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Historia 151791 — capítulo 4

Tercera parte

Plateado radiante

Ala mañana siguiente, unas nubes grises dispersas bajo el sol, creaban charcos de luz durazno sobre los montes verdes. Las gallinas cacareaban revoltosas en el patio, los aleteos de palomas se escuchaban en los tejados, y un aroma a césped recién cortado y broza se paseaba por el comedor de La Madriguera.

Todo allá afuera, resultaba de un matiz agradable… pero no sucedía lo mismo ahí adentro. Durante el desayuno, mientras la señora Weasley cuchareaba su plato, miraba de izquierda a derecha los rostros alargados de los chicos en la mesa. Hermione había terminado su plato, y mientras leía el libro Criaturas Mágicas Extintas del siglo pasado recargado en el cuenco de fruta, observaba también con poquedad la calma y el silencio que reinaban. Ginny, con un puño apoyado en su cabeza inclinada, masticaba en silencio sin despegar los ojos de la mesa; Ron comía sus papas rellenas levantando los ojos de vez en cuando; Harry ya había terminado con sus huevos fritos, y no sabía cómo opacar aquella situación tan incómoda. 

La señora Weasley, de pronto despegó los labios, y Harry se sintió aliviado al principio, pero en cuanto escuchó lo que dijo, quiso que su plato se convirtiera de pronto en un traslador:

—Ayer en la noche, escuché unos… ruidos en el desván —dijo contemplando el rostro pecoso de su hijo menor, y luego a Harry, que alzó los hombros como autómata.

—El gato, quizá… —respondió Ron con simpleza, con la boca llena y las orejas rojas.

Pero la señora Weasley no es de las madres que se dan por vencidas fácilmente cuando saben que algo se les escapa de las manos. Entornó los ojos como una comadreja sospechosa e insistió:

—Subí a revisar que todo estuviera en orden, pero solo vi a Harry —dijo mientras limpiaba los restos de tostada sobre la mesa—. ¿En dónde estabas a esas horas, Ron?

Harry pasó trago, y las aletas de la nariz se le dilataron.

—Encontramos unos ratones hurgando las cajas de Fred y George. Las dos estaban llenas de ámpulas: debieron comerse algo de allí. Las atrapé y las liberé en el jardín.

Molly hizo una cara como si fuera a escupir algo desagradable y le dio un excesivo trago a su jugo de calabaza.

—¿Y papá? ¿porqué no ha bajado a desayunar? —Ron sanjó el tema.

—Tu padre desayunó muy temprano. Sigue con sus compañeros del ministerio a unas colinas de aquí. Fred y George han ido a ver… ¡Esos muchachos! Cuando tu padre los vea espiando espero que les ordene venir de vuelta — Estrujó su vestido y añadió esperanzada—: Aahhh espero que todo salga bien… ¿Ginny, a dónde vas?

—Ya he terminado. —Se excusó la chica que había hecho rechinar las patas de su silla, y se fue al salón, donde tomo de mala gana la revista Corazón de Bruja, la cual comenzó a hojear con brusquedad.

Hermione cerró su libro de un seco porrazo, y lanzándoles fugaces miradas de soslayo a los chicos, se retiró de la mesa y la acompañó. Momentos después, comenzaron a escucharse cuchicheos y risitas provenientes de las dos cabezas pegadas que leían artículos especialmente ocupados de fotos de algunos atractivos magos que les guiñaban un ojo.

Ron volvió a mirar a Harry, pero éste le esquivó los verdes ojos otra vez. Se frotó la cicatriz de la frente y se estiró para tomar una  fruta del cuenco, como si esto lo excluyera de la situación.

—¿Iremos a la colina a practicar? —le preguntó Ron intentando elevar los ánimos al tiempo que Harry le daba una ruidosa mordida a una jugosa manzana.

Harry lo miró brevemente, y únicamente asintió aunque no tenía muchas ganas de ir. Pero con tal de evitar la tensión con las chicas en la casa, la idea de salir un rato a despejarse no le resultaba tan mal. 

Desde lo sucedido en la noche, su amigo se había tornado con Ron más evasivo y mudo que nunca, incluso más que en cuarto grado durante el torneo de los tres magos. No tenía idea de cómo hacer cambiar ahora de enfoque la situación que suponía, que para Harry, le habría resultado aún más incómoda tratándose de su madre involucrada en el inconveniente en la buhardilla.

Cuando los chicos se pusieron de pie en marcha hacia las escaleras, Hermione les cerró el paso alzando la barbilla. 

—Y aquí va… —suspiró Ron en un tono melodioso.

Hermione lo miró con ceño.

—Chicos, he perdido mi libro de hechizos, el de pasta dura… ¿lo habéis visto por algún lado? —dijo con el evidente rostro menoscabado, y añadió—: Allí tenía varios pergaminos con notas que necesito sobre el cuidado de criaturas mágicas…

—Hermione —empezó Ron—, ¿acaso tu cabeza está llena de torposoplos? —dijo abriendo especialmente los ojos, como imitando a Luna Lovegood—, ¿en serio crees que nosotros tomaríamos un libro de estudio a estas alturas? El colegio terminó hace como…

Dejó la frase en el aire. Harry vio que desde el salón, Ginny y su amiga intercambiaban una mirada cómplice. 

—Lo siento Hermione, no hemos visto tu libro —cortó Harry—. Pero si damos con su paradero te lo diremos —remató el chico que se hizo a un lado empujando a Ron hacia el pie de las escaleras; el corazón le latía deprisa a pesar de que sabía que Hermione no se atrevería a decir nada al respecto de su ruptura, pero de todos modos, aquella pequeña mirada lo ponía de nervios.

Los dos amigos lograron zafarse de sus garras, y llegaron sanos y salvos a la buhardilla. Harry limpió sus gafas con la playera, mientras que Ron se echó en la cama con la mirada fija en el techo de teja. Desde ahí, tumbado, escuchó que Harry tomaba algo de entre sus cosas al lado de la cama, y luego se alejó hacia la ventana.

El cabello oscuro como la noche de Harry, contrastó con la luz mañanera que irradiaba cruzando los cristales empolvados, y se sentó encima del baúl, donde comenzó a abrir una caja de grajeas de todos los sabores de Bertie Bott. Ron lo contempló con análisis mientras el chico se lanzaba las golosinas a la boca, con ansiedad, una tras otra.

Harry estaba tan disperso y sumido en su mente, que no se dio cuenta de que ya se había comido un par de grajeas amarillas con sabor a cera de oído, unas de ceniza de cigarro y otras tantas de sangre de rana.

—No volverá a pasar… si es eso es lo que te tiene así —soltó Ron de pronto desde el rincón de la cama, quién vio que Harry, en el acto, se quedó quieto con una mano suspendida llena de grajeas.

Harry devolvió las golosinas a la caja y pasó trago.

—Estoy de acuerdo —acordó el mago asintiendo, sin despegar los ojos de la ventana—. Yo… Hermione, tú…

Al escuchar aquel nombre, Ron comprendió un poco más la actitud de Harry. Por supuesto que aún sentía algo por Hermione, pero nada se comparaba ni se compararía jamás con lo que sentía desde hace mucho más tiempo por su mejor amigo. A parte de todo, Hermione se mantenía distante y fría desde que brindó su total apoyo a Ginny. Aquello hacía que lo que Ron sentía, fluyera con mayor facilidad.

—Vamos a entrenar —cortó Ron volviendo a la trampilla, y comenzó a bajar—, aprovechemos la luz del día.

Sin haberse movido todavía del baúl, Harry sintió como si una pesada esfera metálica fría resbalara lentamente por su garganta. Su mirada fija a través de la ventana, no se percató de que una tropa de gnomos intentaban cruzar nuevamente el seto del exuberante jardín.

Para cuando cruzaron las altas arboledas de la colina, el sol estaba ya un poco oculto tras más nubes oscuras que se avecinaban desde el sureste. Los chicos montaron en sus escobas y se pusieron a practicar sin perder un minuto.

Al principio, comenzaron a lanzarse pases con la vieja quaffle, y luego, en una de las ramas más altas que usaron como portería, se proyectaron tiros turnándose como guardianes.

Entre pase y pase, Ron intentaba identificar la mirada de Harry atreves de sus redondas gafas que brillaban cuando entornaba la cara hacia el cielo. En esos momentos, fue que deseó con todas sus fuerzas saber *Legeremancia,*para poder leer la mente como Snape, así hubiera tenido que pasar por todas esas tortuosas clases insoportables y pesadas en las mazmorras del colegio.

Entre tiempos aproximados de hora y hora, los dos amigos se daban el tiempo de tomar un pequeño descanso para reposar bajo una frondosa haya muy parecida a la que estaba cerca del lago en Hogwarts. En esos lapsos, Ron mantenía su distancia dejando respirar a Harry, mientras los dos probaban de los emparedados que la señora Weasley les había preparado para su entrenamiento.

En una de esas ocasiones, se hizo una densa calma en el valle. El viento arreciaba y jugueteaba con la melena pelirroja de Ron, a través de la cual miraba por el rabillo del ojo a Harry tendido en el césped, sin que él se diera cuenta. Los pajarillos silbaban a las lejanías en el momento en el que Ron pasó trago. Harry recargaba su espalda en el viejo tronco; contemplando hacia el frente, sin observar nada en especial. Jadeaba de cansancio, sudando su playera por la línea media del pecho. Su aspecto rudo juntando sus cejas, sus rodillas ensuciadas de tierra, sus codos arañados, su pantalón de quidditch tan ajustado. Sus labios eran de un rojo intenso... casi tanto como el de los frutos de los arbustos que tenía a sus espaldas. Su piel lisa y suave, sus ojos verdes fijos que sin duda pensaban en algo. Ron no pudo evitar mover sus ojos azules hacia su entre pierna donde notó un ligero bulto amoldado entre una de sus piernas flexionadas. Harry volteó a verlo y Ron apartó la vista. Mientras el pelirrojo apretaba sus labios, se dio cuenta que su corazón latía con violencia, y no debido al cansancio, si no de…

—¿Vamos de nuevo? —resopló Harry repuesto, y se puso de pie de un salto. Devoró de un bocado el último emparedado y montó su escoba.

—¡V-Vale! —accedió Ron alcanzándole la marcha.

Estando ya en el aire, hicieron unos pases más, pero Harry mantenía su atención a los estragos del clima: echaba una ojeada de vez en cuando a su visión periférica. Sobre los cercanos montes, se notaba algo similar a una aurora boreal grisácea. La llovizna que las nubes acarreaban consigo iban en dirección a las arboledas de la colina en donde estaban. El viento hacia susurrar la copa de los árboles como las olas del mar, y las aves comenzaban a refugiarse  entre sus ramas.

—¿No me digas que una llovizna te inquieta tanto? —gritó Ron desde el otro extremo con un tono desafiante. Acababa de advertir la atención que Harry le daba a los cúmulos negros en el horizonte—. ¡Has jugado en peores condiciones! Hasta bajo tormentas de nieve…

En ese mismo momento, Harry miró con una sonrisa, cómo Ron lanzaba un fuerte aullido y se contorsionaba. La masa de agua helada acababa de alcanzarlo por la espalda, y en cuestión de momentos, la colina fue sorprendida por una cortina de lluvia que avanzó velozmente sobre ellos.

Entre las gotas y las fuertes rachas de aire, Harry le devolvió el pase a Ron, que era rodeado por una especie de bruma debido a la fuerza de la lluvia golpeando su espalda. Ron apenas alcanzó la quafflegracias a que pudo devolverla hacia sus brazos con una habilidosa patada, y regresó el pase a Harry, a quién casi se le resbala de las manos. Los dos permanecieron en juego, aunque Harry notaba que Ron, no se quejaba por mero orgullo. No fue hasta que la llovizna se transformó en un fuerte aguacero, al grado de que ya no escuchaban ni siquiera sus gritos, que decidió dejar de torturarlo, y ladeó un brazo. Ambos descendieron en zigzag y se atajaron bajo el haya.

Jadeaban.

—¡Mataría por un chocolate humeante y un plato de tartas de melaza! —codició Ron apoyando su barredora en el tronco, y puso sus palmas en las rodillas.

Harry se recargó en el tronco, temblando, parpadeando repetidamente a tráves de las gafas por las gotas que le escurrían por los parpados. Rodeó sus propios brazos y agachó la mirada.

—Harry… —Ron se acercó— ¿tanto frío tienes? —murmuró procurando sonar casual.

Harry tiritó y no respondió. 

Ron sintió como la piel se le erizó. Aquella imagen le inspiró una alarmante ternura. Hace unos momentos, durante el entrenamiento, su amigo se miraba tan macho y rudo; tan capaz. Ahora parecía un pequeño niño indefenso, resguardándose, como si necesitara de alguien más para sentirse seguro y a salvo.

Con una sensación en el pecho, Ron se acercó lentamente, escuchando como su corazón golpeaba sus costillas. Sentía aquel impulso de rodearlo con sus brazos y protegerlo de frío… plegarlo sobre el árbol y tenerlo muy cerca... pero, Harry se agachó para levantar su escoba y dijo:

—Vamos, me has antojado el chocolate caliente.

Ron torció los labios, tomó su barredora, y corrió tras él cuesta abajo.

Faltaba muy poco para que llegaran a La Madriguera, y ambos empapados, solo se miraban de forma periférica. Ron no sabía que decir, o de qué hablar. No sabía si hablar de Ginny, de Hermione, o de cualquier otra cosa... y lo único que salía de la boca de Harry era el ruido de sus dientes castañeando. Ron deseó con tantas fuerzas que la confianza que se tenían fuera la misma de antes.

Unos pasos más adelante, se desviaron para cruzar los extensos sembradíos de trigo. Un pequeño atajo que les ahorraba unos minutos de trayecto. Mientras los dos tiritaban sin decirse nada, el viento hacia susurrar las espigas que se meneaban con el viento creando ondas majestuosas. Ron había juntado valor, y estuvo a punto de romper el silencio, pero un fuerte ruido tras él lo interrumpió... Harry había resbalado sobre un barrizal que lo había embadurnado de lodo hasta las rodillas. Ron lo contempló unos instantes, y... 

—Jajajajajajaja... —rompió a reír sin poder contenerse.

 Desde el suelo, Harry lo miró apretando los labios. Ron, sin terminar de desternillarse, se acercó, recogió su escoba y luego le extendió una mano a su amigo.

—¡Vamos, de pie!

Harry la tomó… se observaron a los ojos un par de segundos… y… lo jaló sorpresivamente haciéndolo caer junto con él sobre el barrizal. Ron arqueó las cejas sorprendido, mudo, sin poder creérselo. Se quedó unos segundos ahí tumbado, observándose el pantalón arruinado y Harry carcajeando a su lado.

—¡Ya verás! —Ron se le abalanzó encima—. ¡¿Cómo te atreves?! Deberás quedar más cubierto de lodo que yo… —lo amenazó a carcajadas con una espiga seca de trigo pegada a los labios que le daba un aire gracioso.

Harry rió también sin importarle ya lo empapados y enlodados que estaban, e hizo rodar a Ron de espaldas. Ron lo tomó con fuerza de los brazos, lo balanceó y ahora fue él quien quedó encima.

Rieron forcejeando, mirándose a los ojos entre espigas doradas, gotas de agua y sus rostros manchados. Gradualmente, dejaron de hacer esfuerzo pero sin despegar sus miradas del otro... Llegaron a un punto en el que, sin darse cuenta, estaban completamente callados y exhaustos, simplemente mirándose de un modo familiar… uno que ya había experimentado la noche anterior.

Ron se acercó poco a poco hacia el cuerpo inmóvil de Harry, que emanaba cierto temor… Harry jadeo casi imperceptiblemente; Ron sintió su caliente aliento golpear su nariz y aprovechó para juntar su mejilla helada contra la suya de un movimiento que resulto ser casi violento debido al impulso. El pelirrojo sintió claramente la respiración entrecortada de Harry en su oído izquierdo, y sin poder contenerse, besó su cuello con una extrema dulzura y suavidad. 

Harry se erizó de pies a cabeza; apretó y relajó los puños. Intentó retirar a Ron de encima, pero este se mantenía aferrado. El pelirrojo lo detuvo por las mejillas y lo miró un instante más, directo a sus ojos verdes. Se acercó y volvió a besarlo en el mismo lugar del cuello, pero con una lentitud que le costó a Harry estremecerse como un loco. 

—Te... ¿te gu-gusta? —preguntó Ron a la vez que volvía a besar su cuello tibio que temblaba.

Harry oprimió los ojos e intentó reprimir su respiración agitada. 

—Su-suéltame, Ron.

Pero Ron no escuchaba.

—M-Me gusta como hueles... 

Ante aquellas palabras, Harry tembló como una débil rama tentada por el viento, y fue inevitable poder aguantar aquel largo suspiro que desembocó en el cabello de Ron.

Ron tomó a Harry de las mejillas, se acercó con paciencia, y lo besó arriba de su labio cálido y carnoso. Luego, besó su nariz que estaba helada, misma que frotó lentamente con la suya.

Harry volvió a estremecerse. Sus ojos brillaron, tan vivos, tan profundos... y aunque procuraban escapar de la vista de Ron, era imposible evitar sentir aquello...

Poco a poco, Ron se acercó a sus labios. Lo volvió a tomar de las mejillas y los lamió lenta y discretamente. Las mejillas de Harry estaban rosadas; era tan ardiente aquello que sentía en su interior. El poder de las vivas brazas de fuego, parecían consumirlo con un sentimiento irresistible...

Ron volvió a lamer sus labios, tomándose el tiempo de saborearlos, como si fueran suyos, de su propiedad. Comprobó que eso le gustaba a Harry porque comenzó a sentir cómo algo cálido en su entrepierna se ensanchaba con fuerza y crecía bajo sus pantalones apretados.

El pelinegro se sonrojó al descubrir que Ron lo había notado, y ladeó su cabeza hacia los sembradíos que continuaban susurrando con el viento y la lluvia.

Ambos ya no sentían frío. El tener sus cuerpos juntos los había hecho entrar en un agradable calor.

Con su lengua caliente, Ron lamió ágilmente su cuello, y Harry gimió de una forma muy evidente y casi graciosa. Ron le sonrió con picardía mientras llevaba su mano al bolsillo, pero...

—¡Expelliarmus! —dijo Harry ruborizado, y la varita de Ron salió botada hasta unas plantas lejanas.

Ron gruñó cariñosamente. No podía creerlo. Entre la cara de severidad y confusión de Harry, notó su disposición...

Pero Harry se le volvió adelantar. Meneó su varita hacia las muñecas de Ron, y dijo:

—¡Incarcerous!

—¡Aggg! —gruñó Ron sin poder creerlo. 

Unas cuerdas ataron al pelirrojo de manos, dejándolo sin poder sostenerse sobre Harry, por lo cual rodó a su costado. Las orejas de Ron se pusieron coloradas, y Harry sintió como su corazón bombeaba sangre por todos los estratos de su cuerpo. Sentía como si un gancho tirara de su pecho, una adrenalina, un miedo, una excitación tan desbocada y prohibida…

Harry se puso encima de Ron y contempló su rostro rociado de lluvia. Descendió tímidamente la vista hacia su pecho, su abdomen... su pantalón de chandal. Un enorme y pesado bulto se le marcaba y Harry no pudo evitar contenerse un segundo: le puso su mano encima y comenzó a frotarlo.

Ron puso momentáneamente los ojos en blanco. La caricia de Harry tan atrevida, tan directa... no podía creerlo, no podía ser cierto... lo excitaba tanto. Harry comenzó a frotarlo con tal morbo. Lo acariciaba de arriba abajo, lo abrazaba con su puño… el tacto de cada uno de sus dedos era mágico… parecía irreal de que aquello estuviera pasando…

La lluvia había aminorado un poco, aunque los relámpagos refulgían y retumbaban encima de ellos como un fuerte derrumbe amenazante.

Harry se detuvo provocándole un sentimiento a Ron. Pero éste se dio cuenta que no se había echado para atrás. Harry le alzó la playera e introdujo su cabeza húmeda. Sus húmedos y calientes labios comenzaron a besar su abdomen. Ron los sentía en lugares que jamás creyó hubieran llegado a tocar. Harry subió lentamente por su torso y mordisqueó uno de sus delicados pezones. A la vez que, con sus manos, le acarició los hombros redondos, sus fuertes brazos que sentía contraídos y el pecho que se le tensaba tan duro como una piedra.

Ron gimió sin intimidación alguna. Sabía que el sonido de las pequeñas gotas y el viento sobre los sembradíos, ocultarían lo que estaba sucediendo allí.

—Ahhhhh… Harry…

Pero el pelinegro, de pronto se detuvo y observó a su mejor amigo. Respiraba por la boca, en pausas. Le retiró sus manos de encima, y Ron descifró su duda, y su miedo. Por un instante, creyó que nada más sucedería, que Harry se pondría de pie, y se marcharían: que jamás podría ser... pero...

Harry acercó sus manos y comenzó a desabrochar sus pantalones. Ron sintió un fuerte escalofrío y no podía terminar de creerlo. El pelinegro terminó de quitárselos y los lanzó lejos. Volvió su mirada a Ron y contempló sus ajustados bóxers naranjas ligeramente húmedos. 

Ron estaba excitado. Que Harry lo estuviera contemplando así, lo mataba por dentro: lo deshacía. Sentía que ardía. Su ropa interior hacía explícita su excitación y su deseo incontrolable. Nada podía ocultarse ahora y Harry no le quitaba la vista de encima.

Vio claramente como Harry pasó trago, y descendió hacia su entrepierna. Sintió su aliento cálido encima, y, Harry sin poder contenerse un segundo, comenzó lamer tímidamente su miembro por encima de la tela... Ron gimió; sentía como los labios de Harry conseguían que se engrosara cada vez más, se ensanchara hasta su máximo esplendor, hasta que incluso la tela comenzó a lastimar.

Ron suplicaba… se contorsionaba, sus manos atadas hacían chirriar y tensar las cuerdas. Sentía la calidez de la boca de Harry entre sus piernas; un cosquilleo y un escalofrío helado bailaban en el centro de su cuerpo.

Harry puso su boca en la cima del bulto, el cual se dispuso a chupar cada vez con apetito y menos vergüenza. Sorbía encima de la tela, desde el torneado y grueso glande hasta recorrerlo todo. Ya plenamente humedecido por su lengua, lo despojó de sus bóxers. El gran miembro de su amigo, botó fluctuando hipnóticamente tras golpear su abdomen con poderío. Harry lo contempló boquiabierto. Debía medir alrededor de veintidós centímetros, y desde su lecho, Ron sonrió con orgullo, como imaginando la sorpresa que Harry se estaría llevando en ese mismo momento. Era ancho, pesado y en la base tenía algunos vellos castaños arremolinados y húmedos por la lluvia.

Sin dudar, Harry intentó meterse todo aquel miembro en la boca. No lo consiguió, pero saboreaba todo lo que podía con deleite. Lo tomó con ambas manos y se dispuso lamerlo, ávido y sin detenerse.  El pene de Ron, desprendía un suave olor varonil que terminó de enloquecer a Harry aún más. Tanto así, que intentó tragarlo con más voracidad, con más frenetismo, aunque consiguiera accidentales arcadas cada que le rozaba la garganta.

—H-Harry… AHHH, HARRY, nadie… m-me había hecho… hecho-esto-nunca.

Ron se sintió en la gloria. De su mente se esfumaron todos sus mayores deseos los cuales ya no añoraban más que a Harry. Sus temores ya tampoco le importaban. Desde ser un campeón profesional de quidditch, hasta la mirada severa de Hermione cruzada de brazos, se habían ido totalmente.

Quiso tomar el despeinado cabello mojado de Harry para empujarse más hacia dentro de su caliente boca, pero estaba atado por el encantamiento, y aquella frustración hacía aflorarlo todo a un extremo más alto.

—¡AAAAAHHHH, HARRY! —gimió Ron con voz quebrada que no podía con la imagen tan intensa de Harry engullendo su miembro de esa forma; con una mezcla de dificultad, timidez y sed desmedida—. M-Me encanta como lo haces… AAAHHH… aaahhhh… sigue… ¡AAAHHHHH!

Sin despegar la boca de su pene, Harry toco la base con su mano, y sintiendo el sudado suave vello púbico castaño, le masajeó los testículos suavemente. Harry lamia su miembro como hambriento; lo engullía, saboreaba cada centímetro. De vez en cuando, con su lengua recogía el suave y cálido líquido pre-seminal que goteaba delicadamente por su duro glande. Se lo comía entero; se ahogaba, pero lo disfrutaba. Mientras lo hacía, sentía sus mejillas ardiendo, y hasta la delicada lluvia y las plantas que los rodeaban parecían haber desaparecido. Solo eran ellos dos, la lluvia, y sus aromas mezclados…

Harry dejó el miembro de Ron enteramente mojado y palpitando en su puño cual no podía alcanzar a cerrar debido a su grosor.

—Quiero… —el pelirrojo alzó el cuello para poder escuchar bien lo que Harry intentaba decir— …sentirte… dentro de mí…

Ron casi perdió la cabeza; se cubrió los ojos con los puños atados y gimió tras escuchar su petición. Parecía ser que aquellas altivas y ardientes palabras no habían salido de la boca de Harry. Ron jamás había creído llegar a escucharlo decirle eso, ni siquiera en sus sueños más desesperados.

Con el rostro aún más sonrojado, Harry movió la varita para romper el hechizo en las muñecas, y Ron, por fin liberado, no pudo esperar más. Tomó a Harry de los hombros y tumbó al otro lado: justo encima de unos suaves plantíos secos y doblados donde comenzó a comérselo con un beso apasionado. Le acarició con los labios, le mordisqueó cariñosamente, y luego introdujo su lengua cálida dejando que ambas se movieran en vaivenes armónicos. Después, sin perder contacto visual, comenzó a quitarle las zapatillas, la playera, y le sacó el ajustado y sucio pantalón de quiddich. Luego, con sus poderosos brazos, Ron lo trepó encima de sus musculadas piernas, de manera que Harry quedó sentado encima de su mojado pene. En esos instantes, lo único que los libraba de una penetración, era el delgadísimo bóxer de Harry, que estaba completamente húmedo.

Se miraron un momento. Los ojos azules de Ron temblaban pero veían con claridad como las pupilas de Harry se dilataban a través de sus gafas moteadas de agua. El moreno mantenía sus labios entreabiertos como si estuviera a punto de gemir.

Ron comenzó a moverse de manera que le restregaba su cálido y duro miembro húmedo encima del calzoncillo de su mejor amigo.

—¡R-RON! Aaahhh —Harry gemía; no le importaba que lo hiciera tan fuerte, de hecho ni le importaba que los escucharan. Sentía una dicha y un gozo indescriptibles.

El pelirrojo no podía aguantar más; se detuvo un momento, acostó a Harry bajo de él. Tomó su bóxer con ambas manos y lo desgarró con fuerza. Volvió a treparlo sin problemas encima de él y ambos sintieron ese contacto…

Ron comenzó a empujar poco a poco su miembro contra Harry. Se lo repasaba con jugueteo, precavidamente, rozándolo con tacto... hasta que, junto con un enérgico grito, logró deslizar parte de su grueso glande dentro de él… Harry sintió una extravagante mezcla de dolor y gozo indescriptible. Entre sus jadeos, poseído por el placer, separó los labios con las cejas juntas.

—AAAH… ¡m-más, R-Ron!

El mago de cabello negro, casi chilló cuando Ron le introdujo toda la extensión de su miembro de un fuerte movimiento. La melena roja comenzó a agitársele bruscamente con el movimiento de su cadera. Gemía, jadeaba, y con la fuerza de su mano mantenía la cabeza de Harry tan cerca para compartirle de su aliento que terminaba en sus pulmones.

Harry se sentía tan de Ron; se entregaba a él de forma tan natural, tan ambiciosa. Lo sentía propio, y parecía que se habían fundido en uno.

—Aaaaahh… ¡MÁS! —Harry le suplicaba mirando sus ojos azul acero. Ambos rostros encendidos gemían sin parar, entrecortadamente, contagiándose del otro.

Harry apretaba fuertemente a Ron, y éste lo comenzó a balancear adelante y atrás provocando el ruido del chocar de sus cuerpos.

El sudor y las gotas de lluvia que para ese entonces ya se habían mezclado sobre sus cuerpos, provocaban que los vaivenes se deslizaran con más suavidad y rudeza. Sintiéndose insaciable, Harry rodeó la cintura de su amigo con las piernas y la apretó contra sí  para que entrara hasta lo más profundo de su cuerpo.

El pelirrojo se tomó un momento; lo beso tiernamente mientras su mano derecha lo masturbaba salvajemente… luego continuó embistiéndolo. Sentía un calor tan deleitable, uno tan plácido y dulce que sabía que pertenecía al interior de Harry. Sentía que lo mojaba por dentro, que lo llenaba de él mismo, que su propia esencia por tanto tiempo guardada se disolvía con la suya.

Como un flash, le vino la breve imagen de su primer encuentro en la estación y el vagón del expreso de Hogwarts. Desde donde comenzó a gestarse un indescriptible sentimiento mutuo que estaba por llegar a su cúspide más alta…

—¡AHHHHH, AHHH! —jadeaba Harry con cada arremetida. Disfrutaba tanto de ver a Ron erguido contra su cuerpo follándolo con esa arrogancia, con ese aspecto tan macho y desconocido. 

—V-Voy a llegar… —rugió Ron.

Harry asintió y volvió a besarlo. Sin dejar de gemir, acarició sus mojados cabellos de fuego que, sobre su frente, asemejaban hermosas pinceladas de óleo. No demoró mucho cuando Harry sintió como su interior abría brecha repetidamente a una disparada calidez exquisita.

—¡AHH, AHHHHHHH, HARRY!

Ron lo embestía gimiendo fuera de sí. De forma más salvaje, sin control, sin detenerse. Su cadera chocaba furiosamente contra Harry. Sacaba su ancho miembro hasta el glande y lo volvía a introducir con tal fuerza que provocaba que todo ese líquido caliente se escurriera esparciéndose entre los dos.   

Casi en el acto, Harry percibió unas nunca experimentadas contracciones por cada músculo de su cuerpo. Sintió como si un cubito de hielo se deslizara por su espalda… entonces también terminó lanzando unos potentes chorros calientes que le dispararon sobre el pecho y su delgado abdomen delineado.

Sin dejar de arremeterle su pene con furia, Ron pasó su lengua por el rocío blanco en el ombligo de Harry; éste pudo apreciar como cada poro del resto de su cuerpo se erizaba de una forma maravillosa y desconocida.

Ron fue bajando el ritmo lentamente mientras llevaba sus labios al cuello de Harry, justo bajo el lóbulo de su oreja. Harry comenzó a respirar y exhalar larga y remisamente… temblando de pies a cabeza.

A pesar del viento febril que se hacía entre los altos sembradíos dorados, ambos sintieron una calidez extraordinaria… Notaron que el contacto de su cálida esencia con el otro, purificaba sus cuerpos de una manera casi inexplicable… Sellaron con un profundo beso en los labios, y los dos se dejaron caer exhaustos sobre las matas dobladas y suaves, jadeando pausadamente... pero con una tórrida sonrisa que nadie podría borrarles de la cara. No podían creer el placer que acababan de descubrir y disfrutar… Sabían muy bien que nunca olvidarían ese momento tan especial e inesperado.

Las nubes oscuras seguían colgando del cielo, pero ahora solo eran un par de gotas las que caían de vez en cuando sobre algunas hojarascas.

Con ojos soñadores, los dos contemplaron en ese momento los neurálgicos relámpagos que en las alturas se retorcían de un plateado radiante. De alguna manera habían parecido acentuar y marcar su encuentro para cerrarlo con broche de oro. Era como si el mundo y las fuerzas de la naturaleza celebraran su unión.

Ron comprobó sin dejar lugar a dudas, el sentimiento tan fuerte que sentía por su mejor amigo. Harry acababa de descubrir lo que llevaba guardado dentro de sí durante tanto tiempo…

El pelirrojo, tumbado de espaldas, con un brazo en la frente, llenando y sacando el fresco aire de campo en sus pulmones, miró a Harry que estaba sonriendo en una posición similar, y le dijo:

—En definitiva… —suspiró— ...ha sido lo mejor que me ha pasado.

Harry sonrió, satisfecho.

—Dímelo a mí… —no dijo más, pero su rostro y su expresión lo hicieron por él.

Ambos rieron agotados, sin poderse dejar de observar al rostro con unos ojos serenos y brillantes.

—El libro de hechizos… de Hermione, lo tengo yo —confesó Ron momentos después. Ante la mirada atónita de Harry, su amigo añadió—: quería repasar unas cosas para ocasiones como esta. Pero una vez más, creo que has estudiado un poco mejor que yo… —y se abalanzó sobre Harry, quién pasó un brazo sobre su cálida espalda.

Y allí estaban… Harry completamente desnudo, Ron sólo con su playera; ambos tumbados en medio de los mojados campos de trigo, con el resto de las ropas y las escobas abandonadas a un lado.

Harry se alegró saber que todavía les quedaba un rato más para que ambos pudieran volver con tranquilidad a La Madriguera sin que la señora Weasley se hubiera vuelto loca por su ausencia. Con una sonrisa, tomo a Ron de las mejillas y le dio un tímido beso sobre su pecosa nariz.

—Pequitas… —le dijo Harry.

Ron, gruñendo como un gatito enfurruñado, se puso colorado y se venció sobre su hombro níveo y desnudo.