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Historia 156560 — capítulo 9
Hola de nuevo, he sido una tardona lo reconozco, terminé los exámenes el 9 de julio pero aún me ha llevado hasta hoy escribir y revisar lo que quedaba de capítulo cuarto. Espero tener el capítulo quinto "Dana y el consejo de muertos" entero en dos semanas aproximadamente, aunque ya sabéis que mis predicciones son orientativas y sirven de poco o nada puesto que o actualizo mucho antes o mucho después.
Os dejo aquí también un fragmento de la profecía de Qeela que debería de haber puesto justo antes de comenzar el prólogo pero se me olvidó, es bastante esencial para entender la historia así que lo pongo ahora:
"Se cierne una amenaza sobre nuestro mundo. Cuando las sombras de aquellos que cayeron en la nada avancen hacia nosotros, las grandes fuerzas que se hundieron en el momento resurgirán reencarnadas. Se establecerá entonces, el último puente entre la tierra y el otro lado y solo él y quien sea capaz de ver en la lejanía nos podrán guiar en el instante final en el que los muertos traten de volver a nosotros para unir realidad y más allá en las mismas tinieblas."
Presagio anual de Qeela sobre el reinado de la reina Nawin, en el septuagésimo aniversario de su coronación.
Y nada más, a leer :DD
El camino era de tierra y serpenteaba por el campo bajo el sol abrasador del mediodía. Shi-Mae llevaba horas caminando por él. Un hechizo de teletransportación o un medio mágico para llegar a su destino, el reino de los elfos, hubiera sido mucho más sencillo pero no podía permitírselo por varios motivos.
Nadie podía entrar o salir del reino de los elfos mediante magia, teletranportándose, sin ser percibido. Había sido una gran idea que habían tenido los magos elfos para evitar la presencia de indeseables.
Hace tiempo, Shi-Mae habría podido teletransportarse directamente sin ningún problema y nadie habría hecho nada al respecto, pero ahora estaba supuestamente muerta, con un nigromante tras su pista y, según algunas versiones que circulaban por su tierra, era una traidora a la corona.
Si utilizaba su magia para volver a su tierra de forma rápida no solo conseguiría que Nawin, el consejo, la torre y todo el reino se enterase de su regreso, sino que, probablemente, en seguida sería capturada y metida en prisión a la espera de un juicio. Y por nada del mundo, pensaba tolerar eso.
A ello había que añadir dos motivos más. El hombre que la había devuelto a la vida o su amo, como se proclamaba él, la estaría buscando. La hechicera se había aplicado hechizos para no ser encontrada por la mirada de los óculos pero ello no implicaba que un hechicero tan poderoso como él no pudiese rastrearla si percibía su rastro mágico al realizar otros conjuros, especialmente aquellos que incluían un cambio de posición.
Y por último estaba el pacto que había realizado.
"Una vida a cambio de obediencia y lealtad".
Una vida con la condición de obedecer y de servir, de ser esclava y no tener libertad.
Sorprendentemente Shi-Mae no lo había pensado demasiado.
El Otro Lado había sido una tortura para ella. A menudo pensaba que hubiera preferido dejar de existir al igual que había hecho Suren que soportar aquello.
La elfa había puesto sus esperanzas en el momento, en poder resucitar gracias a Morderek.
No había sucedido. Su condenado aprendiz se había negado a devolverla a la vida. En reprimenda ella se lo había llevado consigo al mundo de los muertos. Y sí, torturarlo hasta la muerte habría sido una forma de posponer su frustración y dolor pero ni la venganza le había proporcionado alivio.
Tras ello y ya sin nada en que distraerse, sus pasos la habían llevado cerca de las ventanas y franjas desde donde los muertos podían contemplar el mundo de los vivos.
Aquello solo había sido otra forma de aumentar su impotencia ante su condición de muerta.
El mundo había continuado su devenir sin ella.
En el reino de los elfos, Nawin ejercía el poder y su padre, Shi-Yun, hacía años que había dejado de llorar su muerte para habituarse a una nueva situación nobiliaria en la que tenía que vender, como una carta de comodín, su apoyo a otros nobles según soplase el viento.
En la torre, Jonás se erigía como un archimago poderoso, ostentando el lugar que ella siempre había deseado.
Tanto en el consejo de magos con en el escalafón de poder de la nobleza su puesto había sido inmediatamente sustituido por otros con más alegría de poder subir en jerarquía que preocupados por lamentar su ausencia.
Ni siquiera, la gente mostraba ya demasiado interés en averiguar qué era lo que le había pasado y, el único hombre al que había amado jamás, había rehecho su vida lejos de los elfos y la magia, como lobo y con otra mujer.
No solo se sentía impotente por no poder influir en el transcurso de los acontecimientos sino que tenía que soportar como su recuerdo se iba diluyendo y como poco a poco sería como si nunca hubiese existido en aquel mundo de vivos que contemplaba.
Además tenía que soportar a las presencias del Otro Lado.
La que había sido su maestra, Aonia, y la mujer a la que más admiraba y como la cual deseaba ser, la contemplaba cuando se cruzaban desde la distancia con desprecio.
Nada que ver con la actitud cálida que mantenía con otros espíritus como Dana. Shi-Mae podía imaginarse lo que pasaba por la cabeza de la primera señora de la torre. "La decepcioné". La elfa había trazado grandes planes ambiciosos pero se había quemado con las chispas antes de lograr la hoguera.
Otras veces, Aonia la miraba casi como si le diera pena y Shi-Mae odiaba esa mirada aún más.
Sabía que la legendaria señora de la torre veía a la niña a la que había tomado como aprendiz, una niña que se había ahogado en sus propios sueños de poder, que había pretendido alcanzar sus sueños sin importarle a quien llevarse por delante. Una mujer patética que se había creído mejor que el resto cuando ni siquiera había logrado alcanzar el nivel de Dana. "No era tu destino" sabía que pensaba Aonia de ella. "No te lo merecías. Demostraste ser cruel y ruín. Demostraste no merecer nada de lo que se entregó ni de lo que se hizo por ti. Ahora, tienes tu premio"
Lo más amargo de todo es que Dana, cuyo cargo y situación envidiaba, también parecía sentir cierta lástima hacia ella por encima del recelo o el rencor. Había llegado incluso a preguntarle si se había arrepentido de sus actos.
Shi-Mae no había contestado a la pregunta.
Ante todo odiaba ver las muestras de afecto que ella y Kai se profesaban y la situación cordial que mantenían con otros espíritus, en definitiva, su felicidad.
Tenía su premio, o su condena. Desde luego que la tenía. Cada vez que veía a Dana y a Kai, recordaba también que no solo había fracasado en su vida sino que también en su futuro. No había nada ni nadie para ella en el Otro Lado, ni lo habría nunca. Pasaría la eternidad sola entre las brumas del más allá, lamentando interiormente, tras su muralla de orgullo, los errores cometidos en vida. Ningún espíritu compartiría con ella sonrisas ni muestras de afecto, nadie sostendría su mano a través de los siglos de los siglos, en un lugar, donde consuelos como la riqueza y el poder no existían.
No había esperanza.
Por debajo del orgullo y el rencor, llegó incluso a pensar que todo aquello por lo que había dado su vida ahora no le servía de nada. Estaba sola, aunque entonces no supiera todavía hasta que punto.
Un día entre las brumas del más allá había advertido un aura espiritual conocida.
Su esencia se estremeció.
No podía ser.
O sí.
La madre de Shi-Mae había muerto cuando ella era muy pequeña.
La casa del Río era una de las más poderosas del reino y cuando los reyes aún no habían tenido a Nawin se rumoreaba que dado la delicada salud de la reina y la posible esterilidad del rey podrían ser los herederos de otras casas los que consiguieran la corona.
Ante aquella situación, las familias nobles habían reforzado su guardia personal, pero ni siquiera aquello, había sido suficiente para evitar que el carruaje en el que viajaba la madre de Shi-Mae y su tío sufriese una emboscada.
Los habían encontrado con el cuerpo atravesado por varias flechas en medio del camino y con los ojos abiertos por la sorpresa y el miedo.
Desde entonces su padre no había vuelto a ser el mismo.
Se volcó en su única hija y heredera. Shi-Mae había tenido las mejores institutrices y maestros en cuestiones de modales o política del reino. Y aunque la niña se había hundido con la muerte de su madre no le habían dejado llorarla.
La habían reprendido y le habían enseñado que por mucho que le doliese algo por dentro no debía exteriorizarlo.
Debía mostrarse fuerte y segura de sí misma. La debilidad y las lágrimas solo azuzarían a sus enemigos.
Y la gente fuerte y poderosa, aquellos destinados a reyes, debían hacer a sus enemigos temblar, no derrumbarse ante ellos.
Y ella, Shi-Mae, podría ser la próxima reina, si sabía jugar sus cartas y valerse por sí misma.
Con esa idea la joven elfa se tragó las lágrimas y se aplicó a sus obligaciones.
Con el paso de los años, resultó ser una niña absolutamente brillante.
Pudiera ser por las presión de ser la única hija y heredera de su casa pero sus modales y protocolo eran exquisitos, su capacidad para mantener la compostura extraordinaria en alguien de su edad y era tan perspicaz, inteligente y calculadora que no se le escapaba detalle de nada.
Inconscientemente en su interior, aquello era una forma de honrar a su madre, de que su muerte no fuera en vano, de hacer feliz a su padre, convirtiéndose en la heredera perfecta. Sería fuerte y poderosa, sería la reina y entonces, aquellos que habían osado arrebatarle a su madre, temblarían.
De esta forma, Shi-Mae asumió su papel de heredera, y el deber de enorgullecer su sangre y su casa como propio.
Sin embargo fue poco después, siendo aún muy pequeña, cuando su padre descubrió su don para la magia. Se asustó y disgustó al principio pero finalmente tras muchas noches en las que se reunió con consejeros resolvió llevarla al exilio, a estudiar a la torre. Demasiados jóvenes nobles morían en extrañas circunstancias en aquellos tiempos en el Bosque Dorado fruto de las rencillas entre nobles y conspiradores que buscaban sacar de en medio a potenciales aspirantes a la corona.
En la Torre, Shi-Mae conoció a Aonia. Desde entonces la nobleza dejó de ser su único mundo y se integró en lo arcano, otra dimensión de poder, llena de posibilidades. La leyenda y la fama de Aonia llegaban a los confines de todos los reinos y Shi-Mae, encandilada por el brillo dorado de sus ropajes y la promesa de gloria y poder, deseó desde la primera vez que la vio llegar algún día a ser como ella.
Sin embargo, la oportunidad de aprender de la hechicera más poderosa que jamás había existido se convirtió muy pronto en polvo.
Al poco tiempo de iniciar sus estudios en la torre, llegó la noticia del nacimiento de una nueva heredera. Una princesa de sangre real. Parecía que finalmente el rey no había sido tan estéril como los espías de la corte aseguraban y había engendrado una elfa destinada a convertirse en la nueva y definitiva reina de los elfos.
Nawin.
Su padre acudió a buscarla a la Torre y le dijo que los tiempos de exilio se habían acabado para ambos, dejarían las tierras humanas y volverían al reino de los elfos.
Entonces, su mundo se derrumbó.
No lloraba desde la muerte de su madre, le habían enseñado bien, pero aquella vez no le importó que Aonia y el resto de aprendices de la torre la viesen y se aferró a su padre suplicándole que no le hiciese aquello.
Su padre la había mirado con el alma rota pero había sido tajante.
"Los de nuestra sangre tienen privilegios con los que el pueblo llano no podría jamás soñar, pero a su vez, tenemos nuestras obligaciones. Corresponde a los pebleyos elegir su destino con total libertad, cambiar sus nombres, echarse al camino un buen día o casarse solo por amor. Pero tú sabes quién eres y cuál es tu deber."
La niña había clavado una mirada de hielo en su progenitor.
"Soy Shi-Mae, heredera de la casa ducal del Río" había respondido secándose las lágrimas y con una voz fría e impersonal.
"Destinada a sucederme." Había afirmado su padre, omitiendo que eso sería lo máximo a lo que podría esperar ya que la existencia de cierta princesa, era la causa de un destino menos prometedor para ella y la misma que la apartaba de la torre.
Se habían despedido protocolariamente y habían acordado que la elfa atravesaría la frontera en solitario con un escolta, al mismo tiempo que lo hacía un carruaje señuelo para evitar emboscadas.
Cuando días después, Shi-Mae había dejado la torre a caballo, la aguja negra recortándose contra el valle a la luz del crepúsculo había dejado una fuerte impresión en ella.
Había vislumbrado la magia, había rozado la libertad y el auténtico poder y, el sueño de llegar a ser como la mujer de la túnica dorada, anidó con fuerza en su alma.
No sabía entonces que la magia sería uno de los dos grandes amores de su vida, y también en la muerte.
El otro estaba a punto de llegar.
Le salvó la vida en la frontera. Era un centinela de aspecto salvaje, un plebeyo que probablemente no volvería a ver jamás.
Pero al igual que el destino la había apartado del trono y de todo aquello para lo que había sido preparada, no tuvo ningún reparo en volver a cruzar sus caminos de nuevo.
El joven se unió a la guardia de su padre. Un simple soldado.
Le dirigía miradas camufladas y ella podía ver en sus ojos de ámbar arder en un fuego capaz de abrasarlo todo.
Lo veía cuando se cruzaban en su palacio, cuando la acompañaba como escolta o cuando su mirada se cruzaba con la de ella en una fiesta de alta sociedad, mientras la joven bailaba con los más encopetados elfos de la alta nobleza y él vigilaba las entradas.
Y si bien por aquel entonces, encontraba divertido devolverle las miradas con altanería y superioridad, en el fondo, sus ojos se regalaban con la apostura del soldado y lo buscaban entre la guardia con más frecuencia de la que se atrevía a reconocer para sí misma y con un interés que jamás admitiría.
Y aún más duro le fue admitir el sentimiento que inflamó su corazón la noche que él trepó a su balcón a escondidas, desafiando todas las normas, y la besó bajo la luna llena.
Con el tiempo, su padre llegó a percibir que alguien se había llevado el corazón de su hija. Cada petición de mano por un joven de la nobleza o un intento de cortejo era finalizado con un desplante o una mirada fría de desprecio por parte de Shi-Mae.
Pero su padre jamás podría entender que ningún elfo tenía esa mirada salvaje ni esa sonrisa misteriosa capaz de hacerle perder la cordura, ninguno de ellos habría sido capaz de besarla con tanta pasión como para detenerle el corazón o acariciarla y declararle su amor con tanta sinceridad como para quitarle el aliento.
Sus encuentros secretos le reportaban vestigios de una libertad jamás lograda, pero con el paso del tiempo, supo que no era suficiente. Que seguir manteniéndolo en secreto y limitarse a encuentros a escondidas nunca sería suficiente.
Quería que fuera suyo para siempre, quería casarse con él, formar una familia y envejecer a su lado.
Hacerlo pasar de soldado raso a un pariente perdido del conde de los Robles supuso un reto pero Shi-Mae, era conocida por ser muy inteligente y habilidosa y lo consiguió. Y aunque su padre nunca llegó a caer plenamente en el engaño, alcanzó igualmente lo que se proponía: el consentimiento y aceptación social para poder prometerse con él.
La caída fue mucho más dura esta vez.
La noche anterior a presentarse a la prueba del fuego Shi-Mae descubrió no solo que su prometido no era quien decía ser, sino que además, él no la amaba tanto como ella a él. En todos los años juntos, a un escaso mes de su boda, no había sido capaz de confiar en ella para contarle su terrible secreto.
¿Cómo iba a confiar en él después de contarle todo lo que jamás hubiese revelado a nadie y de que él, a cambio, se hubiese atrevido a llevar aquel engaño hasta sus últimas consecuencias? ¿Cómo no iba a sentir miedo después de que hubiese tratado de matarla? ¿Cómo le iban a permitir casarse con él acaso sabiéndose que estaba enfermo y que era un asesino a pesar de todos los esfuerzos que había hecho para poder hacerlo pasar por noble? ¿Podría ser su esposo, si ser la última de su linaje la obligaba a tener descendencia y toda la que él podría proporcionarle estaría tan enferma como él?
Shi-Mae se había sentido rota y traicionada.
Era inconcebible que Fenris, a quien había jurado amar por toda la eternidad, no hubiese contemplado esos detalles. Doloroso, que no hubiese confiado en ella lo suficiente y hubiera pretendido planear una boda y hacer público un compromiso sin contarle aquel detalle que arruinaba todo.
Sin contarle que era un licántropo.
Aquella noche fue la segunda vez que Shi-Mae lloró con toda su alma.
Hubo una tercera.
Fue décadas después, aburrida de la continua lucha por el poder que tenía lugar en la corte élfica, comprendiendo que jamás lograría ceñirse la corona, impotente ante la falta de felicidad que le producía su posición nobiliaria y en el consejo, rechazando pretendiente tras pretendiente y casi experimentando odio hasta por su propio padre cuando él se le apareció.
El mentalista Suren, aprovechándose de sus más ocuros deseos y frustraciones, le había propuesto un pacto. Shi-Mae se había negado en su orgullo primero y por un oculto sentimiento de culpabilidad ante lo que se le proponía después, pero finalmente, había accedido a meditarlo y pasó la noche en vela pensando una respuesta.
Y al día siguiente, había aceptado.
Aquella noche volvió a llorar amargamente por su vida y en quien se había convertido. Sin embargo, al amanecer todo rastro de tristeza se había borrado de su corazón y solo quedaba odio, rencor y ansias de poder. Unos sentimientos que habían culminado en un coletazo de dragón que la había mandado a la tumba.
Tantas cosas y tanto tiempo después que casi había olvidado el inicio de todo. Tantos rostros y recuerdos, que los rasgos de su madre estaban ya borrosos y ausentes de su pensamiento.
Por eso tardó en caer en la cuenta de un espíritu peculiar, en el Otro Lado.
Dudó de si acercarse o retroceder y esconderse de su vista. No tuvo mucho tiempo para decidir porque pronto los ojos del espíritu la detectaron.
Shi-Mae se quedó paralizada pero su madre no pareció reconocerla y pasó de largo a su lado.
—No me recuerda…—susurró con voz temblorosa por la impresión.
—Yo diría más bien que no te reconoce—respondió un espíritu de un humano a su lado.
Shi-Mae no solía hablar con necios espíritus humanos y menos si no eran magos pero se dio cuenta de que podía tener razón. La última vez que se habían visto ella era una niña ahora presentaba el aspecto de una mujer madura.
—Hay ventanas, sin embargo—replicó ella con un atisbo de molestia y dolor por debajo de la frialdad de su tono.
El humano soltó una risilla:
—Claro que sí. La mayoría de la gente nueva las contempla de vez en cuando pero con el paso del tiempo a no ser que te guste sufrir dejas de hacerlo. Es demasiado doloroso.
—Entonces mi madre no sabe qué ha sido de mí… —susurró ella para sí.
—En realidad, —intervino el espíritu— por lo general aunque no observes el mundo de los vivos siempre te llegan noticias. Seguro que tu madre no conoce tu aspecto pero yo apostaría a qué sabe cuál ha sido el devenir de su vida. Solo necesitas acercarte y decirle quien eres. —apostilló.
Shi-Mae no respondió pero se alejó de él sin siquiera darle las gracias, hasta su madre. Estaba tan cerca que si alargaba el brazo tocaría su hombro y ella se volvería.
Pero no lo alargó.
¿Y si su madre estaba al tanto de lo que ella había sido en vida? ¿Y si sabía que había sido una traidora vengativa, una asesina? ¿La miraría como Aonia? ¿Le diría que estaba decepcionada? Shi-Mae sabía que no habría podido soportarlo. Sabía que no habría podido soportar también el rechazo en los ojos de su madre.
No tuvo valor. Se alejó y pronto perdió al fantasma entre la bruma. Cuando se encontró sola sintió unas indefinibles ganas de llorar pero no lo hizo.
Shi-Mae no debía llorar.
Solo sabía que ella había trabajado para ser una hechicera poderosa. Nadie le había regalado nada. Ningún unicornio le había dado su poder como a Dana. Se había colocado a la cabeza de la jerarquía nobiliaria a base inteligencia, perspicacia e intrigas. Había amado con todo su corazón a un muchacho que ni siquiera era noble. A cambio no había obtenido el trono, ni la torre y su prometido no la había querido lo suficiente como para confiar en ella y casi la había asesinado. Por otra parte, si su muerte y vida habían sido ridículas y frustrantes ahora no quería ni pensar en la eternidad de miseria que le esperaba en el Otro Lado.
Solo deseaba olvidar, dejar de existir y de pensar. De buena gana hubiera accedido a formar parte del laberinto de las sombras.
Y Entonces había aparecido él.
Él, que escogía bien a sus víctimas.
Le había ofrecido una nueva existencia, una nueva oportunidad.
Shi-Mae había aceptado casi enseguida. Una nueva oportunidad para cambiar su destino para conseguir un final digno a su historia. Alcanzaría la gloria que tanto se merecía, volvería a sentir la caricia del sol sobre la cara y tal vez, volviera a amar y a ser amada.
Lo que le pedía a cambio era un nimiedad.
¿Solo obediencia?
Únicamente hubo una cosa que le había hecho dudar y fue cuando le habló de su cuerpo en laberinto de las sombras.
No podía ser recuperado porque los cuerpos se fundían con el paso del tiempo con las sombras del laberinto, al igual que lo hacían las almas de aquellos que se quedaban encerrados allí. Un destino peor que la muerte, la inexistencia.
Sin embargo, él había sonreído y había dicho que no suponía un problema para él, que conseguiría su cuerpo de igual forma.
Entonces debería de haberlo sospechado, debería de haberlo supuesto, pero había accedido alegremente.
¿Libertad?
La recobraría fácilmente.
Había sido una ingenua pensando que podría librarse de él o asesinarlo en cuanto la resucitase.
Aquel hechicero sabía lo que hacía y era mucho más poderoso que ella.
Además, el pacto que habían acordado era un arma de doble filo.
Shi-Mae estaría viva, sí, pero mientras fuera su esclava, y ahora que había huido de él, había incumplido su parte del pacto.
Sabía lo que le esperaba, no era ingenua.
Su cuenta atrás había comenzado desde el momento que había dejado atrás la fortaleza. No sabía con seguridad el tiempo que le quedaba. ¿Años? ¿Meses? ¿Semanas? Lo seguro es que con el paso del tiempo se iría debilitando, primero, muy lentamente y después, más rápido hasta morir. Y aquel era el tercer motivo para evitar utilizar la magia ya que el uso de esta solo aceleraría el proceso.
Shi-Mae necesitaba convencer a sus apoyos en el consejo y en la nobleza de acabar con ese hechicero y tal vez así conseguiría salvarse. Sin embargo, nada le garantizaba después de todo ese tiempo que aún pudiera tener algún tipo de influencia o apoyo.
Parecía que por el momento su mejor alternativa consistía en resignarse a llegar por su propio pie y pero tras unas horas ejecutando ese plan dudaba de que fuera a ser viable.
Había tomado el camino del este tras dejar el anterior pueblo, la cosa había ido medianamente bien hasta internarse en el bosque.
Una vez allí se dio cuenta de que no iba especialmente vestida para la ocasión. Los pliegues de su larga túnica dorada, elaborada al estilo élfico y más bien diseñada para deslizarse con elegancia por los pasillo de los elegantes palacios de su tierra, no hacían más que engancharse con las zarzas o embarrarse en la tierra, al mismo tiempo las cadenas y brillantes engarzadas en su cabello, lo hacían con las ramas de los árboles.
Shi-Mae había maldecido pero tras unas horas había logrado atravesar el bosque.
Y aunque su ropa no podía ser menos adecuada, no contaba con otra, ya que era la misma con la que había muerto y su cuerpo había sido utilizado en su resurrección.
Por suerte, el tramo de bosque había durado poco y ahora el camino transcurría paralelo a él por un sendero pedregoso ascendente a la luz del mediodía.
Paró un segundo a recobrar el aliento.
Le dolían tanto los pies que habría jurado que le estaban sangrando las plantas. Sus zapatillas élficas eran demasiado blandas para amortiguar las afiladas piedras del camino. Le ardía la frente y debajo de la pesada túnica no podía parar de sudar bajo el sol abrasador. El calor y el roce de la ropa contra la piel le había provocado ampollas en el escote.
Por si fuera poco, acostumbrada a contar con el elemento sobrenatural de la magia para calmar sus necesidades más mundanas tampoco había reparado en el hecho de que no tenía agua ni comida hasta que le había empezado a rugir el estómago y la sequedad de su boca se había convertido en insoportable.
Shi-Mae se sentó a la sombra de un árbol y cerró los ojos agotada. ¿Cómo había llegado hasta aquella situación?, pensó. Se sintió rabiosa y herida en su orgullo ¿Tan vulnerable era si no podía hacer uso de su magia? No ayudó a su ánimo recordar que su exprometido había sido un centinela perfectamente capaz de sobrevivir en el bosque o que algunas de sus adversarias como Dana o Salamandra hubieran también podido sobrevivir fuera de una ciudad.
Ella había sido criada en el seno de la corte así que en el fondo no era de extrañar, se justificó una parte de ella, la otra, orgullosa, la misma que se sentía abochornada ante las capacidades ajenas, la impulsó a levantarse y a seguir caminando sin rendirse, a pesar del dolor.
Sin embargo antes de que hubiese andado un tercio de la vez anterior distinguió un brillo escarlata en las rocas del sendero: sangre.
Unos metros más allá, en el borde del camino había el cuerpo ensangrentado de un hombre.
Shi-Mae apenas lo contempló unos segundos.
El desconocido permanecía exánime y parecía estar perdiendo sangre lentamente. Un simple conjuro de coagulación habría detenido la hemorragia y salvado su vida pero no pensaba ejecutarlo dadas su situación.
—Mala suerte—dijo al futuro cadáver y siguió andando sin demasiados escrúpulos.
Unos metros más adelante se encontró con jirones de ropa del desconocido y un puñal también marchado de carmesí cuya hoja desprendía un brillo plateado a la luz del sol.
Nada de eso la detuvo.
Probablemente un ajuste de cuentas entre bandidos supuso la elfa sin concederle importancia.
Solo fue dos horas después a punto de alcanzar un pueblo y creyendo que ya no podría caminar con lo que le dolían los pies cuando su mente recordó la escena.
Un hombre ensangrentado al borde de un bosque con la ropa hecha jirones y un puñal que desprendía un brillo plateado a la luz del sol…
Plateado.
Shi-Mae se paró en seco y echó a correr en dirección contraria. Las piedras agujeraban su calzado y el dolor era insufrible, la túnica se quedaba enganchada cada dos por tres en los arbustos y la desgarraba al tirar de ella y su impotencia aumentaba dándose cuenta de que no llegaría tiempo pero se tragó las lágrimas y la rabia y, antes de que llegase la noche, había alcanzado el lugar.
Extenuada se dejó caer al lado del puñal y lo cogió.
Plata.
No se había equivocado. La cuestión era si el desconocido lo había utilizado por tener una determinada profesión o porque simplemente lo tenía.
Shi-Mae se acercó al cuerpo del hombre. Todavía seguía vivo lo que le resultaba sorpresivo.
Alrededor suya advirtió, había más armas y no de plata. Podía ser una casualidad, sin embargo, su ropa estaba desgarrada y poseía numerosas heridas que tenían pintas de haber sido causadas por algún animal salvaje más que por un arma blanca.
Shi-Mae sonrió. Aquello era más que prometedor.
Alzó una mano y las heridas del hombre dejaron de sangrar.
Decidió acercarse más para examinarlo y a la vez una vez de su mente se autoreprendió.
¿Qué se suponía que estaba haciendo? No debía de haber vuelto a junto aquel desconocido que posiblemente hasta fuera un delincuente. Tal vez hubiera logrado alcanzar el pueblo antes del anochecer. ¿Qué pensaba hacer ahora?
Titubeó.
Sin embargo, distinguió algo en la cara del hombre. Con el pie le dio la vuelta a su cuerpo para poder observar mejor su rostro.
Era de tez y cabello oscuro, con sombra de barba y rozando la treintena. Habría sido bastante atractivo antes de aquello pero a la elfa le parecía que pocas mujeres podrían mirarlo ahora sin torcer la cara de espanto.
El tipo de criatura al que se hubiese enfrentado le había dejado destrozado el lado izquierdo del rostro. La bestia había dejado sobre su ojo mejilla, mandíbula y parte del cuello sendos surcos en carne viva.
A la elfa la invadieron sentimientos opuestos, desde el asco y el rencor hasta el triunfo.
Sin preocuparse del sol que se ocultaba entre las montañas se sentó a aguardar el despertar del desconocido.
Alguna gente podría confundir las marcas de garras en la cara del individuo con las causadas por un oso pero por circunstancias personales Shi-Mae conocía lo bastante del tema como para saber por su tamaño, forma y profundidad a qué tipo de criatura pertenecían.
Fenris se acercó espantado.
No era posible.
Estaba viviendo una pesadilla.
Porque a unos metros de él, tirado en el suelo, estaba el cuerpo desnudo de Gaya.
Las implicaciones de aquella imagen eran aterradoras. Los licántropos solo recuperaban su verdadera forma por voluntad o… si estaban… muertos…
El elfo cayó de rodillas al lado de su prometida.
Hubiera querido llorar pero no podía. Las lágrimas se habían secado en sus ojos hacía mucho tiempo con cada desgracia que se había abatido sobre él.
El cuerpo de la que iba a convertirse en su mujer estaba cubierto de heridas que parecían echar humo. Fenris las reconoció y se puso en guardia.
Una parte de su mente retrocedió al mismo tiempo hacia atrás, hacia un tiempo que ya creía olvidado. Un tiempo durante su destierro en el que había convivido con un sanguinario señor de los lobos sin escrúpulos a la hora de matar humanos o elfos.
"Tú eres un elfo-lobo y son los lobos los que te aceptan, no los elfos, ni los humanos. ¿Por qué insistes en proteger a los que tanto te odian?" le había preguntado Novan una vez.
Fenris había abierto la boca para responder, pero no había encontrado las palabras.
"Ellos no sienten ningún aprecio por tu vida, elfo " había añadido el mago en voz baja. "Te lo digo por experiencia. Mira."
Se había quitado la camisa que llevaba puesta y le había mostrado el torso lleno de cicatrices.
"La mayoría me las hicieron cuando yo todavía trataba desesperadamente de ser un humano como los demás, cuando quería que me aceptaran, cuando pedía ayuda a gritos. Y esta fue la respuesta de los humanos. Imagina cómo debieron de ser los golpes cuando, a pesar de la gran capacidad de regeneración de mi cuerpo de licántropo, me dejaron estas marcas. Podría haberlas hecho desaparecer con mi magia, pero las mantengo en mi cuerpo para no olvidar mi odio hacia ellos. ¿Ves esas cicatrices que parecen quemaduras de ácido? Esas no se irían ni con todos los hechizos de curación del mundo. Fueron producidas por armas de plata."
Quemaduras de ácido.
Las mismas que presentaba Gaya por todo su cuerpo.
Un cazador de bestias, logró pensar Fenris en medio de la angustia pero entonces su aguda vista élfica advirtió otro detalle.
El hombro de su prometida estaba atravesado por una flecha, alrededor de la cual la carne también estaba quemada. Sin embargo, pudo advertir que astil de la saeta se elevaba y descendía de forma casi imperceptible.
Gaya aún respiraba.
Gaya estaba viva.
Fenris suspiró de alivio pero no se relajó, inmediatamente puso las manos sobre su cuerpo y comenzó a trasmitirle energía.
Apenas unos minutos después comprendió que no sería suficiente. El sudor perlaba su frente, le daban calambres y se sentía tan debilitado que creía que se desmayaría en cualquier momento. Gaya presentaba un poco de mejor color pero sus heridas seguían presentando el mismo aspecto que al principio.
Recordó las palabras de Novan hablando de la difícil curación de las heridas causadas por plata y supo que él solo no lo lograría. Tal vez, pospusiese su muerte una hora o dos pero no lograría curarla en el estado en el que había quedado su cuerpo.
Solo le quedaba una opción.
Rodeando con el brazo a su prometida, ejecutó un pase mágico con la mano libre y las fuerzas restantes.
Su mente visualizó la imagen de una alta torre mientras se teletransportaban.
La noche era oscura y en el bosque, las ramas de los árboles dibujaban sombras acechantes a partir de la luz de la luna. En varias ocasiones, Lis se vio tentada a dar media vuelta pero su orgullo que le impedía ser más cobarde que Angie la impulsó a continuar.
Finalmente la encontró. A la linde del bosque, en una explanada rocosa al pie de las montañas había dos personas hablando.
Lis se ocultó detrás de unos arbustos, a poca distancia y trató de escuchar.
—Dime —distinguió la voz de un hombre joven visiblemente enfadado—. ¿Has descubierto algo ya? ¿Tienes algún plan en mente?
—No he averiguado nada todavía, ni tengo ningún plan —respondió otra voz que solo podía ser la de Angie.
—¿Y qué vas a hacer? —elevó el tono aún más el hombre—. ¿Dejar pasar el tiempo? ¿Esperar a que ella se enfade y tome cartas en el asunto?
—No he recibido noticias.
—Pero las tendrás, te lo aseguro. No sabes con quién estás tratando.
Escuchó una risilla amarga y aguda que solo podía proceder de la niña:
—Sé con quien trato y también sé qué quiero. Quiero a Vanessa libre y de momento ella no puede ayudarme en ese aspecto.
—¿Y qué vas a hacer?
—Ella pretende que los hechiceros se unan contra un enemigo común, el suyo y de paso matar dos pájaros de un tiro y conservar la vida. He venido a un lugar repleto de magos. Si les cuento mi historia tal vez me ayuden a salvar a mi amiga.
Se hizo un silencio tenso que rompió el hombre con un tono de voz histérico:
—¿Me cortará el cuello si dejo que te pase algo y tú me estás hablando de que vas a jugar a dos bandas?
Lis hizo un hueco en el arbusto, con precaución y se acercó un poco más para poder mirar.
Angie estaba de pie con los brazos en jarras y mirando hacia arriba a su interlocutor. Él era alto y con buen porte, llevaba ropas de cuero propias de mercenarios o montaraces y de tono oscuro y su larga melena castaña estaba recogida en una coleta detrás de la nuca. Desde allí Lis también podía distinguir que sus rasgos eran atractivos y sus ojos de color claro y, decidió para sí, que no le hubiera importado verlo más de cerca.
—Quiero a Vanessa libre, el cómo no me importa —señaló Angie todavía con las manos en la cintura.
—Ni lo que me suceda a mí o ella, por descontado —intervino el joven cínicamente—. Te harán preguntas. ¿Vas a contarles todo lo que sabes?¿Nos traicionarás?
—No sé todavía lo que haré y no he hablado de traición.
—Hiciste un pacto.
—Tampoco he hablado de romper…
Entonces el chico le hizo un gesto y Angie se calló súbitamente. El joven miró alrededor , Angie lo imitó y Lis supo que la habían oído.
—Creo que por ahí debe de haber un pajarito —susurró el joven.
—Yo también lo creo —respondió la niña mirando fijamente a su arbusto—. Lis, sal —añadió—. Sé que estás ahí.
Maldiciendo para sus adentros, la joven se incorporó y se adentró en el claro.
Percibió como el chico la miraba fijamente debatiéndose entre la curiosidad y una suerte de temor.
—Tienes un pelo bonito —comentó de ahí a unos segundos y Lis no supo si lo decía en broma o de veras encontraba bella su enredada cabellera roja.
—¿Verdad? Se parece muchísimo a tu hermana Samanta, nadie les discutiría el parentesco —intervino Angie mientras intercambiaba una mirada cómplice con el joven, como si ambos fueran partícipes de un chiste que Lis no lograra entender.
—¿Quién es él? preguntó Lis en tono borde y después se volvió a la niña—. ¿Y qué crees que estás haciendo aquí sin permiso, a estas horas de la noche?
—Él es mi amigo Harald —respondió Angie, risueña—. Harald, esta es Lis. Es la hija del señor de la Torre y de Salamandra —añadió mientras intercambiaba otra mirada cómplice con él.
—Encantada —intervino secamente la joven y le tendió la mano derecha.
Él fue a darle la suya y Lis pudo apreciar que estaba cubierta por un guante de cuero, sin embargo, en el último momento el joven pareció recapacitar y le tendió en su lugar la mano izquierda que llevaba al descubierto:
—Disculpa —susurró mientras la miraba a los ojos con aire desdeñoso—, es que soy zurdo.
Lis se vio paralizada por su mirada y se olvidó de responder a la excusa. Sus ojos no eran azules como había creído en un principio, sino verdes claro y llenos de frialdad, aunque tan atrayentes e hipnóticos que por un momento no recordó ni como respirar.
Volvió a la realidad y lo soltó azorada antes de volverse de nuevo hacia la niña:
—Sigo esperando una explicación.
Angie se encogió de hombros:
—Harald sabía de la existencia de la Torre por un pariente y se empeñó en acompañarme cuando decidí estudiar magia. Se quedó hasta hoy para saber si quería proseguir con mis estudios o volver a casa si la escuela no me gustaba. De eso estábamos hablando ahora —se encogió de hombros ella.
—¿A estas horas de la madrugada? —repuso Lis sin saber si admirar la habilidad de Angie para inventar mentiras o hacerse la tonta en su lugar.
—No está bien visto que un estudiante abandone tras empezar —se excusó ella.
—Ya —cortó—. La noche es fría y se acerca una nueva nevada. Podremos proseguir en la torre.
—No —replicó Harald burlonamente—. Yo ya me voy, Angie ha decidido continuar sus estudios en la torre, no hay ningún motivo para que posponga mi vuelta a casa.
Lis le dirigió una mirada helada:
—Pasad la noche a cubierto al menos. Partid con el amanecer. ¿O acaso tenéis algún motivo para no dejaros ver por la torre? —susurró con fingida amabilidad y la voz cargada de veneno.
Harald esbozó una sonrisa torcida:
—Soy un mago negro —la informó—. A los hechiceros consagrados no suele gustarles nada ver a hechiceros no oficiales pasearse por sus escuelas. ¿Pertenecen tus padres a otra clase de magos? ¿Les haría gracia siquiera saber que habéis estado hablando con uno?
Lis se quedó callada pero tuvo que reconocer que tenía razón. Todos los hechiceros que conocía ponían a caer de un burro a los magos negros. Sus padres, además, debían de tener algún motivo personal para odiarlos pues cada vez que el tema salía en la conversación Jonás ponía mala cara y Salamandra apretaba los puños y rechinaba los dientes. Sin embargo, Lis jamás les había preguntado quién había sido el hechicero que les había provocado tanto odio.
—Créeme —volvió a intervenir él burlón, ante su elocuente silencio —, desapareciendo ahora te hago un favor.
Lis le dirigió una mirada de desdén y se volvió hacia la niña:
—Conmigo, Angie. Ahora —recalcó viendo que la niña miraba dudosa al chico—, o ya no podrás volver a entrar en la torre —amenazó.
Lis dio media vuelta y se internó en el bosque seguida de mala gana por la aprendiz.
No hablaron durante todo el trayecto, ni siquiera al entrar en la torre, pero cuando la niña iba ya, a entrar en su habitación, Lis la llamó.
—Angie —dijo con seriedad—, veo que tienes una gran capacidad para idear mentiras. Así que veremos la que tienes mañana con mis padres.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella desconcertada.
—Quiero decir que no pienso dejar correr este asunto, pero no tengo intención de ocuparme yo de él. Mañana te presentarás a hablar con mis padres y les contarás tu versión de la historia o lo que te dé la gana. Ya decidirán ellos si creerte o qué hacer contigo —explicó— ¿Qué te parece? —añadió burlona esperando ver la cara de la niña teñirse de miedo.
Sin embargo, no esperaba el cambio que se produjo en ella.
Los ojos de Angie resplandecieron y esbozó una amplia sonrisa que a Lis no le gustó nada:
—¿Que qué me parece, dices? Me parece perfecto.
—Lis, déjame entrar.
Lis se tapó la cabeza con la almohada y trató de ignorar como por enésima vez, Trash aporreaba la puerta.
—Te he dicho que me dejes en paz —le gritó de nuevo cuando el chico volvió a intentar hacer saltar la cerradura con magia otra vez.
—Pienso tirar la puerta abajo si es preciso —amenazó su amigo.
—No quiero hablar —repitió ella y esta vez su voz sonó más triste que furiosa.
De paso que había llevado a Angie a hablar con sus padres aquella mañana había aprovechado para tener con ellos la charla sobre su prueba del fuego.
El resultado había sido desalentador.
No solo había habido discusión y gritos si no que sus padres le habían dejado bastante claro que no dejarían que se presentase a la prueba del fuego hasta que lo considerasen oportuno.
Lis había replicado que hacía muchísimo tiempo que estaba preparada para realizar la prueba y que controlaba a la perfección todas y cada una de las invocaciones y conjuros del libro del Fuego.
Jonás le había dado la razón en eso pero había señalado que a ellos no les preocupaba el aspecto mágico.
—Eres aún demasiado inmadura —había dicho Salamandra— y eres mi hija. No pienso dejar que te presentes a la prueba y dejes la torre hasta que te comportes como una adulta y aprendas a valerte por ti misma y a sobrevivir en el mundo.
Lis había protestado y berreado. Les había echado en cara que ellos la habían abandonado con pocos años más que ella.
Y en esa parte Salamandra también se había enfurecido. Le había dicho que su vida no era comparable en absoluto a la de ellos. Salamandra se había quedado huérfana a los 13 años y visto obligada a servir como doncella en una casa noble para no morir de hambre. Había sido condenada a morir en la hoguera, salvada por Fenris y Jonas y había empezado a estudiar magia. Y no solo había sacado sus estudios sino que había derrotado una maldición con solo 14 años. Unos pocos años más tarde, había dejado la torre y se había ganado la vida en misiones con mercenarios y por si fuera poco había ayudado a salvar la escuela de una profecía poco después. Todo eso siendo muy joven.
Su padre, le había recordado, también se había visto obligado a afrontar la dureza de la vida mucho antes que ella, teniendo que abandonar a su familia noble en la que ya no quedaba puesto para él con solo 7 años y yéndose a estudiar lejos siendo solo un niño.
Y ella, Lis, en cambio, había vivido entre algodones, cuidada, mimada y sin pasar hambre o sentir miedo en todo ese tiempo. Sin saber lo cruel que es la vida.
Cuando Lis había salido del despacho y había mandado pasar a Angie, sabía con certeza que no haría la prueba ese año, ni el siguiente, ni probablemente el siguiente al siguiente.
Se había encerrado en su habitación para llorar en silencio, pero Trash como de costumbre había venido a incordiar y a tratar de consolarla.
—Déjame pasar —volvió a oír su voz a través de la puerta.
—No —respondió secamente.
—Está aquí Angie, también —trató de convencerla él—. Dice que quiere hablar contigo.
Lis se vio tentada a mandarlos a tomar por saco a los dos pero la mención de la niña la hizo pensar un segundo.
¿Qué habrían decidido sus padres sobre ella?
Se levantó y abrió la puerta.
Efectivamente allí estaban.
—Menos mal —resopló Trash—. Ya empezaba a creer que me tendrías aquí el resto de mi vida.
Lis se hizo a un lado y Angie entró en la habitación.
Cuando Trash iba a pasar, sin embargo, Lis le cerró la puerta en las narices.
—¡Eh! —se oyó su queja al otro lado de la puerta.
La pelirroja lo ignoró y se volvió hacia la niña:
—¿Qué han decidido mis padres sobre ti?
Ella se encogió de hombros:
—Dicen que puedo seguir estudiando en la torre si quiero.
—¿Qué les has contado? —gruñó Lis enfadada.
Los archimagos tenían formas de detectar las mentiras de la gente. ¿Cómo era posible que su padre, Jonás, creyese a aquella niña?
Angie se dejó caer sobre la cama de Lis:
—Les he contado la verdad.
—¿Y cuál es la verdad? —preguntó la pelirroja irritada.
—Que no tengo ningún interés en estudiar magia. Si vine a la torre, fue a por ayuda.
Buscaba que me ayudaran a salvar a mi amiga Vanessa.
—¿Y qué han respondido a eso mis padres?
—Han respondido que hoy es probable que vengan sus amigos Conrado e Iris a cenar y que comentarían con ellos el asunto de Vanessa para ver si me podían ayudar o no.
—¿Y tus amigos? Ese tal Harald…
—No les he hablado de él —Angie se incorporó sobre la cama, a la defensiva— Harald no tiene nada que ver con esto.
Lis la miró en silencio unos instantes.
Volvieron a petar en la puerta.
—¡Déjame en paz de una maldita vez! —gritó la pelirroja furiosa. Se volvió hacia Angie—. Entonces me temo que yo tendré que informar sobre ese mago negro y vuestra conversación de anoche a mis padres…
—No lo harás —la interrumpió Angie.
—¿Y por qué no iba a hacerlo? —preguntó la pelirroja escandalizada ante la osadía de la niña.
—Porque si les dices algo a tus padres sobre Harald, yo le diré al chico que está detrás de la puerta lo que sientes por él —amenazó.
Lis la contempló desconcertada:
—Pero si Trash solo es…
Justo entonces volvieron a petar en la puerta, con suavidad, como la anterior vez. Nada que ver contra las arremetidas ruidosas que hacía Trash al principio.
En la mirada de Lis se encendió la sospecha:
—¡Rápido, al armario! —ordenó a la niña empujándola sin contemplaciones hacia el mueble.
Cuando iba a cerrar la puerta delante de ella, sin embargo, Angie la cogió del brazo:
—¿Hay trato o no hay trato? —le preguntó.
—Hay trato —farfulló Lis cerrando la puerta del armario de un portazo y dejando a Angie en su interior.
A continuación, se dirigió hacia la puerta y la abrió, con el corazón a punto saliéndosele del pecho.
Y allí estaba.
Tal como lo recordaba.
Quizá ahora era más alto y su piel cobriza era un poco más morena pero seguía teniendo aquella melena negra lisa que le llegaba un poco por debajo de las orejas, aquel flequillo que le tapaba la mitad de la frente y aquellos ojos rasgados y exóticos, totalmente negros en los que se había perdido tantas veces.
Lis se olvidó de todo al verlo. Se perdió de nuevo en sus ojos negros y se olvidó de todas las veces que había soñado y esperado aquel momento. De todas las cosas que había planificado. De lo que diría, de lo que debía hacer… hasta que recordó que estaba en frente de la puerta de su habitación mirándolo con la boca abierta y cara de sorpresa sin decir nada.
—Yairak —logró articular finalmente y se arrojó a sus brazos.
—¿Qué piensas decirles? —preguntó Salamandra.
Jonás estaba sentado en un sillón de su despacho masajeándose las sienes.
—No tengo ni idea —reconoció—. ¿Qué debería comentarles? ¿Amigos, una de nuestras nuevas aprendices asegura tener el don de la visión y que su mejor amiga, una kin-shannay, ha sido raptada por un mentalista? O mejor aún: ¿Tengo una aprendiz que no quiere estudiar magia solo que la ayudemos a recuperar a su amiga?
—Lo segundo es más creíble —rió Salamandra.
—Pero decía la verdad —indicó Jonás pensativo—. Puede que no sea una oráculo y su amiga una kin-shannay pero al menos ella está convencida de que lo son.
—¿Percepción distorsionada? ¿Locura? —sugirió su mujer divertida.
Jonás la miró a los ojos:
—Dime seriamente que no piensas eso.
Salamandra esbozó una sonrisa burlona:
—¿Te parece que después del trauma que viví de niña cuando veo a alguien con habilidades fuera de lo común la primera opción que considero es la locura?
Jonás sonrió pero su rostro volvió a ensombrecerse rápidamente:
—De todas formas hay algo extraño en esa niña —se volvió hacia su mujer— ¿Cuánta gente puede haber en el mundo con el don de la visión?
—Supongo que tan pocos como Kin-shannays.
Jonás se rascó la barbilla y fue a decir algo pero en ese momento unas figuras empezaron a tomar forma en la habitación.
—Fenris —exclamó sorprendido.
En seguida, se dio cuenta de que el elfo no venía solo.
Sujetaba el moribundo cuerpo de Gaya contra sí.
La sangre de la elfa goteaba sobre el suelo del despacho.
—¡Dios mío! —se llevó las manos a la boca Salamandra.
Fenris alzó la cabeza y los miró.
Sus ojos ambarinos parecían desesperados.
—Un cazador la ha herido con plata. Mi magia no es suficiente para curarla —dijo angustiado.
Salamandra y Jonás se abalanzaron sobre la elfa.
Minutos después yacía sobre una cama de la torre y un torrente de magia fluía por su cuerpo pero la expresión de los hechiceros no auguraba nada demasiado bueno.
Fenris que los conocía desde que eran niños pequeños lo sabía:
—¿Sobrevivirá?
Jonás evitó el contacto visual:
—No sabría decirlo. Se encuentra en un punto crítico, tanto podría morir como vivir. Necesitará un aporte de magia continuo y vigilancia permanente de alguno de nosotros durante los próximos días que serán determinantes y aún así no podría asegurar nada.
Fenris se mordió el labio angustiado:
—Yo…
—Tendrás la habitación de aquí al lado, en la torre, para poder estar con ella —lo interrumpió Salamandra, abrazándolo, sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Bienvenido a casa, hubiera deseado poder decírtelo en mejores circunstancias.
Entre hoy y mañana cuelgo la parte tres del capítulo ^^
¿Qué os va pareciendo no os olvideis de contármelo? xD