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Historia 151791 — capítulo 7

Capítulo 3

Las Esferas de

Admonerstense

Aquella tarde cuando Harry bajó al bar después de darse una revitalizante ducha, se encontró a Ron, Fred y George inmersos en una ávida conversación. Los gemelos habían ido a atender unos pendientes en su tienda, pero apenas hace un rato habían vuelto para acompañarlos a comer. Poco después, Hermione se les unió negando con su cabellera castaña.

—No está muy bien todavía. Ginny dice que se quedará con ella. Así que… —suspiró mientras tomaba un banco— comamos algo.

Todos se sentaron frente a la barra. Tom les sirvió un humeante consomé de carne con hogazas de pan de centeno en rebanadas para acompañar.

La muchacha estaba callada al principio, y no tardó en exteriorizar la razón; estaba muy encolerizada desde medio día cuando presenció como un cliente del bar trató peor que a una rata a su elfina doméstica que lo acompañaba. Les relató la larga y nada fructífera discusión que entabló con el hombre que al final terminó siendo echado por el propio tabernero ya que estaba ahuyentando su clientela.

—¡Es muy indignante! Sería heróico que alguien se atreviera a establecer una ley de protección a los elfos domésticos de una vez por todas.

Pero nadie se atrevió a discutir el tema, ya que Hermione mordía su pan con arrebato. Ron cambió de dirección la plática. Les preguntó a sus hermanos si no se habían enterado en el Callejón Diagon de algo más sobre los dragones migrantes; estos simplemente negaron con la cabeza. Opinaron que estaban casi seguros que el ministerio querría mantener en secreto aquel accidente. Hermione creyó muy factible aquella teoría, porque así, no se expondrían a los reclamos de la comunidad mágica, que además de acarrearles quejas, podría desatar un ataque de pánico en cadena.

—La cuestión es… ¿abrán podido controlarlo? —se planteó Fred con aire pensativo.

—Tal parece que están tan ocupados que ni nuestro propio padre se ha asomado por la chimenea —observó George a la vez que se vertía el cuenco de su estofado directo a la boca.

Cuando todos terminaron de comer, Fred dejó caer una alforja de galeones sobre la barra y se la ofreció a Harry para que se las pudiera apañar mientras recuperaba sus cosas de La Madriguera. Harry lo rechazó. Les dijo que mejor lo guardaran para pagar el hospedaje del Caldero Chorreante de los primeros días con el motivo de apoyar a sus padres. Ron les preguntó a sus hermanos con mucho asombro cómo es que les iba tan bien como para que no echaran en falta una bolsa llena de galeones de oro. George dio un prolongado sorbo a su ron de grosella y lo miró con una mezcla de distinción y gozo.

—Sacamos una buena cantidad por un enorme pedido de Sombreros acéfalos —Fred apoyó a su hermano dándole una célebre palmada en la espalda—. Se han vuelto cada vez más demandados desde aquella repartición a la beneficencia de la navidad pasada.

Hermione les terminaba de felicitar el gran gesto de humanidad, cuando Harry se levantó para recoger las sobras de carne de los platos. Ron y sus hermanos continuaron charlando un rato más sobre sus negocios, antes de que fuera hora de volver a ocuparse en su atareado trabajo.

Después de despedir a los gemelos en el patio trasero del bar, los chicos subieron al piso de las estancias. Caminaban tranquilamente frente a la número 16,  cuando escucharon por casualidad como la señora Weasley continuaba llorando. En ese momento, Ginny los sorprendió por la espalda adhiriendo una oreja a la puerta. Llevaba las manos ocupadas por una charola de té y empanadas de calabaza.

—Lleva así más de dos horas… —les dijo acongojada—. Habló con Charlie por los polvos fluhace un rato, pero al parecer eso la sensibilizó todavía más…

 —¿Han llegado noticias de papá? —se apresuró Ron hurtando dos empanadas.

Ginny le hizo un gesto con las cejas, y abrió la puerta haciendo por un momento más sonoro el llanto de la señora Weasley.

—No. Si llega algo y se enteran antes, decírmelo —y desapareció junto con el chasquido de la puerta.

—¡Deja de comer así, Ronald! —le reprochó Hermione mientras volvía hacia la escalinata con decisión.

—¿Qué dices? Necesito tener más energías. Este cuerpo que ves no es sencillo de mantener —presumió Ron con aires de suficiencia.

Hermione simplemente hizo una mueca y ladeó la mano con menosprecio. Desde el barandal les dijo que volvía en un rato y se marchó sin voltear atrás. Harry y Ron se encaminaron a su habitación para verificar la evolución de Hedwig.

—¿A dónde crees que irá con tanta prisa a estas horas? —examinó Ron con curiosidad—. Es capaz de transportar medio Flourish y Blotts hasta el bar con tal de distraerse con lectura ligera.

Harry reía por lo bajo mientras abrían la puerta. La lechuza estaba durmiendo encima del dosel de la cama, embutiendo su pequeña cabeza bajo un ala. Así que, mientras Harry sacaba de su bolsillo el puñado de trocitos de carne en una servilleta para dejarle alimento, Ron fue a buscar su varita al cajón. Hedwig parecía tranquila, ni siquiera se movió un poco. Harry le dio una breve caricia y volvieron a salir con calma.

Cuando cruzaron frente a la puerta de la señora Weasley, se dieron cuenta que su gimoteo no había cesado.

—Pobre de Ginny. Cuando mamá empieza, no hay quién la detenga.

Un piso más abajo, los chicos se escabulleron rápidamente del bar que acababa de ser abarrotado por un generoso grupo de magos extranjeros y afortunadamente Harry no fue detectado. Caminaron directo al pequeño patio trasero mientras Ron preparaba la varita para abrir la pared de ladrillos que conecta con el Callejón Diagon. Una vez allí, se sorprendieron al dar cuenta que la pared estaba abierta en pleno. Delante suyo contemplaban un pasaje abovedado que llevaba directo a la famosa calle con adoquines, serpenteando hasta quedar fuera de la vista. Magos y brujas abarrotaban sus tiendas y establecimientos de todo tipo de artículos mágicos.

Ron miraba al callejón con ojos entusiastas a la vez que Harry chasqueaba la boca tras de sí.

—Hermione dijo esta mañana que iríamos con ella... no nos avisó que vendría…

—Mejor para nosotros —apuró Ron con una sonrisita mientras se adentraba por el pasaje y se perdía entre la gente de picudos sombreros y túnicas—. ¡Vamos por un helado! ¡Yo invito! —propuso el pelirrojo, y Harry fue sonriendo tras él.

Pero Ron se desapareció entre el mar de gente, y mientras Harry movía los ojos de un lado al otro, se dio cuenta que el Callejón Diagon había vuelto a ser el de antes. Las tiendas habían vuelto a abrir; los cristales de los escaparates brillaban otra vez con el alegre reflejo de la gente mirando a través de ellos. Escobas voladoras de última generación expuestas en las lunas, entre ellas la nueva «Relámpago Fulminante» con limitadas existencias. Un suave ulular procedía del sombrío emporio de lechuzas; Harry vio como unos niños salían de allí cargando jaulas nuevas con un par de lechuzas pardas de ojos alertas. Tiendas de ropa; otras de uniformes, sombreros, artículos encantados y de animales mágicos. Había una nueva florería que exponía en un curioso carrito de madera sus nuevos rododendros cantarines para toda ocasión. Se juntaba un alegre calor entre las apretujadas calles, mientras que encima de las tejas y los constreñidos edificios de los negocios, se difuminaba una débil luz pálida proveniente del cielo encapotado. A pesar de ello, la gente parecía despreocupada haciendo sus compras con normalidad. Harry pensó que quizá lo sucedido con los dragones no había pasado a mayores y esperaba que pronto confirmaran aquella noticia por el propio señor Weasley.

Abriéndose paso entre unas brujas regordetas que regateaban el precio de la jardinera de rododendros para ocasión de boda, vio que desde la próxima tienda, justo en frente de la tienda de túnicas, donde antiguamente estaba la heladería de Florean Fortescue, Ron lo esperaba con los brazos atrás. Se mostró muy sonriente apenas verlo aparecer…

—¡Sorpresa! —Ron le extendía lo que tenía en la mano entrecubierta por un pañuelo de terciopelo. Era una esfera de cristal transparente del tamaño de una pelota de golf. Ron tuvo cuidado de no tocarla hasta que el propio Harry lo hubiera hecho.

—Gracias… pero… es… ¿una recordadora? —preguntó Harry irresoluto, sosteniéndola ante sus gafas. Era más pequeña que aquel artefacto que Neville llevó a Hogwarts en una ocasión, pues la apariencia era muy similar; la diferencia era que ésta era rodeada por una delgada línea plateada y otra dorada, entrecruzadas en algún punto.

—Son esferas de Admonerstense —le respondió éste con una mueca de retozo— Mira… ¡piensa en algo, en lo que sea!

Harry se quedó quieto sin poder aguantar una pequeña sonrisa de emoción. No tenía la más mínima idea de lo que pasaría, ni para qué servía. Lo primero que se le vino a la mente, fue el banco de Gringotts que estaba justo a las espaldas de Ron; luego vio una serie de feas caras con narices largas y dientes afilados pertenecientes a los duendes que ahí trabajan. Parpadeó dos veces frente a la esfera, pero seguía completamente transparente y sin hacer nada. Harry elevó los hombros mirando al pelirrojo, quién cada vez estaba más emocionado.

—Bien… ahora… —dio un paso adelante y se le acercó al oído con disimulo— Piensa… piensa en mí. Imagina que… que me extrañas. Tienes que sentirlo.

Harry se sonrojó súbitamente, y tras una breve vacilada le hizo caso: se concentró cerrando los ojos. Casi medio minuto más tarde, la esfera de cristal se inundó de un humo verde esmeralda intenso que se arremolinó con furia en su interior. Harry se asombró y Ron sonrió con satisfacción ante el efecto logrado.

—Eso es lo que hace. Pero… esa no es la tuya. Es ésta —le mostró la otra mano, donde tenía una esfera de cristal idéntica que le intercambió. La diferencia era que aquella desde un principio, ya se henchía en un vapor azul acero. Harry supo lo que significaba y eso no promovió en nada que sus mejillas recobraran su tono natural.

—¿Dónde…? ¿Cómo las has conseguido?

Ron se enderezó y enarcó las cejas.

—Fred y George me debían un pago por una pequeña comisión. Los contacté con un buen cliente hace un mes. Hace un rato que me las mostraron no me interesaban, pero una vez me explicaron lo que hacían… Simpáticas, ¿verdad?

—¡Mucho! —dijo Harry echándole un nuevo vistazo antes de envolverla en el pañuelo de seda.

—Son objetos muy raros y nuevos… Verás, un cliente les pagó con ellas a cambio de un pedido de Surtidos Saltaclase —explicó Ron. —…He de confesar que estaba nervioso en activarlas.

—¿Cómo es que funcionan? —le preguntó Harry cascado todavía por su encanto.

—Es sencillo… Nadie toca las esferas hasta que las ponen en venta; ni siquiera el fabricante, que utiliza guantes. Estas esferas llevan un incorporado un sortilegio mediante el cual identifican al primer ser humano que las coge. Consiste en un proceso similar al de la creación de las Snitches—especificó Ron —así que, la primera persona que toque el cristal, registrará su pensamiento en su gemela y viceversa, manifestándolo con humo…

Harry pudo ver su rostro gracioso y tierno al contraste de la gente que discurría distraída a su alrededor. Sintió un extremo cariño por Ron en ese momento, y quiso… pero, realmente no se atrevía con tanto espectador. Se conformó en contemplar sus pequeños pero carnosos labios explicándole aquel mecanismo con tanto entusiasmo.

—…Ahora podrás saber cada que… bueno, ya sabes. Cada que veas que el humo se vuelve azul es que… alguien está extrañándote —esquivó la mirada de Harry haciendo una voz suave—. Si se vuelve gris, es que….

—¿Qué? —preguntó Harry con tono significativo.

—Que está muy bien sin tu compañía —completó fijando los ojos en los adoquines, luego prosiguió modificando su modulación de voz—. Cada esfera de Admonerstensemanifiesta el humo del color de los ojos de quién la toca por primera vez. Fred y George me dijeron que si te fijas muy bien de cerca, se llega a apreciar el brillo de la pupila, pero yo no veo nada —resopló sosteniéndola frente su nariz.

Los chicos se pararon justo frente a la nueva heladería, donde vieron que la dueña (morena, delgaducha y de ojos hundidos) con apariencia de pitonisa, miraba desde los escalones de la puerta en ambas direcciones de la calle, como esperanzada a que alguien por fin la viera.

—¡Buenas tardes! —alzó la voz cuando vio que Harry y Ron se acercaban dos pasos más que el resto de la gente— ¡Pasen, pasen!. ¡Tenemos helados del sabor que quieras! —les invitó.

Ron alzó una ceja, guardó su esfera y se acercó a la mujer sin dar crédito.

—De cualquiera… ¿que queramos?

La mujer abrió sus grandes ojos de largas pestañas negras como de camello y asintió excitada haciendo cascabelear sus diversos colguijes de cuentas. A Harry le pareció trastornada.

—¡Cualquiera! Tabaco dulce, Whisky de fuego, Cerveza de mantequilla, Licor de cereza… hasta Trébol con caramelo,  Pescado enchilado, Emparedado de frambuesa… ayer se llevaron un par de Guardirraiz.

Harry y Ron se miraron sintiendo ñañaras al recordar aquella horrorosa bebida que tanto amaban los Lovegood. Ron entrecerró los ojos y permaneció en silencio como si formulara el más difícil de los retos.

—Y si le pido uno de…  ¿Pastel de riñones con caramelo?

La mujer se quedó quieta. Mantuvo la mirada fija  entre los hombros de los chicos, como si una araña muy fea hubiera aparecido trepando entre ellos. Ron movió la mano ante los grandes ojos de la extraña mujer.

—Claro, si… con el cono del sabor que elijas… —titubeó la mujer.

Un minutos más tarde, Harry y Ron se alejaban de la heladería con un enorme cucurucho bamboleante de cuatro bolas cada uno. Ron se decidió en probar el de Whisky de Fuego, que le hizo crispar los ojos; Harry se deleitaba con uno extrañamente delicioso. Era de sabor Azul. Que, según dijo la extravagante mujer, era el sabor original del color. La temperatura era más fría y aguda que cualquier helado: tenía un sabor sagaz y extrañamente dulce que parecía chispear en su lengua. Era lo más divertido que Harry había probado nunca.

Locales más adelante, pasaron frente al establecimiento de Fred y George. Desde cinco tiendas atrás, ya se venían escuchando las risas, burbujeos, explosiones leves y destellaban luces vibrantes con centelleos de colores que escapaban por los vidrios. No les extrañó nada que estuviera a reventar de gente. Desde afuera, niños y adultos se formaban con esperanza de tener el turno de entrar. Ambos decidieron tristemente encaminarse de vuelta a la tienda de escobas. Ya tendrían oportunidad de entrar algún otro día.

Cuando llegaron ante los aparadores de la tienda de Artículos de calidad para Quidditch, el par casi se va de espaldas al ver que Hermione estaba nada más y nada menos que dentro de la tienda. «¿Ella en la tienda de quidditch?» prorrumpió Ron dándole el último mordisco a su cucurucho.

Apenas cruzaron la puerta, escucharon la melodiosa risa de Hermione celebrando el comentario de un muchacho que estaba con ella. Al ver el reflejo de de Ron en la vitrina, la castaña dejó un par de guantes de cuero, y se dio media vuelta.

—Ah, hola chicos —cabeceó ruborizada.

Durante un pequeño lapso nadie dijo nada. Ron miraba a Hermione, luego de nuevo al desconocido. Hermione interpretó su gesto.

—Esto… Les presento a Scorpius Gorgovitch.

Ron contempló al chico de cabello rubio muy corto y cuidado. Sobrepasaba fácilmente su estatura, y debía tener su edad. Era sumamente atractivo; de ojos grises como el reinante cielo y de unas facciones masculinas muy remarcadas pero perfectas. Llevaba puesta una cazadora negra de piel de dragón y metía próvidamente una mano en el bolsillo del pantalón. Sus despampanantes ojos se arrastraron de él a su amigo con un aire decente pero también presuntuoso.

Harry le extendió la mano a Scorpius, mientras que Ron los examinaba con ceño.

—Harry Potter… ¡claro! —lo reconoció el muchacho.

—¡Qué tal! —saludó él.

Luego de Harry, Ron extendió su mano al nuevo amigo de Hermione, quién lo miró con un especial brillo en los ojos. Ron, sosteniendo su pesada mano, titubeó un momento y luego caminó delante de Harry sin hacer algún comentario.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Ron una vez se hubieron alejado dos mostradores. Fingía contemplar la nueva escoba de carreras que tenía a un lado.

—Ni idea, parece que lo acaba de conocer —aventuró Harry.

Ron no pareció escucharlo, porque miraba a través de la vitrina central como Hermione volvía a reír con exageración.

—Lo digo en serio, me gustaría verte otra vez —escucharon decir a Scorpius, a la vez que Hermione agachaba la mirada con halago.

—¿Celoso…? —soltó Harry a su espalda con tono de jugueteo.

—¿Qué? No, no… bien sabes cómo se ha deteriorado nuestra relación. Es sólo que…

—¿Qué? —lo retó Harry.

—Nada. Vámonos de aquí —y el pelirrojo fue hasta la puerta que hizo sonar la campanilla al salir. Harry se despidió de los chicos ladeando una mano, y salió también.

Harry vio como Ron parecía ir de vuelta al Caldero Chorreante a grandes sancadas, así que se movió a toda velocidad para alcanzarlo. Durante el trayecto ninguno dijo nada. Harry no sabía que pensar. Si Ron no estaba ardiendo de celos en ese mismo momento, entonces ¿qué había significado su reacción? ¿Qué estaba pasando? ¿Y si Ron realmente…? Apenas pudo imaginarlo, sintió como si le hubieran derramado cubo de agua helada por la espalda.