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"Conquistando al Lobo." — capítulo 1

Prologo

Tras un largo viaje en tren, Bill y Andrómaca Weasley, llegaron a la estación de Londres. Tantos años fuera, se les hacía agradable volver a casa. Ninguno de los miembros de su familia, sabía absolutamente sobre su llegada. Los mellizos querían darle la sorpresa a la hora de la cena.

Ambos dieron una sacudida, cuando aparecieron en los terrenos de la Madriguera. El cabello de Andrómaca estaba completamente revuelto y la ropa estaba desalineada.

-Wow…-musitó, soltando una risita y aferrándose al brazo de Bill.- ¿Hace cuánto que no hacemos eso?-

-Creo que la última vez fue cuando escapamos de los trapos voladores de mamá.-Andrómaca volvió a soltar una carcajada.- ¿Hueles eso?-

La muchacha se reincorporó y aspiró con fuerza.

-Ah…-suspiró.-Es una mezcla de carne asada y pastel de melaza.-Bill consultó su reloj.

-Llegamos a tiempo.-flexionó apenas las rodillas y tomó su valija.-Vamos.-apretó la mano de su hermana y juntos caminaron hacia el umbral de la Madriguera. La edificación estaba inclinada, como siempre, y con una habitación de más.

Andrómaca miró todo a su alrededor: nada había cambiado, todo seguía estando como ella recordaba. William bajó la valija y levantó la mano, llamando a la puerta.

*-¡FRED! ¡GEORGE! ¡RON! ¡GINNY!-*se escucharon desde el interior.- ¡LA CENA YA ESTA SERVIDA!-corriendo la oscuridad, un hilo de luz se fue abriendo y bañando a los mellizos.- ¿Quién podrá ser a esta hora…?-la señora Weasley soltó un grito y dejó caer el agujereado y quemado trapo de cocina.- ¡Bill! ¡Andy!-chilló abriendo los brazos.- ¡Mis niños!-estrechó a ambos jóvenes, al punto que casi no podían respirar.

-Hola, mamá.-jadeó Bill, dándole palmaditas en la espalda.

-Nosotros también te extrañamos.-añadió Andrómaca, sonriendo.

-¡No los esperaba hasta dentro de una semana!-exclamó la señora Weasley, separándose para ver a sus hijos.-Pero, eso no importa. Me alegra mucho de que estén aquí y ahora.-sonrió ampliamente, dejando que se le formasen pequeñas arrugas alrededor de los ojos.- ¿Qué están esperando? ¡Pasen! ¡Pasen!-los apremió, haciéndose a un lado.

El interior estaba tal como la última vez: la chimenea chisporroteaba suavemente y en el aire había un delicioso olor a comida. En el centro, una larga mesa, estaba rebosante de platos y bandejas. Alrededor, cinco cabezas pelirrojas, hacían barullo y hacían chocar sus cubiertos contra los platos.

-¡Ya compórtense!-pedía un hombre, de pronunciada calva, en la punta de la mesa.- ¡Molly! ¿Quién era?-

-A que no lo vas a poder creer, Arthur.-habló la señora Weasley.- ¡Miren quienes llegaron!-las cinco cabeza se levantaron de golpe y visualizaron a los recién llegados.

-¡Andy!-exclamó Ginny, corriendo su silla con tanto ímpetu que casi termina derramando el vaso de jugo de calabaza que estaba sobre la mesa. Atravesó el corto tramo de la mesa hacia la entrada y se lanzó hacia los brazos de su hermana.

Andrómaca la atrapó en el aire y apenas la elevó del suelo.

Ginny y Andy siempre se habían llevado bien, a pesar de la diferencia de edades. Cuando la menor nació, Andrómaca había sentido una fuerte ola de celos y les hacía la vida imposible a sus padres; llegó a aliarse con los gemelos, Fred y George, y juntos causaban grandes problemas. Pero, con el correr del tiempo, le causó gran placer contar con una hermana en medio de sus cuatro hermanos. Juntas, desde que Andrómaca se había ido a Egipto con Bill, se comunicaban por medio de cartas y polvos Flu. La señora Weasley, decía que veía el reflejo de su hija mayor en los ojos de Ginny.

-Te extrañe.-lloriqueó Ginevra, aferrándose a su hermana.

-¿Y a mí no?-preguntó Bill, saludando a su padre con efusivo abrazo.

-A ti te vi el año pasado.-respondió la menor, como si le restase importancia.-Pero, de igual forma.-se deshizo de su hermana y corrió hacia Bill.

Luego de las presentaciones, los mellizos se ubicaron en la mesa: William estaba entre medio de los gemelos mientras que Andrómaca entre Ron y Ginny. La señora Weasley no tardó en servir la carne asada. Tal como en viejos tiempo, reinó el típico murmullo de una familia, casi completa.

-¿Dónde está Percy?-preguntó Bill.

-Aun trabajando.-respondió el señor Weasley, con cierto desdén.

El resto de la velada fue tranquila. Los mellizos Weasley contaban sobre sus aventuras en las tumbas de Egipto, recordaban memorables momentos de su infancia y la señora Weasley no hacía más que recordarle las travesuras que cometían.

-¡El ataque de nervios que me agarró cuando no los encontré en la cama!-chilló, juntando los platos sucios con un movimiento de su varita.- ¡Los muy bribones se había escapado para ir a ver a las Brujas de Macbeth!-

-¡Ah!-suspiró Bill, recostándose sobre la silla.-Andy, creo que esa fue la vez que desaparecimos y evitamos el ataque de los trapos voladores.-su melliza soltó una carcajada suave y negó con la cabeza.

-¡Debería de haberlos castigado con severidad, pero tuve que rogarles que vuelvan!-prosiguió su madre, con el ceño a medo fruncir.

-Y luego de eso, sí nos castigaste con severidad.-le recordó Andrómaca.-Teníamos 17 años, mujer. Ya éramos adultos.

-Apenas les habían sacado el rastreador.-uno de los trapos quemados, le despeinó la desalineada coleta de caballo.-Y no importa si eran o no adultos, seguían viviendo bajo mi techo.-

Antes de que pudiesen replicar algo, la puerta de abrió de golpe. Los presentes dieron un respingo y observaron a un radiante Percy ingresando.

-¡Me ascendieron!-exclamó, sin percatarse de la llegada de sus hermanos.- ¿No están contentos?-

Hubo un largo e incómodo silencio. Bill se había encargado de contarle la situación de Percy a su melliza. Al parecer se le había subido el humo a la cabeza cuando entró a trabajar en el Ministerio y más bajo la supervisión de Barty Crouch.

-Percy…ya hablamos sobre esto.-dijo el señor Weasley.-Yo ya expresé mi opinión acerca de tu trabajo. No estoy diciendo que no merezcas ese puesto, solo qué…-

-¡¿No te pone contento?!-chilló Percy, cerrando la puerta de un golpe seco.

-No era eso a lo que me refería.-se apresuró añadir el señor Weasley.-Es que no me agrada la idea de que…-

-¡Era lo que me temía! ¡Son todos de mente cerrada!-la señora Weasley ahogó un grito. Andrómaca rápidamente, buscó su mano.- ¡No te agrada la idea de que trabaje en el Ministerio, porque el gran Albus Dumbledore te llenó la cabeza! ¡Parecen unos niños siendo guiados por las palabrerías de ese vejete!-hizo una pausa y se acomodó el cabello.-Tiempo atrás dijiste que el Ministerio me usaba para espiarlos, pero, ¿saben la verdad? ¡DUMBLEDORE LOS USA A USTEDES! ¡SE DEJAN GUIAR POR ÉL, COMO ESTÚPIDOS!-en ese momento, tanto Andrómaca y Bill, se pusieron de pie.

-No vamos a tolerar esto, Percy.-habló el mayor.- No puedes faltarle el respeto a tus padres.-

-¿Y ustedes que saben?-prosiguió.- Solo tiene arena en el cerebro y el sol de los achicharró.-Percy hizo el amago de irse, pero una mano lo detuvo.

-Vas a disculparte con mamá y papá.-gruñó Andrómaca, apretando los dientes y ejerciendo presión sobre la muñeca de su hermano.

-Jamás.-replicó Percy, sacudiendo su mano.-Tendrán el cerebro lleno de arena, pero al menos fueron inteligentes y se fueron. Por suerte no tuvieron que vivir en estas condiciones mucho tiempo.-giró sobre sus talones y enfiló hacia el piso de arriba.

-¡Ese maldito gusano…!-Bill sostuvo a su hermana, antes de que se lanzase escaleras arriba.

-No tiene caso, hija.-habló el señor Weasley, colocando su mano sobre el hombro de Andrómaca.

Ella chasqueó la lengua y se deshizo del agarre de su mellizo y salió al exterior.

Cuando estuvo afuera, el frío de la noche, la abrazó. Un manto de estrellas se extendía por encima de su cabeza y la luna se reflejaba junto al estanque. Andrómaca se sentó sobre una piedra torcida y llena de musgo.

Desde que era una niña, le incomodaba y le molestaba que le recordasen la posición económica de su familia. Al ser la mayor de sus hermanos, logro tener pocas cosas nuevas, pero la mayoría eran cosas de segunda mano. En su primer año en Hogwarts, descubrió que su túnica tenía un enorme agujero en el bolsillo por el cual todo se le escapaba. Pero aun así, había conseguido ser feliz. En vacaciones tomaba empleos de medio tiempo y lograba llevar algunos galeones para contribuir. La señora Weasley casi se puso a llorar cuando Andrómaca, en una navidad, no pidió regalos para ella misma; si no que su deseo fue que sus hermanos tuviesen juguetes nuevos.

Durante los minutos que estuvo afuera, escuchó una nueva discusión que acabó con un portazo y un leve ¡Plop!

Percy había desaparecido en la noche.