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Historia 157149 — capítulo 1

Los días cualquiera para mí, son aquellos en los que me levantó para ir a la escuela y no hacer nada más que asentir y fingir que entiendo. Sobre eso, yo tengo un pequeño problema llamado dislexia, y otro mucho más pequeño llamado Trastorno de hiperactividad y déficit de atención (TDAH), si cosas normales, y espero que se noté mi sarcasmo.  Bueno, realmente eso no importa mucho, se logra vivir con los pequeños problemas que la vida trae. Como sea, cuando me levanté caminé hasta la cocina, en busca de comida.  Vivíamos en un pequeño apartamento de Nueva York. No es de lo mejor, pero es mi hogar. Solo consta de una cocina, dos habitaciones, un baño y un comedor, nada fuera de otro mundo, ya que solo convivimos mamá y yo.  ¿Te estás preguntado por mi padre, verdad? Bueno, él desapareció luego de que yo nací, eso sucede a menudo en donde vivo. Vas a un bar, conoces a alguien, te acuestas con ese alguien y después de eso, a los 9 meses tienes un hermoso bebé en los brazos.  Mamá nunca me dijo el nombre de mi padre, pero siempre cuenta la historia de como se conocieron. Ella había ido a un concierto de Pink Floyd, creo que fue en 1980 o por ahí, y lo conoció. Mamá siempre recalca: "Eramos jóvenes, y no sabíamos lo que hacíamos", cada vez que la relata, por lo que supongo que se conocieron en eso de los dieciocho o diecinueve, yo nací dos años después de ese concierto. Ella dice que heredé sus talentos en la música.  Como sea, como Pink Floyd era el grupo de música favorito de ambos, me nombraron 'Floyd', a veces llegó a odiarlo, ya que en la escuela me ponen apodos tontos, lo bueno de todo esto, es que el año anterior había ingresado en una de arte, por lo que mi nombre era totalmente cool.  Abrí el refrigerador y saqué algo de leche, y después busqué el café. Ese era mi desayuno del día.  Mi madre apareció con su bata y el cabello pelirrojo cayendo sobre sus hombros. Mi saludo con una sonrisa. — Cada día me recuerdas más a él.— Me dijo con aire soñador. Yo miré mi taza, como si fuera lo más interesante del mundo. — Mujer, apenas te levantas y ya deliras.— Bromee, no me gustaba para nada sacar el tema del hombre que nos había abandonado. — No estoy delirando, Floyd, de verdad te pareces a él.— Insistió. — Bien, bien, luego podemos discutir el asunto de cuanto me parezco al hombre que nunca se presentó.— Dije.— Ahora, siéntate y come algo, mujer.  Ella me obedeció, y se sentó frente a mí. Generalmente yo era la que preparaba el desayuno, y ella la cena, ya que las demás comidas la pasábamos fuera de casa. Mi madre en su trabajo y yo en la escuela.  Nos quedamos en silencio, y bueno, eso era algo que odiaba, por lo que me puse a tararear una canción que había aprendido en la escuela. Mamá adoraba que yo cantará o tocará algún instrumento, porque era como si hubiese nacido con el don de la música o alguna cosa extraña por el estilo.  Cuando terminé de desayunar, fui hasta mi habitación y me cambié. Sería genial ir en pijama a la escuela, pero no quería ser más friki de lo normal. Cuando salí, mi madre parecía una diosa, ni siquiera sabía porque lucía así cuando recién se levantaba.  — ¿Vas a ir despeinada al colegio?— Preguntó, como si fuera un pecado capital. Ni siquiera pude esforzarme en responder, porque ella estaba detrás mío, cepillando mi cabello y atándolo. — Eh, gracias, mamá.— Susurré, algo sorprendida. Tomé mi mochila, antes de darle un beso en la mejilla.— Te veo luego, mujer. — Cuídate.— Sonrió. [...]  Cuando llegué a la escuela, saludé a algunos conocidos, que siempre admiraban ver mis pinturas. Si, además de ser una chica con excelentes dotes en la música, también lo era en el arte. Mis garabatos se convertían en los trabajos prácticos que tenía que presentar para la materia de dibujo, algo raro, porque los garabatos de los demás solo eran líneas que daban vueltas y vueltas.  A lo lejos escuché a alguien escuchando mi banda favorita, Green Day. Casi nadie los conocía en mi escuela, pero hace poco había comenzado a ser popular, aunque yo ya era fan desde que tenía unos doce años.   La primera clase del día era Historia, mi materia odiada. Todos entendían perfectamente y tenían grandes notas, y luego estaba yo, que me la pasaba aburrida y moviéndome por todo el aula.  Entré y el profesor me miró con el ceño fruncido. No nos llevábamos bien para nada, el odio era mutuo. Me senté en uno de los últimos asientos, con la dislexia, el sentarme adelante hacía que me doliera la cabeza, por lo que ir atrás era lo mejor del mundo.  El profesor comenzó explicando algo con Zeus, y todo eso de la mitología, para luego señalarme con el lápiz para que contestará algo que ni siquiera había escuchado. Me encogí de hombros. — ¿Al menos puedes decirme que mitología estamos estudiando, srta. Cooper?— Me preguntó. — ¡Eso si que lo sé!— Exclamé con una sonrisa.— ¡Es obvio que es mitología egipcia, profesor!  Todo el salón estalló en carcajadas y yo los observé confundida ¿Acaso había pronunciado mal algo? Genial, esto sería un castigo. — Parece que se levantó chistosa el día de hoy, srta Cooper.— Murmuró enfadado. — Le juro que no estaba bromeando, profesor.— Dije. — La quiero en dirección en estos momentos. Ahí le darán su castigo por hacerse la chistosa frente a un mayor.— Pude notar como sonreía burlonamente. Me levanté de un salto, mientras recogía mis cosas.  Cerré la puerta con todas mis fuerzas -inconscientemente, claro-, y oí los cristales romperse y los gritos del profesor, por lo que decidí que huiría de la escuela.  Me escabullí al sótano -donde generalmente tocaban las bandas de la escuela-, y busqué la salida de emergencia, pero antes de que pudiera abrirla, me choqué con alguien. O mejor dicho, el chico más lindo de la escuela. Evité sonrojarme.  Seguramente él también estaba pensando en escaparse conmigo y ser la pareja de idiotas más hermosa del mundo. Igual, traté de aparentar que estaba interrumpiendo mi camino, mientras me cruzaba de brazos. — Ah, Dylan, eres tú.— Dije con tono rudo.— Estás estorbándome, así que mueve tu trasero, si no es mucho pedir. — Dudo que salgas viva de aquí.— Okay...Ese tono de voz me asustó, por lo que retrocedí un paso, chocando con algunos instrumentos. Tomó mis muñecas con fuerzas, casi cortando mi circulación.  Su forma cambio, y ahora tenía un ojos. Si, bastante normal. Era mucho más alto, tal vez tres veces más. Me daba demasiado miedo, pero no iba a dejar que un tipo con un ojo me matará, eso sería realmente ridículo, todos se reirían de mí. — Oh, mierda ¿Eres un monstruo de la mitología china, verdad?— Pregunté, tratando de mostrarme valiente. — Eres más idiota de lo que creía.— Se lamentó él. Su voz sonaba exactamente como la del profesor. Tal vez tenía una grabadora o algo por el estilo. Soltó una de mis muñecas y con un solo brazo me levantó. Si, podía decirse que estaba volando, de no ser por el tipo. — Oye, sé que no soy inteligente, pero tampoco es para que me lo digas de esa manera.  Reí ante mi propio comentario, pero parece que al grandulón no le hizo gracia. Seguí dándole charla y preguntándole si pertenecía a tal mitología, hasta que silenciosamente pude alcanzar la baqueta del triángulo -por si se preguntan, era parte de una orquesta que lo había olvidado-. — ¡Mitología griega, maldita idiota!— Exclamó furioso, mientras me agitaba en aire, como si fuera un papel. — Grandulón, estás lastimándome.— Dije, furiosa. Cuando me acercó a su rostro, supe que esa era la oportunidad que estaba esperando.  Me balanceé hacía adelante, quedando justo enfrente de su enorme ojo aterrador y le clavé la baqueta. Lo bueno es que tal vez estaría ciego, pero para estar segura, saqué mi gas pimienta del bolsillo -el cual llevaba siempre por si acaso-, y lo gasté por completo. Por instinto propio, el grandulón se llevó ambas manos a la cara, quejándose, por lo que me soltó y caí al piso.  Gatee por debajo de sus pies, tratando de hacer el menor ruido posible, estaba tan cerca de la salida de emergencia, cuando choqué con una batería y el ruido hizo que él se diera vuelta. Si, podía estar ciego, pero tenía una gran audición. Apresuré mi gateo y abrí la puerta, antes de cerrarla detrás de mí.  La cosa seguramente estaría unos minutos buscando por donde abrirla, por lo que tenía tiempo para huir. Pero apenas me levanté me choque con un chico, nuevamente. No tenía nada para defenderme y no sabía si se convertiría en un monstruo, por lo que me lancé y fui a darle un puñetazo. Lamentablemente tropecé en el camino, y caí al piso. — Veo que haz ocasionado un gran desastre, déjame ayudarte.— Me ofreció una mano, y antes de levantarme note que tenía piernas de cabra. Grité.— Ah, no te preocupes por mis piernas, yo soy del bando bueno, créeme.  Me levanté sin su ayuda. — Te seguiré, solo porque el tipo de adentro tenía un ojo y era mucho más intimidante que tú, que solo tienes piernas de...oveja.— El chico me miró con el ceño fruncido. — Son de cabra, realmente eres tonta.— Soltó él.  Oh, un tipo con un ojo y otro con patas de cabras me habían dicho idiota, tal vez tendría que pensar si de verdad lo era. [...]  Tomamos un taxi que nos guió hasta las afueras de Nueva York, más o menos por Long Island. El hombre nos dejó a unos metros de esos que ven comida en la fruta, le pagué y luego giró el taxi para volver a la ciudad. No quería admitirlo, pero me sentía bastante exhausta.   Caminamos un poco más, hasta llegar a una frontera donde se leía: "Campamento Mestizo". — Primero las damas.— Me dijo. Yo pasé, ni siquiera se veía como un lugar seguro.  El tipo de las piernas de cabras me guió por todo el lugar, hasta dejarme en una cabaña bastante fea. Me senté en las escaleras, pensando en un segundo todo lo que había pasado. Cualquier chica normal hubiese gritado y esperado a su príncipe, en cambio yo solo ataque, como si fuera algo que aprendí de pequeña y nunca se me olvidó. Miré mis manos, estaban llenas de polvo y tierra. Mis pantalones rotos en las rodillas y me faltaba una manga de la remera, cortesía del grandulón.  Necesitaba darme un baño, inmediatamente, tenía que irme de ese extraño lugar. Comencé a levantarme, cuando me di cuenta de que no tenía mi bolso, el cual había estado a mi lado hace menos de un minuto. Busqué con la mirada y lo vi adentro de esa maldita cabaña, no dudé en entrar. Unos niños no me detendrían aquel día. — Me gustaría que me devuelvan lo que es mío.— Dije, tratando de sonar lo más amable posible. — ¿O qué, pelirroja?— Inquirió un chico. — O los voy a matar.— Amenacé. — Me gustaría verte intentarlo.— El chico me guiño un ojo, y siguió con sus cosas como si yo no estuviera ahí.  Lo maldije en voz baja, y al poco tiempo, el chico había comenzado a vomitar babosas. Hice un paso hacía atrás, antes de quitarle mi bolso. Eso realmente me asustó, yo había dicho algo sobre babosas, pero no creía que se lo tomaría tan a literal, además ¿Quién comería eso? Salí de la cabaña, como si no hubiese hecho nada, y me encontré con piernas de cabra. — Pensé que estabas en un lío.— Murmuró. — ¿Qué dices? Como sea, volveré a casa.— Afirmé. — No, te quedas aquí. Los semidioses no pueden salir del Campamento.— Me explicó. — ¿Semidioses? Mira, yo no soy un semidios, o lo que sea, soy una chica normal a la que la atacan tipos de un ojos, pero nada más.— Me encogí de hombros mientras sonreía. — Es el único lugar seguro ahora que lo sabes.— Dijo. — Me importa un comino, yo no quiero ser un semidios. Adiós, piernas de oveja.— Susurré mientras comenzaba a caminar en dirección contraria. — ¡Cabra, mujer!— Exclamó con disgusto.— ¿Acaso no te interesa saber si tu madre o padre es un dios? — ¿Dios o Diosa?— Me giré para mirarlo.— ¡Eso sería genial! Tal vez mi mami es Artemisa. — ¿De verdad no sabes nada sobre mitología griega, no? Artemisa es una diosa virgen, a lo sumo puedes llegar a ser hija de Afrodita o Atenea. — ¿Y qué hay de Venus?— Pregunté. — Error, ella es una diosa romana, mujer.— Negó con la cabeza, como si yo fuera más idiota de lo que él creía.— Quédate por hoy y tal vez lo averigües. — Bien, lo haré, pero debo avisarle a mi mamá que estoy en un campamento friki ¿De acuerdo? — No, nosotros le hemos avisado, ella lo sabía perfectamente.— Bien, mi madre sabía que yo era una chica anormal y nunca me lo dijo, de lo mejor.  Suspiré. — Quiero darme un baño.— Pedí. — Espero que no te importe utilizar la cabaña de Hermes, al no ser todavía reclamada. — Oh, yo se quién es ¡El dios de la sabiduría!— Exclamé satisfecha, viendo la cabaña del costado. — Atenea se encarga de ser la diosa de la sabiduría. La cabaña es a la de Hermes, la cual es esa.— Señalo donde yo había estado antes, si tenía que volver ahí seguramente me odiarían por maldecir a uno de los suyos. Hice una mueca.— Sal apenas termines de darte tu ducha para que pueda seguir explicándote, necesitas urgente una clase de mitología griega.  Me encogí de hombros, aún con la mueca en la cara, y entré en la cabaña.