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Historia 151791 — capítulo 5

Capítulo 1

Un rugido en el cielo

Cuando Harry miró al cielo con la cara cubierta de barro, las nubes habían adquirido un color purpura intenso. Ya no estaba lloviendo. La noche estaba cayendo sobre sus cabezas, y ya faltaba muy poco para que llegaran a La Madriguera. El ambiente estaba calmado, pero los estragos de la naturaleza habían dejado un camino húmedo y resbaladizo. Durante el trayecto de vuelta, Harry estuvo dirigiéndole a Ron sonrisas nerviosas y esquivas, pero ninguno se atrevía a decir algo. En una ocasión, por distraerse observando el bello rostro de Harry, Ron casi perdió el equilibrio y se balanceó en el borde de un estanque lleno de ranas. Harry no pudo contenerse la risa.

El pelirrojo había tomado la iniciativa de cargar la escoba de Harry hasta justo antes de torcer por una serie de setos donde aparecía la angosta vereda directo a La Madriguera. Era el punto idóneo donde ambos consideraron hacer una llegada con normalidad, y Harry volvió a cargarla al hombro. Pero, cuando por fin acababan de enfilar el camino, detuvieron el paso en seco…

La Madriguera se levantaba a lo lejos bajo los nubarrones amenazantes pero los dos advirtieron que algo había sucedido: La señora Weasley estaba gritando en medio del patio, rodeada de gallinas alborotadas y abrazando de lado a lado a Hermione y Ginny. Todas contemplaban a los alrededores y encima de los tejados de la casa. Desde donde estaban los dos, no podían comprender lo que decían los agudos gritos de la madre de Ron, así que tras mirarse un segundo, arrancaron el paso a toda velocidad.

—¡Harry, Ron! Gracias al cielo… ¿están bien? —les preguntó la señora Weasley cuando hubieron aparecido entre la oscuridad. Examinó con detenimiento sus ropas manchadas de barro esperando no encontrar alguna señal de herida.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Harry mirando también sobre la casa, como buscándole una explicación al trío de rostros desconcertados.

Especialmente pálidas, Hermione y Ginny se miraron; estaban tan asustadas que no pudieron decir nada, así que la señora Weasley habló con voz temblorosa:

—E-En realidad no lo sabemos… estábamos escuchando la radio en el salón, cuando de pronto un fuerte estruendo sacudió la casa… ¡FUE HORRIBLE!

Harry compartió una mirada con Ron.

—¿Un temblor? —inquirió Ron.

—¡Si, si! Uno tras otro, como si… como sialgomuy grande hubiera dado… fuertes pisadas —respondió la señora Weasley pegando fuertemente su mano al pecho.

—Hizo mucho aire —empezó Ginny con calma, que parecía haber recobrado el habla— las ventanas vibraron, como si hubiera una fuerte ventisca… pero yo noté por la ventana que esos árboles de allá estaban quietos. —y señaló a unos diez metros donde un grupo de macizos se alzaban entre unos arbustos tupidos.

—Gigantes… —resopló Ron con aire incrédulo.

—No… yo no veo nada hijo… —apuntó la señora Weasley mirando con cuidado encima de La Madriguera, como si de verdad no quisiera ver nada. Pero de todos modos parecía preparada por si de pronto emergía una masa gigantesca llena de musgo por entre los tejados y a punto de gruñir.

—No puede ser, ¿qué estarían haciendo en estos valles? —apuró Ron. — Debió tratarse de algo más...

Pero la señora Weasley no escuchaba.

—¿No vieron a tu padre en el camino? ¡Cielos! ¿habrá pasado algo con las pruebas del ministerio? —les dijo Molly afligida, juntando las manos bajo la barbilla.

Harry y Ron dejaron las escobas al lado de la puerta, y patrullaron la zona en torno a La Madriguera. Mientras, a metros de allí, Hermione apuntaba con la varita tras los árboles y la maleza. De pronto, todos dirigieron su atención hacia el cobertizo; unas escobas viejas y una serie de cajas repletas con objetosmugglesse desparramaron con gran estrépito. La señora Weasley se cubrió la boca observando como Hermione envalentada, se acercaba aprisa y detuvo con un brazo a Ginny que iba dispuesta tras ella.

Todos contuvieron el aliento.

—¡Homenum Revelio !—pronunció la chica apuntando con la varita hacia la puerta oxidada.

No sucedió nada.

Poco a poco, todos relajaron los hombros, mientras alzaban la vista tras los pastizales; los campos de sembradío; los montes tenebrosos y encima de las copas quietas de los árboles. Cualquiera que fuera aquello que había provocado el breve terremoto y las descritas ventiscas, ya no estaba allí…

Ya más tranquilos, los chicos se encaminaron al interior de la casa respaldados por la señora Weasley que los protegía como gallina a sus polluelos, y cerró la media puerta sin dejar de mirar con desconfianza hacia el sendero: donde la silueta del señor Weasley no se vislumbraba todavía. Lo primero que hizo al llegar al salón, fue echarle una mirada a la esfera del reloj de la familia imaginando lo peor, pero ninguna de las manecillas afortunadamente señalaban«Peligro de muerte».

—¡Gracias al cielo! —se alegró, y ya más serena, fue directo apagar la vieja radio, desde donde salía la voz de un mago de voz chistosa que comenzaba a dictar el clima. —¿Queréis un poco de chocolate caliente?

—Me has leído la mente, madre… —suspiró Ron dejándose vencer sobre el sillón del salón —…dos por favor, Harry también quiere. —y le sonrió al chico con los pantalones llenos de fango que se sentaba exhausto frente a él, a un costado de la chimenea.

Hermione y Ginny acababan de volver a subir a su cuarto conversando con calma. Ya no se sentía tanto la presión que habían viniendo ejerciendo sobre Harry; parecían estar más relajadas a pesar del reciente susto.

La señora Weasley les dejó un par de tasas humeantes y espumosas de chocolate sobre la mesa, y Harry tomó una y la sorbió mientras se hacía repetidas preguntas sobre lo que pudo haber sucedido… algo que, aparentemente a primera vista no tenía explicación.

Ron sorbió media taza, y comenzó a contarle a Harry sus teorías en referencia a los encantamientos defensivos que su padre probaba para el ministerio en las colinas.

—Supongo que serán hechizos recientemente inventados; si no, no se habrían tomado tanta molestia —luego hizo una mueca de reparo— Mi padre no les confió nada ni siquiera a Fred y George. —y con la voz más baja, aclaró —…Pero escucharon que sus compañeros del ministerio dijeron que crearían encantamientos de barrera de un kilómetro a la redonda para probarlos en secreto…

Harry entornó unos ojos especulativos.

—Me sorprende que el Ministerio de Magia le ponga tanta atención y cuidado a los nuevos hechizos defensivos —discutió Harry—. Esto debieron hacerlo durante el auge de Voldemort, cuando todo mundo me creía un zafado y se corría más peligro; no ahora.

—Lo mismo dijo Fred, pero de todos modos está bien, ¿no crees? nunca viene mal algún conjuro más efectivo… ya sabes, por si acaso.

—¿El ministerio sabrá algo que el resto de la comunidad mágica todavía no? —estudió Harry acercándose la taza a los labios.

Ron notó los bigotes de espuma que a Harry se le habían hecho alrededor de la boca en su último trago. Harry lo miró examinando aquellos ojos de análisis que se aproximaron. Ron tomó la servilleta de su platito y limpió delicadamente sus comisuras con suaves y cuidadosas caricias. Harry vio de cerca su cabellera roja sutilmente húmeda, y durante una fracción de segundo, recordó todo lo que había sucedido en el campo de trigo.  Se sonrojó tanto que, distraídamente, casi derrama el chocolate que sostenía en la mano; no obstante, el resplandor de la chimenea dándole de lleno en la cara, lo disimuló perfectamente.

—¡Chicos!

El pelirrojo dio un respingo y se apartó torpemente cuando escuchó el zapateo de su madre provenir de la cocina.

—¡A dormir que ya es muy tarde! —les ordenó al par, sin impedir una vez más, que sus ojos fueran a posarse al reloj de la familia.

A la mañana siguiente, Harry abrió los ojos y observó hacia la ventana de la buhardilla donde se pintaba el brioso clima que continuaba igual. El cielo estaba cubierto de algodones grises que impedían la entrada del sol. Una ligera corriente entraba por uno de los orificios de madera que arrastraba polvo y hacia juguetear las hojas de un pasado calendario amarillento que marcaba el mes de febrero.

Harry supo, que de no ser por el cálido cuerpo de Ron abrazándolo por la espalda, habría pasado frío durante toda la noche. Era extraño que de pronto el verano se hubiera tornado así…

El chico que tenía a sus espaldas, profirió un delicado ronquido, y tras ello habló como entre sueños cosas que a Harry le provocaron mucha gracia:

—Ara, arañas otra-vez ¡Oh no, no!… m-muchas, hay…

Pero el sosiego que los rodeaba, no duró mucho porqueHedwigacababa de ulular en el pasillo de abajo indicando que alguien se acercaba… Harry pataleó y sacudió a Ron que continuaba quejándose de unas arañas peludas, y este despertó levantando el cuello con los ojos desenfocados.

Los pasos se acercaban.

—¿Qué-que, qué? —exclamó desorientado mientras se cubría con las cobijas hasta el pecho desnudo.

—Viene alguien. —le respondió su amigo al otro lado de la cama con un pie dentro de un pantalón limpio, mientras daba brincos para enfundar la otra pierna.

Cuando escuchó lo que dijo Harry, su cabellera roja dio un brinco. Tomó el empolvado saco de dormir al lado de la ventana, se envolvió en él como una gran babosa gigante, y, se tumbó en el suelo justo a la vez que la trampilla se abría y se asomaba la bondadosa y alegre cara rechonchona de la señora Weasley.

—Harry, Ron, aquí tienen sus toallas limpias —les indicó a la vez que las apilaba junto a un cesto al costado de la puertecilla—. Harry, cielo, creo queHedwignecesita salir a respirar aire puro, la noto muy inquieta… ¡Mira nada más! ¡RON! ¡Ya levántate, ve la hora que es!—le terminó de apurar mientras descendía de nuevo la escalerilla y antes de que cerrara la trampilla, el ululato deHedwigpareció protestar como apoyado la dada idea.

A Harry le latía el corazón de prisa, y claramente pudo escuchar el suspiro de alivio de su mejor amigo tumbado en el suelo.

—Debemos tener más cuidado, Harry… —dijo Ron con voz pringosa.

Ya vestidos, los chicos bajaron de la buhardilla. Harry sacó de la jaula a la desesperada*Hedwig,*y la liberó en la ventana para que saliera a estirar las alas. Cuando llegaban al rellano de las escaleras del segundo piso, se encontraron a Hermione y Ginny quienes estaban riendo en complicidad tras una gran carta desdoblada. La carta debía ser dirigida para alguna de ellas, o eso supuso Harry, porque, en silencio, la leían con premura y agitación.

Cuando las chicas escucharon sus pisadas crujiendo en el suelo de traviesa, Ginny evitó cruzar la mirada con Harry, como de costumbre.

—…mira la fecha: la carta tuvo un gran retraso. La lechuza se veía un poco despistada… —decía Hermione.

Los chicos pasaron muy junto a ellas.

—¡Es de Dean Thomas! —anunció Hermione ante la mirada de abstracción de los dos, luego, dirigiéndose especialmente a Harry, añadió— ¡Le ha dicho a Ginny cosas tan monas!

A él le pareció que Hermione lo miraba con suspicacia, pero era imposible que ella supiera que de pronto sus entrañas se habían puesto a bailar la conga. Esforzándose por no cambiar la expresión y por hablar con un tono lo más indiferente posible, preguntó:

—¿Qué dice el buen Thomas?

Hermione intercambió una compinche mirada con la pelirroja.

—Pues, —empezó sin despegar una mano de la carta— ha sido un grande detalle, le ha escrito desde Francia. Le ha pedido a Ginny que la visite para su próximo cumpleaños que se celebrará en grande…

—¿Quiere regresar con ella? —los interrumpió de pronto Ron uniendo su roja melena a la conversación; él tampoco parecía dar crédito sus oídos, pero disfrutaba la noticia con la misma sensación que Harry: por fin podrían librarse de las pequeñas garras hastiosas de Ginny, quién hasta ahora, después de varias semanas de su ruptura con Harry, parecía no haberla aceptado aún.

—No lo sé. Pero me ha parecido un buen inicio. —respondió Hermione que tomó del brazo a su amiga, y descendieron las escaleras con aire decidido.

—¿Será una de sus tácticas? —se cuestionó Ron en voz baja una vez se alejaron, mientras, Harry las seguía con la mirada por los escalones en zigzag.

—No lo sé. Pero de ser real, sería un buen paso…

Ron se giró para mirar a Harry de frente.

—¿Estás bien?

—Estoy muy bien. Realmente espero de corazón que así sea, y que por muy doloroso que me resulte aceptarlo, ya no siento lo mismo por ella. Espero pronto volverla ver sonreír, o que al menos me mire.

Ron lo contempló con una mezcla de comprensión y gracia.

—¿De qué te ríes?

Ron sonrió acompañado de su típica risa de bobo.

—Le he quitado el novio a mi hermana… —canturreó débilmente y descendió las escaleras con aire triunfal: meneando los codos como parodiando un chistoso baile.

A Harry le pareció oír que canturreaba en voz baja el viejo tema:«A Weasley vamos a coronar»,detalle que se le hizo especialmente gracioso. 

Durante el transcurso del desayuno, en la mesa se estuvo comentando sobre lo sucedido a noche. El cuarteto de chicos pusieron al tanto a Fred y George en un momento, quienes al final no habían podido espiar a su padre durante las pruebas, y optaron por ir a preparar un pedido especial al callejón Diagon. La señora Weasley acababa de contarles también, que Arthur pasó por La Madriguera ya muy tarde; no le dijo nada antes de volver a Londres por pendientes de trabajo. Pero debido a la tranquilidad con la que se marchó, supuso que todo estaba bien.  Entre el tema de la noche de ayer, Hermione no tardó en dar su opinión que pareció haber estudiado durante toda la noche:

—Debió haber sido un reacomodo de las rocas y placas debajo del valle… —dijo sorbiendo su jugo de calabaza, sin darle mayor importancia.

Ron la miró no muy persuadido mordisqueando la tostada de Ginny.

—Ya, pero, dijeron que fueron más bien como pisadas de algo grande ¿no? —y buscó apoyo en su madre, quién había descrito los ruidos.

La señora Weasley no decía nada, abrazaba con la dos manos su taza de café como perdida en sus propias conjeturas.

—Sí, pero todos lo vimos: no había nada allá afuera —opinó Hermione que terminó su bocado de huevo frito y estiró un brazo para tomar el periódicoEl Profetade esa mañana, y que acababan de terminar de leer Fred y George.

—Nada importante —se adelantó George abandonando sus copos de avena con leche —. Le han dado gran importancia en casi todas las páginas a una nueva y rara especie de dragón encontrada en Rusia…

Ron se asomó con interés tras los hombros de la castaña, ilusionado en ver alguna fotografía reveladora de aquella nueva criatura. Hermione sintió su respiración sobre su regazo, y se giró con ceño. Éste se dio cuenta, y se apartó un poco. Esto pareció ofenderla porque zarandeó el periódico con un mohín en la boca. Quién no notó lo que había sucedido con sus mejores amigos, fue Harry, porque se había distraído al ver que un coche negro del ministerio se abría paso entre un grupo de gallinas que estaban picoteando, y aparcó con velocidad frente al cobertizo.

La señora Weasley atendió también, y limpiando sus manos en el delantal, se acercó a la puerta. Todos vieron como el señor Weasley, con su vieja capa verde de viaje, salía del auto, y casi corriendo se dirigía a La Madriguera. Se miraron unos a otros y se arrimaron en la entrada.

Una vez en el marco de la puerta, Weasley padre se quitó el sombrero de copa y mostró su alopecia; aún así, el poco cabello rojo que tenía, era igual de intenso que el de sus hijos. La señora Weasley abrió la media puerta y lo dejó entrar. Apenas se abrió paso entre los amontonados chicos, soltó de un grito:

—¡DRAGONES!

Todos dieron un sobresalto. Harry compartió una rápida mirada azorada con todos, y Ginny dejó su pera suspendida a la altura de su mejilla con los labios entreabiertos.

—¡UNA NUBE DE… DRAGONES! Vuelan… —decía con dificultad, jadeando y tan pálido como sus hijos— ahora… ahora mismo sobre el pueblo deOttery Saint Catchpole!

—¿QUÉ? —la señora Weasley dejó salir un gritito ahogado cubriéndose la boca con ambas manos.

—No hay tiempo, no sabemos qué pasa, todo se ha salido de control… nadie se explica… algunas de las criaturas mágicas se han…—prosiguió el señor Weasley que no se quitaba la capa de viaje, como si no planeara quedarse ni un momento más.

—Hace unas horas recibimos una carta de Rumania. Los dragones han migrado… casi todos los del continente…

—¿MIGRADO? ¿CÓMO ES ESO POSIBLE? —se exaltó Molly.

—No lo sabemos. Todos los dragones de Europa… se están esparciendo por todos los bosques y las montañas pobladas… las migraciones comenzaron a suceder la noche de ayer. Hace un rato, un grupo del Departamento de Control de Criaturas Mágicas, fueron a tres poblados para intentar detenerlos, pero es imposible. Es un caos… han tenido que borrar memorias. Cientos y cientos demuggleslos han visto sobre ellos…

En esos momentos, se hizo un silencio: escucharon el chillido de cientos y cientos de aves que volaban en ese preciso instante sobre el valle. Eran decenas de miles que parecía que huían de algo que provenía del suroeste… Ginny se acercó discretamente a Harry, pero Harry distraídamente se paró junto a Ron.

—No hay tiempo. —prosiguió el señor Weasley ignorando el rostro absorto de todos. Fred y George se acercaron más a su padre que no dejaba de hablar— Guarden todo lo esencial en su equipaje, no podemos quedarno…

Pero no pudo terminar de hablar; un fuerte estruendo acababa de sacudir la casa, justo encima de sus cabezas.  Y afuera, vieron claramente como las gallinas salían botando como si sólo fueran bolas de algodón; el largo césped del patio trasero se sacudía como ondas de mar, y un gran rugido ensordeció el valle.

—¡ARTHUR! —ExclamóKingsley Shackleboltasomando la cabeza morena desde el interior auto del ministerio. Tenía los ojos muy abiertos que le descollaban del rostro contraído.

Lo primero que Harry hizo por impulso cuando todos corrían despavoridos fuera de la casa, fue palpar brevemente la mano de Ron, y luego fueron avanzaron hacia el patio desde donde vieron la impactante imagen que casi los deja petrificados a todos. Un gran dragón había intentado posar sus gigantes y afiladas garras sobre las tejas del ático de la casa. Era el más grande que Harry había visto nunca; sobrepasaría fácilmente las seis toneladas. Tenía unas profundas y brillantes escamas gris metálico y sus grandes ojos en vertical como de gato, eran rojos como la sangre. Aleteaba con violencia creando sombra con sus enormes alas negras con las que levantaba polvo, ramas y piedras.

Todos pusieron sus varitas en ristre cuando el dragón arrojó un gran rugido al cielo.

—Un Ironbelly Ucraniano…—casi sin aliento, recitaron los gemelos al unísono. 

Ron apuntó su varita valientemente al dragón y avanzó dos pasos, pero Hermione se la descendió por la punta.  

—Sólo lo irritará más… —apenas terminó de decir, la chica ahogó un grito protegiéndose la cara con los brazos, y corrió tras el auto del ministerio junto con Ginny y Kingley, donde se resguardaron de los escombros que comenzaron a caer desde las alturas de la casa.

En ese momento, el letrero clavado que recitaba«La Madriguera», se había arrancado del suelo y pasaba volando sobre el toldo.

Cuando todos se alejaron contemplando la macabra imagen del gigantesco dragón destrozando la parte alta de La Madriguera, no dieron crédito con lo que vieron a continuación en el cielo. Tras la negra parvada ya lejana de aves despavoridas, unos treinta dragones o más de diferentes especies volaban sobre el valle oscurecido por las nubes, y algunos comenzaron a descender entre las colinas y árboles cercanos.

Se escuchó un fuerte ruido de cristales estallando.

El gigante Irobelly Ucraniano, acababa de destruir el auto del ministerio con una sola pisada: todos pudieron ver como Kingsley saltaba junto con las chicas a un lado de la senda de hierba librándose por los pelos. La señora Weasley lanzó un chillido.

—¡TODOS TOMEN SUS MANOS! —exclamó el señor Weasley desde el otro extremo, mientras que con su capa se cubría del polvo. Todos corrieron hacia los tres tumbados en la hojarasca de la senda—  ¡VAMOS TODOS A LONDRES, AL CALDERO CHORREANTE!

Todos se amontonaron en un círculo.

Hermione tosía por el polvo y se ponía en pie con la ayuda de Kingsley; Ginny tenía ramitas en el cabello y estaba como fuera de sí; Fred y George decían algo en voz alta que nadie entendió por el ruido de destrozos, y Arthur apretó especialmente la mano de Molly.

¿Qué estaba sucediendo?

Harry pudo ver por un breve momento la cara de horror de la señora Weasley presenciando la destrucción de su casa. Se le retorcieron las entrañas de ver la expresión desorientada y asustada de Ron. La cara de confusión y miedo que se sembraba en Hermione, Ginny, Fred y George, le hicieron recordar que no las había vuelto a ver desde hace dos años, cuando la última noche de Voldemort… y justo cuando el gigante dragón rugía macabra y estruendosamente batiendo sus descarnadas alas encima de ellos, se escuchó  un fuerte estampido y todos desaparecieron.