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Historia 156560 — capítulo 8
Hola de nuevo chicos!! Ya hacía tiempo que no nos veíamos ;)
A todos los que leáis esta historia gracias, especialmente también a los que comentáis os adoro porque me animáis a continuar :DD , eso sí, me gustaría pediros a todos vosotros un favorcito… sed DUROS conmigo, en serio, si detectáis cualquier mínimo error, cosa que no os guste tanto de la historia como de lo técnico o ciertas cosas se os hacen tostón y os saltaríais o que creéis que se podrían mejorar ¡¡al ataque!! . Las editoriales no son benevolentes, cuanto más corrija mis errores y mejore mi forma de escribir ahora menos palos me darán después.
Y dicho esto… a leer!!
La luz del sol se colaba por la ventana abierta del despacho del señor de la torre. El cielo estaba completamente despejado y aunque la mañana era muy fría, parte de la nieve que llevaba cubriendo el valle varios días se había derretido. Sin embargo, aquello era una señal. Pronto la nieve de las montañas se adueñaría del valle y colapsaría el desfiladero que daba acceso a él, dejándolos prácticamente incomunicados, al igual que los últimos inviernos, especialmente duros.
Lis desvió la mirada de la ventana y la centró en su padre, tras el escritorio del despacho.
—¿Cómo se llama la niña? —preguntó.
—Angie.
—Un nombre bonito. —afirmó Jonás con un cabeceo.
—Viene de ángel —resopló escéptica Salamandra en el otro lado de la estancia—, y a juzgar por el tipo de aprendices que han venido llegando a la torre, los últimos años, será de todo menos eso.
Jonás sonrió con ternura y diversión antes de volver la mirada a su hija:
—¿Le has enseñado ya la escuela y entregado una túnica blanca?
—Quedé en recogerla esta mañana para enseñarle la torre y su funcionamiento.
Jonás volvió a sonreír satisfecho:
—Me parece correcto, pero aún así—añadió—, deberías habernos avisado anoche de su llegada.
—Estabais durmiendo—se excusó Lis.
—Esa no es razón —replicó duramente Salamandra de brazos cruzados junto a la ventana—. No puedes abrir y meter en la torre a cualquier persona que llegue, así como así. ¡Imagínate que hubiese sido una trampa! Una apariencia o treta para hacernos daño.
Lis puso los ojos en blanco:
—Mamá, es una niña —respondió lentamente arrastrando las palabras—. Una niña más pequeña que yo. Inofensiva. —añadió exasperada.
—En eso tiene razón. —corroboró Jonás—He pasado esta mañana por su habitación. Dormía como un lirón —sonrió con dulzura—. No debe de tener más de trece años, si es que llega a ellos.
Lis hizo una mueca pensativa. Lo cierto es que no habría sabido qué pensar acerca de la edad de la muchacha. Era bajita y de rostro infantil lo que podía confundir.
Sin embargo, cuando había hablado con ella, se había sentido incluso intimidada. La chiquilla tenía algo que la hacía parecer mayor y, en cualquier caso, a juzgar por su aspecto desarrapado y por lo poco que le había contado, no había tenido una vida fácil.
—Lo único que me llama la atención—intervino su padre— es que se ha presentado aquí sola. ¿Cómo descubrió sus poderes y supo de la existencia de la torre?
Lis se rascó una oreja y miró de soslayo a su madre. Ahora comenzaba la parte complicada:
—Bien, ahí sí hay algo raro. Sabe bastante sobre la torre —omitió el detalle del reloj y de su nombre, recordando el duro reproche que le acababa de soltar— Me dijo que conocía la torre de comentarios pero que no había tenido interés en estudiar magia hasta que un mago vestido de gris secuestró a su mejor amiga, una chica que según ella, puede hablar con los muertos. Quiere liberarla y derrotar a su secuestrador —concluyó con una sonrisa escéptica. Una cría con demasiado imaginación y afán de protagonismo, pensó.
Sin embargo, cuando volvió a fijar la vista en sus padres observó que se habían quedado tiesos y estaban blancos como la cera:
—¿Hablar… hablar… con los muertos…? —logró articular Jonás.
—¡Kin-Shannay! —saltó en el sitio Salamandra como si la hubiesen pinchado.
—¿ Kin qué? —preguntó Lis que no había entendido la palabra.
Sus padres la ignoraron e intercambiaron una mirada:
—¿Qué te ha contado esa niña exactamente? —preguntaron al unísono.
Ante la mirada de fuego de su madre, y sin entender a qué venía tanto revuelo, Lis procedió a repetir las palabras textuales que habían salido de la boca de Angie. Media hora después tras relatar, el verdor del pueblo donde vivía la chiquilla, lo adorable que era Vanessa y todos los pormenores del secuestro de la niña y su captor, sus padres parecieron recobrar un poco de color aunque seguían inquietos.
—Bien, —repuso Jonás muy serio tras un minuto de tenso silencio— quiero que, personalmente, te encargues tú de enseñarle la torre, de integrarla y ayudarla en sus primeros pasos. —la miró a los ojos— Y sobre todo, quiero, que la vigiles y si te cuenta algo más o notas algo extraño, nos informes inmediatamente.
El tono de su padre había sido firme y extrañamente frío. Lis, que no estaba acostumbrada a él, sintió que la invadía un escalofrío.
—¿Por qué? —preguntó desconcertada.
Él fijó la vista en la mesa mordiéndose el labio pero no respondió.
Resignada, la chica dio media vuelta. Había esperado abordar el tema de su prueba del fuego otra vez, aprovechando el tema de Angie, pero tal como se habían puesto las cosas, era menos que recomendable. Su mano acarició el pomo de la puerta pero entonces la voz de su padre la interrumpió:
—Lis—la llamó de nuevo—, la próxima vez que alguien llegue a la torre… —desvió la mirada hacia Salamandra que miraba sombríamente al suelo— quiero que nos avises inmediatamente.
Cuando Lis llegó a la habitación de Angie esta ya la estaba esperando en frente de la puerta. La niña había estado rebuscando en el armario, tras despertar y había encontrado una túnica blanca. Le quedaba un poco grande y floja y en definitiva, parecía que llevaba puesto un camisón, pero seguía siendo una gran mejora comparada con los harapos remendados que llevaba antes.
Por no hablar, de la habitación. Era sencilla con un escritorio, un armario y una cama, pero ahora ya no tendría que dormir en el suelo.
—Buenos días. ¿Has descansado bien? —le preguntó Lis cuando llegó a su altura.
Angie asintió con una sonrisa de entusiasmo.
—Me alegro. —repuso la pelirroja aunque no parecía nada contenta. Angie se preguntó qué había pasado para que la chica estuviese de mal humor a primera hora de la mañana.
Se concentró un segundo y su sexto sentido le indicó que una discusión paterna tenía algo que ver. Conforme, Angie se encogió de hombros y pasó a atender a la explicación de Lis acerca de la torre:
—La torre es una de las pocas escuelas de hechicería del mundo. Hasta hace poco era una de las tres que quedaban de los tiempos antiguos, junto con la escuela del Lago de la Luna en las Tierras de la Noche y la del Bosque Dorado en el reino de los elfos. Recientemente, unos amigos de mis padres han reabierto la escuela del Sol Poniente, situada en el desierto y dedicada al elemento fuego.
Hay cuatro elementos en la magia: tierra, agua, aire y fuego. Así las cuatro escuelas antiguas habían sido dedicadas a un elemento en concreto. La del Lago de la Luna al agua, la del Sol poniente al fuego, la del Bosque Dorado al aire… y la torre a la tierra. Si bien, la orden mágica estipula que todos los aprendices deben ser instruidos en todos los elementos.
Ahora —señaló su ropa—, llevas puesta una túnica blanca. Ello indica que eres una aprendiz de primer grado, aunque también es el color que utilizan los hechiceros cuando están de luto. Cuando hayas estudiado, tu primer manual de hechizos, el Libro de la Tierra, te someterás a una prueba. Tus maestros te evaluarán y decretarán si la has superado. Si es así, cambiarás tu túnica blanca por una verde, lo que indicará que ya dominas el primer elemento. Estudiarás el libro del Aire, el libro del Agua y el Libro del Fuego por este orden. Y a medida que vayas superando las pruebas tu túnica irá pasando a azul, violeta y roja. Cuando eres un túnica roja, es decir, cuando ya has superado la Prueba del Fuego, se te considera mago consagrado y oficialmente mago de primer nivel.
—Entonces —dedujo Angie, quien debido a sus visiones ya tenía una idea aproximada de todo aquello— como tu túnica es aún violeta, aún estás preparando la Prueba del Fuego.
—Sí —reconoció Lis de mala gana, y añadió hoscamente—, pero no pienses que es tan fácil. Una vez que te presentas a la prueba ya no hay vuelta atrás. Dicho el juramento y empezado el examen a los maestros no les está permitido intervenir bajo ningún concepto. Y hay bastantes casos de gente que ha llegado a morir intentando pasarla…
Angie también estaba al tanto de eso así que no se atemorizó. Detectó sin embargo, por la amargura de la voz de su compañera que el tema del examen la traía bastante de cabeza.
Trató de volver a concentrarse ya que Lis seguía hablando:
—Existen particularidades, claro. Los mentalistas llevan túnicas grises, los archimagos, doradas… Mi padre, el señor de la Torre, es un archimago. Su habitación y la de mi madre quedan por encima de la plataforma con almenas que termina la torre, justo en la cúspide. Allí está también su despacho, puedes subir cuando quieras a preguntarle dudas de estudio. Supongo que más tarde querrán hablar contigo para establecer el vínculo de aceptación de maestro y aprendiz. Te dirán las normas de la torre en mayor profundidad que yo aunque, la mayoría son principios de lealtad de tiempos inmemoriales que no sirven para nada… —resopló —excepto para administrar tu sentencia de muerte cuando si se te ocurre hacer algo mal. Por ejemplo, —continuó— la primera norma de una escuela de alta hechicería es que un aprendiz jamás debe traicionar a su maestro ya que si lo hace…
—Su maldición lo perseguirá por el resto de sus días. —completó Angie en tono alegre, casi festivo.
Lis volvió la cabeza boquiabierta para mirarla como si la hubiesen pinchado.
—Es bastante sonada. —se justificó la niña, con tono aburrido al tiempo que se encogía de hombros.
Lis parpadeó y continuó su explicación:
—Bien, la torre tiene doce pisos. Ahora somos unos veinte y pocos aprendices, lo cual es una buena cifra para esta escuela teniendo en cuenta el declive de la magia en el mundo. Eso no quita, que la mayor parte de ella esté deshabitada, hay habitaciones en las que no ha entrado gente en años y ni siquiera yo, que he vivido siempre aquí, me la conozco al dedillo. Los sitios que debes controlar, sin embargo, son el observatorio, poco debajo de las habitaciones de mis padres, o la biblioteca donde podrás documentarte. Contarás además con un estudio que ya habrás visto, al lado de tu habitación para practicar hechizos y con un caballo para ti, en los establos. Ahora, —la informó— nos dirigimos a los establos.
Los establos, estaban en la parte baja de la torre, allí meticulosamente cuidados y metidos en cada compartimento se encontraban los caballos que correspondían a cada hechicero de la torre. Lis se acercó para abrir una portezuela y de ella sacó una hermosa yegua de color blanco impoluto, sus cabellos tenían un tono entre plateado y grisáceo pero sus ojos eran negros como el carbón.
Angie la contempló admirada y alzó una mano para acariciar su hocico.
—A cada aprendiz se le otorga un caballo para sus desplazamientos, es deber de cada uno cuidar el suyo —explicó Lis—. Esta yegua es tuya. Deberás ponerle nombre y mimarla. Cuídala bien —añadió—, la abuela de este animal fue la yegua de la legendaria señora de la torre, Lunaestrella. No todos los aprendices tienen la suerte de que les toque un caballo de tan alto pedigrí.
Angie se apresuró a asentir mientras acariciaba al animal, encantada.
Lis suspiró y se pasó la mano por la frente:
—Supongo que ya te lo he enseñado todo. Bueno, —se detuvo—falta la cocina. Sígueme y vamos a desayunar algo y así conocerás al resto de la gente.
La niña metió cuidadosamente a la yegua en su compartimento y le rascó el hocico antes de salir por la puerta.
Cuando estaban, sin embargo, llegando a la entrada de la torre, Lis se detuvo con una maldición.
Angie se giró alarmada para ver lo que sucedía pero antes de que pudiese advertirlo la invadió una extraña urgencia.
Su sexto sentido le decía que debía rascarse el tobillo.
Angie se contempló el pie unos segundos, extrañada. No le picaba el pie. ¿Para qué demonios debía hacerlo? Finalmente se encogió de hombros y se agachó para rascarlo. Al mismo tiempo que lo hacía sintió algo silbar por encima.
Cuando se incorporó vio que una bola de nieve acababa de impactar en la verja, detrás suya, a la misma altura donde justo antes estaba su cara.
Se volvió hacia Lis que seguía maldiciendo mientras trataba de sacarse la nieve de la cara. A ella sí le habían dado.
—¡Ígor, Égar cuándo dejaréis de comportaros como críos! ¿Dónde os escondéis? Pienso daros una lección—gruñó, con los brazos en jarras.
De la espesura les llegaron las risas de varios chicos.
Dos eran agudas y la tercera un poco más grave.
—¡Oh temida hija de Salamandra, la hechicera! Decidme, mi señora, ¿sois en verdad una digna heredera de la bailarina del fuego? ¿He de temer por mi vida? —entonó teatralmente la voz más grave—¿Debo suplicar clemencia? ¿Me asaréis en la hoguera cual pincho moruno o me haréis explotar en chispas multicolores?
—¡Trash! —lo reprendió Lis—¡A ti te voy a dar una buena tunda!
Hubo más carcajadas y Lis abrió la boca furiosa para decir algo, pero no llegó hacerlo, otra bola de nieve le impactó en plena cara y más en los brazos y en el torso.
Pronto Angie estuvo bailando una suerte de extraña danza dejándose llevar por su intuición para esquivar las bolas mientras la pelirroja incapaz de esquivar la mayoría gruñía y maldecía a partes iguales.
—¡Apunta a la nueva! —oyó— No hay forma de darle.
Los proyectiles se incrementaron pero Angie se contorsionó de formas imposibles para evitarlos provocando las risas de los niños atacantes.
—Parece un saltimbanqui. ¿Nueva, eras un saltimbanqui antes de venir a la torre?
Angie negó con la cabeza pero las risas y los ataques de redoblaron mientras gritaban enardecidos:
—¡Salta, salta, saltimbanqui! ¡Salta, salta, saltimbanqui! ¿Esquivarás esta? ¿Y esta? —reían.
—Jopé qué mal lanzáis—se quejó el mayor.
—Es que no hay forma de darle —se lamentó uno de los pequeños— parece que supiera adonde se las vamos a tirar antes de hacerlo.
—Sí, a lo mejor, y yo soy archimago, Ígor. —Angie fue entonces la que tuvo que reprimir las carcajadas. —Aprende de un profesional—fardó antes de lanzar y fallar él también.
Los dos niños se echaron a reír del mayor y Lis los acompañó, pero la alegría no le duró mucho a la chica porque Trash en su orgullo herido le cerró la boca limpiamente con una bola de nieve.
—¡Puagh! —escupió Lis, repentinamente enfurecida—Basta ya Trash. Ven aquí.
—Oblígame. —le respondió en tono burlón desde la espesura.
—Si no me dejas otra opción… —repuso Lis amenazante.
—¿Qué me harás? Eres una sombra de tu madre. —siguió provocándola la voz. —No dominas el fuego ni una décima parte de lo bien que ella.
—¡Aún así lo domino mejor que tú! —le gritó Lis picada.
—Eso aún hay que verlo. —canturreó la voz— Han fijado la fecha de mi prueba del fuego pero la tuya no.
Angie se dio cuenta de que el chico no iba por buen lugar, se lo dijo su instinto y lo pudo advertir en el matiz rojizo que estaba adquiriendo la cara de Lis y en cómo le temblaban los puños cerrados.
Sin embargo, él no lo debía de ver desde su posición porque continuó:
—¿Dime, eres si quiera capaz de crear una llamita al primer intento?
Su sexto sentido soltó un grito estridente pero, antes de que Angie fuera capaz de idear un plan para marcharse disimuladamente, algo explotó.
Un árbol situado a pocos metros de los chicos se volatilizó en llamas.
Ellos gritaron y se alejaron precipitadamente y por primera vez Angie pudo advertir sus siluetas entre la espesura.
Lis se cubrió la boca con las manos, asustada:
—Dios. Maldito Trash—le gritó aún con rabia—, podría haberos matado.
—¡Lis, eres la bomba! —dijo uno de los pequeños entusiasmado acercándose al árbol para examinarlo.
—Una bomba de relojería. —terció el otro a su lado.
—Solo si la provocas—soltó una risilla maliciosa el mayor.
—Eres idiota Trash—sentenció solemnemente Lis dándoles la espalda y dirigiéndose hacia la torre seguida por Angie.
La niña pudo percibir más carcajadas de los chicos desde la espesura:
—Me considero perdedor de nuestra apuesta. Jamás sería capaz de hacer explotar un árbol en llamas. —gritó el mayor compungido.
—Pues ahora eres un idiota y además un perdedor que jamás sería capaz de hacer explotar un árbol en llamas—se encogió de hombros Lis. La pelirroja se volvió hacia Angie—. Vamos a las cocinas —le dijo—, con suerte podré presentarte a gente más normal.
Angie siguió a Lis hasta las cocinas, cerca de la puerta de entrada se encontró con una anciana que llevaba una pila de platos sucios casi tan alta como ella.
—Buenos días, Tina —la saludó Lis.
—Hola Salamandra. —respondió la mujer sin entusiasmo.
—Lis. —corrigió la pelirroja entre dientes.
La mujer se encogió de hombros mientras depositaba la pila en una mesa:
—Los años dificultan el pensamiento y de todas formas, sois muy parecidas.
—Mi madre es mucho mayor. —se quejó la niña mientras depositaba su capa en un perchero, imitada en seguida por Angie.
La cocinera que había sustituido a Maritta volvió a encogerse de hombros:
—Conozco a tu madre desde que era niña y tú tienes el mismo pelo, porte, carácter y gestos que ella entonces.
—Somos diferentes. Y no tenemos, por asomo, el mismo carácter —replicó ella molesta—. Mi carácter se parece más al de mi padre.
—¡Oh sí! —repuso la anciana mientras llevaba parte de los platos al fregadero—Un poco de la tranquilidad de tu padre sí que has heredado, más de la que tenía ella, y menos impulsividad, en cualquier caso. Pero créeme, los años rodeada de muchachos comilones y faltos de modales le han dado a una un buen ojo para esto —se volvió un segundo para mirarla mientras fregaba con una mueca de autosuficiencia—. Misma rebeldía y mismo fuego—sentenció antes de seguir trabajando.
—En lo del fuego te equivocas —susurró con una sonrisa triste Lis, tan bajo que solo Angie pudo oírla—No he heredado un don brillante como el de ella y jamás lograré llegar tan alto como mi padre.
Después sobrevino un silencio incómodo que Angie trató de romper:
—Yo creo que eres una mezcla de los dos—opinó amablemente— puede que tu cara y pelo sean como los de Salamandra pero tus ojos no son tan oscuros como los ella, si no de un castaño verdoso como los de Jonás. Seguro que también has heredado una mezcla del talento de los dos.
—Eso dicen todos—resopló con cansancio Lis.
No se preguntó como sabía Angie el aspecto que presentaban sus padres si aún no había tenido ocasión de verlos.
—Vamos, allí están algunos de mis amigos—la animó la pelirroja, cambiando de tema.
Angie suspiró de alivio, había metido la pata con su anterior comentario pero por suerte se había librado. Debía de tener más cuidado en el futuro.
La joven la condujo hacia una de las mesas. Había pocas mesas en la cocina y menos personas. El gran comedor nunca se utilizaba puesto que el número de alumnos de la torre había sido muy pequeño los últimos siglos. En dos mesas estaban sentados algunos niños de la edad de Angie o poco mayores de los cuales ninguno o casi ninguno llegaba a la túnica violeta pero Lis la condujo a una mesa más apartada en la que estaban sentados un chico y una chica de más edad. Ella túnica violeta y él roja.
—Hola —saludó alegremente Lis.
—Hola —respondieron intrigados clavando la vista en la nueva.
—Chicos, esta es Angie, acaba de llegar a la torre—la presentó.
—Encantado, yo soy Dagarian —se levantó el chico para estrecharle la mano con amabilidad y una gran sonrisa.
Angie se quedó un segundo deslumbrada por la blancura de sus dientes. Parte del efecto era producido por el contraste entre estos y su piel, muy oscura, que al igual que sus rasgos denotaban su origen sureño probablemente de alguna tierra más allá del desierto del Sol Poniente.
Llevaba el cabello ondulado oscuro recogido en la nuca en una pequeñísima coletita y por el aspecto debía de ser a los sumo, uno o dos años mayor que Lis.
—Encantada, Degáriaah —se esforzó en pronunciar como sonaba, no lo consiguió.
—Dagarian—corrigió amablemente—. No te preocupes, es un nombre del sur, es raro por aquí. De todas formas, dentro de poco podrás llamarme maestro si quieres aunque no es obligatorio. La torre es poco ortodoxa con esos detalles y yo prefiero un trato más cercano. —le explicó con otra blanca sonrisa.
Angie se la devolvió satisfecha de no haber errado en la procedencia del chico. Su instinto le decía además que era de origen muy humilde y había tenido una vida difícil y llena de esfuerzo pero disfrutaba mucho enseñando en la torre y en cualquier caso, era de de naturaleza tranquila y bondadosa.
Fijó la vista en la otra muchacha que también se había levantado.
Ella tampoco era norteña. Su piel era amarronada, si bien de un tono tostado o bronceado como el de Vanessa y llevaba el cabello oscuro suelto en ondas más allá de la cintura. Era flaca y llena de gracia y cuando alzó la mano para dársela a Angie unos aros dorados tintinearon en su muñeca.
Sus rasgos faciales también tenían alguna similitud con los de Vanessa por lo que Angie supuso que debían de ser originarias de la misma zona aunque había un detalle revelaba concretamente su origen racial.
En contraste con la piel y el cabello oscuros tenía los ojos de un increíble color liláceo, a juego con su túnica violeta. Angie la reconoció en seguida, como una integrante de un pueblo nómada del desierto el cual había acabado por diseminarse por el resto de los continentes. Donde Angie vivía los conocían como los cíngaros o los sin tierra pues nunca permanecían demasiado en ningún lugar. Angie los había visto llegar alguna vez en carromatos a la ciudad, formando compañías ambulantes o circenses. Realizaban juegos de azar y de manos en los que era mejor no participar si uno no quería arruinarse, aunque también había actuaciones de teatro, de equilbristas y algunas mujeres ataviadas con largas faldas multicolores repletas de monedas y aros que repiqueteaban a cada paso realizaban sugerentes bailes.
La mayoría de ellos poseían también ese increíble y característico color de ojos.
—Soy Zaira —se presentó con una sonrisa, todavía agitándole la mano.
—Encantada—respondió Angie.
Si Dagarian tenía un año más que Lis, Zaira debía tener uno o dos menos a juzgar por la altura. Y en cualquier caso, junto con Lis, debían de ser los más mayores de la cocina.
Una chica de pelo rubio trenzado, ojos azules pequeños y grandes incisivos de conejo entró en la cocina y los saludó. Debía de tener la misma edad que Zaira pero era túnica azul y debía de haber llegado más tarde a la torre por lo que, en cualquier caso, se sentó con los pequeños en otra mesa.
Angie adivinó que Lis y sus amigos debían de haber conformado una pandilla grande tiempo atrás pero que la mayoría de sus componentes se habían marchado de la torre ya tras terminar sus estudios, al tiempo que otros nuevos estudiantes iban llegando para iniciarse en los misterios de la magia.
Angie no pensó mucho más en ello y mientras Lis y sus amigos se ponían al día se encontró degustando unos bollos de Tina. El último recuerdo que poseía de la mujer correspondía a cuando era una muchacha atolondrada que sustituía con más voluntad que destreza a Maritta. Era increíble lo que había cambiado desde entonces. Y lo que había envejecido también.
A su pesar las elucubraciones sobre el ciclo vital y el paso del tiempo no duraron mucho, ya que pronto irrumpieron en la cocina alegremente tres chicos.
El más mayor se dirigió directamente a su mesa con un aire de socarronería y al llegar a su altura se quitó la capa y sacudió la cabeza para librarse de los restos de nieve.
Tenía el cabello rubio incluso un poco anaranjado, el rostro pecoso y los ojos traviesos de un brillante verde. Se sentó con chulería al lado de Lis y esbozó una sonrisa pícara:
—¿Todavía sigues enfadada?
Lis puso los ojos en blanco:
—Si no hubiese aprendido a aceptar tus continuas pruebas de inmadurez e irresponsabilidad hace mucho que habría dejado de dirigirte la palabra.
—En ese caso me alegro, que la gran hija de la bailarina del fuego me ignorase hubiese sido para mí una gran tragedia personal. —se burló.
—Vete al infierno—gruñó Lis.
—Ideal, pero creo que es un hábitat mejor diseñado para ti, hija de Salamandra.
Lis le lanzó un bollo a la cara pero él lo atrapó al vuelo y le dio un mordisco para después sonreírle con suficiencia. Unos segundos después pareció reparar en Angie:
—¡Vaya, la nueva! ¿Cómo te llamas? —le preguntó con curiosidad.
—Angie.
—Yo soy Trash. —se presentó sin dejar de comer el bollo.
—Un placer conocerle—contestó Angie mecánicamente sin dejar de observarlo con admiración.
—¡Oh no! Formalismos no. —puntualizó con la boca llena—. Dejemos eso para los nobles. Tutéame aunque me debas respeto y sumisión por ser tu superior en grado y conocimiento—añadió pomposamente.
—No lo tomes en serio—señaló Zaira amablemente—. Nunca—insistió.
—¿Ahora tú también me odias feriante nómada? —se quejó en un lamento fingido—Con lo bueno que soy, en el fondo. ¿Quién organiza las fiestas en este lugar? ¿Quién convocó el otro día a aquel duende para tomarle el pelo a Jonás y quién…?
—Así que fuiste tú—se inclinó sobre el asiento Dagarian triunfal.
Trash se quedó tieso un momento y se le cayó el bollo de la mano lo que hizo que el resto estallara en carcajadas.
—Yo… Dag… no si lo que yo quería decir… —pareció desistir en la mitad de la frase de elaborar una mentira convincente y se rindió—Está bien, pero por favor no se lo digas a Jonás. Él me perdonaría pero se lo comentaría como anécdota a su mujer y si ella se entera soy hombre muerto.
—No hace falta que lo haga Dagarian, puedo comentárselo yo a mi madre directamente. —intervino alegremente Lis.
—Cállate—la fulminó su amigo—, anda Dag…—se volvió hacia el chico.
—Está bien—accedió el túnica roja—, pero deja de mal influenciar a los alumnos.
—¿Malinfluenciar a quién? —se hizo el inocente él.
—A los gemelos, por ejemplo.
Trash se giró para mirar a los dos niños que habían entrado con él. En aquellos momentos estaban siendo reprendidos por Tina por alguna trastada que habían hecho pero no parecían estarle haciendo mucho caso.
—¿Los gemelos? ¡Bah! —le quitó importancia— Te preocupas demasiado por ellos y apuesto a que no eres ni capaz de diferenciarlos.
—¿Y tú sí? —lo provocó Zaira.
—No—confesó inclinándose hacia ella con una sonrisa pícara—.Pero has de saber que hay un método que nunca falla.
—¿Cuál?
—Observa—le guiñó el ojo—¡Égar! —gritó.
Uno de los gemelos volvió la vista hacia él y se apartó de Tina, su hermano lo siguió unos pasos detrás vacilante mientras Tina los miraba con reproche.
—Llamas a uno al azar. El que primero mira o acude es el que has dicho el nombre y el otro, pues es el otro hermano. —explicó ufano.
—Brillante—ironizó Lis mientras Zaira y Dagarian arqueaban una ceja con escepticismo.
Angie no les hizo mucho caso estaba absorta contemplando a los dos niños.
Eran túnicas blancas de su edad, estatura y totalmente idénticos entre sí.
Bueno, totalmente no.
Ambos poseían el cabello castaño oscuro, los mismos rasgos y la sonrisa más malévola y traviesa que Angie había visto en su vida. Pero sus ojos…. Uno tenía el ojo derecho de color chocolate y el ojo izquierdo de color verde pardo mientras que por el contrario, su hermano tenía el ojo derecho verde pardo y el izquierdo amarronado.
Sonrió entusiasmada, jamás había visto a nadie que tuviese los ojos de diferente color y delante de ella justamente había dos personas que por lo demás eran idénticas.
—¿Qué pasa, Trash? —preguntó el que tenía el ojo izquierdo verde y el chico había llamado como Égar.
—Nada—respondió el aludido—, solo que deberíais presentaros.
Ambos niños movieron la cabeza hacia ella como con un resorte y de forma también sincronizada esbozaron una sonrisa que no le gustó mucho:
—Hola saltimbanqui—entonaron simultáneamente.
—Me llamo Angie—los corrigió empezando a estar molesta.
—Lo sabemos—dijo uno.
—Porque oímos a Lis decir tu nombre—añadió el segundo.
—Pero—completó el primero—nos gusta más ese apodo.
—Así que te llamaremos así —dijo el otro.
—Salvo que quieras una presentación más formal—se encogió de hombros el primer hermano.
Angie parpadeó un poco aturdida ante la alternancia de intervenciones de los gemelos.
—Entonces quiero una presentación formal. —intervino dudosa.
Los dos hermanos intercambiaron una mirada cómplice.
—Está bien —dijo el que tenía el ojo izquierdo verde—, mi nombre es Égar—se presentó mientras extendía la mano para dársela.
Angie miró su brazo con desconfianza, su percepción le decía que era mejor ahorrarse el gesto de cortesía.
Haciendo eco de su sexto sentido, percibió la voz lacónica de Trash:
—Yo que tú, no lo haría.
Miró un segundo hacia atrás. Lis y sus amigos la estaban mirando a ella y a los hermanos con expectación.
Angie dudó. ¿Qué podía pasarle en el peor de los casos?
—Bien, entonces yo me presento formalmente como Angie—respondió antes de sacudirle la mano con firmeza.
El niño sonrió y Angie pensó que, a lo mejor, por una vez, su tercer ojo sí había sido algo paranoico. pero entonces con la mano libre el muchacho le estampó una bola de nieve en la cara.
Angie se la sacudió furiosa aunque no le había hecho daño:
—¡Tramposo! —se quejó.
Los gemelos soltaron una carcajada.
Cuando, por fin, se hubieron tranquilizado le dirigieron una sonrisa amistosa y la ayudaron a quitarse la nieve del pelo mientras le decían:
—Ahora que te hemos dado y presentado formalmente, estamos en paz. Bienvenida a la torre, Angie.
Angie llevaba toda la tarde sentada en frente a su libro de la Tierra. Aquello le estaba resultando más difícil de lo que esperaba. El problema no radicaba en que no supiese leer, cosa por la que Lis se había mostrado sorprendida:
—¿Cómo aprendiste a leer, siendo una niña de la calle? —había preguntado.
—No siempre he sido una niña de la calle. —se había limitado a responder Angie en tono cortante.
Por suerte, la pelirroja no había preguntado más.
Angie trataba de obviar que la mayoría de la gente en aquellas tierras no tenía acceso a la enseñanza, exceptuando algunos nobles, e incluso en aquellos casos, la educación de los varones se primaba por encima de la de las mujeres.
Sin embargo, remontarse a los tiempos anteriores a conocer a Vanessa y trabajar para aquel comerciante, recordar sus verdaderos orígenes era algo que le resultaba desagradable y doloroso. Había puesto todo su empeño en olvidar aquella parte de su vida, y no le apetecía sacarla a relucir delante de gente a la que acababa de conocer.
Enfurruñada volvió a fijar la vista en el libro. No, el problema no era la lectura, ni el lenguaje arcano cuyas bases acababa de explicarle la pelirroja, o las instrucciones del libro.
Era que simplemente, no le salía.
La hija de Jonás le había entregado un frasco con un precioso escarabajo verde esmeralda. Supuestamente Angie debía de intentar comunicarse con él. Aquello no le resultaba disparatado porque recordaba como aquel perro había hablado con ella pero cada vez que le preguntaba algo al escarabajo este se limitaba a seguir comiéndose unas hojas de árbol que la pelirroja le había puesto.
—Intentémoslo otra vez—se había propuesto—¿Qué tal estás? —sin respuesta—¿Qué día hace? —sin respuesta—¿Tienes hermanos? —sin respuesta—¿Qué tienen esas hojas que no tenga yo?
El escarabajo siguió a lo suyo ignorándola olímpicamente. Frustrada, apartó el frasco a un lado y resopló:
—¿Cómo puede ser que antes me saliera y ahora no? ¿Seré boba?
—Desde luego, niña, eres boba e ingenua—dijo alguien con un matiz de burla a sus espaldas.
Angie se dio la vuelta sobresaltada para descubrir a una lagartija de brillantes ojos rojos, sobre la pared, que era la que le había hablado.
—¿Cómo? —preguntó desconcertada.
Los ojos del reptil parecieron reírse de ella:
—Me envía Morderek —explicó finalmente—, quiere hablar contigo, te espera en el bosque.
La joven puso los brazos en jarras:
—¿Qué quiere?
—Ni lo sé, ni me importa—le contestó el reptil con desdén—. Solo me ha mandado a decírtelo.
—Pues dile que si quiere hablar conmigo que venga a buscarme a la torre—le respondió Angie con el mismo tono.
La lagartija soltó una risilla, o al menos, eso fue lo que le pareció antes de desaparecer por un resquicio junto a la ventana.
Morderek no podía acercarse a la torre ni ser detectado y su mensajero lo sabía.
Angie trató de concentrarse en el libro pero al poco tiempo un gorrión se posó en su ventana y se dedicó a mirarla fijamente con ojillos negros de pena.
Aquello no podía ser casual.
Irritada abrió la ventana. El pájaro pió de contento y se recolocó en frente de ella.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—Morderek te espera.
—Pues que siga esperando. —gruñó antes de cerrar la ventana de un portazo.
Se esforzó por concentrarse pero el mago negro no parecía muy dispuesto a desistir porque al cabo de un rato un nuevo pájaro se había posado al lado del gorrión.
Angie levantó un segundo la mirada y advirtió que se trataba de un loro urgalino del sur, característico por tener un llamativo penacho en su cabeza que movía en función de su estado de ánimo. En aquellos instantes el penacho estaba caído y lo contemplaba con ojillos de pena al igual que el gorrión. Cansada de ser distraída por la constantes miradas de carnero degollado de las aves, Angie corrió las cortinas.
—Veamos—se masajeó las sienes—según el libro de la Tierra debería… —se detuvo un instante.
Sobre la página del libro la miraba malévolamente la lagartija.
—¡Tú, otra vez! —casi gritó.
—Perdona si te interrumpo. —sonó la voz de Lis a sus espaldas.
La muchacha se giró abochornada.
La pelirroja la contemplaba desde la puerta extrañada.
—Perdona Lis, no era por ti, es que se me resiste el hechizo—se excusó.
—Comprendo, siempre es difícil al comienzo y se necesita paciencia. Venía por si tenías alguna duda.
—No, todo está bien—sonrió mientras sentía el sudor escurrirse por su cuello. Se levantó en dirección a la puerta mientras sentía como la mirada de la lagartija la seguía lentamente. —. Gracias de todas maneras, por tu ayuda.
—De nada—se encogió de hombros Lis—. Llámame si necesitas algo.
—Descuida—sonrió Angie forzadamente mientras cerraba la puerta tras ella.
Se volvió hacia el reptil con los ojos echando chispas:
—Largo de aquí—escupió.
La lagartija corrió a esconderse ante la ira de la muchacha.
El resto de la tarde Angie lo pasó tratando de hablar con el escarabajo e ignorando el sonido que hacían los pájaros al golpear con el pico el cristal de la ventana.
No pensaba abrirles. Si Morderek era cabezota ella pensaba serlo más. Sin embargo, cuando por fin, llegada ya la noche, logró establecer comunicación con el escarabajo a punto estuvo de tirar el frasco a la otra punta de la habitación.
El insecto había fijado por fin, su atención en ella pero en lugar de contestar a alguna de las múltiples preguntas que le había hecho se había limitado a mover sus antenas rotatotoriamente para indicar el nombre de su querido amigo.
Aborrecida, Angie puso el frasco lejos de su vista y se fue a la cama aunque no logró dormir. La luz de la luna se colaba a través de las cortinas y perfilaba las siluetas de las aves. Cuando, poco después, Angie contó que el número de pájaros en el aféizar se había multiplicado por tres, decidió que debía hacer algo o Morderek acabaría por enviar el bosque entero a su habitación.
—Tú ganas. —resopló.
Con resignación y aplastando su orgullo, se vistió y se echó la capa por encima, aún se encontró en su andar hacia la puerta a la lagartija que le dirigió una mirada burlona.
La suerte quiso que esquivase el pisotón lleno de furia que le dirigió Angie.
Después más tranquila, dejó atrás la habitación y salió de la torre en silencio, en medio de la madrugada.
Junto a la verja de la escuela la estaba esperando un lobo. No se sorprendió, el animal al ver que se acercaba echó a andar a través del bosque y Angie lo siguió.
Pronto llegó a un lugar al pie de las montañas donde le terreno se volvía escarpado y desaparecía la vegetación.
Allí, estaba esperándola el mago negro.
Su rostro era la definición de la palabra enfado. Aunque Angie se preguntaba si Morderek no estaba alguna vez, enfadado. Las únicas veces ya en la realidad, ya en sus visiones que no había visto sus cejas fruncidas y esa mirada fría había sido en las cuales el muchacho estaba fanfarroneando o siendo impertinente.
Esta vez, su expresión era de lo más clásica, sin embargo.
—A buenas horas—le espetó.
Era ya noche entrada pero Lis no podía dormir. Se encontraba asomada a la ventana de su habitación, con la mirada perdida en los límites del valle.
Yairak todavía no había vuelto a la torre y la pelirroja se preguntaba si su mejor amigo, porque solo se trataba de su mejor amigo, por supuesto, regresaría en verdad algún día. Y también estaba el hecho, que aquella carta anunciando su llegada y colgada de la pata de un halcón, había sido la única noticia que habían tenido de él durante casi dos años. Un mensaje, que ni siquiera había sido dirigida a ella, sino a Jonás el señor de la torre.
Al principio la había embargado la felicidad al saber de su próximo regreso. Al principio, antes de que Trash la devolviera a la tierra.
Trash llevaba dos años diciendo que Yairak jamás volvería, que había rehecho su vida olvidándolos o que habría muerto y nunca lo sabrían. Lis lo había buscado con hechizos y óculos pero no había encontrado nada. El mago no le había mandado jamás en ese tiempo, un mensaje o una carta, pero sí acababa de enviar una nota para ser alojado en la torre.
¿Yairak no había podido comunicarse con ella todo este tiempo, o es que no había querido hacerlo?
Lis se sentía confusa y dolida. Que sus padres no quisiesen que se examinase y que su amigo Trash anduviese andando por detrás metiendo cizaña, tampoco ayudaba.
El viento le descolocó el cabello al aire frío de la noche. Una fina capa de nieve cubría el valle tras la nevada de aquella tarde. Lis alzó una mano para colocarse el mechón detrás de las orejas y justo entonces su vista advirtió una figura en la entrada de la torre. Un punto negro que seguía a otro más pequeño hacia el bosque.
Frunció los ojos para distinguir de quien se trataba.
—Imposible—masculló, mientras se abalanzaba sobre el armario para sacar de él su capa y arrebujarse en ella.
Con un pase se teletransportó a la salida de la torre.
No se había equivocado, pensó mientras veía los tirabuzones saltarines de Angie perderse tras las hojas de los árboles.
Dudó unos segundos.
Después se aplicó un hechizo de mimetismo y la siguió con decisión.
No sabía qué escondía aquella cría pero intuía que la actitud de sus padres con la pequeña tenía alguna buena razón de ser.
Allí estaban sucediendo cosas muy extrañas y ella iba a averiguar por qué.
Se giró un momento para mirar hacia atrás.
La torre parecía una aguja negra y sombría recortada contra la luz de la luna, pero pese a las ganas que tenía de marcharse de ella, constituía su único hogar y una promesa de seguridad.
Lis suspiró.
Sus padres no lograrían retenerla eternamente. Ella no tenía miedo, estaba preparada desde hacía mucho.
Si sus padres se habían convertido en leyendas siendo solo aprendices ella podría hacer lo mismo.
Su sangre corría por sus venas.
No debía temer.
Angie solo era una aprendiz de primer grado.
Una niña pequeña.
Y sabía que eso era mentira.
Lis tenía la certeza de que había muchas más cosas detrás de Angie de lo que sus padres podían incluso sospechar, pero no se permitió temblar.
Dio la espalda a la torre y a la luz de la luna y se internó en el bosque hacia la oscuridad.
Aquella mañana antes de acudir a su despacho, Nawin reclamó al duque de las Brumas para audiencia.
El elfo se mostró sorprendido de que su petición de cita se hubiese adelantado tanto. La reina esperaba su reacción. El elfo sabía perfectamente que no atendía con agrado las peticiones y exigencias de los nobles como él.
Cuando entró en la sala de recepción, el duque ya la estaba esperando:
—Majestad—se inclinó—, impecable como siempre.
Nawin correspondió a su cumplido con una seca inclinación de cabeza.
Sabía que incluso en ese halago, el misterioso elfo de las brumas decía solo la verdad a medias. No dudaba de que las criadas habían hecho un buen trabajo, enroscando su cabello dorado en un tocado de trenzas terminado en una tiara de piedras preciosas. Su vestido verde esmeralda, resaltaba también el tono de sus ojos, pero sabía que ahora mismo el duque se estaba preguntando por las ojeras que enmarcaban estos.
No había dormido en toda la noche. Antes de que despuntase el alba, había mandado llamar a su consejero de más confianza, Éressar, el gran duque, para que adelantase su cita con aquel noble. A sus problemas con aquella mentalista se había sumado una rosa y el temor de una conspiración.
—Ha sido una grata sorpresa que hayáis podido recibirme antes—intervino con un amago de sonrisa el elfo.
—Me alegro que no os haya supuesto inconveniente—respondió Nawin con frialdad.
No le gustaba el trato con aquella raza.
Los elfos de las brumas eran misteriosos y fríos. Tenían ante todo fama de manipuladores y de traicioneros. Durante años habían sido los causantes de la mayoría de las conspiraciones a la corona y, aunque habían ayudado a desenmascarar la última, a Nawin le costaba recordar que eran sus aliados.
El apoyo que le brindaban duraría tanto como durase el cumplimiento de sus intereses por parte de la reina y no más.
Ellos no tenían lealtad a nadie salvo a sí mismos. Siempre habían odiado ser gobernados y eran la familia más cerrada e introvertida de todas.
De esa casa noble se decían rumores siniestros, desde que eran mayoritariamente nocturnos hasta que eran capaces de volverse invisibles o incluso que estaban malditos.
Nawin no dudaba de que parte de esos dichos venían dados por sus rasgos raciales. Los elfos de las brumas tenían el cabello blanco o plateado y la piel de un tono grisáceo con un aspecto de ónice.
Eso no influía en su belleza.
El elfo que estaba en frente suya era sumamente atractivo. Su cabello de plata caía más allá de la mitad de la espalda y sus ojos violáceos al igual que su sonrisa misteriosa resaltaban sobre su piel de aspecto pétreo.
Y le había propuesto matrimonio.
Nawin sintió un nudo en el estómago y trató de centrarse en lo que debía:
—¿Qué información os ha proporcionado vuestra red de espías recientemente…?
Él esbozó una sonrisa sesgada mientras sus ojos la atravesaban:
—Mi señora—susurró—yo prefiero llamarlos contactos.
—Vuestros contactos pues—frunció el ceño.
—La casa del valle está desconforme con las últimas leyes que habéis establecido. Echan en falta mayores privilegios y esperan que dos de sus más jóvenes vástagos sean nombrados caballeros pronto. La casa de los robles se marchita. El duque no tiene herederos ni parientes jóvenes que puedan heredar el cargo y las nuevas dicen que hace ya dos lunas que ni siquiera es capaz de levantarse de la cama.
—Sí hay parientes jóvenes—contradijo Nawin.
El elfo estrechó los ojos, su sonrisa se hizo más amplia y la elfa no supo si se estaba riendo de ella.
—Oh, sí, los hay, mi reina—su voz sonaba tan dulce como el azúcar pero había un trasfondo de ironía, de burla—. Un exproscrito licántropo que se hacía llamar An-Kris, si no me equivoco, ese amigo vuestro, vive ahora mismo en las montañas rodeado de otras bestias como él.
—Mantened un mínimo de respeto—advirtió Nawin ásperamente—. Esa bestia salvó la vida de vuestra reina.
El duque asintió.
—Disculpe, alteza, no era mi intención ofenderos—su tono era de disculpa pero sus ojos parecían brillar con la risa.
Nawin se echó hacia atrás en el asiento, molesta:
—¿Algo más, ser?
El elfo la miró con malicia y las comisuras de los labios curvadas hacia arriba:
—Lamento ofenderla, de proseguir, mi reina.
Nawin lo miró irritada:
—Continuad—decretó.
—La casa del río, no estará en mejores condiciones que la de los robles pronto—susurró—. La heredera de Shi-Yun, Shi-Mae, por lo visto está muerta—sus ojos se clavaron en ellas interrogantes como si quisiese una explicación detallada de ese hecho pero Nawin no iba a dársela. Había dicho una versión oficial hace tiempo y no pensaba repetirla.
—Continuad—repitió.
El elfo se resignó y prosiguió:
—Si queréis mi consejo, controlaría bien a quien pasa el mando de esas casas nobles. Ofrecería el mando de la de los robles a uno de los señores del valle. Los parientes restantes de los robles son demasiado lejanos y apenas ofrecerán resistencia si se les arrebata el cargo y así contentaríais a los otros. También buscaría una fuerte alianza matrimonial, pero no dudo que peticiones os sobran. —esbozó una media sonrisa—. Mi gente se sentiría muy halagada y más lo estaría yo si se me permitiese unirme a una de las mujeres más bellas e inteligentes del reino.
Nawin sintió que le ardían las mejillas:
—No estamos aquí para discutir nuestro posible matrimonio, ser.
Él se reclinó hacia atrás con una sonrisa maliciosa y una copa de vino en la mano:
—Una pena—susurró.
Nawin sintió su mirada violácea atravesarla. Se preguntó si solo trataba de atravesar su mente para saber lo que pensaba realmente al respecto o también su ropa.
—¿Qué queréis de mí, pues, mi señora? —preguntó, tras unos segundos de tenso silencio.
—Un informe sobre Qeela, una elfa de vuestra raza. Todo, lo que sepáis y podáis averiguar de ella—recalcó—. Así mismo, quiero que cualquier sospecha que tengáis acerca de traición o actividades relacionadas con su ejercicio, me sean comunicadas inmediatamente.
El elfo asintió:
—Buscaré información —la miró—. Supongo, que entonces así termina nuestra reunión. ¿No?
—Así es. —respondió Nawin aliviada de acabar con aquello.
Ambos se levantaron y la reina lo acompañó hasta la puerta de la salita. Allí, le tendió la mano para que se la besase, él se la cogió pero hizo algo inesperado.
Nawin se quedó tiesa cuando el elfo se inclinó sobre ella hasta presionar con suavidad y extrema lentitud, sus labios contra la curva de su mandíbula, poco antes de la puntiaguda oreja y del inicio del cuello.
Al separarse, su mejilla rozó la suya y por un momento sus narices se tocaron y ella pudo percibir su aliento.
Después el elfo le agarró la otra mano y alzó ambas ante sí, para besarle una muñeca y después otra por la parte interior del antebrazo, de manera parsimoniosa y sin dejar de mirar a los ojos a la reina en ningún momento.
Nawin, incapaz de apartar la vista de su mirada violácea maliciosa y pícara apenas se dio cuenta de cómo finalmente bajaba sus manos y las soltaba con delicadeza, al tiempo que esbozaba un sonrisa burlona:
—Un placer veros, como siempre, mi reina. Espero que nuestro próximo encuentro sea pronto—susurró con picardía antes de darse la vuelta y dejar la estancia.
Nawin lo observó alejarse por el pasillo del palacio con el cabello plateado flotando tras él.
He vuelto a dividir un capítulo en partes porque me quedaban muy largos… -.- la parte dos la estoy editando y la colgaré en una semana más o menos o incluso antes… pero aún así habrá una tercera parte (espero que no sea necesaria una cuarta) Me salen los capítulos el triple de largos de lo que los planeo siempre T-T pero para ella me parece que habrá que esperar hasta julio porque ya estoy hasta el cuello con los apuntes…
Así que, bueno, espero que os haya gustado dentro de lo que cabe porque este parece haber sido un capítulo introductorio de alumnos de la torre más que otra cosa y que hayáis encontrado mucha munición con la que tirotearme a críticas.
Un beso!!! :DD