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El Giramundos: Mochileras de las Dimensiones (HP, Juegos del Hambre, Saga Crepúsculo, Idhun, Divergente, Percy Jackson) — capítulo 8

  • Me acuerdo de esto.

Jolinne seguía mirando el horizonte, contemplando el barco pirata que estaba a lo lejos. Un torrente de recuerdos vino a su mente sin avisar, y fue tal la emoción que la invadió, que le saltaron las lágrimas sin poder evitarlo.

A su alrededor, las chicas se habían puesto en marcha, con sus armas en mano y registrando la zona. Pero la castaña no podía moverse. Poco a poco, se obligó a volver a respirar con normalidad y se secó las lágrimas que se asomaban.

  • Jolinne, ¿estás bien?

Se giró, tratando de parecer serena. Sylvie la miraba con mirada cautelosa, con su espada en la mano.

  • Sí, todo bien.

Se unió a las chicas en su reconocimiento del nuevo lugar. Con cada paso que daba, se recomponía y recobraba su serenidad: debían buscar un sitio donde hospedarse unos días, y ella sabía muy bien dónde ir.

  • Vamos a buscar cobijo, chicas…

  • ¿Os acordáis del refugio que nos hicimos? -preguntó Katherine- Vamos a ver si podemos usarlo.

Caminaron un rato hacia un lugar en la montaña, pero fue en vano. Cuando llegaron, vieron que su antiguo refugio estaba cubierto de rocas y piedras.

  • Eso nos indica que estamos en un tiempo posterior a nuestra anterior llegada -concluyó Sylvie.

Todas recordaron cómo tuvieron que salir corriendo de su pequeña cabaña cuando hubo un desprendimiento de la montaña. Desoladas, se giraron entre ellas.

  • ¿Y ahora qué hacemos? -preguntó Katherine.

  • Yo recuerdo un lugar al que podemos ir -contestó Jolinne, tratando de aparentar normalidad- de unas personas que conocí aquí.

  • ¿Está muy lejos?

  • Queda a una media hora andando.

  • Pues en marcha -Katherine oteaba el cielo- No tardará en ponerse oscuro, y no nos conviene estar en los bosques a esas horas.

Se pusieron a andar a buen ritmo, con las armas aún en mano. Habían aprendido muchos trucos acerca del bosque y ahora sabían cómo moverse en él y qué peligros presentaba, pero hacía un par de años no contaban con esos recursos.

Llegaron a un pequeño pueblo; aunque más que pueblo se tendría que hablar de un agregado de casas, pensó Katherine. Había mucha distancia entre una vivienda y otra, respetando la intimidad de cada familia. Jolinne les condujo a una de esas casitas en concreto. Llamó a la puerta de madera y esperaron respuesta.

Apareció un hombre rubio y joven que llevaba barba rala de dos días. Katherine apretó con fuerza su cuchillo, pero no hizo falta usarlo. En cuanto el hombre reconoció a Jolinne,  se lanzó a abrazarla.


2 años antes ***************

  • ¿Dónde dejo estas piedras, Katherine?

Katherine se giró, viendo cómo una Mayleen de catorce años llevaba a rastras un par de piedras del tamaño de balones de futbol.

  • Aquí mismo. Ahora ayúdame, he visto unas que nos servirán en la parte de allí atrás, pero no puedo sola…

Construían su pequeña cabaña. El lugar que habían elegido era uno bonito, aislado y cerca de un pequeño río. Llevaban dos días trabajando y su casita empezaba a parecer habitable. Jolinne seguía cortando madera para colocarla, mientras Katherine y Mayleen se iban a buscar más material. Sylvie llegó con una carretilla llena de tierra y flores que conservaban sus raíces.

  • He pensado que podrían alegrar un poco la vista -dijo, como en tono algo culpable.

  • Vale, pero date prisa -Jolinne se mordió el labio- Como Katherine te vea haciendo algo que ella llama "poco productivo", te reñirá.

Sylvie se apresuró a plantar las flores blancas, rojas y violetas alrededor de su cabaña.

  • Recuérdame por qué no podemos volver a usar el Giramundos ahora mismo.

Jolinne lo sacó de su bolsillo, suspirando.

  • Esta marca de aquí, la ves? -Señaló dos minúsculas bolitas de color blanco que estaban en el centro del Giramundos, y que formaban la unión de las dos partes- Ahora están en blanco, y significa que, aunque lo giremos, no funcionará. Cuando estén de color azul, podremos usarlo otra vez.

  • ¿No debería estar siempre disponible para usar? -preguntó Sylvie.

  • No lo sé. La última vez nos llevó diez días hasta que se puso azul… fue entonces cuando os dije de volver.

  • Qué observadora -sonrió Sylvie.

  • Espero que la próxima vez ya nos lleve a nuestra casa.

Siguieron trabajando un buen rato en silencio. Katherine y Mayleen llegaron con cargamento, y luego se fueron a por más. Al cabo de un rato, Jolinne decidió descansar.

  • Tengo las manos agarrotadas -suspiró, sentándose en el suelo. Sylvie se sentó con ella, ofreciéndole un sándwich de su mochila.

Gracias.  ¿Cómo se llaman estas flores?

  • Éstas son claveles, éstas se llaman petunias, y estas blancas son lirios.

  • Son bonitas. ¿Cómo que sabes tanto de flores?

  • A mi madre le encantan -sonrió Sylvie, mientras comía su bocadillo- Desde pequeña me ha llevado a sitios bonitos y me ha enseñado cada tipo de flor. Son las típicas cosas de una madre, ¿no? Las flores, el color rojo, los vestidos, la música, la pintura… Katherine lo llamará a todo esto "poco productivo", pero yo no sabría vivir sin estas cosas. Me encantaban las salidas con mi madre.

Jolinne no dijo nada. Ella no se maquillaba. No usaba vestidos. No cantaba, ni pintaba, ni usaba el color rojo. No sabía nada de flores.

  • Voy a tomarme un descanso con un paseo, ¿vale? Quédate aquí por si vuelven las otras.

Sylvie asintió. Jolinne se puso a andar, tratando de no correr. Ella tenía claro por qué era tan diferente de Sylvie: su amiga había crecido con una madre, y ella no. Recordaba vagamente imágenes suyas, pero no le servían de nada las pobres memorias de una niña de cinco años.

Acabó corriendo, intentando de escapar del dolor de no tener a su madre consigo, pero no lo consiguió. Llegó a un acantilado y no pudo correr más, así que se rindió y se sentó en el suelo con lágrimas en los ojos, con el mar enfrente suyo. Pasaron unos minutos hasta que una voz la sobresaltó.

  • ¿Te encuentras bien?

Era un chico rubio, de rostro amable y mirada preocupada. Jolinne asintió con la cabeza, girándose otra vez hacia el mar. Le daba vergüenza que alguien la viera llorar. Pero el muchacho se sentó junto a ella.

  • Vete. Quiero estar sola -sabía que estaba siendo grosera, pero ese chico la turbaba.

  • Si veo a una chica llorando no puedo pasar de largo. Y menos si enfrente suyo tiene un gran acantilado por el que tirarse.

Jolinne se giró hacia él, que le miraba con sus ojos oscuros. Era bastante atractivo.

  • No pensaba tirarme.

  • Por si acaso.

Se quedaron un rato en silencio, los dos mirando el inmenso océano que se extendía ante ellos. El sol empezaba a caer y a cambiar los tonos anaranjados del cielo.

  • Si quieres, puedes contármelo. Siempre es mejor hablarlo, ¿sabes?

Jolinne se agarró con los brazos las piernas flexionadas.

  • No se lo he contado ni a mis amigas.

  • A veces cuesta menos hablar con un desconocido.

Y ella lo pensó. No siempre era cierto, pero se sentía cómoda con este chico amable que se sentaba junto a ella, mirándola.

  • Mi madre murió cuando yo era muy pequeña -musitó- y tengo miedo de haberme perdido cosas que sólo te enseña una madre, como apreciar la belleza en las cosas pequeñas.

Por toda respuesta, el chico le pasó un brazo por encima del hombro. Jolinne se dejó llevar y apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos. Estuvieron unos minutos así, hasta que el chico susurró:

  • A tu padre sí que lo tienes, ¿no?

  • Sí. Y es muy bueno conmigo.

  • Pues agradece eso -hizo una pausa- Yo sólo he visto a mi padre una vez en mi vida.

  • ¿De verdad?

  • Sí. A los diez años.

Jolinne lo miró, y vio también tristeza en sus ojos. Se sintió culpable por acaparar toda la atención.

  • ¿Está…?

  • No está muerto, no. Pero sólo le veré contadas veces en mi vida.

El sol casi tocaba el horizonte. Jolinne tenía que irse con las chicas, y al parecer el muchacho también debía regresar.

  • ¿Volveré a verte? -le preguntó, mirándola de cerca. Ella descubrió que podía ruborizarse.

  • Eso espero. Aunque sólo me quedaré aquí cerca unos días…

  • Entonces queda conmigo aquí mañana, en el mismo lugar a la misma hora. ¿Podrás?

Ella sonrió.

  • Vale.

Se levantaron, y antes de despedirse, él se acercó a ella.

  • Dime tu nombre.

  • Jolinne -respondió quedamente- ¿Y tú?

  • Will -contestó él- Will Turner. Te veré mañana, Jolinne.


Dos años más tarde, Jolinne se separaba del abrazo de Will, que parecía contento de verla. Pero ella detectó una nota de angustia en sus ojos.