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El árbol del ahorcado. — capítulo 35

35

Tanto Peeta como yo nos quedamos estáticos, todavía intentando entender qué acaba de ocurrir, pero en lo único en lo que puedo pensar, casi obsesivamente, es que estoy encima de él. Nuestros cuerpos están tan pegados que puedo sentir la tela de su camiseta fusionándose con la mía; nuestras piernas se han entrelazado accidentalmente y mi cadera y la parte baja de su vientre parecen encajar a la perfección en esa posición tan embarazosa. Estoy tan, tan (no hay suficientes "tan") sonrojada, que creo que mis mejillas brillan en la oscuridad. Intento encontrar los ojos de Peeta para saber exactamente dónde está pero, en cuanto hago un movimiento, mi labio inferior se roza con su barbilla sin quererlo. Me aparto rápidamente como puedo (levantando un poco el rostro para no rozarlo), pero noto su cuerpo tan tenso que es como si estuviera durmiendo en el suelo.

-Peeta…- susurro. El corazón me late tan rápido que temo que pueda escucharlo.- ¿Estás bien?- el golpe ha sido monumental.

-Sí…- oigo cómo traga saliva. No sé cuán cerca se encuentran nuestros labios, pero me parece que lo suficiente para ser considerado peligroso.- Menudo golpe…- aún tiene vergüenza para bromear.

-Creo que deberíamos movernos.- me siento tan incómoda…, nunca había estado tan cerca de él, de nadie para ser sinceros, y menos en un espacio tan estrecho.

-Vale, pero…, una cosa…

-¿Qué?- me alerto.

-¿Podrías moverte un poco hacia arriba? Me estás clavando la cadera…- ubico donde está mi cadera y deseo que la tierra me trague. Entiendo que quiera que me mueva, estoy aplastando la zona más baja de su vientre. Pienso cortar a Haymitch en trocitos.- Sí, justo ahí.- susurra cuando me muevo un poco. Su voz suena tan tímida que me pone más nerviosa aún.

-No te muevas.- le ordeno.

¿Por qué no tengo una pala con la que echarme tierra por encima y desaparecer? Muevo mi cuerpo hacia arriba, solo unos centímetros, y nuestros labios vuelven a rozarse. Esta vez están perfectamente posicionados, mi boca encima de la suya, y siento cómo sus labios tocan los míos sin llegar a besarnos, solo chocan inocentemente.

-No te muevas.- repito, fingiendo que no ha ocurrido nada.- Voy a intentar incorporarme, aunque no sé cuánto espacio habrá.- él responde con un sonido que supongo que debo interpretar como un asentimiento. Noto que las manos empiezan a sudarme cuando interpreto su silencio: no quiere que me aparte.

Reúno toda la concentración (nula) que poseo en estos momentos y apoyo las manos en el pastoso suelo (no quiero descubrir qué estamos pisando, no huele muy bien) para darme impulso y levantarme. Consigo levantar el tronco unos cuantos centímetros pero, al no tener demasiado hueco para maniobrar, las muñecas me fallan por tanto peso y caigo de forma seca sobre el cuerpo de Peeta otra vez. Él ahoga un jadeo molesto a causa del golpe, pero esa no es la peor parte…, ¿por qué siento que nuestros cuerpos podrían ser uno solo si quisiéramos?

-Perdona, fallo mío.- me río de forma nerviosa.- Es que no hay mucho espacio.

Él no responde, está demasiado ocupado contando ovejitas para no pensar en la posición en la que estamos. Siempre he sido inocente, pero puedo ver sus dilatadas pupilas sin dificultad, es evidente que nuestra cercanía no le resulta repulsiva en absoluto.

-Voy a volver a intentarlo.- le aviso.

Vuelvo a tomar impulso y, sorprendentemente, logro levantarme al fin. Doblo las rodillas e intento palpar un hueco en el que sentarme. Mientras lo hago, Peeta se incorpora con rapidez para dejarme espacio y no siento tanta claustrofobia. Sin embargo, aunque hemos solucionado el primer bache, ambos nos damos cuenta que no hay espacio suficiente y que tenemos que sentarnos uno al lado del otro, con nuestros hombros golpeándose, y estirarnos cuán largos somos.

La mezcla de sentimientos que estoy experimentando no ayuda mucho a mantener la calma, es como si me hubieran arrancado un trozo de piel de cuajo. Me asusta darme cuenta de lo mucho que necesito su cuerpo, sus abrazos…, ya no soy la niña que era antes. Dos años no han servido para enfriar algo que, conforme pasan las semanas, es más y más intenso.

-¿Estás cómoda?- es una pregunta un tanto estúpida, pero agradezco que haya hablado por fin.

-Tengo que encontrar la posición…- me muevo un poco y, sin querer, apoyo la palma de mi mano sobre su pecho para encogerme sobre mí misma y ocupar menos espacio. Cuando lo hago, siento a través de las yemas de mis dedos los rápidos latidos, casi desorbitados, de Peeta.- Perdona.- me disculpo por tocarlo, sintiéndome algo estúpida tras hacerlo.

-Tranquila, no me molesta.- su voz suena tan anhelante que un escalofrío me recorre la espina dorsal.- Me recuerda a cuando dormíamos juntos.- la situación es tan embarazosa que ambos nos sonrojamos al perdernos en la connotación de la frase.- Es decir, - carraspea.- cuando…

-Sí, cuando tenía tantas pesadillas.- quiero aclararlo antes de que sea aún más vergonzoso.

-Exacto.- vuelve a carraspear.- Eso quería decir.

Intento estar lo más alejada posible de él, pero es imposible. El cuello comienza a molestarme y termino acurrucada sobre su pecho sin quererlo, pero lo toco lo menos posible, ya que no quiero que piense que estoy haciéndolo adrede.

-¿En serio va a dejarnos encerrados toda la noche?- me pregunta.

-Es Haymitch, nos dejaría un mes.- suspiro. Noto que quiere estrecharme entre sus brazos, pero se contiene.- Supongo que es su manera de decir que tenemos que firmar una tregua entre nosotros.

-¿Y tenía que encerrarnos en su despensa para eso?- se ríe, pero Haymitch está en lo cierto: solo una situación así podría obligarnos a hablar como personas civilizadas.

-Tratado de paz durante una noche.

-¿Amigos entonces? Solo por esta noche.- advierto su mano extendiéndose para estrecharse con la mía.

-Solo por esta noche.- sonrío levemente, estrechándosela.

-Mañana por la mañana maquinamos cómo asesinarlo.- nos reímos.- Es curioso, no ha sido tan mala idea…, - espera antes de continuar.- porque no estamos chillándonos.

-Es la tregua.- le hago reír.

-Desearía que pudiera ser así siempre, pero me conformaré con una noche.- intento permanecer impasible ante la melancolía de su voz.

-Una noche es suficiente.

-¿Sabes? Si el tiempo pudiera detenerse, lo detendría ahora. El olor no es muy bueno y acabaríamos con dolor de cuello, pero lo haría.- sus palabras son tal dulces que seguir impasible es prácticamente imposible.- Ni siquiera pediría volver al pasado, simplemente detendría este instante para siempre.

-No es la primera vez que dices eso.- recuerdo.

-¿Aún te acuerdas?

-Claro.

-Sigo pensándolo.

-Las cosas eran muy diferentes entonces.- estar sobre su pecho me tranquiliza, ya había olvidado la sensación.

-Cierto.- susurra.

Permanecemos en silencio, intentando buscar las palabras adecuadas en la densa oscuridad que nos rodea, pero tener un reencuentro tan intenso después de dos años ha anulado nuestra capacidad conversacional.

-Peeta…-sé que no está durmiendo.

-Dime.

-Haymitch nos ha emborrachado, lo sabes, ¿verdad?

-Ligeramente.- se ríe.- Estaba en la comida.

-Eso significa que todo lo que ocurra en este cubículo estará provocado por el alcohol…

-¿A dónde quieres llegar?

Y lo hago, pero sé que no sucede porque esté borracha. Lo abrazo con fuerza, escondiendo mi rostro en su pecho, y lo aprieto con fuerza contra mí. Lo he echado tanto de menos.

-¿Te quedas conmigo esta noche?- le pregunto como solía hacer en la gira de la victoria.

-Sí…sí…- lo he pillado desprevenido, aunque no tarda mucho en moverse un poco para que yo esté lo más cómoda y me cubre con sus brazos para protegerme del frío y de la oscuridad. Sin previo aviso, me da un pequeño beso en la frente.

-Solo por esta noche…- entrecierro los ojos. Solo quiero entregarme a su tacto sin pensar en nada más.

Solo por esta noche.- repite, abrazándome con tanto candor que creo derretirme allí mismo.