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Tras esos ojos de hielo — capítulo 27
Eva Redfield era una mujer un tanto extraña. Vivía en una bonita calle residencial de Madrid, en la antigua mansión D'Ascolli. Desde su llegada a la gran casa, su presencia había dado lugar a cotilleos entre los vecinos de la zona, sobretodo porque una anciana que vivía en frente había comentado una vez que aquella mujer le recordaba muchísimo a una niña que solía pasar allí los veranos con su padre. La casa había estado abandonada unos veinte años, aunque antes de su cierre definitivo solo la visitaban un hombre y su hija. Pese a todo, el jardín trasero y el pinar siempre habían estado bien cuidados. El jardinero de la mansión había trabajado mucho para mantenerlo en perfecto estrado, incluso cuando la familia propietaria de la casa desapareció (tanto la primera como la segunda vez), él siempre presentía que volverían, unos u otros. Cuando Allegra D'Ascolli se marchó, le suplicó que no abandonase su preciado pinar y le aseguró que nunca le faltaría el dinero. El jardinero sabía que Allegra era una mujer de fiar y por eso no se preocupó porque años pasaran y el dinero que había dejado se agotara, él siguió trabajando, fiel a su promesa; hasta que, un buen día, Victoria D'Ascolli volvió para agradecerle su duro trabajo y le pagó hasta el último céntimo que debía. La mujer a la que el jardinero había visto crecer no se quedo a vivir en casa de su abuela, sin embargo, se había casado con un hombre danés y vivían en Londres, cerca de la familia de él, con un niño encantador y una preciosa niña. La alegría no les duró mucho, pocos meses más tarde al laborioso hombre le dieron la trágica noticia de que la joven Victoria había muerto en un incendio, el mismo que le había costado la vida a su hijo mayor también. No pudo más que sentirse muy apenado, siempre había sido una muchacha amable y jovial, no merecía morir a tan temprana edad. El marido de Victoria, Jack Redfield, se presentó una mañana de invierno en la mansión, acompañado de la pequeña Eva, que contaba ya dos añitos de edad. No se quedaron mucho, sólo lo suficiente para poner los papeles en orden. El jardinero recordaba perfectamente la primera vez que la había visto, en el pinar. No supo si la niña era consciente de la importancia sentimental que tenía aquel lugar para su difunta madre. Tal vez era aún demasiado joven para darse cuenta, o a lo mejor precisamente porque era muy pequeña podía sentir aquella esencia tan especial que emanaba de aquellos árboles. Cuando se marcharon, la casa volvió a quedar abandonada, el servicio de limpieza solo la adecentaba cuando la pequeña familia estaba a punto de volver para pasar allí las vacaciones, pero el jardinero recibía mensualmente su sueldo para que no descuidase el jardín. Unos diez u once años después volvió a faltar el dinero, de un día para otro las transferencias que el señor Redfield solía hacer desde Londres no llegaron. Tardó en descubrir que el viudo de Victoria había desaparecido, dejando huérfana a la última heredera de la mansión. Sabía que Eva Redfield era aún demasiado joven como para poder echarle mano a la herencia que había recibido, al igual que sabía que en cuanto alcanzase la mayoría de edad pagaría los atrasos y seguiría haciendo transferencias para que él siguiese cuidando del pinar, al que tenía muchísimo cariño desde siempre.No se había equivocado, años después Eva había vuelto con su propia familia. La hija pequeña de Victoria se había casado con un hombre inglés, James Potter, todo un personaje. Eva había cambiado mucho desde la última vez que la había visto, cuando tenía unos diez años y visitó la casa en verano junto a su padre. Siempre había sido una chica seria y altiva, inalcanzable para los demás. Se había cortado el pelo, había crecido y se había convertido en una hermosa mujer, pero no fue eso lo que le pareció diferente al jardinero. Una tarde soleada Eva le pidió que se sentase con ella en una de las mesas de piedra del jardín, para hacer números y renovar el contrato que había caducado. -¿Sabe, señorita Redfield?- dijo el jardinero.-Señora Potter- corrigió ella, concentrada en los papeles que tenía delante. El hombre no supo si lahabía molestado o no que la llamase así, no cambió para nada la expresión de su rostro.-Señora Potter- repitió con tono de disculpa-, me recuerda usted mucho a su madre.Eva levantó la cabeza lentamente y clavó sus heladores ojos azules en él. El hombre temió haberla ofendido, o haberla herido, a lo mejor aún no estaba preparada para hablar de sus difuntos padres.-¿Y eso por qué?- preguntó ella. Su tono había sido cortante pero una amable sonrisa se deslizó por sus labios.-Brilla usted con luz propia, señora Potter- respondió. Eva sonrió un poco más y negó con la cabeza antes de volver a concentrarse en los papeles.La familia Potter se trasladó definitivamente a la mansión D'Ascolli un año después de su regreso, y de nuevo empezaron los rumores sobre el nuevo matrimonio del vecindario.Se comentaba que la señora Potter tenía un amante, un apuesto joven rubio que iba de visita muy a menudo, pero pronto las malas lenguas tuvieron que callarse porque un buen día el supuesto amante de Eva Potter hizo una visita a la casa con su mujer y su hijo recién nacido. Las señoras del barrio solían intercambiar dimes y diretes en sus reuniones para jugar al póker de los martes, donde la anfitriona a parte de cafés servía cotilleos, y aquella tarde (como muchas otras veces) Eva fue el principal tema de conversación.-Al parecer es el hermano de Eva, el que desapareció en el incendio. Al final resulta que estaba vivo, ya ves.-¿Sabéis lo que he oído yo? Que él no era hijo de Jack Redfield y que cuando la nieta de Allegra D'Ascolli murió, su marido no quiso hacerse cargo y se lo encasquetó a su padre biológico.-¿Victoria D'Ascolli tuvo un amante? Nunca lo habría dicho.-Síi, ¿recordáis a aquél cantante tan famoso, Chris Tara? Victoria tuvo un lío con él.-¿De verdad? Vaya con la mosquita muerta.-¿Pero eso fue antes o después de casarse con Jack?-Antes, digo yo.-Noo, con Jack estaba desde los catorce.Todas las señoras de la reunión miraron atentamente a la que acababa de hablar, sorprendidas.-Iba al colegio con ella, Jack vino a buscarla un día a la salida de las clases- explicó.-No puede ser, ¿cómo te acuerdas de eso?-Bueno, era muy guapo...-A lo mejor no era el mismo- aventuró una mujer que había permanecido en silencio toda la velada.-Ya me dirás, un danés guaperas de ojos verdes interesado en Victoria. No puede haber tantos por la zona.Siguieron hablando e intercambiando chismes que habían llegado a sus oídos, pero nunca serían capaces de adivinar la verdad.Algunas habían conocido ya al señor Potter, un hombre divertido y apuesto al que nunca le faltaba una sonrisa y seguía sin desenvolverse bien con el español, por lo que resultaba gracioso hasta oírle hablar. Otras habían entablado conversación con la señora Tara, una amable mujer inglesa de hermosa cabellera rojiza e increíble inteligencia, la mujer del supuesto amante de Eva, con el fin de conseguir más información al respecto. Para decepción de las señoras solo habían descubierto que James Potter y Rose Tara eran primos.Otro gran misterio eran las fuentes de ingreso de la familia que habitaba la mansión. Sabían que Eva se había convertido en una escritora de gran prestigio gracias a sus libros, Memorias de Idhún, una saga sobre un mundo fantástico que su padre había empezado y ella había terminado. Lo que no sabían era que aquél mismo libro se había publicado como novela histórica en el mundo mágico, y que la mayoría de las escuelas de magia habían añadido a sus programas la asignatura de 'conocer otros mundos', una variante de Astrología e Historia de la Magia que se ofrecía como optativa en tercero y donde los principales protagonistas eran el planeta Idhún y su historia. El marido de Eva, James, era auror, lo que prácticamente se había convertido en una tradición entre los Potter. Se había esforzado mucho para que las leyes mágicas de España fuesen modificadas y se eliminase la pena de muerte para los mortífagos y sus respectivas familias. Pese a todo, las hermanas Etxeberri no habían vuelto nunca a España y habían preferido permanecer en Londres, donde su madre permanecía ingresada en San Mungo desde que se enteró de la muerte de su pequeña Elaia. Eva recordaba a su mejor amiga a menudo, y vivía con el corazón constantemente dolorido. Había perdido a mucha gente en la guerra: a su padre, a su madre, a Elaia... también había dejado en Idhún parte de sí misma. A veces se preguntaba cómo habría sido su vida si Rawel no la hubiese rescatado y el fuego la hubiese matado, cuántas muertes habría evitado con la suya propia. Había sido muy egoísta con Rawel, se había marchado sin despedirse, sin darle las gracias después de todo lo que había hecho por ella. Le habría gustado poder volver atrás y comportarse de otra forma, darle el pésame porque él también había perdido a su madre, y Eva sabía lo duro que era. Jack no era su padre y, pese a que él ya no estaba, tenía a Kirtash. Pero no era lo mismo. Eva echaba mucho de menos a Jack, quería volver a verle una vez más, abrazarle y disculparse por las veces que no había sido lo suficientemente cariñosa con él. Quería a Kirtash. Al fin y al cabo, era su padre y la quería, pero él no era Jack. Él no había estado a su lado cuando se ponía enferma, no le preparaba tarta de chocolate blanco por su cumpleaños, ni se la llevaba a pintar al monte. Kirtash no la acosaba con preguntas sobre cómo había sido su día ni requería cariño constante, no la asfixiaba entre sus brazos ni le guiñaba el ojo por cualquier cosa, buscando complicidad. No le culpaba, Kirtash no era como Jack y Eva no pretendía que lo fuese, él no la había visto crecer ni la conocía tan bien como le gustaría. Para Eva sólo había un padre y pese a que quería mucho a Kirtash, ese padre era Jack.Eva Potter tenía muchas razones para sentirse alicaída, pero eso, obviamente, las señoras del barrio no lo sabían. Pensaban que, simplemente, no era feliz en su matrimonio, que se pasaba con los antidepresivos y que esa era la razón de que siempre pareciese tan distante.Contrariamente a lo que cuchicheaban sus vecinas, la persona que más feliz hacía a Eva era su marido, que siempre la animaba. Él había sido el único capaz de sacarla de sus casillas en un pasado, y no había perdido esa cualidad. La mujer, siempre tan altiva e inalcanzable, tenía las broncas más absurdas en infantiles con James Potter, que solían ser sobre qué equipo de quidditch era el mejor, si había hecho trampas o no a las cartas, cuántas escaleras había en total en la mansión... hasta que, un día, una de esas discusiones trajo consigo la mejor noticia del mundo.Era una lluviosa madrugada de enero. La pareja dormía tranquilamente cuando, sobre las tres, Eva se levanto corriendo de la cama para ir al baño. El sobresalto de su mujer despertó a James, que la siguió para comprobar que estaba bien. Había cerrado la puerta del baño, pero aún podía oír las arcadas de Eva.-Hey- dijo llamando a la puerta- ¿estás bien?-Sí, vuelve a la cama- respondió ella desde dentro, justo antes de sufrir otra arcada.-Cogeré tu ropa, te llevo al médico.-No estoy mala, nunca me pongo mala- contestó, pero una nueva arcada le quitó fuerza a su argumento. -Ya, bueno, nos vamos al médico.-¡James! Que no voy a ir al médico- replicó.-Alohomora- susurró James, el hechizo para abrir la puerta.-Expulso- contraatacó su mujer, haciendo que el hombre saliese disparado y se estrellase contra la pared- que no uses magia contra mí, Potter.-Sólo he abierto una puerta, señora Potter- refunfuñó desde el suelo.-Para secuestrarme. Es un espectáculo asqueroso, cierra- ordenó.-¿Temes que deje de pensar que eres una princesa que caga algodón de azúcar? Tarde. Voy a entrar a sujetarte el pelo y no me lo vas a impedir.-Mi héroe- respondió, sarcástica.De todas formas, dejó que se acercase y que le apartase el pelo de la cara. Por fin pararon las arcadas y Eva pudo lavarse los dientes.-A lo mejor es algo que has comido.-Cenamos ensalada, James.-Pues entonces, igual sí que te has puesto mala- repitió.-Yo no enfermo.-No eres inmortal, puedes haber cogido frío.-James, no es ni frío, ni un virus, ni algo que he comido.-Entonces qué...- de mientras formulaba la pregunta comprendió lo que la mirada de Eva quería decir- no puede ser.Eva se rió y volvió a concentrarse en sus dientes. Notó las manos de James alrededor de su vientre, acariciándolo con cariño y sus labios posándose en su hombro, haciendo un recorrido por el cuello, desde la clavícula hasta la oreja.-Más razones aún para ir al médico- susurró, haciendo que Eva se estremeciese.La mujer le dio un codazo para apartarlo, pero James estaba tan contento que ni se acordó de protestar.Pasaron un par de meses hasta que decidieron dar la noticia. James estuvo seguro de que la misma tarde del día en el que le hablaron del embarazo de Eva a Kirtash sería la última de su vida, la mirada que le lanzó el hombre no dejaba lugar a dudas. Por suerte, salió vivo, pero aquella noche tuvo pesadillas.Todos sus amigos le advertían de que tuviese cuidado, porque las mujeres embarazadas eran peligrosas. Erik les habló de cómo había sido lidiar con los cambios de humor de Rose y Scorpius contó los problemas que había tenido con Eloie, sobre todo las noches del último mes, que al no poder dormir se las había pasado hablando. Todos coincidían en que era agotador, pero James no pudo comprobarlo, Eva seguía igual que siempre. No tenía cambios de humor, ni antojos ni nada por el estilo. Salía a dar paseos y pasaba más tiempo del habitual en el pinar, de vez en cuando parecía que la barriga la incordiaba y estaba cansada, pero por lo demás todo seguía como de costumbre.Ocho meses después Eva despertó a James de madrugada para pedirle que la llevase a urgencias. El hombre estaba histérico, tanto que se cayó por las escaleras de la entrada del hospital y fue él el que entró en silla de ruedas en vez de su mujer, que caminaba tranquilamente a su lado. Resultó ser una pequeña niña prematura, que tuvo que pasar un largo mes en la incubadora. Eva se recuperó rápidamente, pero no quiso volver a casa hasta que pudiese llevarse a su hija, Victoria. James no puso objeciones, dejó que su mujer eligiese el nombre siempre y cuando, si tenían un niño, pudiese llamarlo Galvin, como el buscador más famoso de los Chudley Cannons. Por suerte para Eva, no tuvieron niños. Por desgracia, su hija pequeña terminó llamándose Leia (a James acabó gustándole la guerra de las galaxias y nada pudo evitar la catástrofe). Así que terminaron teniendo una Victoria, una Jacqueline y una Penny Leia. James descubrió los vinilos que su abuelo guardaba de los Beatles y aprovechó que había estado guardando dos comodines para que el nombre de su tercera y última hija fuese una combinación de sus dos aficiones muggles. Por suerte para la pequeña de los Potter, en el mundo mágico muy poca gente conocía el nombre de Leia y los que provenían de una familia muggle sólo le tomaban el pelo respecto al peinado de vez en cuando. Pese a que la familia vivía en España, James y Eva decidieron mandar a sus hijas a Hogwarts, en el que tenían una plaza asegurada desde el día en el que nacieron. Las vecinas comentaban que el matrimonio mandaba a sus hijas fuera para quitárselas de encima porque no eran capaces de cuidarlas.-Eso es lo que pasa por tener hijos tan joven, no maduras lo suficiente como para criarlos- decían unas.-Las depresiones de la madre deben de afectar mucho a las niñas, mejor que las manden bien lejos- aseguraban otras.Siempre había habido muchos cotilleos sobre los habitantes de la mansión, desde que Allegra D'Ascolli la había comprado muchos años atrás, pero a ellos nunca les había importado. Esa casa había dado cobijo a hadas, dragones, unicornios, sheks y magos, y puede que parte de la energía de aquellos magníficos seres se hubiese quedado flotando en el ambiente. El anciano jardinero no sabía esto, no podía ni imaginar qué tipo de criaturas había tenido por jefes, pero sabía que había algo maravilloso en aquel jardín y por esa misma razón iba a cuidarlo día tras día, fuera cual fuese la situación. Y es que los humanos siempre han sentido fascinación por la magia, e incluso de forma inconsciente se sienten atraídos hacia ella. En el caso del jardinero, se acercaba a un mundo fantástico cuidando del bosque que un hada había plantado.
Bueno, pues aquí termina este fic. Espero que os haya gustado el último capi, he tardado mucho en subirlo porque no me gustaba nada de lo que escribía para terminar la historia. No sé si he dejado algún cabo suelto, si es así comentad (¡comentad aunque no lo haya, me gustaría recibir vuestros comentarios!) Gracias a todos los que habéis seguido el fic, los que habéis comentado, los que lo tenéis en favoritos etc. y recordad que aunque se haya acabado me gustaría seguir leyendo vuestras opiniones. Besos a todos!