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Historia 151791 — capítulo 12
Tercera parte
Turquesa espectral
Joffrey no se dio cuenta en qué momento fue queViserion se quedó profundamente dormido, hasta que escuchó un respiro entrecortado y asomó los ojos por encima de El Monstruoso libro de los Monstruos. El rubio se había recostado ocupando toda la extensión del asiento y se cubría los ojos con el dorso de la mano. ¿Cuánto tiempo llevaría dormido? Joffrey no previó el tiempo que había transcurrido mientras estuvo abstraído en su lectura.
El nuevo libro que ocuparían para el tercer curso en la asignatura del Cuidado de Criaturas Mágicas, era espeluznante: gruñía a ratos, y si pasado su letargo no le acariciabas el lomo peludo a tiempo, intentaba atacarte. Aunque resultaba ser un verdadero suplicio, Joffrey ya conocía al pie de la letra las advertencias y el trato que debía tener con el tomo. Además, le apasionaba mucho aprender sobre aquellos seres que se ocultan en los rincones del mundo, especialmente sobre los dragones y unas extrañas bestias llamadas Quimeras: un extraño monstruo griego con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón; una de las más peligrosas y sanguinarias que existen. Cuando Joffrey consiguió el libro en el Callejón Diagon, se dio cuenta que ahora venía con un cabestrillo dorado incluido para impedir que éstos se atacaran entre sí en las librerías. Tal y como sucedió en una ocasión en Flourish y Blotts, según les narró el año pasado Hagrid, el guardabosques de Hogwarts.
Joffrey despegó su atención de la impresionante crónica del único hombre en la historia que pudo matar a una Quimera, y se fijó nuevamente en Viserion. El muchacho acababa de moverse un poco para acomodarse en una nueva postura, pero no abrió los ojos.
Joffrey cerró con cuidado el libro, lo ató con fuerza y lo devolvió al baúl mientras sentía el vibrar de sus gruñidos somnolientos en la cubierta. Posteriormente se encaminó hacia el pasillo.
¿Dónde estarían metidos William y Skylar? Le había parecido extraño que sus amigos no lo hubieran ido a buscar antes que él.
Cerró la puerta corredera en silencio, y emprendió la marcha. Se puso a recorrer paulatinamente cada uno de los vagones escuchando el ruido de conversaciones en los compartimentos y esquivando los grupitos que tupían los pasillos. Unos minutos más tarde, se vio en la otra ala del tren, justo tras la locomotora, sin ningún resultado. No había rastro suyo. Inmediatamente se llegó a imaginar desilusionado que cabía la posibilidad de que hubieran perdido el tren, como él había estado a punto.
En el instante en que se disponía en regresar, una risita con aire histriónico provino flotando de algún lado, y Joffrey no tardó en reconocer de quién se trataba. Dio unos pasos y se asomó con tiento en el siguiente compartimento (normalmente ocupado por los profesores y prefectos), y allí estaba el veterano hombre con su distintivo bigote de morsa oscilando al compás de su risa. Joffrey sonrió maquinalmente, pero no debido a la pintoresca imagen de Horace Slughorn, el profesor de pociones, si no porque sus dos amigos estaban sentados justo delante de él, con un semblante amodorrado. Pese a que algo le dijo no la habían pasado tan bien como él se había estado imaginado, Joffrey se alegró de comprobar que sí estaban en el tren.
—Magnifico, me parece grandioso, podrán corroborarlo al ir a la biblioteca, pero estoy seguro que… —Slughorn entornó sus pequeños ojos cansados a través del vidrio— ¿Lannister? —exclamó el profesor y se puso en pie de un brinco; su prominente barriga, forrada de terciopelo, se proyectó hacia delante. La calva reluciente y el gran bigote plateado brillaron a la luz del sol, igual que los botones dorados del chaleco.
Joffrey ladeó una mano tímidamente y corrió la puerta avergonzándose por haber interrumpido la evidente reunión.
—¡Qué tal, profesor! —saludó Joffrey, y el resto de los alumnos que ocupaban el compartimento, dirigieron su atención a él.
Joffrey reconoció a un alumno de Slytherin de su mismo curso; un muchacho alto, de pómulos marcados y ojos rasgados; también había dos alumnos de sexto a los que no conocía y dos muchachas, entre ellas Melisandre, la chica guapa y de cabellos rojos como la sangre. Joffrey fingió no verla y se fijó en William y Skylar, quienes únicamente se limitaron en saludarlo con tímido cabeceo precavido. William, de una piel apiñonada, tenía el cabello mucho más largo de un tono pardo cubriéndole hasta las cejas; Skylar, de unos ojos grandes y expresivos, se veía más delgado, pero en forma, como siempre. A pesar de que el resto del cabello lo usaba corto, su distintivo crin era tan largo que le acariciaba la mitad de la espalda con elegancia.
Joffrey se extrañó. Después de no verse durante todo el verano, sus amigos se contenían de saludarlo como acostumbraban, y sus mortificados semblantes casi podían confirmárselo: algo extraño había sucedido. ¿Qué hacían los dos en el Club de las Eminencias? Para ser francos, ni uno de ellos podía posicionarse en la clasificación de alumno brillante que el profesor Slughorn coleccionaba en fotografías sobre la repisa de su despacho. Y ahora que lo pensaba, se preguntaba porqué Viserion no habría asistido también a la reunión. Sabía perfectamente que él era uno de sus alumnos predilectos por razones que están implícitas.
—¿No has recibido mi recado? —Se apuró a decir Slughorn mientras corría las cortinas para que el sol no le diera en su fatigado rostro—. ¡Mira, aquí estaba tu lugar! —y le señaló un espacio entre Skylar y Melisandre—. Te estuvimos esperando, ¿verdad, chicos?
Nadie dijo nada; William y Skylar se sumieron aún más en su respaldo.
—No recibí su invitación, lo siento —objetó Joffrey.
—¡Pero cómo! ¡No lo entiendo! —se lamentó el profesor como si se tratara de las más terribles de las desgracias—. Si yo personalmente he enviado al señor Celastro a entregarlos…
Joffrey levantó las cejas con aire cáustico, e hizo un mohín con la boca.
—Celastro… —se dijo para sí en voz baja—. Yo tampoco lo comprendo, profesor… —fingió Joffrey imaginando la divertida cara que Blake estaría poniendo en ese momento.
El profesor Slughorn infló su panza con reproche y se acomodó el moño que tenía torcido.
—Te invitaríaa almorzar algo con mucho gusto, pero no ha quedado nada, ¿No es así, señor Corbirock? —señaló a un chico rollizo en la esquina, pegado a la puerta, que estaba terminando de zamparse la última pieza de faisán frito que quedaba.
Aún de pie a la vista de todos, Joffrey sospechó lo que seguía a continuación; Slughorn lo presentaría ante sus invitados para presumir lo bueno que era en su asignatura, pero el compartimento se sumió en un silencio y algunos miraron periféricamente a William y Skylar, que ya no sabían en donde esconder su rostro avergonzado. El profesor resopló desidioso mientras limpiaba las comisuras de su boca con la servilleta, y antes de que Joffrey se pudiera plantear una vez más que habría pasado, éste lo interrumpió para disipar sus dudas.
—Deberías influir un poco más en tus amigos, Joffrey —apuntó el profesor dirigiéndoles un gesto reprobatorio. Tomó una caja de piña confitada que estaba sobre la mesa entre unos vasos medio vacíos de gaseosa de cereza, y señaló al par que estaba sentado frente a él—. Han provocado un caos. Un verdadero caos… ¡pobres niñas! —carraspeó sulfurado.
Unos se miraron a otros. El muchacho de Slytherin se cuchicheó con Melisandre, pero por lo fuera, nadie comentó nada en voz alta.
Joffrey no comprendía todavía.
—Han tirado un saco de bombas fétidas en uno de los vagones, y un grupo de señoritas no ha parado de vomitar y sentir náuseas… —dijo negando con la cabeza mientras se llevaba un dulce a sus marchitados labios—. Dos de ellas siguen desmayadas… —chasqueó la boca y parpadeó con disgusto— ¡Espero que no haya tenido nada que ver usted, eh! Ni sus buenas calificaciones en mi asignatura cubrirían tal trastada.
Joffrey estuvo a punto de reír imaginando la escena: chicas gritando con el rostro pálido y corriendo en todas direcciones entre aquella nube apestosa, mientras que William y Skylar morían de risa en medio de la barrabasada. Únicamente se le escapó una sonrisa que logró dominar a tiempo, y Slughorn lo escrutó con ojo crítico.
Joffrey no sabía que decir.
—Bueno, yo…
—Descuide, profesor —terció William de pronto, provocando que Slughorn diera un respingo—. Joffrey no tuvo nada que ver. Ni siquiera estaba con nosotros en ese momento. Es la primera vez que nos vemos después del curso pasado.
El profesor asintió con satisfacción.
—¡Bien, bien! ¡Me agrada oír eso! —Dio una palmada—. No saben el gusto que me da. Verán, en ninguno de mis años como docente en Hogwarts, me había tocado presenciar un comportamiento así de irresponsable; no, no. ¡Enhorabuena por el prefecto que los ha atrapado con las manos en la masa! —se inclinó con dificultad bajo la mesa y levantó brevemente un gran saco que debía contener las bombas fétidas—. Pensaré ponderadamente en el castigo que yo personalmente les impondré a lo largo del mes. Vane…
La chica morena sentada junto a Melisandre, dio un sobresalto y atendió acomedida.
—¿Si, profesor?
—Serás la encargada de recordármelo. Este año tengo muchas ocupaciones y no quiero que estos dos se me escapen de esta terrible calamidad.
—Lo haré, profesor, descuide.
—Siempre admiré tu puntualidad y memoria en los exámenes, Vane… ¿Por cierto, cómo está tu madre? —le preguntó a la chica mientras que, con un gesto, le ofrecía a Joffrey tomar asiento—…Me mandó una colección completa de sus libros que me he enterado ¡son un éxito!; leí el artículo en El Profeta—ladeó la cabeza de un lado al otro con abatimiento—.No he tenido tiempo de leerlos aún, eso sí… sin embargo, tu madre es una mujer prodigiosa: haga lo que haga.
Joffrey se aclaró la garganta interrumpiendo el agradecimiento que Vane le daba al profesor por el cumplido; no tenía la más mínima intención de quedarse un minuto más.
—Disculpe, profesor. Debo volver a mi compartimento. Tengo unos pendientes que terminar antes de llegar a Hogwarts.
—Ah, está bien, está bien —accedió Slughorn arrugando la frente—. Quizá recibas otra de mis invitaciones a lo largo de la semana, espero que esta vez no faltes. Quería que les detallaras a todos que hacer la poción Crece-huesos no es tan complicada como se rumoró el curso pasado…
Afortunadamente, Joffrey jamás había tenido problemas con el profesor de pociones en los últimos dos años; su clase era una de las pocas en la cual desarrollaba ciertas habilidades. No obstante, el resto de los alumnos no tan afortunados para las mezclas y los ingredientes, incluidos William y Skylar, tenían la primicia de conocer la verdadera pasión del profesor por las actividades académicas y era un aspecto no muy grato.
—Descuide profesor, haré todo lo posible —prometió Joffrey y lanzó una rápida mirada de compasión a sus amigos antes de salir. Cuando llegaran a Hogwarts, ya se saludarían como era debido, y tendrían oportunidad de contarle detalladamente lo que había sucedido. Pero por lo pronto, ambos sufrirían por el resto del viaje los constantes sermones, las interminables peroratas e insufribles comparaciones ante los selectos y pomposos alumnos allí reunidos. Ahora mismo, Joffrey se lamentaba abandonarlos, pero no habría podido soportar escuchar al profesor Slughorn un minuto más.
Joffrey recorrió el camino de regreso sin apartar de su cabeza al par de rostros que acababa de volver a ver después de las vacaciones. Los quería mucho. Debido a que Joffrey no tenía hermanos varones, sus amistades le resultaban más valiosas y enriquecedoras. A lo largo de los últimos dos años se habían convertido en parte de su vida y su familia. Hace un año, incluso, William había pasado las navidades en su casa. Convivió con sus padres y su hermana Penélope, y la verdad es que resultó ser un festejo memorable. Al principio, cuando William llegó a su casa envuelto en abrigos, bufandas y varias capas de guantes, sus labios no mediaron una sonrisa debido a su acostumbrada timidez, pero Joffrey se había propuesto hacerlo sentir en casa, y una vez lograda la tarea, cosa que no había resultado nada fácil, la relación entre su familia y su amigo terminó siendo digna de anécdota. William tenía unos padres muy especiales. Su madre era una squib muy hermosa y de aptitudes frívolas dedicada a la actuación; su padre era grande, robusto y de mirada perpetua al odio. Actualmente tiene una tienda de calderos poco demandada en los confines del Callejón Diagon; todos le atribuyen su fracaso a su dicharachera forma de ser con los clientes con un humor poco campechano. Cada fin de curso, el destino de William se alternaba entre ir al mundo mugglea casa de su madre en Inglaterra, o vivir en el pisito encima de la tienda de su padre, en donde se pasaba las tardes ayudando a fregar la tienda o limpiar el ático atestado de nidos de doxy. Sus padres estaban separados desde hace varios años y William jamás había hablado de ello. Joffrey se había tenido que enterar de la historia por lenguas ajenas. Tal parecía que el matrimonio no habían podido lidiar con dos mundos tan distintos.
Skylar, por otro lado, se trataba de nada menos que el hijo de los mejores amigos de toda la vida de los padres de Joffrey: Andrew y Martha Androver. Aunque su relación de niños nunca había pasado de miradas curiosas entre las mesas de té durante las reuniones, Joffrey recordaba haberlo visto en varias ocasiones muchos años antes de entrar a Hogwarts. Pero debido a que Andrew comenzó a trabajar para el Ministerio en el Departameno de Criaturas Mágicas, sus visitas fueron cada vez menos recurrentes. Skylar había cumplido cierta edad, y cada que su padre tenía la oportunidad, aprovechaba en llevarlo con él a los extremos del mundo para mostrarle su trabajo, mostrarle el aprendizaje que se cultivaba entre cientos de criaturas y bestias desconocidas y así introducirlo a temprana edad al complejo pero fascinante terreno de la que siempre supo era su vocación. Aunque Martha aún visitaba a la familia en fechas importantes, la imagen de padre e hijo Androver se desvaneció poco a poco de la memoria de Joffrey. No fue hasta que volvieron a verse tiempo después, convertidos ya en unos adolescentes, cuando les tocó cruzar juntos el lago durante el inicio del primer año del colegio. Joffrey lo reconoció por su pequeño crin salvaje ondulando en su espalda, y Skylar no dudó en estrecharle la mano. Los Androver siempre se habían destacado por ser una familia de magos de carácter moderno. Sus padres habían forjado a su hijo de una fortaleza difícil de encausar en un muchacho de su edad, no obstante, su nobleza era grande, tan grande como su imbatible osadía.
Cuando Joffrey llegó al compartimento y corrió la puerta, se paró en seco como si hubiera chocado contra una pared invisible. La sonrisa de recuerdos se le esfumó del rostro como el soplo a una vela.
—Esto… lo siento —se disculpó Viserion— No pude resistirme, comenzó a maullar y yo… bueno…
Joffrey no repeló nada. Simplemente observó como Viserion se ponía lentamente de pie con Arya maullando en la comodidad de sus brazos.
—No, descuida —reparó Joffrey con tranquilidad. La verdad era que no estaba nada molesto de ver que un extraño acababa de sacar a su gata de la jaula sin su permiso. Más bien, estaba sorprendido; Arya estaba más tranquila que nunca. Jamás la había visto ronronear tan cómoda en los brazos de alguien, y no entendía por qué tenía que ser precisamente en los de él. Por supuesto que Joffrey no iba a aceptar tal hecho en voz alta. Así que, sin mayor preámbulo, disimuló que aquella serenidad en su rebelde mascota era de lo más usual y caminó a sentarse con aire solvente.
—Adelante, puedes cargarla; no hay problema —le concedió Joffrey extendiendo una palma.
El rubio volvió satisfecho a su asiento rascando bajo la barbilla de *Arya,*que creaba un tamborileo más ruidoso al ronronear que el de cualquier gato común. Joffrey le dedicó una mirada de ingratitud a su gata, y ésta pareció responderle al desviar con desdén su grandes ojos cuyas pupilas se afilaron con el resplandor de la ventana.
Aunque la compañía con Viserion ya no le resultaba tan incómoda como al principio, dentro del lapso de las próximas horas nadie dijo gran cosa. La tarde fue transcurriendo lentamente, aderezada con esporádicos comentarios sobre los profesores o las clases, pero de una manera muy forzada, puesto que estando a solas, no había otra cosa más que hacer. Todo indicaba que el hecho de que fueran tan opuestos, estrechaba la convivencia que pudo haberse desenvuelto con facilidad al tratarse de otros involucrados.
En cierto momento, Joffrey le tuvo que pedir a Viserion que devolviera a Arya a su jaula, pues quería tener un poco más de lectura, y El Monstruoso libro de los Monstruos no podía resistirse de pelear con ella cada que se encontraban cerca. Ante la incrédula mirada de Viserion, Joffrey le señaló la mordedura en su puntiaguda oreja izquierda
—Realmente me gustan mucho los gatos —declaró Viserion en voz baja a la vez que le acariciaba la oreja—. Nunca me permitieron tener uno.
—Seguro que tu madre es alérgica… —supuso Joffrey.
Sin responder nada, el rubio cambió aparatosamente de postura y le dio la espalda. Le dio una última caricia a Arya, y se inclinó para devolverla a su jaula bajo el asiento. Joffrey se limitó a hacer un gesto desdeñoso. ¿Porqué era tan extraño? Se preguntó si no lo habría escuchado, o simplemente lo estaba ignorando con tal descaro.
Por fin, el tren salió de una profunda garganta de cordilleras, y al tomar una curva, se vio una rojiza puesta de sol por la ventana. A juzgar por la espesura del paisaje que comenzaron a atravesar, estaban ya a pocos minutos de arribar a la estación de Hogsmeade. Empezó a escucharse más movimiento y encendieron las luces. Los pasillos se volvieron a quedar vacíos porque los alumnos habían regresado a sus compartimentos para ponerse la túnica del colegio y recoger sus cosas.
Viserion ya estaba cambiado desde que salieron de Londres, por lo que Joffrey fue el único que se levantó a bajar su túnica de la rejilla portaequipajes.
—Ya se ve Hogwarts —anunció Viserion como para sí, unos pocos momentos después.
A través de la ventana envuelta en penumbra, Joffrey se distrajo contemplando como a la lejanía, entre la punta de una montaña y el cielo de un turquesa espectral, se destacaba la imponente silueta del castillo. Sus ventanas brillaban como el ámbar y sus diversas torres se erguían apuntando hacia una luna semioculta. Cuanto más alto se miraba, más resplandecía el cielorraso revelando frías estrellas de aspecto quebradizo reluciendo como polvo de plata sobre el terciopelo de un joyero.
Joffrey sintió un cosquilleo en el estómago. Finalmente habían llegado.
El tren fue disminuyendo velocidad poco a poco hasta que se detuvo por completo en la estación con una fuerte sacudida. Cuando abrieron las puertas, un agudo frío nocturno se arrastró al interior acompañado de una fragancia de pino y hierva.
Mientras Viserion se colocaba una fina capa de viaje, Joffrey bajó su equipaje y ambos salieron al pasillo. Viserion gruñó ante la riada de alumnos que se formó en menos de un segundo, y comenzó a abrirse paso sin problemas con ligeros empellones. Joffrey aprovechó la brecha y fue tras él; caminaron entre el tropel ruidoso, y bajaron hacia la estación mal iluminada sin decirse nada.
Escuchando el leve rumor de los árboles y el gélido viento diluyéndose entre las voces que exhalaban vapor, Joffrey arrastró sus cosas entre la multitud rumbo al sendero de los carruajes, sin voltear atrás. Pero… cada vez fue caminando más despacio hasta que detuvo el paso por completo.
¿…Debía voltear a despedirse de Viserion? No, ¿por qué debía de? Joffrey no habría permanecido ahí si de su voluntad hubiera dependido. Se habían presentado casi de forma forzada, y a partir de ahí, sólo habían hablado un rato de cosas superfluas; todo no se había tratado más que de pura cortesía… Pero… —Joffrey caviló con rapidez— ¿estaría volteando él en ese momento? ¿Habría tomado el rumbo opuesto para encontrarse con sus amigos, o… él sí habría considerado conveniente despedirse y venía tras de él en ese instante? Sintió claramente como apretaba la manija de su baúl y oprimió la quijada. Arya maulló, y unas voces al otro extremo del gentío lo llamaron, pero Joffrey no escuchó nada de eso. Casi sin darse cuenta, se vio girando el cuello con cautela para mirar sobre su hombro. Entonces, sintió una fuerte punzada que le traspasó pecho como una corriente eléctrica: Viserion volteaba a verlo también. Lo contemplaba de reojo, entre la riada de alumnos que bajaba las escaleras al otro lado de la estación. Casi le había parecido que cabeceó en forma de saludo, pero un segundo después, su cabellera rubia desapareció detrás de su grupo de amigos que lo rodearon con vítores entusiasmados.
Joffrey resopló con una risilla suspicaz y negó con la cabeza. Volvió a retomar el paso encaminándose hacia los carruajes al borde del bosque: William y Skylar ya lo estaban esperando agitando las manos con alegría.