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Al llegar la primavera... — capítulo 1

POV****Marta

Es extraño, el amor. Llega de improviso, cuando menos te lo esperas, y se cuela en tu vida como un intruso sin siquiera tomarse la molestia de avisar.

Un día crees que tú no vales para ese sentimiento, que no está hecho para ti, y de pronto una persona especial aparece en tu vida y todo cambia.

A veces, ese alguien es un perfecto desconocido que te deslumbra con su luz nada más conocerle. En otras ocasiones, esa persona ya estaba ahí antes, solo que tú no te habías percatado de ello hasta entonces, tal vez debido a que representaba todo lo que pensabas que nunca querrías.

Sergio pertenecía a ese segundo grupo. Con su fachada de chico malo, arrogante, rebelde e impulsivo jamás hubiese podido pensar que llegaría el día en que pondría nombre a esa sensación de vértigo que volvía pesado mi estómago cada vez que le veía. Pero, efectivamente, el día llegó. Y no podía decir que nadie me lo había advertido.

¿Realmente me había enamorado de Sergio? Cuando me senté junto a él en un banco del parque de los cerezos para compartir mi comida, nada más empezar la tarde, habría jurado ante cualquiera que no. ¡Habría gritado indignada que aquel era el chico más detestable del mundo! Y sin embargo, varias horas después, jugando en mi casa con los hermanos de Noelia mientras esperaba a que mi hermana volviese, pensaba en la situación y me daba cuenta de que dudaba. Ya no estaba tan segura de que Sergio fuese el chico más detestable del mundo.

Sentada en el suelo de mi cuarto, me recosté contra mi cama y observé cómo Raúl y Emma dibujaban tumbados sobre la alfombra. Él garabateaba lo que decidí que debían de ser coches de carreras, mientras que ella persistía en su fijación por los ponys y los caballos y se dibujaba a sí misma galopando sobre un precioso alazán.

Mientras les miraba, rememoré pausadamente lo ocurrido aquella tarde, después de comer con Sergio en el parque.

Él había sido el primero en terminar, y en cuanto hubo tragado el último pedazo de bocadillo se quedó inmóvil, mirando a ninguna parte y con un brillo plomizo en sus ojos tormentosos. Yo sabía que pensaba en su hermano, pero no le pregunté nada. Era consciente de que no deseaba escuchar preguntas, y mucho menos responderlas.

Finalmente, yo también terminé. Me puse en pie y me sacudí las migas de la camiseta, sin poder reprimir un bostezo. Entonces, noté que Sergio me estaba observando, de esa forma en que solía mirarme, con una inexplicable mezcla de curiosidad, burla y profunda seriedad, casi rozando la melancolía.

—¿Qué? —espeté, y él alzó una ceja con algo de arrogancia.

—Pareces cansada —se limitó a decir. Yo me mordí la lengua, recordándome mentalmente que no debía ser tan brusca con él. No parecía tener ganas de discutir.

—Comer me da sueño —respondí, encogiéndome de hombros, y con un suspiro me acerqué a un deshojado cerezo situado detrás del banco. Me tumbé a sus pies sobre la hierba sin importarme que estuviese ligeramente húmeda, y desde allí contemple cómo Sergio saltaba el respaldo del banco, se dirigía a mí y se dejaba caer a mi lado, aunque permaneció sentado. De nuevo, su mirada se perdió en un vacío inexistente, y de forma inconsciente comenzó a arrancar y romper briznas de hierba.

Yo le observé en silencio desde el suelo, sintiendo las frías brisas otoñales acariciándome la piel. Un par de gorriones piaban mientras se deslizaban en picado desde las copas de los árboles agitando a su paso las ya escasas hojas que quedaban pendiendo de las ramas.

Por lo demás, todo parecía tranquilo.

Poco a poco, los ojos se me fueron cerrando. Mi consciencia se alejaba lenta y deliberadamente de mí, haciéndose cada vez más inalcanzable, y la imagen de Sergio sentado a mi lado fue lo último que mi mente retuvo antes de caer rendida en los brazos de Morfeo.

Fue de nuevo el cantar de esos gorriones lo primero que escuché al despertar. Lentamente, abrí los ojos, encontrándome con la visión de una telaraña de ramas finas y oscuras adornadas con unas pocas hojas temblorosas, todo ello enmarcado por un cielo limpio y azul.

Parpadeé, tratando de enfocar lo mejor posible la visión, y me giré despacio hacia la derecha.

Ahí estaba Sergio, que se había tumbado sobre el suelo al igual que yo. Recostaba la nuca sobre sus manos y miraba hacia arriba, respirando de forma pausada y regular.

Permanecí unos segundos observándole, viendo en él algo distinto que al principio no supe identificar, pero que más tarde etiqueté (no sin sorpresa) como vulnerabilidad. Al creer que nadie le miraba, se había deshecho de esa máscara de egocentrismo y vanidad que llevaba siempre consigo, dejando tras de sí al verdadero Sergio. Simple y únicamente Sergio.

De pronto, el volvió la cabeza y, en la milésima de segundo que tardó en comprobar que me había despertado, construyó de nuevo a su alrededor ese muro impenetrable de fría indiferencia tras el que acostumbraba a ocultarse.

—Es una suerte que al fin te hayas despertado —dijo con sorna—. Empezaba a pensar que habías muerto y que tendría que cavar tu tumba.

Fruncí el ceño, confusa por tan repentino cambio de actitud, pero no tardé en replicar:

—Como si ambos no supiésemos que, si me hubiese muerto, no te hubieras tomado la molestia ni de avisar a alguien, mucho menos de cavar una tumba.

Él alzó la comisura izquierda de su boca, divertido.

—No eres de esas personas que se despiertan de buen humor, por lo que veo… —comentó.

—¿Cuánto llevo durmiendo? —pregunté yo, cambiando de tema. Él miró distraídamente su reloj de pulsera y respondió:

—Unas dos horas…

—¿Qué? —solté, incorporándome de golpe—. ¿Tanto tiempo? ¿Por qué demonios no me has despertado?

Él también se sentó, y observándome con un deje burlón dijo:

—Es que estabas preciosa así dormidita, tan inocente e indefensa…

—¡Idiota! —le medio grité, pegándole un puñetazo sin fuerza en el hombro. En realidad, no estaba ni la mitad de enfadada de lo que aparentaba, pero lo cierto era que comenzaba a encontrar curiosamente placentero discutir con Sergio, y cualquier excusa era buena para ello.

Él chasqueó varias veces la lengua mientras negaba con la cabeza.

—¿Qué manera es esa de hablar, princesa? —me reprochó, socarrón. Yo traté de no hacerle caso.

—En serio, ¿por qué no me has despertado? —insistí.

—Bueno, pues porque, según tengo entendido, a las princesas dormidas se las despierta con un beso, y claro, como que no era plan…

—Pero ese beso lo dan los príncipes azules —solté yo con mordacidad—. Y juraría que tú me habías dicho que no eras ningún príncipe azul, sino el cruel dragón del cuento…

—Te sorprenderías de lo que es capaz de hacer un cruel dragón —respondió, serio de nuevo, mirándome fijamente como si quisiese ver más allá de mis ojos.

Para esto no tenía ya respuesta alguna, pero no fue necesario, porque Sergio se puso en pie y me tendió una mano para ayudarme. Yo la observé durante unos segundos, pero finalmente rechacé su ofrecimiento levantándome por mí misma y dedicándole una mirada altiva. Él rio por lo bajo, y entonces dijo de improviso:

—Te acompaño hasta tu casa.

Yo parpadeé, sorprendida.

—¿Por qué? —barboteé sin pensar.

—Porque sí —se limitó a responder él. Cogió la bolsa y los papeles de la comida, que seguían en el banco, y los tiró en la papelera más cercana—. Anda, vamos.

—Vale —dije como una autómata, aún anonadada, y eché a andar hacia la salida del parque. Sergio se posicionó a mi lado, siguiendo mi ritmo y con las manos en los bolsillos de sus vaqueros. Comenzó a silbar despreocupadamente, y yo no pude evitar sonreír sin saber muy bien por qué. Una sonrisa tonta y sin sentido.

Justo antes de salir del parque, me pareció ver a mi hermana hablando con Nicolás a lo lejos, entre unos cuantos cerezos, pero no me fijé demasiado y, encogiéndome de hombros, seguí mi camino junto a Sergio.

Y, de repente, empezó a llover.

Aunque al principio fueron solo un par de gotas, no tardó nada en volverse un auténtico chaparrón. Sergio y yo nos miramos y, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, comenzamos a correr.

Yo era la que guiaba, pero íbamos casi a la par, deslizándonos a toda velocidad por las calles. El agua era fría y hacía que mis rizos se volviesen pesados, pero no me importaba. Seguíamos corriendo, evitando a los transeúntes, que nos dirigían miradas de desaprobación desde la aburrida seguridad de sus paraguas. Y Sergio y yo solo corríamos bajo la lluvia.

No habría sabido decir por qué, pero sin ninguna razón aparente rompí a reír. Y a mis carcajadas no tardaron en unirse las de Sergio, que sonreía por completo, como le había visto hacer en contadas ocasiones.

—¡Ven por aquí, es más rápido! —le grité casi sin aire, torciendo a la derecha por un callejón estrecho y solitario que desembocaba en mi calle, justo en la acera de enfrente de mi portal.

No me giré para comprobar si me seguía. Proseguí avanzando con rapidez sobre el empapado suelo y, entonces, resbalé. Solté una exclamación ahogada esperando el impacto de mi cuerpo contra el húmedo asfalto, pero este no llegó. En su lugar fueron unos brazos fuertes y seguros los que me atraparon, y cuando alcé la mirada me encontré con los ojos de mercurio de Sergio. La lluvia le caía encima como una cortina de agudos cristales, pero él parecía no notarlo. Me observaba intensamente, como había hecho antes en el parque. Y yo, agarrada a la pechera de su camiseta, no podía hacer nada más que contemplarle, totalmente absorta, perdida en el gris de esa mirada.

Y, de pronto, ya no era Sergio, el estúpido, insultante, alborotador y déspota Sergio. En ese instante, mientras su rostro se acercaba lentamente al mío como atraído por una fuerza incomprensible, aquel era simplemente el sagaz, leal, valiente y atractivo Sergio.

Pero por obra de un destino al que parecía encantarle torturar a mi suerte, un grito nos detuvo justo antes de que nuestros labios se uniesen. Sergio giró bruscamente la cabeza, mirando por encima del hombro hacia atrás, y soltó un bufido de rabia. Yo me incorporé de golpe, con las mejillas encendidas y sintiendo que la lluvia que caía sobre mí ardía. Sin embargo, y paralelamente, al separarme de Sergio noté un extraño frío que poco tenía que ver con el agua.

Entonces pude ver quién era el desgraciado que nos había interrumpido.

Álex avanzaba hacia nosotros a grandes zancadas, con los puños apretados y expresión iracunda.

—¡Tú! —le gritó a Sergio—. ¿Qué te crees que estás haciendo con mi novia?

—¿Disculpa? —preguntó Sergio, alzando una ceja con furibunda incredulidad.

—¡Ya me has oído! Dime, ¿qué haces con mi novia?

—¿Tu novia? —repitió él con un gruñido, y girándose de nuevo hacia mí me miró, exigiendo una explicación. Yo, por puro acto reflejo, me volví también, esperando tal vez ver tras de mí a la supuesta pareja de Alejandro. Pero no. Allí no había nada. Entonces, ¿se refería a mí?

—¿Qué dices, Álex? —inquirí, tratando de ignorar a Sergio, que me taladraba con la mirada.

—La verdad. ¿Qué quieres que diga? Este subnormal estaba a punto de besarte —miró a Sergio antes de proseguir—. La próxima vez que vuelva a verte tan cerca de mi chica, te reviento. ¿Comprendido?

Sergio se volvió lentamente hacia Álex, observándole con los ojos entrecerrados.

Por un segundo pensé que sería el propio Sergio quien le daría una paliza al otro chico, pero para mi sorpresa se limitó a echar a andar, alejándose de nosotros mientras el sonido de sus pasos se confundía con el eco de la lluvia.

—Sergio, ¡espera! —le llamé, comenzando a correr hacia él. Sin embargo, Álex me detuvo, y yo creí escuchar un "Déjame en paz" saliendo de la boca de Sergio antes de que su figura desapareciese al otro lado del callejón.

—Hazle caso —me dijo Álex— y déjale irse. ¿Qué más da? Que se largue…

Pero no pudo continuar, porque yo le di un fuerte empujón que le apartó de mí y casi le tira al suelo.

—¡Eres un maldito idiota, Alejandro! ¡Un idiota y un gilipollas! ¿Se puede saber por qué demonios has dicho eso? —le grité con ira.

Él me miró con sorpresa.

—Porque es cierto.

—¡No, no lo es! ¡Tú y yo no estamos saliendo y nunca lo estaremos!

—Pero… —comenzó él, y de nuevo le interrumpí:

—Cállate y vete a la mierda.

Y dando media vuelta fui yo la que desapareció corriendo en dirección a mi casa, sin detenerme hasta llegar al portal. Llamé al ascensor y, mientras esperaba, bufé, cruzándome de brazos. Por culpa de ese maldito imbécil Sergio estaba enfadado conmigo… Pero, pensándolo bien, ¿enfadado por qué? No éramos nada, así que, ¿por qué tenía que enfadarse?

Me mordí el labio inferior mientras subía al ascensor, cavilando y tranquilizándome.

Sí, realmente él no tenía motivos reales para ponerse así. No tenía derecho a molestarse por lo que yo hiciese con mi vida privada, aunque nos hubiésemos besado una vez*. "Y estuvimos a punto de besarnos de nuevo en el gimnasio. Y ahora mismo, otra vez"*, me recordó la voz burlona de mi conciencia. Me sonrojé, apartando esos pensamientos de mi mente, aunque no pude evitar que una sonrisa tonta acudiese a mi rostro mientras abría la puerta de casa y Javi salía a mi encuentro.

—Marta, ¿tienes color azul? Es para las ventanas de mi coche… —la voz de Raúl me trajo de nuevo al presente, y yo me sobresalté ligeramente.

—Eh… sí, espera, voy a por él —le respondí, poniéndome en pie y sonriéndole. Y justo después de salir de mi cuarto, me di cuenta de que la misma sonrisa tonta que me había perseguido durante todo el día estaba de nuevo instalada en mis labios.

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¡Hola! ¿Qué tal? Pues sí, aquí tenéis el primer capítulo de la tercera parte de mi única historia original. A l@s que sois nuev@s, ¡bienvenid@s! Aunque os recomiendo que leáis al menos la segunda parte antes que esta, pues lo más probable es que os perdáis bastante en caso contrario. Y a l@s que habéis llegado desde los fics anteriores, ¡pues bienvenid@s también! Es un grande, grandísimo placer contar con vosotr@s de nuevo, vuestro apoyo es muy importante para mí, no os hacéis una idea de cuánto.

Por cierto, sé que no he puesto aún la conversación entre Marta y Lucas que esperáis algunas, pero tranquilas, que llegará ;D

Este capítulo va dedicado a tod@s los que me leéis y me dais una oportunidad, y en especial a l@s que os tomáis la molestia de comentar y de decirme qué os parece. Esta tercera parte nunca habría llegado sin vuestro apoyo.

Un besazo enorme,

Meri