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Al llegar la primavera... — capítulo 3

POV****Marta

Al día siguiente, en la primera clase de la mañana, observé los sitios vacíos que había junto a Sergio y Álex. El primero me miró cruzándose de brazos y alzando una ceja, mientras que el segundo me hizo gestos para que fuese con él.

—Idiotas —mascullé por lo bajo, y me fui a una mesa lo más lejos posible de esos dos.

A lo largo de toda la clase atendí poco o nada. En su lugar, garabateé cosas en la libreta. Al principio eran simples monigotes. Después, pasaron a ser muñequitos rubios. Finalmente, etiqueté cada personaje con un rótulo que rezaba "Álex", y me dediqué a rodearlos de hachas, dagas, escopetas y demás artefactos con posibles fines homicidas.

Entonces, una bolita de papel chocó contra mi antebrazo y cayó al suelo. Me incliné para recogerla, la alisé y leí:

"Tenemos que hablar."

Fruncí el ceño, confusa, y alcé la mirada para tratar de averiguar quién era el autor de aquella nota… Pero tanto Sergio como Álex estaban girados hacia el frente, con expresión aburrida y serena. No había forma de saber cuál de los dos había sido.

Y con la duda me quedé durante el tiempo que quedaba para el primer recreo, en el cual corrí al gimnasio para cumplir mi castigo. Quería hablar con Sergio. Aunque estaba enfadada con él por ser un inmaduro impulsivo… necesitaba explicarle lo ocurrido con Álex.

Así que me senté en mitad del gimnasio, con la mochila a mi lado y la caja de materiales ya medio vacía ante mí. Preparé mentalmente una explicación clara y concisa, que no dejase lagunas ni posibilidad de malinterpretación. Y esperé. Esperé durante largo rato.

Pero pasados quince minutos, el timbre de entrada volvió a sonar, y yo suspiré, inevitablemente triste. Ni siquiera se había tomado la molestia de pasarse por allí.

Me levanté, pero no me marché. Tocaba Educación Física allí mismo… Así que aguardé a que, poco a poco, mis compañeros fueran entrando en el gimnasio, charlando tranquilamente.

El último en entrar fue Carlos, el profesor, que cerró la puerta tras de sí. Y Sergio seguía sin aparecer.

Empezaba a preocuparme y a sentirme muy molesta con ese idiota por no decidirse a llegar, y durante la clase entera estuve respondiendo hosca y cortantemente a mi desdichado compañero de deportes, que me observaba confuso y sin saber muy bien qué hacer para no recibir desprecios por mi parte. Antes de irme a la siguiente clase, le pedí disculpas por mi comportamiento, y su cara fue un auténtico poema. Entonces me di cuenta de que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Y no era como si me importase…

Después, en Lengua y Literatura, Lourdes pasó lista, y al llegar al nombre de Sergio y no obtener respuesta, alzó la vista por encima de sus gafas de montura metálica y barrió el aula con la mirada.

—¿No está? —preguntó. Nosotros negamos con la cabeza—. Qué raro… ¿No ha venido en todo el día?

—Sí que ha venido —respondió un chico moreno de tercera fila. Mateo, se llamaba, si no me fallaba la memoria…—. Vino a primera, pero después se fue.

—¿Se fue? ¿Cómo que se fue?

—Pues eso, que se piró —explicó Mateo con una sonrisa de oreja a oreja, claramente orgulloso de estar en posesión de una información que su profesora desconocía—. Se largó durante el recreo.

—¿Se largó, dices? —Lourdes parpadeó, atónita, y después cerró fuertemente los ojos, murmurando con un hilo de voz—. ¡Ay! Este chico no me trae más que disgustos… En fin, después tendré que avisar en jefatura… ¡Todo son problemas!

Cuando tocó otra vez el timbre, una hora más tarde, fui la primera en salir corriendo de clase. Volé hasta el aula de Inés y casi choco con ella y con Guillermo, que volvía a mostrar profundas ojeras.

—Hola —me saludó mi hermana, confusa—. ¿Tú no deberías estar en el gimnasio con Sergio?

—Se ha ido —respondí sin resuello—. Se fue del instituto en el primer recreo y no ha vuelto.

Inés pestañeó.

—Bueno, tratándose de él no es raro… Pero, ¿para qué nos necesitas a nosotros?

Abrí la boca para contestar, pero después la cerré rápidamente. No tenía nada que decirles. Ni siquiera sabía por qué había ido corriendo a contarles eso. Me encogí de hombros, sonrojada.

—Pues… no, para nada…

Inés sonrió, divertida, y Guille me dijo:

—Oye, ¿y si te saltes el castigo y te vienes con nosotros fuera?

—¡Guille! —le regañó mi hermana.

—Yo… no creo que pueda. El otro día no fui al gimnasio, y hoy estuve en el primer recreo pero no hice nada…

—Venga —insistió Guillermo, cogiéndome de la manga de la sudadera e ignorando la indignación de Inés—. No hay tanto material como para tardar un año en clasificarlo. Mañana, si quieres, me quedo yo a ayudaros… o a ayudarte, si el idiota de tu compañero tiene la poca cara de volver a faltar. Ahora necesitas despejar la cabeza…

Me reí sin poder evitarlo, y terminé asintiendo.

—Está bien… Vamos, anda.

Inés acabó por aceptarlo con un resoplido, no sin antes murmurar un seco "Qué falta de sentido de la responsabilidad".

Una vez fuera, los tres nos sentamos en uno de los bancos de la calle. Guille relataba gesticulando mucho cómo un chico de su clase había llamado accidentalmente al señor Roberto "general Narizgancho", mote que estaba muy extendido entre el alumnado. Las consecuencias para el pobre chaval habían sido terribles, pero Guille lo contaba de tal forma que era imposible mantenerse seria… Y más aún con Inés colaborando y añadiendo detalles de fondo.

No fue hasta la mitad del recreo cuando las cosas empezaron a complicarse. Guille, en mitad de su descripción de la cara del profesor al ser insultado, se quedó mirando hacia el instituto con los ojos como platos y la boca abierta.

—No me lo puedo creer —escupió entonces, mientras su expresión se tornaba rabiosa—. Asquerosa rata hipócrita…

Inés y yo nos volvimos hacia donde miraba… Y sendas exclamaciones ahogadas de sorpresa escaparon de entre nuestros labios.

Sentados en los escalones principales del instituto, dos chicos se comían la boca desesperadamente. Uno era el delegado de mi clase, y el otro…

—¡Rafael! —gritó Guille, poniéndose en pie y corriendo a grandes zancadas hacia la pareja, que se separaron algo asustados.

Yo hice ademán de levantarme también, pero Inés me detuvo.

—Déjalos —me tranquilizó, pese a que apretaba los dientes con furia—. Es cosa de Guille.

Asentí despacio. Comprendía lo que quería decir. Así que me quedé viendo cómo mi amigo pelirrojo separaba a Rafa del otro chico y lo arrastraba a una esquina para hablar con él.

—Ese Rafael es un maldito cínico… —mascullé.

—¡Marta! —exclamó mi hermana con fervor.

—¿Qué? ¡Es verdad!

—¡No! ¡Mira! —seguí con la mirada la dirección que me señalaba Inés, y entonces le vi.

Apoyado en la entrada del jardín de la parte posterior del instituto. Con las manos en los bolsillos y la mirada fija en mí, contemplándome con intensidad.

Sergio.

Sin tardar un solo segundo, me puse en pie y fui a hablar con él… Pero Sergio se dio la vuelta y entró en el jardín más deprisa de lo que yo podía correr.

Le seguí a toda velocidad, pero apenas pisé la hierba cuando sentí un fuerte tirón en mi chaqueta.

Esperaba encontrarme con un par de ojos grises, y en su lugar descubrí dos orbes de miel.

—Oye, ¿se puede saber a dónde vas? —inquirió Álex con ese odioso tono de niño mimado que tanto empezaba a odiar.

—¿A ti qué te importa? —repliqué, empujándole, pero él volvió a sujetarme.

—¿Cómo que qué me importa? ¡Eres mi novia!

—¿Qué? —grité, parándome en seco para mirarle a los ojos—. No lo dirás en serio, ¿verdad? ¡Tú y yo no somos nada! ¡Métetelo en tu diminuta cabeza! ¡Y suéltame, tengo que hablar con Sergio!

—¿Con Sergio? ¡De eso nada! ¡Seguro que acabas engañándome con él!

Gemí, desesperada. Aquel chico tenía que tener un retraso mental.

—¡Que me sueltes!

—¡Que no!

—¡Suéltame! —repetí, reforzando mis palabras con una patada a su espinilla… y la respuesta no tardó en llegar. Una bofetada clara y directa que impactó contra mi mejilla bruscamente. No fue tanto el daño que me hizo como la sorpresa y la indignación.

Me quedé quieta, mirándole con los ojos llenos de lágrimas de puro odio.

—Eres el ser más detestable y asqueroso del mundo —le escupí entre dientes, antes de liberarme de su agarre de un fuerte tirón aprovechando la sorpresa del propio Álex ante lo que él mismo había hecho.

Di media vuelta y me fui corriendo.

Olvidándome de Sergio.

¡Hola! ¿Qué tal? Siento si el capítulo no ha sido muy bueno, pero lo he escrito con un dolor de cabeza demencial… Iba a dejarlo para la semana que viene, pero no me parecía bien haceros esperar otra vez un montón… Así que hice el intento de escribirlo igualmente. Espero que haya cosas salvables…

Antes de irme, ¡feliz cumpleaños para mis trillizas favoritas!

Un besazo enorme,

Meri