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La Caída de Reichenbach — capítulo 2

La casa estaba sumida en un completo silencio, no parecía que hubiera nadie en casa, cosa que extrañó a Aaron ya que la señora Hudson había hecho anteriormente un comentario refiriéndose a los dos inquilinos que habitaban en el edificio. La mujer cerró la puerta tras de sí y le indicó al chico que subiera al primer piso, y que dejara las bolsas en algún lugar donde después ella no tuviera dificultades de encontrarlas. Así lo hizo, comenzó a subir mientras la anciana ojeaba el correo del día, sobre todo la revista de cotilleos semanal. Sin más rodeos entró a un pequeño cuarto de estar, con un sofá y el resto de los muebles correspondientes. Todo estaba muy desordenado, así que decidió buscar otro sitio mejor donde poder dejar las compras. Se dio la vuelta y en seguida visualizó la cocina, donde se dirigió inmediatamente. Según había visto en las bolsas habían algunos alimentos que debían meterse lo antes posible en el frigorífico, y para que no se estropeara la comida decidió meterla él mismo, ya avisaría más tarde a la señora Hudson de que había sido él quien las había guardado. Lo primero que vio al abrir la puerta del frigorífico fue una bolsa con trozos de carne, similares a los dedos, empapados de sangre. Instintivamente dio un paso hacia atrás, aunque unos segundos más tarde se acercó un poco para asegurarse de que no se había equivocado, y que en efecto, había visto lo que le había parecido la primera vez. -Valla, veo que has ido a hacer la compra, creo que es la primera vez que vas, Sher...-Aaron se dio la vuelta alarmado al escuchar la voz de un hombre, que leía el periódico con aire distraído. Éste alzó la vista de las noticias y al ver al niño hizo una mueca de sorpresa-pe-pero... ¿quién eres tú? no, espera, no me respondas. ¿Eres uno de esos niños que trabajan para él verdad? oh, por dios, esto ya ha ido demasiado lejos. Vio desaparecer al desconocido de mediana edad por la puerta, Aaron supuso que era uno de los dos inquilinos. No había entendido gran cosa de lo que le había dicho el hombre, pero lo hubiera hecho si supiera que no era la primera vez que aquel hombre se encontraba a un niño merodeando por la casa. Y también si estuviera al corriente de que el otro inquilino, el que todavía no había conocido, tenía una red de información creada por niños de la calle. No tardó en subir la señora Hudson, que según parecía le estaba explicando al hombre que Aaron solo le estaba ayudando con las compras y que no era un ladrón. El niño cerró la puerta de la nevera. -John, déjame que te explique-Hudson se gachó un poco para tocarse la rodilla-mientras volvía de la compra me tropecé, y éste niño me ayudó con las bolsas, nada más. No tienes que preocuparte querido, más me gustaría a mi que hubieran más jóvenes él, hoy en día no te ayudan con las bolsas muy a menudo. -Ya veo... pero aún así sigue sin gustarme la idea de que hayan niños revolviendo entre mis cosas, hay que decirle a Sherlock que tiene que terminar con el tema de la red de vagabundos-miró a Aaron sin gran atención, para después volver a mirar a la mujer-en cuanto vuelva voy a tener una charla con él. -Tú siempre tienes charlas, pero otra cosa es que te haga caso-Hudson soltó un risilla, y al fin se dirigió al niño con una sonrisa que trataba de ser tranquilizadora-no te preocupes por lo que ha dicho, no se estaba refiriendo a ti. ¡Ah! casi se me olvidaba, este es el señor Watson. Aaron hizo un ademán con la cabeza en modo de saludo, mirándolo de reojo. No quiso presentarse, ya que lo más probable era que no volvieran a verse, y no le gustaba ir diciendo su nombre a los cuatro vientos. Una puerta situada cerca de la de la cocina se abrió, y de ella salió un hombre alto y delgado, vestido para salir con una gabardina negra. Su pelo era oscuro y rizado, y cuando bajaba la cabeza su flequillo tapaba sus ojos azules, que tenían una mirada fría y calculadora.Apenas reparó en el niño, se dedicó a buscar alguna cosa entre los papeles que habían tirados por el sofá. Aaron supo de inmediato que se trataba del segundo habitante de la casa, y del que Hudson y el hombre, el señor Watson, habían estado hablando. Estos dos ahora permanecían callados, a la espera de que el hombre de ojos azules terminaba lo que estaba haciendo. Éste, al encontrar lo que buscaba, se sentó en el mismo sofá leyendo con atención el trozo recortado de periódico que había cogido. -Señora Hudson, ¿qué tal un poco de té?-dijo sin levantar la vista. -¡Oh!-exclamó ésta, poniendo los brazos en jarra-ya está bien, no soy la criada, si quieres té, Sherlock, hazlo tú mismo. Entonces el que parecía llamarse Sherlock, alzó la mirada frunciendo el ceño, y se levantó. Fue la primera vez que pareció reparar en Aaron, que seguía plantado frente al frigorífico. Sin dirigirle la palabra, se preparó la taza de té y volvió al sofá. -Últimamente no hay casos, estoy sumido en el aburrimiento. ¿Dónde estarán los criminales?-dijo con un tono de desesperación fingido. Se volvió hacia la señora Hudson-¿y quién podría decirme quién es el mocoso que está parado en mitad de nuestra cocina como si fuera un estúpido gnomo de jardín? Siempre que hablaba, lo hacía con energía y cierta ironía o desprecio en sus palabras. Aaron, molesto, salió de la cocina y se situó al lado de la señora Hudson. -Ya he depositado las bolsas donde me ha indicado, ahora, si me disculpa, debo irme-ignoró el comentario del hombre y se dio la vuelta comenzando a andar hacia las escaleras. -¡No te vayas! espera un segundito-la mujer habló mirando al hombre-¿es que no te da vergüenza ir hablando de forma tan grosera a la gente?-miró a Aaron-espérate aquí, quiero darte algo de recompensa por tu ayuda. ¡Chhst! no rechistes, quiero dártelo. La anciana se fue y la sala volvió a sumirse en silencio. El señor Watson se removía inquieto en su sitio echando de vez en cuando una mirada nerviosa al otro hombre. Éste, sin embargo, miraba fijamente a Aaron, con indiferencia, aunque con cierto interés. El niño le devolvió la mirada, y unos segundos después John, que era así como se llamaba el señor Watson, habló. -Entonces has ayudado a la señora Hudson con las compras, me alegro mucho. Eso es algo que alguien tendría que aprender a hacer-al decir la palabra "alguien", lo hizo con más fuerza que el resto de la frase. Era obvio que se refería al hombre sentado en el sofá-Bueno, yo soy John, y el hombre mezquino que está ahí sentado se llama Sherlock Holmes, quizás ya habrás oído hablar de él. -Me temo que no, señor, es la primera vez que sé de él-dudó unos segundos, pero al final decidió presentarse-yo soy Aaron. -¡Ja! fíjate, ahora no puedes decir que eres el centro del mundo, Sherlock, ¿lo ves? si un joven cualquiera no sabe de ti...-a John parecía hacerle gracia. -No es culpa mía que nos haya tocado encontrarnos con un niño ignorante que está más que claro que no sabe nada sobre casos policíacos-hizo una mueca de desprecio-además, no es un joven cualquiera, por lo que veo en sus ropas y sus zapatos desgastados, vive en una familia pobre, ¡oh! no, no. No es eso, si fuera así estaría sucio, y sin embargo no lo está, por lo tanto tiene que vivir en un sitio donde puedan permitirse productos de limpieza, pero no ropa nueva. Y dime, John, ¿qué lugar es ese?-se levantó y dio una vuelta al rededor de Aaron, hablaba de forma muy rápida sin dar tiempo a contestar-Dime, ¿Aaron verdad? sí. Dime Aaron, ¿tus padres te abandonaron por falta de "cariño" o por tu bajo cociente intelectual? El niño pestañeó varias veces, perplejo. Mucha gente creía que no era precisamente listo porque era muy callado e introvertido, pero en seguida se daban cuenta de que se equivocaban en cuando él abría la boca. Sin embargo Holmes lo había exagerado en todas las formas posibles. -Usted no sabe nada sobre mí para decir eso, créame, lo que me lleva a preguntarme porqué dice esas cosas. Oh, no, espere, ya se ¿es por su ego? sí... ya veo, es usted un cretino además de un estirado-Aaron imitó la forma de hablar de Holmes. Decidió no responder a la pregunta sobre sus padres, había pillado al vuelo que era un pregunta retórica. Silencio. Watson parecía incómodo, y miraba constantemente hacia la puerta, como esperando que la señora Hudson interrumpiera aquella escena. Mientras tanto Aaron y Holmes se miraban a los ojos sin pausa, hasta que unos segundos después, Aaron se dio la vuelta para irse. -Una cosa más antes de irme, respecto a lo de los casos policíacos. Se equivoca-dijo imitando todavía su forma de hablar-Un placer haberlo conocido, señor Holmes-salió de la habitación, y no tardaron en escuchar la puerta de la calle abrirse y cerrarse de seguido. Poco después volvió a aparecer la señora Hudson, que traía un poco de dinero en la mano, buscando al chico. Pero él ya se había ido, y con notable disgusto por no haber podido despedirse de él, guardó las libras en su cartera. Homes miró por la ventana mientras tocaba una rápida melodía en su violín, observando fijamente al niño que se fue alejando por la calle, hasta que desapareció de su vista.