Eva.
—Erik— dijo Jack, enderezándose sobre la encimera— ¿Ha ocurrido algo?
—Eva— dijo secamente, como si no fuera nada importante— Ya está a temperatura normal, despertará pronto.
Dicho esto, pretendió marcharse, pero justo sonó el timbre. Pensó que sería Christian, y fue ha abrir el mismo, pensando en que a él le encantaría saber que Eva estaba mejor. Alargó la mano hacia la puerta, giró el picaporte, y tiró.
Cuando levantó la vista, no se encontró al padre de su hermana. En el umbral, hacía más de una persona, de distintas edades, y aunque pareciera extraño, de distintos colores.
Una mujer con la piel azulada lo observaba con los ojos más claros que había visto. Carecía de pelo, aunque tampoco parecía haberlo perdido, simplemente, no tenía. Llevaba en brazos una niña de poco más de nueve años, con el cabello blanco hasta la cintura, los ojos rojos y la piel mulata. También había dos niños de su edad, un chico y una chica. El chico era más alto que él, con los ojos verdes oscuro, la piel blanca, aunque con un toque parecido a celeste, con el cabello castaño oscuro y un rostro dulce. La chica era prácticamente igual que él, pero con los ojos pardos, y la piel aun más celeste, y el cabello recogido en una coleta. Era mucho más bajita que él, parecía bastante joven.
Junto a ellos había un nombre que rondaría los cuarenta y pocos, con barba de varios días, cabello un tanto largo y ojos tristes. Protegía con un brazo a la mujer de la piel azul, y las cinco personas observaban a Erik como si fuera él el que tuviera el pelo blanco y la piel azul.
—¿Pero que…?— fue lo único que pudo decir, pues no sabía exactamente que debía hacer. Se quedaron mirando unos momentos, hasta que la mujer azul se abalanzó sobre él y lo abrazó dulcemente.
—Por los Dioses… cuantos has crecido, Erik— le dijo la mujer, mientras le soltaba.
—Zaisei, tranquila, no va a ir a ninguna parte— dijo el hombre de la barba, apartando a la mujer llamada Zaisei de encima de él.
—¿Cómo sabe usted que me llamo…?
Alguien gritó detrás de ellos, y oyó como un vaso se hacía añicos al chocar con el suelo. Se giro rápidamente, y vio a su madre, tapándose la boca con la mano, sin moverse, mientras Jack se acercaba corriendo a la entrada.
—Shail— dijo Victoria, cuando pudo hablar.
—Hola, Vic— dijo el hombre, entrando en la casa, y toda la tropa lo seguía, muy juntos.
El hombre y su madre se unieron en un abrazo muy largo, mientras que Jack también lo abrazaba, igual que a la mujer azul. La chica de los ojos pardos había cogido ala pequeña niña del pelo blanco, y los tres esperaban en una esquina, mientras los adultos se saludaba.
—¿Qué… hacéis aquí?- pudo decir Victoria, mientras se restregaba las lágrimas de alegría.
—Ha surgido… algo— dijo el tal Shail, volviendo a abrazar con su brazo a la mujer Zaisei.
—Estamos muy contentos de volver a veros— dijo la mujer azul, claramente llena de felicidad.
—Y nosotros también— contestó Jack— Pasar, vamos al salón.
Erik no recordaba a su padre tan feliz, o tan lleno de vida. Corrió casi como un niño el día de navidad hacia el sillón, y se sentó mientras Victoria, la mujer azul y el tal Shail se acomodaban junto a él. Los tres niños se quedaron en la puerta, y Erik pudo apreciar con más claridad los rasgos de cada uno. Es verdad que el chico era más alto que él, no en exceso, pero no parecía ser mayor, tenía una cara demasiado dulce. La chica parecía tener doce años, aunque por su mirada no lo parecía. Y la niña del pelo blanco observaba todo con sus ojos rojos, sin perder detalle.
—Niños, no os quedéis ahí, venir a saludar— dijo el tal Shail, haciendo un ademán para que se acercara. Erik también se acercó, se quedó detrás de el sillón de sus padres, y observó como los otros tres chicos hacían lo mismo, con el de los otros adultos— Jack, Vic, estos son Luk-ian y Elei, y la pequeña es Kiara.
Los niños sonrieron mientras decían sus nombres. La chica, a pesar de lo dulce que era su mirada, tenía una sonrisa pequeña, tímida, pero adorable. Y la niña llamada Kiara, simplemente no sonrió.
—¿Son…?— empezó Victoria.
—Si, Luk-ian y Elie son nuestros, pero Kiara…— comentó la mujer Zaisei, mirando a sus hijos.
Hubo un breve silencio, en el que Jack y Victoria se dedicaron a mirar a la pequeña niña.
—Tiene los ojos de Kimara— dijo al final su padre, sin apartar la vista de la niña, que apartó al mirada, antes mostrando un horrendo temor hacia los ojos de su padre. ¿por qué? Erik no lo sabía.
—Ya…— dijo Shail, frotándose las manos— Bueno, el motivo de nuestras visita es… inesperado.
—Hemos tenido que huir— cortó Zaisei, sin andarse con rodeos— no se si Kirthas os habrá contado lo que pasa ahora allí, pero digamos que… Idhún, ya no es igual que antes.
Sus padres miraron instintivamente hacia Erik, como temiendo que él oyera esa palabra, pero el chico ni se inmutó.
—Christian nos habló de Tanawe y sus dragones— dijo Jack, tras un breve silencio de temor— nos dijo que habían encontrado a una familia szish rezagada y que la habían quemado viva, y que ahora están buscando a cualquier indhuinitas que tuviera relación alguna con una serpiente. Dijo que Qaydar y Gaedalu se habían refugiado en Nahai, con los gigantes. Por lo visto, no piensan como Tanawe.
—Es más que eso— aportó Shail— Tanawe tiene dragones patrullando los cielos continuamente. Después de la familia szish también encontraron a dos hermanos serpiente escondidos en los picos de fuego. Al parecer no todos los hombres-serpiente consiguieron escapar. Algunos hasta decidieron quedarse. Que querréis saber lo que le hicieron a los dos hermanos.
Oto silencio.
—Solo era uno niños…— susurró Zaisei, mientras se tapaba la boca con la mano.
—Nosotros llevamos escondidos en el oráculo de Awa desde que os fuisteis, en unos túneles subterráneos que construyeron los feéricos para nosotros. Yo salgo a veces, bajo un hechizo, pero estamos en busca y captura. Nosotros somos casi lo más cercano que hay con Kirtash— dice Shail. La chica Elei se a sentado junto a él, con cara de susto, y la abraza con un brazo, mientras que con el otro sostiene a la niña Kimara.
—Pero, ¿cómo le dejan hacer todo eso?— pregunta Victoria, al borde del pánico.
—Casi todo el mundo piensa como ella, y quien no lo haga, será ejecutado— dice Shail, estremeciéndose— Ahora Idhún es una dictadura.
Hay otro gran silencio, en el que Erik se dedica a almacenar toda la información. Gracias a Eva está bastante al loro del asuntos, pero aprende cosas nuevas. Eva le habló de Tanawe, y de todos los demás personajes. Esto parece más una historia de terror que un cuento de fantasía.
—¿Y Kimara y Rando?— pregunta al final Jack.
La niña Kiara suelta un pequeño llanto, y esconde la cabeza en el hombro de Elei, y llora. La chica la intenta calmar, inútilmente.
—Kimara… está con Tanawe, hace diez años tuvieron a Kiara, y… los abandonó. Amenazó a Rando con delatarle como se acercara a ella. Rando a criado a Kiara, junto con nosotros, en el Oráculo. Es otro de los principales forajidos. A parte de que robó un dragón escupe-fuego, actuó en acto de rebeldía al ayudar a la maga szish que salvó en el desierto.
—Esto es increíble— solloza Victoria, ocultando su rostro con las manos.
—Pero esa no es la razón por la que hemos venido— continua Shail— Teneis que volver.
Es ahora cuando Victoria se pone seria, y Jack espera su reacción. La cara de su madre se torna oscura y mortífera, los puños se le cierran y tiene que respirar más fuerte para controlar el genio.
—No vamos a ir— sentencia, deshaciéndose del abrazo de Jack.
—Victoria, no lo entiendes— dice Zaisei— Yo sería la primera en deciros que no os acerquéis allí, pero… está muriendo mucha gente, sobre todo celestes. La mayoría no creen que las serpientes merezcan ser quemadas vivas. Yo sentí el dolor de la niña szish mientras ardía. Y mi gente… algunos hasta han muerto de dolor. Otros han sido ejecutados por tener información sobre localizaciones de los rebeldes. Mi padre…
no puede acabar, pues las lágrimas ahogan su voz, y llora silenciosamente en el hombro de Shail.
—Su padre murió hace un par de años. Era uno de los poco que sabía donde estábamos, y no quiso confesar. Murió ejecutado por traidor— contesta Shail.
—Dios santo…— es lo único que puede decir Victoria, agarrándose la cara entre las manos.
—Además, hay cosas que tenéis que ver— completa Shail, sin añadir nada más.
Victoria y Jack cruzan una mirada, y deciden sin hablar que ya deben dejar de esconderse. Erik también cruza una mirada, pero con la niña Kiara, que llora en el regazo de Elei. El tal Luk-ian tan solo cierra los ojos y espera.
Todos están pensando lo mismo.
Hay que volver a cruzar la puerta.