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Historia 151791 — capítulo 6
Capítulo 2
De vuelta al
Caldero Chorreante
Lo primero que Harry escuchó cuando aparecieron, fue el grito de Hermione, ruidos de claxon y motores de auto. Todos aparecieron en medio de la arteria Charing Cross, justo detrás de una caravana de automóviles paralizada por el cruce peatonal de la próxima esquina.
Hermione había tropezado con el carrito de la compra de una mujer muy mayor y cayó de espaldas tras uno de los autos que estaban aparcados. Ginny, quien estaba más cerca a ella, fue a ayudarle a ponerse de pie mientras que el resto contemplaba con pasmo a la anciana que los había visto aparecer ante sus pequeños ojos incrédulos. Los apergaminados labios de la mujer temblaron mientras sus latas de vegetales rodaban por el pavimento entorno a sus zapatillas de estampado escocés.
—¡Confundus!—le apuntó discretamente el señor Weasley con la varita, y todos se despejaron de su camino.
Harry y Hermione le ayudaron a levantar las bolsas de comida congelada, guisantes en conserva y fruta que tenían a sus pies para devolvérselas al carrito. La mujer les sonrió con cariño y tranquilamente continuó su camino por el arcén.
Harry alcanzó a Ron en la acera de enfrente mientras todos se reunían a fuera del Caldero Chorreante sin decir una palabra. Los dos amigos únicamente se miraron mientras Ron le enderezaba las gafas. El señor Weasley tanteó rápidamente con la mirada a cada uno para comprobar que todos estaban completos; no en número, si no en extremidades corporales. Mientras Ginny era palmeada por una mano de su madre para sacarle el polvo de la ropa, Harry se abrió paso entre Kingsley y Fred y rompió el silencio con el rostro nublado de tierra:
—¿Están todos bien?
Hermione y los gemelos asintieron con debilidad, pero los demás seguían estupefactos. Ginny parecía desfallecida.
—¡¿Qué diablos está pasando Arthur?! —aulló Molly de pronto con suma confusión, e igual que todos, echaba precarias miradas al cielo, que, aunque no estaba tan borrascoso como en el valle, estaba encharcado de profundos nubarrones aquí y allá. El clima era mucho más templado y hacía un viento terrible.
El señor Weasley se paró a su lado para tomarle del hombro sin decir nada. Suspiró con impasividad ante los ojos muy abiertos de todos y sacudió lo que pudo a su pantalón.
—Será mejor que entremos, rápido —se adelantó Kingsley que al parecer ni siquiera había advertido que su túnica estaba hecha una ruina.
Harry miró con aprensión el entorno de las calles y las tiendas que estaban a los laterales del Caldero Chorreante: la gran librería de a un lado y la abarrotada tienda de música del otro. Todo parecía en calma en Londres. La gente caminaba despreocupada mirando por los aparadores; los coches transitaban con prudencia; no había señal de que el mundo supiera que una nube de dragones viajaba volando encima del continente en ese mismo momento. Hasta ahora, todo indicaba que los encargados de borrar memorias en aquellos pobladosmuggles, habían hecho bien su trabajo.
Cuando todos entraron en fila al oscuro bar, una musiquita suave estaba emitiendo desde una vieja radio tras el mostrador. Un hombre jorobado esperaba a que le sirvieran su trago en compañía de dos brujas jóvenes que reían con elegancia.Unos ancianos estaban sentados en un rincón turnándose en fumar una larga pipa, y al fondo, un hombre bajito de cabello grasiento y largo, hablaba con el viejo cantinero, Tom. El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y sumido en un silencio expectante.
—Válgame Dios —alardeó el cantinero bajando el volumen a la radio con la varita cuando vio aquel rostro entre el río de cabezas—. Harry Potter... todo un honor. No creí volverlo a ver por aquí…
Tom lo saludó con voz orgullosa como con la intención de presumir a sus clientes de que en diversas ocasiones, el famoso Harry Potter ya había visitado su bar. Terminó inmediatamente de bruñir una botella con un trapo que se volvió a echar al hombro, y se acercó al montón de gente que se arremolinaba entorno al joven mago. El calvo hombre, esbozando una enorme sonrisa, les dio la bienvenida con los brazos extendidos.
—Bienvenidos sean todos ustedes. Adelante, Harry, adelante —le asintió jovialmente—. Cualquier amigo tuyo, recibirá gratis el primer trago —ofreció el tabernero blandiendo una mano. Al parecer no se había dado cuenta del rostro en el que todos estaban sumidos.
Molly se adosó al hombro de Ginny y avanzó lentamente con Arthur a su lado. El resto de los chicos estaban solo mirando el afónico establecimiento. Todo indicaba que no sólo en el mundomugglese ignoraba del nuevo suceso, si no que la noticia tampoco había llegado al mundo mágico todavía. El secreto de la existencia de la comunidad mágica estaba en grave riesgo de ser descubierta, y todos estaban allí, tan tranquilos. Eso inquietó a Harry. Todo era muy reciente, y eso indicaba furtivamente que cualquier nuevo caos podría desatarse en cualquier momento.
—Siempre quise conocerte en persona. Estamos orgullosos, Harry, muy orgullosos de todo lo que has hecho...
Harry no se dio cuenta que acababa de ser rodeado por varios de los clientes.
—Encantado, Harry, no podría decirte cuanto. Me llamo Albert Spinnet.
El hombre de la joroba, solo contempló a Harry dirigiéndole un leve movimiento de cabeza.
Harry no sabía qué decir o que hacer ante situaciones como esa. Desde que había llegado a La Madriguera, hace dos meses, su vida se había tornado sumamente tranquila al dejar de ser asediado y perseguido por la gente, los fotógrafos y los periodistas para artículos delEl Profetay otras revistas informáticas. Ahora más que nunca, valoraba la casa de los Weasley que por tantas veces lo había acogido. En esos momentos, no era ya más que un montón de escombros.
—Charles Pucey, Harry. No puedo creer que al fin te tenga en frente.
Pero Harry solo asentía a todos con educación, comenzó a avanzar sin detenerse junto con la familia Weasley, Kingsley y Hermione. Cuando por fin hubieron librado las presentaciones y halagos, Harry y Ron alcanzaron a refugiarse en la mesa más apartada del centro del bar, mientras que el resto se quedó conversando con Tom, cerca de la barra.
Harry acercó una silla y se dejó caer con aire abstraído. Y Ron, alumbrando por la llama bailarina de la vela sobre la mesa, le compuso una delicada sonrisa lastimera.
—¿Estás bien?
Harry apretó las mandíbulas mirando a Ron con mucha pena.
—¿Y tú? Acaban de perder su… bueno. También era como mi casa. Entiendo cómo se han de sentir…
Ron apoyó un antebrazo en la mesa agachando su melena roja, luego, inclinó su rostro hacia Harry con los ojos húmedos. Harry sintió como si una mano invisible le hubiera estrujado el corazón, y lentamente tomó su mano que temblaba bajo el tablón. Ron la apretaba con fuerza cuando a través de su hombro, Harry vio que Hermione se acercaba con Ginny, y éste lo soltó rápidamente.
—Pediremos unas habitaciones —dijo Hermione con el rostro inexpresivo—. Tienen varias disponibles, tenemos suerte.
—¿Ustedes están bien? —volvió a preguntar Harry, aunque la pregunta la había hecho especialmente por Ginny que no se movía.
Hermione no dijo nada y ciñó a la pelirroja entre sus brazos. Estaba muy callada, con los labios casi tan blancos como la cera.
En ese momento, Harry pudo ver como Kingsley se dirigía hacia la salida del bar, desde donde le asintió una vez y desapareció tras la puerta mugrienta que mostró la calle con brevedad.
—Kingsley irá con un grupo del Departamento de Control de Criaturas a La Madriguera, para… rescatar lo que puedan… —dijo Hermione y luego miró a Ginny de soslayo —Ginny se ha dejado la varita…
Harry intentó mirar a la chica, pero esta estaba abrazando a Hermione de manera que no sabía si le correspondía. Sabía lo doloroso que era. Él mismo había roto su varita en la visita que hicieron en Godric Hollow, hace unos años. Era como si tu mano perdiera una extensión propia, una muy necesaria.
—Yo me he dejado el Desiluminador de Dumbledore —declaró Ron secando los ojos con la playera. —Es que… ¡¿Q-Qué rayos pasa?!
Sin mover la cabeza, los cuatro se miraron unos a otros.
—Tu padre no dice nada —aportó Hermione sobando un brazo a Ginny—. Pero no porque no quiera decírnoslo, si no porque en realidad no lo sabe. Kingsley insinuó que ni siquiera el ministerio tiene la nimia idea de lo que está sucediendo…
—Pero… —Ron alzó la voz— ¿cómo han sido capaces esosmugglesde verlos? ¿Qué no se supone que…
—Es obvio que al Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas se les ha salido de control. Por alguna forma se han tenido que romper los encantamientos de ocultamiento como para que los dragones migraran, y comenzaran a moverse a libertad…
—¿Pero cómo? —preguntó Harry sumamente sorprendido.
Hermione negó débilmente con la cabeza.
—Si esto sólo ha sucedido en Europa, la Confederación Internacional de Magos sancionará gravemente al ministerio local de cada uno de los países que lo componen…
Ante las miradas enredadas de los chicos, Hermione les explicó:
—Cada organismo de gobierno mágico es responsable del ocultamiento, cuidado y control de todas las bestias, seres y espíritus de naturaleza mágica que habiten en los límites de su territorio. Si cualquiera de esas criaturas causara daño a la comunidadmuggleo se mostrara ante ella, el organismo mágico gubernamental de esa nación deberá someterse a las sanciones que decida la Confederación Internacional de Magos…—resopló sobándose la frente—Lo que no puedo comprender es: cómo es que todo se les salió de control, a la vez, justamente en toda Europa…
—¿Cómo sabes todo eso Hermione? —le dirigió Ron con una mezcla de admiración y fastidio.
Hermione suspiró con languidez.
—Eh estado muy involucrada con el tema del trato de las criaturas mágicas…
—¿Te refieres a los elfos domésticos? Sí, eso lo sabemos muy bien —dijo Ron cansinamente. Aquella interrupción no pareció haber llegado a los oídos de Hermione.
—…y he pensado que quizá, después de haber terminado el séptimo curso en Hogwarts con buenos honores, podría ejercer mis conocimientos en el ministerio en ese departamento.
El cuarteto se dio cuenta que en ese momento, Fred, George, el señor y la señora Weasley se acaparaban al círculo con calma.
—Deberemos pasar unas cuantas noches aquí… —les anunció Molly con los ojos lagrimosos y rodeando con un brazo a Ron y a Ginny.
Fred y George se agazapaban en la sombra de un pilar con el rostro desencajado.
—Madre, insistimos. Nosotros podríamos ofrecerles un cuarto, arriba de nuestra tienda… —brindó George mientras su hermano lo tomaba por el hombro asintiendo—Pero solo habría cupo para dos...
—El pisito no es tan grande que digamos —completó Fred.
—No importa, no importa, tesoros… les agradecemos mucho esta consideración, pero ya nos las apañaremos —les tranquilizó la señora Weasley intentando sonar despreocupada, pero le salía terriblemente mal—. Ustedes ya tendrán muchos pendientes y quehaceres en la tienda...
El señor Weasley estaba muy distante, sin ver a nadie ni a nada en especial. Pero en su rostro se evidenciaba una enorme frustración que terminó por expresar con un arrebato:
—Me siento inútil aquí —prorrumpió juntando sus manos donde sostenía su sombrero de copa apachurrado y polvoriento y comenzó a pasearse de la mesa al pilar—. Deberé ir con Kingsley al ministerio e intentar enterarme de algo. Cualquier novedad que llegue la obtendré de primera mano.
Molly hizo sonar ruidosamente su nariz y movió a Ginny para colocarse frente a su marido.
—Él mismo te ha recomendado quedarte —limpió su nariz con una servilleta—. Les… les avisará a todos lo que ha pasado con nuestra casa, entenderán que estás con tu familia…
—Dos manos más podrían ser de gran ayuda… —le dio un beso en la frente a su mujer, y sin soltarla de los brazos, le dirigió una mirada a todos— apenas me entere de cualquier cosa, les enviaré una lechuza de inmediato… lo prometo.
—Ten mucho cuidado. —Añadió la señora Weasley sin menor remedio.
El señor Weasley únicamente asintió con los labios alargados, y tras un fuerte estruendo, desapareció de la taberna.
Durante los próximos cinco minutos, hubo un silencio que lo envolvió todo en una espiral horrenda. La señora Weasley fijaba la vista en la llama de la vela y no fue hasta que Tom, el cantinero se acercó carraspeando con las llaves para mostrarles sus habitaciones.El desdentado hombre los condujo a todos por un estrecho pasadizo que salía del bar. Llegaron a una pequeña antesala, y de allí, tomaron una elegante escalera de madera que subía a las estancias.
—Ponerse cómodos. Si necesitan algo, cualquier cosa; no duden en pedirlo.
—Gracias, Tom —le agradeció Molly cuando recibió las llaves.
El dueño del bar hizo una reverencia haciendo remarcar el surco de sus arrugas y se marchó.
—Ocuparemos tres habitaciones. Harry, Ron ocuparán la 11 —les dirigió la señora Weasley a los chicos entregándoles su llave. —Ginny y Hermione en la 12, y tu padre y yo estaremos en la 16.
Todos fueron a descansar.
Ginny, Fred y George se había ido a hacerle compañía a su madre mientras que Harry, Ron y Hermione, se juntaron en la habitación número 11. Harry, ya había ocupado precisamente aquella estancia en una ocasión, poco antes de cursar el tercer año en Hogwarts después de inflar a su tía, y muy poco era lo que había cambiado. Dentro había una gran cama de aspecto muy cómodo, algunos muebles de roble con mucho barniz, y apenas entraron, un fuego se encendió crepitando alegremente detrás de un distinguido diván. A pesar de todo, la acogedora habitación terminó por hundirlos en un apacible ambiente.
—Por lo pronto no les diré nada a mis padres… —comentó Hermione mientras se rendía en el diván—…al menos hasta saber que pasa realmente. No quiero arruinarles las vacaciones que tanto estuvieron planeando.
Harry se sentó al lado de Ron al pie de la cama. Apenas podía creer que acaban de abandonar La Madriguera y que ahora estaban en Londres, hospedados en el Caldero Chorreante tras una terrible invasión de bestias lanza llamas.
—El segundo Ironbelly Ucraniano que vemos en menos de tres años… —examinó Ron— Charlie me llegó hablar de ellos, pero… este en especial era más grande que el que custodiaba la bóveda de Bellatrix. ¿No creen? —Ron dejó caer su espalda en la cama—¡Nuestra casa… demonios!
—Tuvimos suerte… —dijo Hermione con tono lúgubre sin parpadear, con la vista fija en el fuego.
Hubo un largo silencio. Y Ron, aún tumbado contemplando el techo, les detalló lo que acababa de recordar:
—Charlie… me contó quea finales de 1700, una de esas bestias se llevó volando entre las garras a un viejo velero que navegaba en elMar Negro…—dijo con profundo aire apesadumbrado.
Harry memoró la aterradora imagen de grandes alas y garras sanguinarias poco antes de que se desaparecieran; pero su recuerdo fue afortunadamente borrado por un aleteo blanco que se posó en la ventana que dibujaba un paisaje cada vez más ceniciento y ventoso.
—¡Hedwig!—la lechuza picoteó el vidrio, y Harry se levantó de un salto para abrirle. —Eres muy inteligente…
La lechuza, blanca como la nieve, entró volando directo al baúl frente a la cama. Entonces, Harry se dio cuenta de que el ave tenía las plumas muy alborotadas; unas cuantas estaban del revés. Sus redondos ojos se movían de un lado al otro.
—Está herida —susurró Harry agachando la cabeza. Hermione y Ron se enderezaron hacia él—. Miren, le pasó algo en el ala…
Hedwigestaba temblando; cuando Harry le tocó el ala, la lechuza dio un respingo y se le erizaron las plumas, como si se inflaran, y miró a su amo con reproche. Los ojos no los mantenía quietos.
—Debió encontrarse con algún dragón en su camino de vuelta a La Madriguera… —sugirió Ron.
Hermione permaneció reflexiva.
—Al menos no parece tan grave como en la ocasión que fue interceptada por Umbridge —recordó Harry.
—No creo que se haya tratado del ataque de un dragón; no hubiera sobrevivido… —opinó Hermione— mirar, más que herida parece desorientada y asustada —entornó los ojos y liberó un ruidoso suspiro—. Las lechuzas han estado muy raras, ¿no creen? La carta de Dean Thomas a Ginny llegó retrasada y la lechuza estaba muy extraña…
—Hedwigestaba muy ansiosa también… —coincidió Harry.
—La parvada de aves que sobrevolaron el valle… —les recordó Hermione. —Algo me dice que esto tiene relación con todo lo que está pasando con los dragones…
Hubo un largo silencio en el que únicamente miraron a*Hedwig,*como si de pronto ella fuera a revelarles una pista.
—Iré por un té —dijo finalmente Hermione caminando hacia la puerta y mirando a Ron de forma compasiva. El pelirrojo le asintió forzando una sonrisa—. Quizá después dé un paseo con Ginny por el Callejón Diagon… para despejarnos un rato.
—Iré con ustedes —se unió Harry—. Necesito comida y una nueva jaula paraHedwig… —dijo acariciando a su lechuza que acababa de posar en su hombro.
Hermione abandonó la estancia. Se escucharon sus pasos alejándose por el pasillo de madera vieja. Entonces, Ron, sin esperar un segundo más, se acercó a Harry. Hubo un movimiento, un breve suspiro, un pequeño ulular exaltado… Harry se sorprendió un segundo más tarde cuando sintió que los labios de Ron estaban encima de los suyos. Lo estaba tomando firmemente de las mejillas y le estaba articulando un profundo beso.
Sus labios calientes, el aroma de su cabello tan de él… Harry sintió como Ron se lo comía y lo saboreaba con delicadeza. Con exquisitez, con premura, como si sus labios se trataran de un fino dulce inacabable.
Al igual que las lágrimas que se arrullaron en sus pestañas carmesíes, el pelirrojo parecía haber estado conteniendo su gesto hasta que hubieran quedado a solas. Ron se apartó un centímetro de Harry contemplándolo con las cejas caídas.
—Si te hubiera pasado algo a ti… —dijo con voz ahogada— no sé que hubiera hecho...
Harry sintió media docena depixiesrevoloteando en su estómago. Y entonces, sonriendo, le tomó fuertemente del cuello para adosarlo y continuar aquel beso que le reconfortó por al menos el resto de la fría mañana.Lo único que se escuchaba en la habitación 11 en ese momento, era el crepitar del fuego en la chimenea, el sonido de sus labios acariciándose y el débil ulular deHedwigtodavía sobre su regazo. No les importó en lo más mínimo que al menos alguien hubiera descubierto su pequeño secreto.