Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Puede el águila de Ravenclaw así lo quisiera · de

Puede el águila de Ravenclaw así lo quisiera — capítulo 1

Iba de camino al ministerio, paseando sin prisa por el Londres muggle. Era realmente asombroso, habían conseguido crear su propia magia. Las farolas, los coches, autobuses, anuncios luminosos...

Miraba maravillada todo a mi alrededor.

A pesar de ser de una familia completamente sangre limpia me sentía fascinada por los muggles, me encantaba andar entre ellos y tomar café en sus locales sólo para ver en la tele un partido de fútbol. Lo interesante en si, no era el deporte, que resultaba bastante aburrido en comparación al quidditch, sino ver como las imágenes se movían con color y sonido con una nitidez asombrosa, era casi como estar presente.

Mis padres no entenían bien por qué este interes, pero yo no entendía los suyos.

Por ejemplo el de mi madre por demostrar la existencia de animales jamás vistos, o el de mi padre por la herbología.

Había sido bastante extraño tener de profesor de dicha asignatura a mi padre, durante los siete años de colegio tube que soportar las continuas insinuaciones por parte de los demás alumnos sobre la niñita de papio la favorita del profe. Sencillamente llevaba viviendo con él desde que nací y había soportado sus charlas sobre las plantas desde que tengo memoria.

Mi madre, en cambio era una naturalista reconocida. Había demostrado la existencia de múltiples animales que se creían imaginaciones de una familia de locos, como por ejemplo los nargels. Antaño la llamaban Lunática Lovegood, ahora probablemente se arrepentían, Lunática Lovegood tenía una orden de Merlín de segunda clase, dirigía el departamento de criaturas mágicas y era la más famosa naturalista, eso sin mencionar que salía en todos los libros de historia de la magia por haber pertenecido y participado activamente en el ED, y en los libros que escribió la tía Hermione, libros que narran sus aventuras desde la piedra filosofal hasta la destrucción de lord Voldemort, al igual que mi padre, que tampoco gozaba de muy buena reputación en el colegio. Me reía de los que se habían burlado de dos de los magos con mejor reputación en esta época, probablemente ahora mandaban lechuzas preguntando si se acordaban de ellos.

El método de las lechuzas era tema de polémica en mi casa. A mi no me gustaba usarlas, eran muy lentas, sólo las usaba para hablar con gente del mundo mágico, para otras cosas usaba un móvil muggle que había comprado por mi decimoséptimo cumpleaños.

Había llegado ya a la antigüa cabina de teléfono que era la entrada de visita al ministerio.

-Bienvenido al Ministerio de Magia. Por favor, diga su nombre y el motivo de su visita- dijo una gélida voz femenina.

-Aryah Ginevra Longbottom- dije- vengo a visitar a...

-Visitante- cortó la voz- pongase la chapa en un lugar visible por favor. Gracias- una chapa salió por donde habitualmene salían las monedas.

Me la puse y el suelo de la cabina empezó a descender. De mientras bajábamos me puse mi túnica para no presentar un aspecto extraño , había magos que no sabían ni como se vestían los muggles, y era mejor pasar desapercibida.

Salí del estrecho espacio aliviada y caminé hacia el departamento de mi madre.

Había venido con la intención de visitarla, ya que desde que estudiaba para ser sanadora apenas la veía, y menos aún a mi padre, que prácticamente vivía en Hogwarts.

También le quería informar de que iba a dejar la residencia de estudiantes y me iba a trasladar a vivir con Lily, mi amiga de la infancia a un apartamento cercano. Las dos habíamos estado ahorrado para independizarnos y empezar nuestra vida como adultas.

No había esperado a saber la opinión de mis padres, ya había tomado mi decisión y llevaba casi todas mis cosas guardadas en el bolso que tenía colgado del hombro, al que le había hecho un hechizo de expansión.

Despues de darle la noticia a mi madre tenía intención de ir directamente a nuestra nueva casa y empezar a personalizarla a mi modo sin perder tiempo.

Me paré a esperar al ascensor y en ese instante otros dos hombres que venían completamente inmersos en una conversación sobre quién ganaría los mundiales repararon en mi.

-Aryah- me saludo el moreno- cuánto tiempo, ¿qué tal todo? tu madre nos dijo que te iba muy bien con los estudios.

-Buenos días tío Harry- lo saludé- si, la verdad es que me va bastante bien.

-Nos alegramos mucho, tu madre no hace más que presumir- dijo el tío Ron.

Me sonrojé un poco.

-No presume tanto, tranquila, sólo habla de lo orgullosa que está cuando alguien saca el tema- dijo Harry guiñándome el ojo.

El ascensor se detubo para dejarnos pasar. Dentro había un hombre muy rubio de ojos grises, y facciones afiladas.

-Buenos días señor Malfoy- dije al reconocer al padre de Scorpius.

-Buenos días- me respondió arrastrando las palabras, me dirigió una amable sonrisa y luego centró su atención en mis acompañantes- hola- saludó.

-Hola Malfoy- dejo tío Ron- ya conoces a Aryah, ¿no?

-Bueno, sí, la hija de Longbottom y Lovegood, ¿no?- me preguntó.

-Exactamente- él era uno se los que se reía de mis padres.

Mi madre lo había perdonado completamente, pero mi padre aún le guardaba algo de rencor. A mi me caía bastante bien, siempre era amable conmigo, pero recelaba un tanto de él.

El ascensor se detubo en mi planta y tras despedirme de los tres hombres me dirigí hacia el despacho de mi madre.

Me detube frente a la puerta, suspiré hondo y llamé.

-Adelante- dijo la voz que tan bien conocía.

-Mami- susurré abriendo un poco la puerta.

Ella estaba sentada tras su mesa. Llevaba el rubio pelo recogido en una coleta algo despeinada con algún que otro mechón suelto. Vestía una túnica azul celeste con adornos que claramente había añadido ella y sus pendientes de rábano.

Me encantaba el despacho de mamá, siempre me había gustado. Estaba decorado de una manera muy especial, muy... ella. Las paredes rojo pálido estaban adornadas por brillantes cadenas de oro que unían dibujos que ella misma había pintado, y que en cierto modo contaban su historia. Había muchos cuadros enmarcando la revista "el quisquilloso", y pruebas de la existencia de animales que había descubiero. Sobre la mesa tenía un montón de libros y papeles desordenados y sobre nuestras cabezas volaban mariposas de papel pintado que había encantado.

Me saludó con una sonrisa, tenía la mirada perdida, así que tardó un rato en reparar completamente en mi, y cuando pensé que me saludaría con palabras dijo- ¿Por qué no llevas tus pendientes contra los torposoplos?

-Mamá, hola a ti tambien. Si, estoy genial, ¿y tú?- le dije sarcásticamente.

-También- dijo distraída de nuevo- ¿por qué estás tan preocupada?- vaya, no estaba tan ida.

-Mami, tengo que decirte algo importante- dije yo- no sé si te va a gustar.

Me hizo un gesto animándome a seguir.

-Me voy a vivir con Lily- dije atropelladamente.

Después de unos segundos ella contestó.

-¿Cuántas veces os lavaréis los dientes?

-¿Eh?- respondí desconcertada.

-Ya sabes, por los Tuccleys- me contestó. Era un animal que aún no había conseguido demostrar que era mágico, al parecer se metía en tu boca, porque si tenías restos de comida se sentía atraído, se comía el esmalte de los dientes y picaba las muelas. Lo que vienen a ser caries para los muggles.

-Tras cada comida mamá- le contesté.

-No lo harás, pero esta bien, los dientes te dolerán a ti- y dicho esto empezó a revolver en los cajones. Tenía razón, probablemente se me olvidara hacerlo.

Sacó una cadenita de oro blanco con la figura de un águila de zafiros azules. Era preciosa.

-Ten- me dijo alargando el brazo para que la cogiera- es tuya ahora, mi padre me la dió cuando entré en Ravenclaw, me planteé dartela cuando tu lo hicieras, pero aún no era el momento, ha llegado ahora, lo sé, lo necesitarás- yo observaba alucinada el collar- te protejerá, te drá fuerzas cuando te sientas a falta de ellas y nos mantendrá unidas.- siguió- y por supuesto ahuyenta los nargels- sentenció.

-Muchas gracias mamá, pero ¿por qué?- le dije.

-Porque lo necesitas para que te guie en tu viaje- dijo simplemente.

-¿Qué viaje mamá? no me voy a ninguna parte- dije extrañada.

Ella simplemete se giró hacia la pared y empezó a dibujar un nuevo pasaje sobre nosotras y el águila de Ravencalaw.

-Adiós mami- me despedí.

Ella estaba tan inmersa en su mundo que probablemente no me escuchó. Cerré silenciosamente la puerta y andé por el pasillo dispuesta a marcharme a casa, pero algo me detubo.

El departamento de misterio. La puerta que siempre se encontraba cerrada hoy estaba abierta.

Sabía que era peligroso, pero la curiosidad pudo conmigo y me hizo pasar.

Era una sala circular con un montón de puertas, todas cerradas.

-Alohomora- dije señalando la primera que vi.

Se abrió y yo entré por ella.

Era un lugar tan sólo iluminado por una luz azulada que venía del centro de la estancia.

Me acerqué para ver qué era aquello.

Un pequeño y cristalino estanque rodeado de piedras. En el fondo algo brillaba, pero era una luz tan cegadora que no se veía más allá.

Me hice un conjuro oscurecedor al rededor de los ojos y centré de nuevo la vista allí. Parecía un fondo completamente normal, pero, entonces, ¿por qué brillaba?

Me incliné para examinarlo mejor, pero la piedra sobre la que estaba se movió haciéndome caer al agua.

Asustada pataleé inentando salir.

Emergí y respiré hondo para después acercarme a la orilla a duras penas. Bueno, estaba entera de lo malo malo.

Me tumbé sobre las rocas de la orilla con los ojos aún cerrados. Noté una fría ráfaga de viento. Genial, como si no fuese bastante estar calada hasta los huesos. De prontó me percaté de que no debería hacer viento, al fin al cabo estaba en una sala con una sola puerta, por lo que no podía haber corriente.

Abrí los ojos de golpe.

Estaba oscuro, pero veía un cielo estrellado. Me levanté de golpe y ví un frondoso bosque a mis espaldas.

¿Dónde demonios estaba?