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Historia 156560 — capítulo 1
"Se cierne una amenaza sobre nuestro mundo. Cuandornlas sombras de aquellos que cayeron en la nada avancen hacia nosotros, lasrngrandes fuerzas que se hundieron en el momento resurgirán reencarnadas. Sernestablecerá entonces, el último puente entre la tierra y el otro lado y solo élrny quien sea capaz de ver en la lejanía nos podrán guiar en el instante final enrnel que los muertos traten de volver a nosotros para unir realidad y más allá enrnlas mismas tinieblas."
rnrnPresagio anual de Qeela sobre el reinado de la reinarnNawin, en el septuagésimo aniversario de su coronación.
Aquella noche había tormenta. En elrncielo de nubes negras amenazantes brillaba de vez en cuando algún rayo y larnlluvia resbalaba como riachuelos por la ladera pedregosa de la montaña.
rnrnEl extranjero avanzó lo más cercarnposible de ella para evitar acercarse al borde del embarrado camino querndesembocaba en una caída de cientos de metros.
rnrnEl frío arreciaba y la ventisca erarnintensa así que se cubrió aún más con la empapada capa.
rnrnNo era una buena noche para estarrnfuera de casa, por suerte la posada debía de estar cerca, se dijo.
rnrnEn efecto, a la vuelta del camino descubrió una casarnsolitaria casi colgando de la escarpada pared del precipicio. No era un buenrnlugar para establecer una posada teniendo en cuenta que se situaba a variosrnquilómetros del pueblo pese a lo que varias carretas y caballos se encontrabanrnen la entrada.
rnrnEl extranjero sonrió por debajo de larncapucha. Ciertamente la gente que frecuentaba aquel lugar solía tener motivosrnpara no dejarse ver.
rnrnEl individuo avanzó con soltura entre las monturas y se detuvo dudoso ante la puerta perorndecidió mirar por la ventana antes de entrar.
rnrnEn el interior algunos hombres bebíanrncon salvaje alegría y otros discutían o bailaban en medio de la embriaguez.
rnrnAquel no era el caso de Roldar, élrnhabía venido a jugar, sí. Nada mejor que llenar el bolsillo con una buenarnpartida de cartas, pero aquel día no había tenido mucha suerte.
rnrnEntre sus contrincantes había variosrnjugadores habituales cuyas habilidades y argucias conocía bien, pero también sernencontraba entre ellos un joven llamado Harald de quien se decía que habíarnhecho un trato con el diablo.
rnrnNo jugaba muy a menudo, pero nuncarnhabía perdido una partida cuando lo hacía. Ganaba todas las apuestasrnmilagrosamente y conseguía siempre las mejores cartas. No importaba lornarriesgado que fuese, Harald apostaba todo su dinero y siempre acababarnllevándoselo de nuevo junto con el del resto de los jugadores.
rnrnAlgunos aseguraban que jugaba pocornpara que la gente no lo acusase de brujo y las malas lenguas añadían que cubríarnsiempre su mano izquierda con un guante porque temía que viesen en ella larnmarca de su pacto demoníaco.
rnrnRoldar suspiró y se recostó en larnsilla. Acababa de perder la mitad de su jornal en aquella jugada.
rnrn-Creo que debería dejarlo. Mi mujer sernenfadará si os regalo el poco dinero que me queda.
rnrn-Bobadas. -replicó otro. -Todavíarnqueda mucho por jugar. Además, ¿quién sabe? -le guiñó el ojo. -Tal vez seas túrnel afortunado que logre hoy por fin, robarle la fortuna a nuestro queridornHarald.
rnrn-No estéis tan seguros. -sonriórnmordazmente él. - Todavía no ha nacido en este condado nadie capaz de ganarme.
rnrn-Puede ser, -le dio la razón unrnanciano jugador mirándolo misteriosamente. -Al último hechicero lo ejecutaronrnen la plaza del pueblo hace cerca de veinte años.
rnrnToda la mesa estalló en sonorasrncarcajadas y alguien bromeó:
rnrn-Uy Harald yo que tú vigilaría mirncuello.
rnrn-No le hagas caso, el viejo Toby nornsabe lo que dice, -contrapuso otro. - pero he de reconocer que yo también tengorncuriosidad por saber lo que ocultas bajo ese guante. -señaló.
rnrnEsta vez fue el chico quien sonrió conrnmisterio y empezó a repartir las cartas con su mano izquierda para incrementarrnla tensión.
rnrnLa partida prosiguió como de costumbrerny Roldar tuvo que lamentarse otra vez al perder de nuevo en otra jugada.
rnrn-Se acabó. -sentenció cuando tras unrnlargo rato todos los jugadores se acabaron retirando hasta quedar solo él yrnHarald.
rnrn-Te quedan ya solo dos monedas,rncarcamal. ¿Qué más te da probar suerte?-lo instó el de al lado.
rnrn-Me da que son dos monedas más que voyrna perder y que mi Hannah se va a enfadar mucho.
rnrn-Tal vez sea hoy tu día. -volvió arninsistir el de antes.
rnrnRoldar miró al supuesto brujo yrnadvirtió, al igual que el resto, que aquel día, pese a haber ganado hasta esernmomento, parecía mucho más disperso de lo normal. Suspiró con fastidio:
rnrn-Está bien pero tú cargas con la culparndel enfado de mi mujer si vuelvo a casa sin nada.-se volvió hacia Harald-¿Conrncuánto vas?
rnrn-Con todo, como siempre. -respondiórnél distraído, con la vista perdida muchornmás allá, dirigida hacia el cristal de una de las ventanas de la posada.
rnrnRoldar colocó sus dos monedas encimarnde la mesa y organizó sus cartas y, cuando ya daba por hecho que iba a perder,rndescubrió que su jugada había sido mejor que la de Harald.
rnrnToda la mesa estalló en aplausos yrnexclamaciones.
rnrnRoldar sintió que se quedaba sin aire.
rnrn-¡No me lo puedo creer!-soltó el quernestaba a su lado.-¡Roldar has ganado a Harald! ¡A Harald! ¿Sabes lo quernsignifica? ¡Iba con todo! ¡Acabas de duplicar el dinero que ganarías en un año!rnJajaja cuando se lo digas a tu mujer…
rnrnSe giraron para mirar a Harald perorneste no parecía siquiera haberse enterado de lo que acababa de pasar. Sus ojosrncontinuaban fijos en la ventana.
rnrnParecía muy pálido.
rnrn-¿Pasa algo? ¿Te encuentras bien?-lernpreguntó uno de sus compañeros.
rnrnEl joven pareció despertar de unrnsueño.
rnrn-Ah, sí, sí, estoy bien. -se ajustó elrnguante de la mano izquierda mientras miraba de nuevo hacia la ventana.rn-Disculpad, tengo que irme.
rnrnSe levantó rápidamente ante la miradarnperpleja de sus amigos y se dirigió hacia la puerta que daba a los establos enrnvez de salir por la puerta principal.
rnrnJusto entonces, esta se abrió yrnapareció un hombre encapuchado chorreando agua. Los paisanos observaronrnrecelosos como se les acercaba.
rnrn-Tú, él hombre que estaba jugando conrnél, -dijo dirigiéndose a Roldar-¿ adónde ha ido el chico?
rnrn-¿Harald decís?-dijo Roldar.
rnrn-El chico del guante en la manornizquierda.
rnrn-Harald. -afirmó Roldar.
rnrn-Sí, Harald luego, si lo llamáis así.rn-sonrió el hombre desde las profundidades de su capa.
rnrn-¿Decís entonces que Harald no sernllama realmente así? -preguntó el anciano Toby mirando al extranjerornsospechosamente.
rnrn-Calla, Toby. -lo reprendió un jugadorrnfortachón mientras miraba con el ceño fruncido rny los brazos cruzados al desconocido. -¿Para qué lo buscáis? ¿Quérnqueréis de nuestro amigo?
rnrn-Eso no es asunto vuestro. -respondiórnel extranjero. -¿Dónde está?
rnrn-No os lo diremos antes de que no nosrndigáis qué le queréis.-le replicó pero un movimiento insconsciente de sus ojos hacia la puerta del establo lernreveló al desconocido lo que quería saber y sin más dilación empujó a unrnpaisano que se encontraba en medio y dejó atrás la taberna.
rnrnEl establo de madera y aspectorndecrépito estaba prácticamente vacío a excepción de dos caballos situados alrnfondo, pero el extranjero sabía que era una impresión engañosa. Movió una manornen el aire y susurró unas palabras en lenguaje arcano y entonces pudo advertirrnla figura del muchacho que se cobijaba entre la paja.
rnrnEste trató de correr hacia la salidarnpero la puerta del establo se cerró sola ante sus narices.
rnrn-A lo mejor creíste que podríasrnengañarme con un hechizo tan burdo. Entonces es que no me conoces bien. Pero ternaseguro que ahora tendrás que explicarme lo que está pasando. -susurró.
rnrnEl chico se volvió hacia él:
rnrn-No sé quién eres, ni de qué estásrnhablando. Déjame marchar.
rnrn-¿No sabes qué los hechizos dernmimetismo del libro del la tierra son perfectamente superables para unrnarchimago? -dijo haciendo ondear la capa para mostrar debajo de ella losrnpliegues de una túnica dorada.
rnrnHarald palideció al verla perorninsistió:
rnrn-No soy un hechicero y no entiendo dernqué me estás hablando.
rnrnEl archimago pareció reírse:
rnrn-¿Quién eres pues?
rnrn-Harald. -respondió él.
rnrn-Por supuesto, solo eres un pueblerinornque ha venido a gastarse su dinero en juego y bebida. -su voz adquirió un matizrnmás irónico. -Supongo que esos inocentes amigos tuyos están absolutamenternconvencidos de que te llamas así y de que no conjuras las cartas para robarlesrnel dinero.
rnrnLos ojos verdes del joven relucieronrndesafiantes pero no respondió.
rnrn-Creo que te equivocas de persona.rn-afirmó con aplomo.
rnrnDebajo de la capa el hechicero esbozórnuna media sonrisa.
rnrn-Yo creo que no. ¿Qué ocultas debajornde ese guante, Harald?
rnrnHarald trató desesperadamente dernretroceder pero el archimago lo acorraló contra la pared y a pesar de que elrnchico se revolvió como una anguila logrórnsacarle el guante de cuero negro.
rnrnEl hechicero observó con expresiónrntriunfal la mano deforme y con la carne abrasada que quedó a la vista.
rnrnSe alejó un poco y contempló pensativornal joven que sentado contra la pared del establo, sobre la paja, miraba alrnsuelo con una extraña expresión en el rostro.
rnrn-Parece que al final no me equivocaba,rnHarald. -susurró el encapuchado. -¿o quizás debería llamarte…?
rnrnÉl levantó la cabeza y se incorporórncon brusquedad y alarma:
rnrn-¡No lo digas! ¡No digas ese nombre!rn¡Ya no soy él! ¡Ya no me llames así! -chilló salvajemente.
rnrnEl archimago lo miró largamente:
rnrn-¿Pretendes hacer como si nada hubierarnpasado?
rnrn-Pretendo olvidar y empezar de nuevo,rnpor eso he venido aquí. Por eso me he buscado otro nombre y otra identidad.rn-susurró débilmente antes de dejarse caer de nuevo sobre el suelo.
rnrn-Es un error tratar de huir delrnpasado.
rnrn-¿Has venido para decirme eso?rn-replicó con fiereza el chico fulminándolo con la mirada.
rnrnEl rostro del hechicero se endureció:
rnrn-No. He venido para que me expliquesrnpor qué están pasando algunas cosas. Y no pienso irme hasta que lo hagas.
rnrn-¿Qué cosas? -arqueó una ceja el jovenrncon curiosidad.
rnrn-Quiero que me digas donde está Dana.
rnrnEl chico soltó una carcajada pero serncalló al ver el amago de hacer un hechizo que hacía su interlocutor. Suspiró:
rnrn-Como si lo supiera.
rnrn-Estoy seguro de que lo sabes.
rnrnAlzó la cabeza y lo miró con rebeldía:
rnrn-Y aunque lo supiera, ¿por qué iba arndecírtelo? Ni siquiera te conozco.
rnrnEl hechicero volvió a sonreír porrndebajo de la capucha.
rnrn-En eso te equivocas, sí que mernconoces.
rnrnHarald lo miró con nuevos ojos. Erarncierto que la voz del encapuchado le resultaba conocida, muy similar a la de unrnchico que había sido compañero de estudios de él, una vez, pero la personalidadrnno se correspondía. El aprendiz que él recordaba era un amante de los libros,rnpacífico y sosegado; un poco inseguro a veces y, la actitud del hombre que sernencontraba delante de él no cuadraba demasiado con él perfil.
rnrn-Tal vez, mejor así. -dijo elrnarchimago mientras se quitaba la capucha mostrándole su rostro.
rnrnY entonces Harald supo que surnintuición había sido correcta. No era fácil reconocerlo porque el tiempo habíarnpasado más por el archimago que por él. Había perdido todo el cabello y lucíarnuna cabeza totalmente lampiña; debajo de sus anteojos se acentuaban además, lasrnojeras.
rnrnEl archimago lo miró con seriedad:
rnrn-¿Contestarás ahora a mis preguntas?rn¿Me explicarás dónde están Dana y Shi-Mae? Y sobre todo, ¿Por qué demonios…rnestás… vivo?
rnrn Pero Harald seguía demasiado impresionado pararnprocesar lo que acababa de decirle el hechicero:
rnrn-¿Conrado? -quiso asegurarse.
rnrnEl hechicero asintió y añadiórnlúgubremente:
rnrn-Volvemos a encontrarnos… Morderek.