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Historia 156560 — capítulo 3
Hola chicos, encantada con la gente que me comenta y que espero que lo sigáis haciendo porque me animáis a continuar y sobre todo porque me ayudáis a mejorar, besitos para Arwen_ILoveAragon, camigrangerstone1112 y para la gente que me lee!!
Este capítulo es mucho más largo que los anteriores así que lo publicaré en tres tandas y ahora sin más dilación... ;)
¿Echabais de menos la torre? Aquí está, por fin con personajes tan queridos como Salamandra y compañía y tal vez con algunas respuestas....¿ o quizás... más interrogantes?
El valle parecía tranquilo, hacía poco que había salido el sol. Los pájaros comenzaban a trinar alegremente y todavía se oía el lejano aullido de algún lobo.
La joven se removió en su cama, antes de abrir los ojos con somnolencia. Se incorporó y se apartó el enmarañado cabello pelirrojo hacia atrás de un manotazo. Con un suspiro se levantó y abrió la ventana para observar el bosque.
Los árboles de hoja caduca empezaban a amarillear, comenzaba el otoño. Cuando llegara el invierno se teñirían de blanco y entonces haría justamente dos años desde que Yairak se había ido.
Sin embargo, ella seguía allí, en la torre y sin claras perspectivas de poder marcharse pronto, pensó mientras observaba su eterna túnica violeta antes de pasársela por la cabeza.
Bajó a desayunar, tratando de adecentar la cardada melena sin resultado y estuvo a punto de tropezar con una irritada y anciana Tina, la cual discutía con la aprendiz de cocinera. Su sobrina, otra muchacha tan torpe como lo había sido en tiempos su tía.
Con un suspiro, se dejó caer en un banco a lado de Trash.
-¡Buenos días, Lis! -la saludó el chico con su habitual tono animoso. - Deberías haberte levantado más pronto, durmiendo tanto y estudiando tan poco te alcanzaré antes de que te presentes a la prueba del fuego.
Lis no respondió, frunció el ceño y fijó la mirada crítica en su cuenco de gachas, en el cual, la sobrina de Tina había dejado caer involuntariamente varios pelos suyos.
A su lado, el chico rubio continuó hablando:
-Aunque, la verdad, ya te he alcanzado. -añadió con tono pretendidamente inocente. -Aunque, no me has felicitado. A lo mejor resulta que ves mal y no has advertido el cambio de color de mi túnica. -concluyó con ironía mientras emulaba una mueca facial de tristeza y disgusto.
Lis giró la mirada y advirtió que efectivamente la túnica azul del muchacho había pasado a violeta como la suya.
-Enhorabuena. -contestó en tono desapasionado. -¿Quién te examinó?
-Dagarian y tu padre, afortunadamente.
La chica evitó una sonrisa, lo que Trash había querido decir es que lo desafortunado hubiera sido que lo examinase su madre. Volvió a fijar la mirada en las gachas con tristeza.
Trash continuó parloteando:
-Dagarian y Jonás creen que estaré preparado para la prueba del fuego en año y medio aproximadamente. Ya han fijado la fecha de mi examinación. -Las manos de la joven se crisparon en torno al cuenco del desayuno, él lo advirtió. -Deberías hablar con ellos. ¿No?
-Me dirán que es mejor esperar a que esté totalmente preparada.
-¡Oh, claro! -sonrió él con ironía. -Es que tu habilidad con el fuego es patética.
-Hace ya mucho que estoy preparada para la prueba, pero mi madre no quiere que la haga. -añadió en tono sombrío.- No quiere…
-Que te vayas de la torre. -completó Trash simultáneamente. -Y sabe que lo harás en cuando tengas la túnica roja. No soporta ver que su adorada niñita se ha convertido en una gran mujer adulta, madura y responsable. -añadió en tono melodramático, provocando las risillas de dos niños idénticos, situados a su derecha.
Lis arqueó una ceja antes de contraatacar:
-En realidad, teme que cuando me marche nadie sea capaz de meterte en cintura y te desmadres. -concluyó con una sonrisa y los ojos chispeantes.
-Humm…-repuso él con la boca llena de gachas. -No te creas, tu explosiva y llameante madre me da bastante miedo aunque es cierto que Jonás y Dagarian jamás serían capaces de dominarme.
-No estés tan seguro. -replicó una voz a sus espaldas.
Trash escupió las gachas del susto y Lis sonrió mientras el resto de la gente sentada en aquella mesa reía.
Detrás del descarado muchacho rubio, estaba Dagarian, un túnica roja poco mayor que ellos de piel muy oscura y amable sonrisa blanca. Este torció su mirada hacia los dos niños idénticos de primer grado y que aún no habían logrado contener las risotadas.
-Y ustedes también. Sabed que os vigilo. -añadió señalando a los gemelos que intercambiaron entre sí una mirada traviesa. Después se dirigió a otra mesa para hablar con una aprendiz.
Lis lo observó alejarse:
-Sin duda, a mis padres les gustaría que siguiese los pasos de Dagarian. Que me convirtiese en maestra después de consagrarme y me quedase en la torre.
-Bueno, -repuso Trash engullendo una tostada. -Dagarian es feliz así.
-Pero yo no. -sentenció- Además… -meneó la cabeza, no le apetecía sacar a Yairak en la conversación.
Trash no advirtió su vacilación:
-Si tantas ganas tienes de jugártela con las llamas vete hoy a hablar con ellos. Después de fijar la fecha de mi examinación tendrán que fijar también la tuya o por lo menos, darte excusas más elaboradas.-argumentó con la boca llena.
-Está bien… -resopló ella. En aquellos momentos discutir con sus padres le apetecía tanto como tirarse de cabeza a una piscina de agua helada.
Al levantarse, Zaeria le sonrió y los gemelos que tenían la boca llena levantaron el pulgar para desearle suerte.
Lis les dio la espalda para salir de la cocina cuando le llegó la inocente voz de Trash como un jarro de agua fría:
-Aunque de todas maneras no sé por qué tienes tanto interés en consagrarte e ir a buscar a Yairak cuando es evidente que a él no le importas. Por algo se marchó en vez de esperarte.
Jonás estaba sentado cómodamente en un sillón. En frente suya una mujer de largo cabello liso negro al igual que sus ojos tristes y melancólicos se recostaba contra el respaldo de otro mientras Salamandra daba vueltas en círculo por la habitación incapaz de estarse sentada.
Jonás trató de ignorar los movimientos inquietos de su mujer y se centró en su interlocutora.
-Así que lo has notado raro. ¿Dices, no?
-Raro, es poco. -respondió ella con el tono tranquilo y suave que la caracterizaba.-No duerme por las noches, está irascible.
Salamandra detuvo bruscamente sus andares:
-Cuesta imaginarse a Conrado irascible. Siempre ha sido el más tranquilo de nosotros.
-Puede estar pasando por un mal momento y no es tan extraño que esté de mal carácter, si como dice Iris, no duerme por las noches. -argumentó Jonás.
Iris asintió:
-No sé lo que hace en las horas de oscuridad pero cuando baja a desayunar siempre está ojeroso. Hay algo que le quita de dormir.
-Mientras solo sea eso, -gruñó Salamandra. - los gemelos que llegaron el año pasado a la torre me quitan años de vida con sus trastadas.
Iris esbozó una tímida sonrisa, pero insistió:
-Estoy segura de que hay algo que le preocupa. Sabéis perfectamente que desde que abrimos nuestra escuela nos hemos repartido los alumnos. Conrado se ocupó de los míos cuando caí enferma hace dos inviernos pero él nunca le ha fallado a los suyos, se ha ocupado de ellos, incluso estando enfermo.
Salamandra frunció el ceño y Jonás se echó hacia delante en su asiento:
-¿Insinúas que ahora… ya no se ocupa de ellos?
Iris se removió incómoda antes de contestar y Jonás advirtió que se sentía culpable por estar hablando a espaldas de su compañero:
-Desde que… bueno, desde que acudimos al aniversario de la coronación de Nawin en el reino de los elfos se ha estado comportando de una forma muy extraña. Pensé que podía ser por lo que había pasado en la ceremonia… -alzó las manos para pedir que la dejaran continuar pero no pudo evitar que Salamandra la interrumpiese:
-Hemos hablado muchas veces de lo que pasó y decidimos que no debíamos preocuparnos…
-Lo sé, lo sé, -se apresuró a asentir ella. - yo también hablé con él de eso y me prometió que dejaría estar el asunto. Sin embargo, desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. Comenzó a encerrarse en la biblioteca, hizo unos pedidos a un cazarreliquias elfo -Jonás y Salamandra intercambiaron una mirada de extrañeza, ¿Qué le podía querer Conrado a un cazarreliquias?- y hace una semana me pidió que me ocupara de sus alumnos porque él iba a realizar un viaje.
-¿Un viaje? -masculló incrédulo Jonás.
-¿Adónde? -preguntó Salamandra.
Iris meneó la cabeza pesarosa:
-No me dio explicaciones.
-¿Y crees que podría estar relacionado con lo que sucedió en el palacio de Nawin? -susurró Jonás.
-Lo ignoro, -respondió ella-pero me parece lo más probable. Creo que el presagio que escuchamos ese día lo preocupó bastante.
-Ese presagio es ridículo -sentenció Salamandra. -Lo único que pretendía esa mentalista elfa… se llamaba… bueno como se llamase, era ser el centro de atención.
-Qeela. -dijo Jonás.
-¿Qué?
-Se llamaba Qeela. -repitió él.
Salamandra se echó unos rizos pelirrojos hacia atrás y se encogió de hombros:
-Tanto da. Es un detalle irrelevante.
Permanecieron unos instantes en silencio.
-¿Créeis luego que no debemos preocuparnos por lo que pronosticó que sucedería aquel día? -preguntó Iris con cautela.
-¡Oh, cielos, no! -contestó Salamandra con resolución. - Es una mentalista, no una oráculo. La última murió en el momento. Esa pantomima tuvo que ser una argucia para aumentar su fama y popularidad, la casa de los elfos de las brumas no está pasando por sus mejores momentos.
Jonás frunció el ceño:
-Nawin me dijo que la conocía. Tenía tratos con Shi-Mae. Iba a veces a hablar con ella, siempre en privado, cree que era su confidente.
-Más fácil me lo pones. -masculló su esposa.
- ¿Esperas que nos fiemos de las palabras de una amiga de esa sucia arpía que probablemente lo sea tanto como ella?
Iris los miró dudosa antes de atreverse a objetar:
-Tal vez, obedezca órdenes de Shi-Mae.
-Shi-Mae está muerta. -sentenció Salamandra con fastidio.
Jonás la miró con una sonrisa irónica en los labios:
-Claro, está muerta. Y como durante nuestras vidas los muertos nunca han intentado entrometerse en los destinos de los vivos… -susurró.
Salamandra enrojeció hasta la raíz del cabello pero no contestó. Sabía muy bien a lo que se refería su marido.
Angie lloraba en el desván.
Lloraba no solo por haber presenciado el secuestro de su mejor amiga sino también por lo que había sucedido después.
Cuando había logrado sobreponerse al dolor de la caída había enfilado el camino del bosque.
Estaba decidida a seguir el rastro de su amiga adonde quiera que la llevase, aunque fuera al confín del mundo. Allí, buscaría una forma de librarse del extraño individuo que la había secuestrado, aunque empezaba a suponer que él al igual que ellas se trataba de alguien "diferente" y por ello le resultaría más difícil.
Al principio le fue sencillo seguir el rastro. Las pisadas del caballo estaban marcadas como hoyos en el barro con suficiente claridad. Sin embargo, a los escasos cinco minutos esas pisadas se interrumpían de pronto.
Angie miró alrededor pero no continuaban por ningún lado.
Parecía que el caballo se hubiese volatilizado en el aire.
Hundida volvió a casa.
Le contó lo que había pasado a la vieja Bauluea, omitiendo el escabroso detalle de la blusa y del robo. La anciana se mostró escandalizada y acogió con abrazos y mimos a la desconsolada y sollozante muchacha.
Angie se dejó llevar por su ternura pero sabía que para lo que se proponía hacer iba a necesitar algo más que el apoyo de la madre del comerciante.
Él llegó después de cenar y parecía de mal humor. No había ganado lo suficiente en la feria.
-¡Me dijiste que los taburetes redondos se venderían mejor!- entró bramando.
Paró en seco al ver la cara de la niña.
-¿Qué ha pasado?-gruñó.
En pocas palabras Bauluea resumió la situación por ella.
Angie observó como a medida que la narración progresaba la frente del vendedor se iba llenando de surcos más pronunciados. Cuando Angie le solicitó que le pagara lo que le correspondía de su trabajo y la liberara de él para ir a buscar a su amiga el hombre esbozó una sonrisa que no le gustó nada:
-¿Pagarte? ¿Por que trabajo tengo que pagarte? Eres una inútil, no sirves para nada. Tus predicciones casi me han hecho perder más dinero que ganarlo así que creo no te mereces ni una moneda de cobre. Y a mí esa niña qué me importa. Ella sí que no hacía absolutamente nada productivo y era otra boca más que alimentar. Si ese hombre se quiere ocupar de ella, bien por él. -se encogió de hombros y luego la miró amenazante. -Y tú, te quedarás aquí, que es donde debes estar. A no ser que quieras morirte de hambre, mendigando por los caminos. Pero no tendrás esa suerte, te lo aseguro. -esbozó una sonrisa perversa. -Si se te ocurre escapar, informaré al alguacil de las cosas que eres capaz de hacer y antes de que puedas pestañear estarás ardiendo en la hoguera como bruja que eres.
-Por dios… -suplicó la vieja Bauluea tratando de convencerlo pero Angie sabía que su última esperanza había muerto.
Entre lágrimas subió al desván y se acurrucó en su rincón.
No había nada que hacer.
¿De verdad le servía de algo tener el don de la visión si no era capaz de cambiar su propio destino?
No lo controlo lo suficiente, se dijo, y no sabía como aprender.
Necesito un milagro, se dijo, lo necesito y ahora.
Con ese pensamiento acabó por dormirse, encogida sobre el suelo con un retajo de tela gris enrollado entre las manos.
Lis subía las escaleras lentamente. Podría haberse teletransportado pero no lo hizo, le gustaba subir las escaleras andando cuando tenía muchas cosas que pensar y aquel día tenía bastantes.
Las palabras de Trash, aunque sabía que no habían sido malintencionadas, le habían sentado como una bofetada. Durante todo aquel tiempo había descargado su frustración e ira contra sus padres, por ser demasiado protectores, por no querer su marcha, ni querer que se presentara a la prueba del fuego. Durante aquellos dos años se había convencido de que ellos eran los culpables, de que debido a ellos ella se había quedado atrás y que por ello Yairak se había marchado. Y sin embargo… Trash podía tener razón.
Si a Yairak le hubiesen importado sus amigos, hubiera postergado su viaje hasta que ellos hubieran pasado también la prueba del fuego, pero Yairak no había aguardado y había partido una mañana de invierno al alba, sin apenas despedirse.
Lis se mordió el labio, había esperado durante mucho tiempo noticias de su mejor amigo. Como mago, él podría haberle mandado un mensaje de alguna forma. No obstante, no había vuelto a saber de él desde el momento en el que había visto su silueta perderse a la vuelta del camino.
Lo único que le quedaba había sido su promesa. Antes de marcharse le había dicho que volvería a visitarlos, a verla antes de que pasaran dos años. Lis se había levantado todas las mañanas desde entonces y asomado a la ventana esperando verlo emerger del bosque que rodeaba la escuela, pero había sido en vano. Y ahora, a escasos dos meses de que se cumpliera la fecha límite, Trash acababa de matar su último aliento de esperanza.
Con pesadez subió el último escalón. Se hallaba en la cúspide de la torre, lugar donde tenía su despacho el señor de la torre.
Lis se acercó a la puerta y ya iba a petar cuando advirtió que sus padres no estaban solos. Había una tercera persona, Iris, reconoció su voz. Se sintió ofendida, sus padres no le habían informado de la llegada de la hechicera, aunque probablemente esta se había teletransportado para tratar algún asunto concreto y no estuviera de visita. No obstante, si se arrimaba a la puerta sus voces llegaban con total claridad.
Lis dudó pero finalmente se agachó para mirar a través de la cerradura, pese a que sabía que estaba haciendo algo malo. Se obligó a pensar que sus padres ya le ocultaban demasiados secretos y que ya bastaba.
Dentro, Jonás e Iris estaban sentados en el borde del sillón en actitud tensa y Salamandra andaba alrededor exasperada y gesticulando:
-No podemos contar con la reina Nawin porque ha de ocuparse de cuestiones de estado más importantes, no podemos contar con Conrado porque está realizando un viaje misterioso y desconocido, no podemos contar con Fenris porque se encuentra en medio de unos bosques montañosos con su manada y no podemos contar con el consejo de magos porque la mitad de ellos nos odian ya que están convencidos de que fuimos nosotros, y no Surén, quienes matamos a Shi-Mae. -se volvió hacia su marido. -Y en realidad supongo que da lo mismo porque no sé qué era lo que pensabas decirles… ¿Qué nos creemos los presagios inventados de una mentalista? ¿Qué creemos que la mala uva de uno de nuestros amigos es por culpa de ellos o, tal vez, que pueden ser la conspiración de un fantasma? Por dios, Jonás… reconócelo, no podemos hacer otra cosa que continuar con nuestro trabajo y tratar a esas predicciones como lo que son, sandeces.
-Tal vez sean sandeces -repuso él -pero creo que esto que hemos comentado entre nosotros deberíamos decírselo al resto. Debemos hablar con Conrado, y Nawin y Fenris tienen derecho a saberlo.
-Nawin y Conrado están al tanto de las predicciones -replicó ella. - y ya te he dicho los motivos por los que no pueden involucrarse.
Jonás asintió:
-Conrado está de viaje pero volverá y no es necesario que Nawin venga a la torre, podemos establecer comunicación con ella a través de un espejo. En cuanto a Fenris, ya buscaremos la forma de contactar con él.
Salamandra bufó pero asintió contrariada.
Entonces Iris intervino.
Lis puso su empeño pero no la logró entender. La hechicera tenía un tono de voz muy bajito que parecía acorde con la timidez que solía manifestar y no era capaz de descifrar lo que decía.
Se arrimó un poco más a la puerta y justo entonces una mano se posó en su hombro.
Lis gritó y dio un salto en su sitio involuntariamente. Jonás al oírla se levantó y cuando fue a abrir la puerta se encontró con su hija que miraba azorada al archimago que la había sorprendido.
-Conrado. -lo reconoció. -Vaya, curiosamente estábamos comentando que teníamos que hablar contigo cuando volvieses de tu viaje -añadió cortado.
Él asintió:
-Y yo venía con intención de hablar con vosotros cuando me encontré a la jovencita espiando detrás de la puerta.
Lis bajó la vista avergonzada para evitar ver la mirada asesina que le dirigió su madre.
Conrado lo advirtió y sonrió:
-Parece que tu hija, ha salido a Salamandra, ella también tenía la costumbre de espiar por las cerraduras. -le comentó a Jonás.
La cara de Salamandra, adquirió por segunda vez diaria el tono de su pelo.
Jonás sonrió pero rápidamente su rostro se volvió a teñir de seriedad:
-Creo que podremos contactar con Nawin dentro de media hora cuando termine el Consejo del Reino.
-Me parece una buena idea. -respondió el otro.
-¿Puedo quedarme? -Lis se arrepintió de no haberse mordido la lengua en cuanto lo hubo dicho.
Jonás miró incómodo al suelo y Salamandra le dirigió una mirada abrasadora:
-No. Los temas que tratemos no son de tu incumbencia.
-Pero ya he escuchado un poco y…
-¡No es asunto tuyo, Lis! -le gritó.
Lis sintió que le ardía la sangre y no pudo contenerse:
-¡Ah, no es asunto mío, pero de Dagarian sí! ¡Soy vuestra hija, pero no puedo saber las cosas! ¡Dagarian, es otra cosa, supongo! ¡¿A él se las contáis, verdad?!
Salamandra iba a replicar pero Jonás intervino conciliador:
-Como podrás observar, Lis, Dagarian tampoco se encuentra aquí.
Lis lo miró con resentimiento pero no respondió, su padre suspiró:
-Vete a tu habitación, anda, y deja que nosotros nos ocupemos de los problemas. Ya tendrás tú tiempo para hacerlo cuando pases la prueba del fuego.
Lis se quedó paralizada en el sitio al escuchar sus últimas palabras, sin saber si debía reír o llorar. Controlando una rabia asesina que pugnaba por salir a flote, se dirigió hacia la puerta como una autómata antes de teletransportarse a su habitación y dejarse caer sobre la cama entre sollozos ahogados.
Angie se despertó con un intenso dolor de cabeza. No recordaba casi nada de lo que había soñado excepto algunas cosas difusas.
Tenía en mente la imagen de unos extraños y seres que nunca había visto, bellos pero con las orejas anormalmente largas y puntiagudas y extraños ojos almendrados de color ámbar, azul zafiro y verde esmeralda.
Había también, un enorme lagarto alado dorado, acompañado casi siempre de una mujer de cabello negro como el ala de un cuervo y ojos azules tristes, o incluso lobos de tamaño de caballos y unas siniestras siluetas fantasmales saliendo de un espejo.
Pero de lo único que tenía un recuerdo medianamente sólido, lo único que unía aquellas imágenes aparentemente inconexas, era una altísima torre que se erigía en medio de un bosque de aullantes lobos.
Parpadeó un par de veces para aclarar la vista pero el dolor de cabeza persistía. Además, de dolían las cervicales.
Lógico, pensó al advertir la posición en la que estaba. Había dormido encogida sobre si misma y con las manos apretando fuertemente el retajo de tela que había logrado arrancar de la túnica gris del hombre que había secuestrado a Vanessa.
Giró en redondo para mirar hacia el techo y estirarse y se quedó paralizada.
Encima de ella, a menos de cuarenta centímetros de su cuello y, apuntando hacia él, había un cuchillo suspendido en el aire.
No tuvo tiempo a gritar, solo pudo girarse hacia un lado antes de que una centésima de segundo después el cuchillo se clavase en las tablas de madera de la buhardilla, en el mismo sitio donde se encontraba hace un instante.
Angie se levantó espantada, mientras que fuera quien fuera la persona invisible que sujetaba el cuchillo lo arrancaba y lo dirigía de nuevo hacia ella.
-Rainius. ¿Eres Rainius? -preguntó mientras retrocedía.
Si el fantasma respondió, Angie no pudo oírlo.
El cuchillo se agitó en el aire y salió despedido en su dirección.
Angie lo esquivó por los pelos.
El arma fue a impactar contra una pared y la niña se lanzó a por ella. Se levantó triunfal con ella en la mano.
-¿Qué piensas hacer ahora? ¿Eh? - sonrió con una mueca salvaje.
Fue una mala idea, apenas un segundo después un candelabro salía despedido hacia su cabeza. Angie se tiró al suelo y el objeto golpeó el cristal de la ventana situada por detrás haciéndola añicos.
Se oyeron movimientos en el piso de abajo.
Angie se levantó blandiendo el cuchillo pero solo hendió aire alrededor.
-¿Qué ha sido ese ruido? -le llegó la voz de su amo.
En frente de ella una silla comenzó a levitar en el aire.
La chica apretó con fuerza la mandíbula:
-¿Puedo saber por qué estás intentando matarme? -susurró irritada. No hubo respuesta y la silla siguió acercándose.- Vanessa te apreciaba, Rainius. Antes nos ayudabas. ¿Por qué nos traicionaste? ¿Qué te han ofrecido a cambio?
La silla se detuvo un momento en el aire.
Angie contuvo el aliento.
-Angie, ¿qué fue ese ruido? Escuché un sonido de cristales rotos. -resonó la voz del comerciante en el piso de abajo.
-No es nada… no pasó nada… -respondió ella con voz temblorosa sin quitar la vista de encima de la silla que comenzaba a inclinarse en el aire como si quien la sujetaba estuviese cogiendo impulso antes de lanzarla.
No se movió, continuó observando detenidamente el balanceo de la silla con el cuerpo en tensión. Cuando el fantasma la lanzó sobre ella, Angie reaccionó y se tiró hacia el lado contrario pero no pudo evitar un grito de dolor cuando el mueble la golpeó en la pierna izquierda.
El piso de abajo se quedó repentinamente silencioso y Angie pensó que su amo se había marchado pero entonces volvió a oír su voz:
-Angie, ¿¡Cómo que no sucede nada?! ¿Me quieres decir qué demonios está pasando ahí arriba o tengo que subir a averiguarlo?
Angie abrió la boca para responder pero Rainius fue más rápido. Antes de que pudiera siquiera escuchar las pisadas en la escalera que conducía a la buhardilla multitud de objetos comenzaron a volar hacia su puerta con objeto de bloquearla.
Angie se pasó la lengua por los labios, aquella era su oportunidad. Mientras el fantasma estaba aparentemente ocupado en atrancar la entrada, ella retrocedió y se encaramó a la ventana rota.
Durante un instante dudó. Si dejaba al comerciante atrás y este lograba entrar en la buhardilla probablemente Rainius lo atacaría o acabaría con él, si se quedaba allí ella correría el mismo resultado. Al fin y al cabo, era la primera a la que el fantasma parecía querer muerta.
Esta opción pareció convencerla pero mientras se acuclillaba en el alféizar la invadió una sensación de culpabilidad y de cobardía. Recordó las crueles palabras de su amo acerca del rapto de Vanessa el día anterior y se decidió.
Mientras salía al exterior clavándose algunos cristales oyó golpes y el chirrido de los goznes de la puerta de la buhardilla.
Fuera había una distancia tan grande hasta el suelo que si caía mal tendría garantizada la muerte.
Detrás suya le llegaron los gritos del comerciante y más golpes. Con los ojos cerrados Angie se tiró. Cayó sobre la hierba con un aullido de dolor. Algunos de los cristales acababan de hundirse con el impacto más aún en su piel.
Resbalando en la hierba húmeda de la mañana logró por fin ponerse en pie.
De la casa seguían llegando más y más golpes y, además, de los gritos del comerciante, que se habían ido apagando, se oía el llanto aterrorizado de una anciana.
Angie sintió un retortijón. La vieja Baluea, la mujer que tanto las había mimado y querido, debía de estar ahora bajo la amenaza del fantasma.
Angie contempló estática la casa mientras sus ojos se inundaban de lágrimas y los estallidos y golpes se sucedían. Los llantos se convirtieron en gritos de dolor cada vez más fuertes.
La niña se secó las lágrimas con la manga de la blusa y tragó bilis. Haciendo de tripas corazón dio la espalda a la casa y empezó a correr todo lo rápido que podía. Los pies tropezaban con los guijarros y los brazos se arañaban con las zarzas del camino pero no dejó de correr.
Y pronto, muy pronto, dejó atrás las fincas y el bosque, dejó atrás el pueblo y dejó atrás la casa, el único hogar que había conocido, donde había vivido los mejores años de su vida, con la vieja Baluea que la había querido como su hija y su amiga Vanessa, poco menos que una hermana, con la que había correteado por los campos y bosques y había vivido maravillosas aventuras.
Y cuando se detuvo con la respiración jadeante y el corazón batiendo en sus costillas, y todo cuanto había amado y conocido se había perdido en la lejanía comprendió que no solo acababa de dejar atrás el hogar al que ya nunca volvería sino también su infancia para siempre.