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La Caída de Reichenbach — capítulo 1
No había sido un buen día para Aaron, los demás niños se habían metido con él como de costumbre y le habían dado un par de golpes a los que todavía no estaba acostumbrado a pesar de que llevaba años siendo la víctima de todos sus compañeros. Por eso aquel día se había escapado del orfanato, para poder pensar en paz sin que nadie le molestase. Él sabía que los profesores no tardarían en llamar a la policía para advertir de su desaparición, así que decidió aprovechar el tiempo que tenía para hacer una visita rápida a los alrededores del orfanato, aunque siempre lo suficientemente lejos para que no lo encontraran muy rápido. Era la primera vez que salía solo a las calles de Londres y no podía evitar sentirse algo excitado por estar rodeado de gente nueva, que no sabían nada de él y por lo tanto no tenían razones para odiarlo. Miró a su alrededor, sin saber dónde ir. ¿Qué hacían los niños normales, con familia, cuando salían a dar un paseo? no tardó en encontrar la noria de la ciudad "El Ojo de Londres", una que había visto cuando era muy pequeño, en una excursión con sus tutores del orfanato. -¡Ay!-Aaron sintió que alguien se chocaba contra él, y éste se dió la vuelta para ver quién había gritado. No tardó en encontrarse con una mujer mayor algo delgaducha caída en el suelo junto a unas bolsas de la compra-lo siento jovencito, últimamente estoy muy torpe. -No es nada-contestó él, ayudándola a levantarse-¿se ha hecho daño? -No, no te preocupes-contestó la anciana con amabilidad, pero Aaron pudo notar que apoyaba uno de los pies en el suelo con cuidado, haciendo una mueca de dolor-siento haberte molestado, adiós. -¡Espere!-tuvo que correr un poco para alcanzarla, ya que se había empezado a alejar-¿quiere que le ayude a llevar las bolsas? no es molestia para mí, no tengo nada que hacer. En verdad, por muy egoísta que sonara, Aaron solo quería ver a qué zona de Londres podría llevarla la mujer, y así ver sitios nuevos. Desde pequeño le había gustado mucho leer historias policíacas, y muchas de ellas sucedían en las calles de esa misma ciudad. No perdería la oportunidad de visitarlas.La anciana pareció pensárselo dos veces, pero al final accedió. -Está bien, pero siempre y cuando sea con el consentimiento de tus padres-dijo la mujer adquiriendo un tono serio en la voz-ya sabes, últimamente se oyen unas cosas... -No creo que mis padres pongan objeciones en que la acompañe-le contestó Aaron tratando de sonreír de forma amable. Él no había llegado a conocer a sus padres, no tenía ningún recuerdo de ellos porque lo habían abandonado en el orfanato de la ciudad cuando apenas acababa de nacer. Era por eso que no necesitaba a unos padres para saber lo que estaba bien o no, era lo suficientemente inteligente como para saber lo que le convenía. Y sin embargo ese era su problema, el hecho de que fuera demasiado inteligente para su edad lo convertía en el centro de las burlas de sus compañeros. -¡Bien!, en ese caso creo que ya va siendo hora de que me presente-la mujer le tendió una de las bolsas-soy la señora Hudson. -Yo me llamo Aaron-cogió la bolsa que le tendía-un placer conocerla, señora. -Bueno, bien, la casa está un poco lejos de aquí, aunque no me quejo porque podría estarlo mas y entonces sí que sería un fastidio para mi rodilla-Hudson se rió durante unos segundos, pero Aaron se quedó confuso, ya que realmente no sabía donde estaba la gracia en lo que había dicho-dime, ¿cuántos años tienes? -Trece-contestó simplemente-los cumplí la semana pasada. -¡Oh! en ese caso te deseo un muy feliz cumpleaños, aunque te lo diga algo tarde-le sonrió ella de oreja a oreja. Siguieron caminando en silencio durante un par de minutos, hasta que la señora Hudson decidió romper el silencio. -Ya nos queda poco camino, no te preocupes-comentó tratando de sacar conversación, aunque en seguida vio que no había funcionado-No pareces un chico de muchas palabras, ¿sabes? eso me recuerda... Hudson empezó a hablar sobre su marido, que había muerto un par de años antes. Aaron dejó de prestarle mayor atención al ver que la mujer ni siquiera se detenía para ver si le hacía caso, y aprovechó para memorizarse el camino para después poder volver a su punto de partida sin problemas, dejando parlotear a la anciana.Un rato después ambos se detuvieron frente a una de las casas, las cuales estaban apiñadas a ambos lados de la calle una junto a otra, mientras que la señora Hudson sacaba las llaves. -Hemos llegado, te agradecería mucho que me ayudaras también a meter las bolsas en la casa, y es que yo sola no puedo con todas, pesan mucho... Además no creo que ellos dos me ayuden-eso último lo dijo con un tono algo asqueado, y como si se lo dijera más bien a ella misma que al chico. Abrió la puerta para que pudieran entrar-adelante, joven. Aaron se detuvo unos momentos frente a la puerta abierta para leer la placa de la entrada en la que había escrita una dirección: "Baker Street, 221B".