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El árbol del ahorcado. — capítulo 170

170Totalmente agotados, nos dejamos caer sobre la alfombra del salón, llenos de polvo y sudor.

  • Os prepararé un chocolate caliente, debéis de estar agotados. - se ofrece mi madre, que regresó de la Veta con los muebles encargados y la sorpresa de encontrarse el salón totalmente limpio y pintado, así como la cocina. - Muchas gracias. - le agradece Peeta.- Menudo equipo formamos. - me choca los cinco, dolorido.- Mañana voy a tener agujetas.- me río.- Demasiada actividad hoy. - bromea con rintintín. Le golpeo el hombro entre risas cuando capto el doble sentido de su frase. - Soy un esclavo del bricolaje.- Somos unos esclavos.- puntualizo.- ¿A quién le gusta recibir latigazos?  Me incorporo con brusquedad cuando distingo la voz de Haymitch. Como salido de la nada, aparece en el marco de la puerta del comedor, sujetando a Dandelion entre sus brazos. Su habitual sonrisa socarrona me encanta y me saca de quicio a partes iguales. 
  • ¡Haymitch! - se sorprende Peeta. - No te habíamos oído entrar... Voy a renegar cuando la voz de Effie, que aparece tras él, me interrumpe. Me sorprende ver que no lleva pañuelo y una tímida cabellera rubia oscura se asoma. Sigue sin tener cejas, pero el color de sus mejillas ya luce saludable. Me alegra ver que lleva un vestido de tono burdeos y se ha deshecho de esos harapos grisáceos. Poco a poco, parece estar retomando la alegría.
  • ¡Estáis llenos de pintura! - exclama.- Hemos estado pintando la casa de enfrente, la madre de Katniss va a mudarse allí. Mirando a Haymitch de reojo, aunque estoy aguantándome la risa, corro hacia Dandelion y la estrecho entre mis brazos. No la he visto en todo el día y me faltan manos y labios para besarla y abrazarla. Ella me recibe sin rencor, sonriendo con esos pequeños dientecitos que cada vez se parecen más a los de su padre.
  • ¿El tío Haymitch te ha dado mucho chocolate? Como si supiera que es culpable, Dandelion se ríe de buena gana y se esconde entre mi cabello. 
  • ¿Queréis quedaros a comer algo? - les invita Peeta, dejándose abrazar por Effie.- No te preocupes, cariño, solo veníamos a traeros a la pequeñaja y a veros. Mañana tenemos que madrugar, nos marchamos de visita al distrito 3.- De visita.- puntualiza Haymitch cuando se encuentra con mi mirada paranoica.- ¿Al distrito 3? - pregunta Peeta.- Sí, tenemos que ocuparnos de unos asuntos allí, nada importante. Sé que nos echaréis de menos, pero os daremos un teléfono de contacto.- No dramatices, Haymitch. - le corto. - ¿Le has dado mucho chocolate a la niña? - le regaño, mostrándole cariño a nuestra manera.- ¿La regaliz y el algodón de azúcar cuentan? - ironiza. Entre risas, nos despedimos y les deseamos un buen viaje. Siento a Dandelion sobre mis piernas mientras nos tomamos un chocolate caliente junto a mi madre y recordamos viejos tiempos. Descubro a la pequeñaja deshojando una de las hojas medicinales que mi madre suele dejar sobre la mesa de la cocina para ahuyentar los malos olores. Cada día está más grande y traviesa. Sé que cuando se haga mayor sentirá vergüenza de mí y mis abrazos, así que aprovecho el tiempo que me queda y la apretujo hasta que intenta apartarme. 
  • Voy a darme un baño con Dandelion, estoy molida.- ¿Y mi beso? Finjo que sus carantoñas me resultan cansinas y me acerco a Peeta de fingida mala gana.- A ti no, era a Dandelion. - se ríe.Con cara de boba, recibo la estocada gratuita al son de las risas de Peeta y mi madre. - No te pongas celosa. - se burla tras dárselo.- ¿Yo? ¿Celosa? ¿De ti? Provoco más risas, así que me voy antes de que adviertan el tono rosado de mis mejillas. Mientras subo las escaleras, enmudo en una risita leve: maldito panadero. ¿Celosa de qué? Ya le daré lo que se merece cuando menos se lo espere. Hasta incluso le clavo una flecha como pretendí en el bosque. Katniss, mejor no pienses en el bosque.
  • ¿Quién se va a bañar? - le hablo a Dandelion después de dejarla sobre la taza del váter. Nada más me dirijo a ella, no puede evitar reírse. Cada vez que la miro, como cada vez que beso a su padre, siento que el mundo es un lugar mejor. Ella es como un rincón blanco y puro que conquista toda la oscuridad que intenta tragárselo entre sus fauces. Ningún niño puede nacer huraño y cruel, ¿verdad? Es imposible. Es la infelicidad en la infancia la que predispone lo que ocurrirá después..., o quizá sean muchas cosas, quizá esté escrito que deben existir ciertas personas que, en el momento en que deban decidir entre el bien o el mal, entre empujar a un compañero porque es débil o tenderle una mano, deciden lo primero. Yo fui una niña feliz hasta la adolescencia, pero jamás intenté acercarme a nadie. En cambio, Prim tenía sonrisas para todos, como Peeta, y recibió las malas noticias siendo muy joven. ¿Qué hay de esos niños del los distritos 1 o 2, entrenados desde pequeños para matar?, ¿serían realmente crueles cuando nacieron? Yo no quiero que Dandelion se convierta en una de esas personas que elija hacer daño. Puede que, a la hora de la verdad, no esté en mi mano, pero quiero que se sienta querida y enseñarle que, como hizo su padre un día, bajo la lluvia, sea humilde y generosa.
  • Cada día te pareces más a tu padre.- murmuro en voz alta mientras dejo que el agua caliente llene la bañera. Me mira con esos ojitos curiosos y rebeldes, pero cándidos, como los de Peeta. A pesar de que existían unos juegos que ponían a niños en la encrucijada de matar o salvarse, convirtiéndolos en marionetas a punto de desvanecerse en el vacío entre la fina línea entre el bien y el mal, su padre hubiera preferido morir antes de matar a un inocente, antes de convertirse en algo que no fuera lo que él creyera como justo. Me es difícil pensar que Dandelion algún día podrá corromperse si se parece a su padre. No habrá tortura en el mundo capaz de conseguirlo. Se ríe cuando tiene de frente mi cuerpo y el suyo desnudos. Ambas nos metemos en la bañera y su cara impresionada me hace sonreír. En pocos minutos, la bañera está llena de burbujas y las dos chapoteamos. Contenta, hace el ademán de decir algo, pero solo es capaz de balbucear y dar adorables grititos de alegría. 
  • ¿Jugamos con el patito?Esa frase me transporta unos diez años atrás. Es Prim la que chapotea frente a mí, con cinco años de edad, y le tiendo un patito amarillo de plástico que mi madre le había regalado días antes. Con una sonrisa, lo toma entre sus manitas sonrosadas, y juega con él como si fuera un barco a punto de hundirse. Me invita a unirme a ella y, aunque ya soy algo mayor para entretenerme con patitos, cedo. De pronto somos piratas y viajamos sobre nuestro navío de plástico a países lejanos que no conocemos. Veo sus pupilas soñadoras, esas que no saben que el baño no puede durar mucho porque no podemos malgastar agua caliente tontamente. Pero nadie de la casa quiere que lo sepa y arrebatarle ese inocente momento.  De vez en cuando mira las casi inexistentes protuberancias de mis senos, con curiosidad, y las compara con las suyas, totalmente planas. Nuestras manos se rozan bajo el agua y el tacto de su piel es tan real como el de Peeta bajo las sábanas. De mala gana, recibe las yemas de mis dedos frotándole el cabello dorado con rapidez. Prim comienza oler a Prim, no a un recuerdo plagado de cenizas. Tengo que doblar las piernas para que ambas quepamos en la vieja bañera, pero agradezco que ella no se queje y se pregunte por qué es tan pequeña y fría. Quiere seguir jugando, pero nos queda poco tiempo y la ayudo a echar la cabeza hacia atrás para aclararle el jabón. "Katniss, ¡quiero seguir jugando!", me pide. Sé que me lo está pidiendo, aunque no pueda escucharla hablar, solo mover los labios, porque es un fantasma del pasado y soy incapaz de acordarme de cómo era su voz. Ya no me acuerdo de cómo era su voz. No me acuerdo. Estrecho a Prim entre mis brazos cuando comienza a tiritar. Entreabro los ojos con lentitud y es el cuerpo de Dandelion el que me da la bienvenida. He vuelto a la realidad en la que Prim ya no está y soy incapaz de acordarme de cómo era su voz.
  • ¿Tienes frío? - fuerzo una sonrisa y le beso la frente a Dandelion. La forma en la que me mira desde abajo, con profundidad, me estremece. Es como si supiera que su madre está triste. Busca mi abrazo bajo el agua y, orgullosa, me enseña sus manitas arrugadas.
  • Ma...ma...mamá. Ahora soy yo la que tirita cuando escucho las primeras palabras de Dandelion y su voz retumba entre ataúdes y lágrimas.