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Historia 151791 — capítulo 13

Joffrey no se dio cuenta en qué momento fue queViserion se quedó profundamente dormido, hasta que escuchó un respiro entrecortado y asomó los ojos por encima de El Monstruoso libro de los Monstruos. El rubio se había recostado ocupando toda la extensión del asiento y se cubría los ojos con el dorso de la mano. ¿Cuánto tiempo llevaría dormido? Joffrey no previó el tiempo que había transcurrido mientras estuvo abstraído en su lectura.

El nuevo libro que ocuparían para el tercer curso en la asignatura del Cuidado de Criaturas Mágicas, era espeluznante: gruñía a ratos, y si pasado su letargo no le acariciabas el lomo peludo a tiempo, intentaba atacarte. Aunque resultaba ser un verdadero suplicio, Joffrey ya conocía al pie de la letra las advertencias y el trato que debía tener con el tomo. Además, le apasionaba mucho aprender sobre aquellos seres que se ocultan en los rincones del mundo, especialmente sobre los dragones y unas extrañas bestias llamadas Quimeras: un extraño monstruo griego con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón; una de las más peligrosas y sanguinarias que existen. Cuando Joffrey consiguió el libro en el Callejón Diagon, se dio cuenta que ahora venía con un cabestrillo dorado incluido para impedir que éstos se atacaran entre sí en las librerías. Tal y como sucedió en una ocasión en Flourish y Blotts, según les narró el año pasado Hagrid, el guardabosques de Hogwarts.

Joffrey despegó su atención de la impresionante crónica del único hombre en la historia que pudo matar a una Quimera, y se fijó nuevamente en Viserion. El muchacho acababa de moverse un poco para acomodarse en una nueva postura, pero no abrió los ojos.

Joffrey cerró con cuidado el libro, lo ató con fuerza y lo devolvió al baúl mientras sentía el vibrar de sus gruñidos somnolientos en la cubierta. Posteriormente se encaminó hacia el pasillo.

¿Dónde estarían metidos William y Skylar? Le había parecido extraño que sus amigos no lo hubieran ido a buscar antes que él.

Cerró la puerta corredera en silencio, y emprendió la marcha. Se puso a recorrer paulatinamente cada uno de los vagones escuchando el ruido de conversaciones en los compartimentos y esquivando los grupitos que tupían los pasillos. Unos minutos más tarde, se vio en la otra ala del tren, justo tras la locomotora, sin ningún resultado. No había rastro suyo. Inmediatamente se llegó a imaginar desilusionado que cabía la posibilidad de que hubieran perdido el tren, como él  había estado a punto.

En el instante en que se disponía en regresar, una risita con aire histriónico provino flotando de algún lado, y Joffrey no tardó en reconocer de quién se trataba. Dio unos pasos y se asomó con tiento en el siguiente compartimento (normalmente ocupado por los profesores y prefectos), y allí estaba el veterano hombre con su distintivo bigote de morsa oscilando al compás de su risa. Joffrey sonrió maquinalmente, pero no debido a la pintoresca imagen de Horace Slughorn, el profesor de pociones, si no porque sus dos amigos estaban sentados justo delante de él, con un semblante amodorrado. Pese a que algo le dijo no la habían pasado tan bien como él se había estado imaginado, Joffrey se alegró de comprobar que sí estaban en el tren.

—Magnifico, me parece grandioso, podrán corroborarlo al ir a la biblioteca, pero estoy seguro que… —Slughorn entornó sus pequeños ojos cansados a través del vidrio— ¿Lannister? —exclamó el profesor y se puso en pie de un brinco; su prominente barriga, forrada de terciopelo, se proyectó hacia delante. La calva reluciente y el gran bigote plateado brillaron a la luz del sol, igual que los botones dorados del chaleco.

Joffrey ladeó una mano tímidamente y corrió la puerta avergonzándose por haber interrumpido la evidente reunión.

—¡Qué tal, profesor! —saludó Joffrey, y el resto de los alumnos que ocupaban el compartimento, dirigieron su atención a él.

Joffrey reconoció a un alumno de Slytherin de su mismo curso; un muchacho alto, de pómulos marcados y ojos rasgados; también había dos alumnos de sexto a los que no conocía y dos muchachas, entre ellas Melisandre, la chica guapa y de cabellos rojos como la sangre. Joffrey fingió no verla y se fijó en William y Skylar, quienes únicamente se limitaron en saludarlo con tímido cabeceo precavido. William, de una piel apiñonada, tenía el cabello mucho más largo de un tono pardo cubriéndole hasta las cejas; Skylar, de unos ojos grandes y expresivos, se veía más delgado, pero en forma, como siempre. A pesar de que el resto del cabello lo usaba corto, su distintivo crin era tan largo que le acariciaba la mitad de la espalda con elegancia.

Joffrey se extrañó. Después de no verse durante todo el verano, sus amigos se contenían de saludarlo como acostumbraban, y sus mortificados semblantes casi podían confirmárselo: algo extraño había sucedido. ¿Qué hacían los dos en el Club de las Eminencias? Para ser francos, ni uno de ellos podía posicionarse en la clasificación de alumno brillante que el profesor Slughorn coleccionaba en fotografías sobre la repisa de su despacho. Y ahora que lo pensaba, se preguntaba porqué Viserion no habría asistido también a la reunión. Sabía perfectamente que él era uno de sus alumnos predilectos por razones que están implícitas.

—¿No has recibido mi recado? —Se apuró a decir Slughorn mientras corría las cortinas para que el sol no le diera en su fatigado rostro—. ¡Mira, aquí estaba tu lugar! —y le señaló un espacio entre Skylar y Melisandre—. Te estuvimos esperando, ¿verdad, chicos?

Nadie dijo nada; William y Skylar se sumieron aún más en su respaldo.

—No recibí su invitación, lo siento —objetó Joffrey.

—¡Pero cómo! ¡No lo entiendo! —se lamentó el profesor como si se tratara de las más terribles de las desgracias—. Si yo personalmente he enviado al señor Celastro a entregarlos…

Joffrey levantó las cejas con aire cáustico, e hizo un mohín con la boca.

—Celastro… —se dijo para sí en voz baja—. Yo tampoco lo comprendo, profesor… —fingió Joffrey imaginando la divertida cara que Blake estaría poniendo en ese momento.

El profesor Slughorn infló su panza con reproche y se acomodó el moño que tenía torcido.

—Te invitaríaa almorzar algo con mucho gusto, pero no ha quedado nada, ¿No es así, señor Corbirock?  —señaló a un chico rollizo en la esquina, pegado a la puerta, que estaba terminando de zamparse la última pieza de faisán frito que quedaba.

Aún de pie a la vista de todos, Joffrey sospechó lo que seguía a continuación; Slughorn lo presentaría ante sus invitados para presumir lo bueno que era en su asignatura, pero el compartimento se sumió en un silencio y algunos miraron periféricamente a William y Skylar, que ya no sabían en donde esconder su rostro avergonzado. El profesor resopló desidioso mientras limpiaba las comisuras de su boca con la servilleta, y antes de que Joffrey se pudiera plantear una vez más que habría pasado, éste lo interrumpió para disipar sus dudas.  

—Deberías influir un poco más en tus amigos, Joffrey —apuntó el profesor dirigiéndoles un gesto reprobatorio. Tomó una caja de piña confitada que estaba sobre la mesa entre unos vasos medio vacíos de gaseosa de cereza, y señaló al par que estaba sentado frente a él—. Han provocado un caos. Un verdadero caos… ¡pobres niñas! —carraspeó sulfurado.

Unos se miraron a otros. El muchacho de Slytherin se cuchicheó con Melisandre, pero por lo fuera, nadie comentó nada en voz alta.

Joffrey no comprendía todavía.

—Han tirado un saco de bombas fétidas en uno de los vagones, y un grupo de señoritas no ha parado de vomitar y sentir náuseas… —dijo negando con la cabeza mientras se llevaba un dulce a sus marchitados labios—. Dos de ellas siguen desmayadas… —chasqueó la boca y parpadeó con disgusto— ¡Espero que no haya tenido nada que ver usted, eh! Ni sus buenas calificaciones en mi asignatura cubrirían tal trastada.

Joffrey estuvo a punto de reír imaginando la escena: chicas gritando con el rostro pálido y corriendo en todas direcciones entre aquella nube apestosa, mientras que William y Skylar morían de risa en medio de la barrabasada. Únicamente se le escapó una sonrisa que logró dominar a tiempo, y Slughorn lo escrutó con ojo crítico.