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Tras esos ojos de hielo — capítulo 17

Se sentó el la mesa de Gryffindor, donde estaba sentada una de sus hermanas.Eva no estaba allí y cuando preguntó por ella ninguno de sus compañeros de casa  supo responder. La chica de los fríos ojos azules y Elaia se habían hecho grandes amigas y el echo de que Eva no hubiese aparecido el primer día del curso la tenía preocupada.Eva se quedó oficialmente huérfana las navidades de su primer curso en Hogwarts. Ver el nombre de su padre entre los otros desaparecidos en el profeta fue un duro golpe para la chica.Se sintió muy sola y completamente perdida en un mundo que avanzaba un ritmo frenético a su alrededor, un ritmo que ella era incapaz de seguir.Su padre, la única persona que había estado ahí para apoyarla, para darle su amor incondicional había desaparecido y todo su mundo se había derrumbado.Al principio, cuando aún albergaba alguna esperanza de que lo encontrasen, su tristeza no se notaba tanto, conseguía ocultarla con su habitual rostro inexpresivo. Pero, cuando el nombre de Jack Redfield se plasmó con tinta negra en la páginas del periódico la falta de viveza en sus ojos no pudo seguir siendo disimulada.Una noche, cuando la luna creciente ya estaba alta en el oscuro cielo estrellado Eva subió a la torre de astronomía.Elaia había sentido la necesidad de escribirle una carta a su madre, por miedo a que le sucediese lo mismo que lentamente dejaba de ser extraño en el mundo mágico.Cuando se disponía a volver a su cuarto vio una sombra que corría hacia la torre de Astronomía y por casualidad decidió seguirla.Era Eva. Se sentó en el alfeizar de la ventana y por un instante Elaia pensó que la joven saltaría, pero no lo hizo.La presencia de la muchacha morena no le pasó inadvertida a la otra, aunque no pareció molestarla en absoluto, es más, Elaia juraría haber visto un destello de alivio en sus tristes ojos.Eva se desahogó con ella aquella noche, le describió a Jack, lo que hacían cuando estaban juntos, cómo había perdido a su madre... a Elaia le rompió el corazón la añoranza que brillaba en sus ojos al hablar de su ausente padre.Finalmente, ella decidió contarle también el oscuro secreto que rodeaba a su familia: Cuando tenían unos ocho años, su padre fue acusado de pertenecer a una secta de magos oscuros. En España, las cosas en el mundo mágico eran muy distintas y por lo tanto también las leyes. Los magos oscuros estuvieron una vez a punto de destruir a toda la raza muggle del país, aprovechando la guerra civil por lo que ser uno de ellos era uno de los delitos más graves.Había una secta de magos negros, adoradores de un Señor Oscuro muy poderoso (los más paranoicos decían que ni siquiera era humano). El padre de las trillizas si que era un defensor de la pureza de la sangre que no simpatizaba mucho con los muggles, pero no un mago oscuro.Aún así le acusaron de traición al gobierno y le impusieron el castigo de los traidores: el beso de un dementor.La madre de las niñas estaba también acusada de cómplice, pero a ella no consiguieron atraparla, pues huyó des país antes de que la encarcelasen.Buscó refugio en Gran Bretaña, donde huían todos los inocentes que sufrían las injusticias que el gobierno cometía.Los británicos no desafiaban abiertamente a los españoles, pero a diferencia de otros países, allí el control de inmigrantes no era tan severo por lo que pudieron entrar perfectamente con nuevas identidades.Su madre les dio un nuevo pasado, el que tendrían que mostrar ante los demás y Elaia desobedeció las órdenes de no decir ni una palabra sobre el asunto aquella noche cuando se lo confesó todo a Eva.Fue un trauma para las más pequeñas de la casa, pero cada una lo asumió como pudo: Elioe parloteaba siempre contando las historias del pasado que su madre había inventado para ellas; Enara siempre estaba malhumorada, poco dispuesta a aceptar la ayuda de nadie, porque se la habían denegado cuando más la necesitaba; Elaia, en cambio, se había encerrado en si misma, aterrado por lo que podría pasar en el caso de que la historia se repitiese.Pero aquella noche decidió dejar entrar a Eva, porque ambas necesitaban una amiga que comprendiese lo duro que era sentirse sola y desamparada en un mundo cruel e injusto.Pero el día uno de septiembre del último curso para ambas, Eva no sé encontraba en el Gran Comedor y nadie la había visto aún.


Despertó aturdida el un lugar duro y frío. Intentó distinguir algo en la oscuridad, pero apenas veía un metro más allá de ella. Posó una mano en lo que debía de ser el suelo, pero al hacer fuerza para incorporarse el dolor la atravesó como si le hubiesen clavado cien puñales. Comenzó en el pecho, pero acabó extendiéndose por todo el cuerpo, dejándola inmóvil.Jadeó levemente, aunque también pudo sonar como un gemido de dolor.La única fuente de luz era una pequeña rendija en lo que parecía una puerta de madera, aunque estaba cerrada con barrotes de hierro, ¡como si alguien cupiese por ese hueco diminuto!¡¿A caso quieren evitar que se escapen las ratas?!Oía murmullos apagados en el exterior, pero no comprendía lo que decían, pues hablaban en una lengua extraña.Los recuerdos de lo que había sucedido en el parque regresaron a su memoria y Eva se sintió aún más débil de lo que estaba.Se sentía horriblemente sola y asustada, como una niña pequeña e indefensa. Una lágrima indiscreta rodó por su mejilla sin su permiso, aunque no tenía ánimos ni para enjuagarla.Estaba enjaulada como un perro. Habían herido su orgullo y eso era lo poco que quedaba de su temple helado y de infranqueable la muralla de hielo que la protegía, la cual ahora ya se había resquebrajado hasta el punto de desmoronarse y dejarla completamente expuesta vulnerable.-Papá...- sollozó. Aunque sabía que era absurdo, su corazón aún esperaba que él apareciese para sacarla de allí, que la cogiese en brazos y le acariciase el pelo para tranquilizarla. Quería escuchar su cálida voz susurrándole cosas para que dejase de llorar.Evocó los recuerdos de las tormentosas noches de invierno, cuando se acostaba y su padre la arropaba pese a sus protestas y le contaba un cuento, donde todo lo imaginario se hacía realidad y sus cálidos labios posando un dulce beso de buenas noches sobre su fría mejilla.Se maldijo por no haber apreciado nunca aquellos momentos, que ahora parecían tan lejanos e imposibles de alcanzar y el pozo de tristeza en por el que se precipitaba se hizo aún más profundo.


Ya sé que he tardado un poco más de lo normal en subir un capi nuevo y que este no es ni muy largo ni muy brillante. Intentaré que el siguiente esté más trabajado, pero es que no estoy en casa y tengo que conformarme con ordenadores públicos así que...¡Bueno! Ahora que empiezan las vacaciones de semana blanca y vuelvo a casa, así que tendrá tiempo para escribir.Me gustaría mucho que comentaseis, hace mucho que no me comentáis vuestra opinión.Gracias por leer este fic :)Besos