Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Destiny · de

Destiny — capítulo 15

¡Hola! Vale, sí, podéis matarme, estáis en vuestro derecho. Me he retrasado una eternidad, lo sé… Pero he tenido las evaluaciones finales en el instituto y ha sido mortal: la cantidad de trabajos y exámenes fue demencial. Así que tiempo, lo que es tiempo, he tenido más bien poco… Pero en fin, aquí tenéis un nuevo capítulo (de más de 3000 palabras, que ya estoy mejorando el tema de la duración, jeje).

Espero que os guste y que no me odiéis mucho por el retraso.

Un besazo enorme,

MA.A

PD/ Os dejo también un pequeño resumen de lo que llevamos de historia, para que nos pongamos un poco en contexto…

En capítulos anteriores…

Draco y Hermione han sido integrados como compañeros en el Programa Huxley, un proyecto que busca redimir el alma de aquellos que colaboraron con el Señor Tenebroso en el pasado. Ambos se ven obligados a convivir juntos rodeados de tecnologías muggles y con la limitación de un solo hechizo diario en sus varitas, tarea que les resulta cuanto menos complicada.

Hermione, que cree sentir algo por Ron, es envenenada por Pansy Parkinson, sumiéndose en un profundo sueño del que debería haberla rescatado Weasley. En su lugar, es Draco quien la salva, besándola delante de medio colegio. Ella no es consciente de esto, y Harry, por orden de Malfoy, dice haber sido él quien la besó.

Poco después del incidente, Draco cuenta a Hermione una leyenda sobre banshees que maravilla a la joven bruja, pero la tregua que los dos estudiantes parecen haber pactado no dura mucho, pues Granger cae en la tentación de preguntar a Malfoy por el motivo de su desesperación ante la llegada de una misteriosa carta varias noches atrás. Esto encoleriza al Slytherin, quien vuelve a mostrarse enfadado e iracundo con Hermione. Por su parte, Theodore Nott y Blaise Zabini, amigos de Draco, se presentan divertidos por la constante situación de tensión que rodea a los dos jóvenes.

Integrantes del Proyecto Huxley conocidos

Hermione Granger / Draco Malfoy

Harry Potter / Blaise Zabini

Ronald Weasley / Gregory Goyle

Theodore Nott / …

POV Hermione

Me encontraba sentada en la cabecera de mi antigua cama, en la Torre de Gryffindor. Enfrente de mí se hallaba Ginny, tumbada a lo ancho y con los pies colgando por un lateral del colchón. A nuestra derecha, apoyada contra la ventana, estaba Luna, a quien habíamos logrado infiltrar en la guarida de los leones sin que nadie se percatase.

Doblé las rodillas, abrazándome las piernas, y suspiré. Había pasado ya más de una semana desde la última vez que hablé con Malfoy. Ambos nos evitábamos en la medida de lo posible, y él no se había dignado a presentarse a una sola de las lecciones de muggles que se suponía que yo debía impartirle. Cuando nos encontrábamos irremediablemente, bien en los pasillos de Hogwarts, bien en alguna clase o bien en nuestra sala común, nos ignorábamos por completo.

Sin embargo, y pese a que tal vez debería alegrarme no tener que soportar sus burlas y su arrogancia, lo cierto era que esa situación me incomodaba… además, extrañaba nuestras constantes discusiones, por raro que pudiera parecer.

Llevaba un par de días pensando que a lo mejor tendría que disculparme con él. Al fin y al cabo, en esa ocasión había sido culpa mía, por preguntar lo que no debería… ¿Que él se lo había tomado demasiado a la tremenda y se había puesto como una fiera sin que la causa mereciera semejante reacción? Puede, pero nada de eso habría ocurrido si yo hubiese mantenido la boquita cerrada.

Volví a suspirar de forma inconsciente, y esto llamó la atención de mi amiga pelirroja, que bufó mientras ponía los ojos en blanco.

—Venga ya, Herms, ¿no vas a decirnos qué demonios te pasa? —resopló. Luna giró la cabeza hacia nosotras y me miró con curiosidad.

—No me pasa nada, Ginny —respondí, enredando las puntas de mis dedos en los bajos de la túnica.

—Ya, claro, y yo tengo una larga cabellera rubia como la de Malfoy —replicó ella, cruzándose de brazos. La sola mención del Slytherin trajo de vuelta a mi cabeza el dilema que llevaba atormentándome desde la semana pasada. Estuve a punto de suspirar de nuevo, pero una mirada de advertencia de Ginny me hizo contenerme.

Supe que les debía una explicación por mi comportamiento taciturno y ausente de los últimos días, así que tomé aire.

—Yo… veréis, tengo un pequeño… problemilla.

—Cuéntanos —dijo Luna, separándose de la ventana y arrodillándose junto a la cama, recostando la barbilla sobre el edredón. Ginny se incorporó sobre los codos, también atenta.

—A ver… digamos que hice enfadar a alguien. Alguien que lo está pasando muy mal y que sospecho que va a sufrir bastante en un futuro próximo… el caso es que le molesté, y esa persona se puso hecha una furia conmigo. No hemos vuelto a hablarnos desde aquel día, y la verdad es que no me gusta esta situación… en parte porque me siento muy culpable, y en parte porque echo de menos nuestra anterior rutina…

—Mione —me interrumpió Luna, mirándome inocentemente con sus grandes ojos claros—. Puedes decir el nombre de Malfoy tranquilamente, ¿sabes? No se lo vamos a contar a nadie.

Ginny rio por lo bajo, y yo sentí que mis mejillas se sonrojaban.

—Vale, pues Malfoy… y por eso es tan complicado. No sé qué hacer.

—¿Qué más te da que no te hable? —inquirió Ginny, haciendo un gesto de aburrimiento con la mano—. Quiero decir, no es como si antes fueseis grandes amigos, ¿no?

—Ya, pero… no sé cómo explicarlo… digamos que prefiero que esté picándome y metiéndose conmigo que ignorándome completamente, haciendo como si yo no existiera… Consigue que me sienta realmente mal.

—Pues discúlpate con él —propuso Luna con simpleza.

—Ya lo había pensado. Pero sería tan raro… y también humillante, por qué no decirlo. Diantres, ¡sigue siendo Malfoy! ¿Qué hago? ¿Lo paro en mitad del pasillo y le suelto un "hey, hola, oye, que quería pedirte perdón" y me voy tan tranquila?

—Por ejemplo —asintió Luna, ajena a la ironía impresa en mis palabras. Miré a Ginny, rogando por su ayuda, y ella se encogió de hombros.

—¿Qué quieres que te diga, Herms? Yo no me disculparía con una serpiente jamás de los jamases. Pero tú eres libre de hacer lo que te plazca, y si crees que no te sentirás bien hasta que no le hayas pedido perdón, pues adelante. Desde luego, si eso consigue que dejes de parecer un maniquí andante, por mí perfecto.

Me mordí el labio inferior, cavilando. Tal vez ellas tenían razón… debería disculparme. Sí, definitivamente haría eso.

—Bien. Esta noche le buscaré después de cenar —resolví, aliviada de tener al fin algo a lo que atenerme.

Entonces, Luna dio una palmada con fuerza y se puso en pie de golpe.

—¡Oh, vaya! ¡Se me había olvidado! ¡Tengo que irme!

—¿Por qué? —quiso saber Ginny, sentándose del todo.

—Ah, es verdad, se me había olvidado contároslo… ¡Yo también estoy en el Proyecto Huxley!

—¿En serio? —inquirí. Ella cabeceó con fervor. Sus ojos brillaban de ilusión, lo cual me descolocó bastante. ¿Qué tenía el Proyecto de emocionante?

—Ahora tengo que darle una clase a mi compañero… ¡Nos vemos luego, chicas! —exclamó, dando media vuelta y alejándose con pequeños trotes hacia la puerta.

—¿Quién es tu compañero, Luna? —gritó Ginny, pero ella ya había desaparecido por las escaleras descendentes.

—La vitalidad de esta chica es sorprendente —murmuré. En ese momento, noté que Ginny estaba extrañamente pensativa. Le pinché en el brazo con un dedo—. Eh, ¿qué ocurre?

Ella se volvió hacia mí. De repente parecía agotada y terriblemente triste. Ladeó la cabeza y dijo con un tono de voz cansado y molesto:

—Anoche me llegó un pergamino citándome con McGonagall. Yo también estoy en el Proyecto, Herms.

Parpadeé sin entender.

—Bueno… No creo que sea para estar tan contenta como Luna, pero tampoco es el fin del mundo, Ginny. ¿Por qué estás así?

Ella esbozó una sonrisa que de alegría tenía poco.

—Adivina a quién le ha tocado con nada menos que Pansy Parkinson.

Abrí mucho los ojos, horrorizada.

—¡¿Con Parkinson?! —grité, y Ginny me chistó.

—¡Shh, calla! Se supone que nadie debe saberlo.

—Lo sé, lo sé, perdona, pero es que… ¿con Parkinson? ¿De verdad?

Ella asintió, decaída.

—Merlín, no me extraña que estés disgustada… y yo que me quejaba de Malfoy…

Este comentario hizo que Ginny volviera a sonreír con picardía, olvidándose de Parkinson durante unos instantes.

—Dime una cosa, Herms…

—¿Qué?

—Malfoy y tú compartís baño… ¿verdad?

—Sí —respondí echándome un poco hacia atrás. No me gustaba nada el tono burlón y sugerente que había adquirido la voz de mi amiga.

—¿Y no le has…? En fin, ¿no le has visto desnudo?

—¡¿Qué?! —salté fuera de la cama, mirándola de hito en hito.

—Pues eso, Hermione, que si le has visto desnudo.

—¡Cl-claro que no! —chillé sintiendo que las mejillas me ardían—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

—¿Y él a ti? —insistió ella, ignorando mi bochorno.

—¡No! —Ginny alzó una ceja, escéptica. Había respondido demasiado rápido—. Bueno, yo… una vez me pilló saliendo de la ducha. ¡Pero iba envuelta en una toalla! —protesté al ver las carcajadas que ella soltaba.

—Ya, ya… Envuelta en una toalla… Entiendo… —se rio, y yo, pese a la vergüenza que me abrumaba, no pude evitar unirme a sus risas.

Unos minutos después, ambas salimos de la Torre de Gryffindor con una jovialidad desbordante. Era sábado, y como tal teníamos permitido cenar en el Gran Comedor con todos los demás.

Yo estaba mucho más tranquila que antes. Sin duda, la compañía de mis amigas me había hecho muy bien.

Cuando llegamos al amplio hall de entrada del castillo, nos encontramos con Ron, Harry y Neville, que nos saludaron. A su alrededor, varios alumnos alzaron la cabeza y, al verme, empezaron a cuchichear y a reír por lo bajo. Fruncí el ceño, confusa. Llevaban haciendo eso desde el día que Harry me había besado para salvarme del Filtro de Muertos en Vida que me había dado Parkinson. ¿Tan divertido les parecía que hubiera estado a punto de morir?

Decidí no darle más importancia y corrí a reunirme con el resto de mis amigos.

—Hola —dije sonriente.

—Hola, Herms. ¿Entramos? —propuso Harry, y yo asentí.

Los cinco fuimos al Gran Comedor, que estaba atestado de estudiantes que gritaban y se abrazaban con una euforia rayana al surrealismo… había que ver cómo les afectaba no poder comer juntos la mayoría de los días.

Nosotros nos sentamos en la mesa de Gryffindor: Harry y Ginny a mi derecha e izquierda respectivamente, y Ron y Neville enfrente.

—¿Qué tal vuestra semana? —preguntó Neville, paseando la mirada sobre todos nosotros.

—Fantástica —respondió Ron, que observaba con codicia una fuente de patatas guisadas con carne y salsa de ajo que se acababa de materializar ante él.

—Muy buena —dijo Harry, contemplando a Ron con la nariz arrugada.

—Pasable —apostilló Ginny, mientras se servía un poco de zumo de calabaza y me ofrecía a mí.

—Terrible —murmuré yo, tomando la jarra que ella me tendía.

—¿Y eso? —quiso saber Harry, deteniendo su tenedor en el aire.

—Bueno… nada importante. Discutí con Malfoy, y ya sabes cómo es… Pero en breves todo estará solucionado. No te preocupes.

Harry asintió, aunque no parecía muy convencido. En ese momento, un muchacho se situó detrás de Ron, y reconocí a Theodore Nott, que nos miraba fijamente a Ginny y a mí.

—Buenas noches —saludó cortésmente con una inclinación de cabeza— y que aproveche a todos.

—Gracias —respondió Harry, colocándose mejor las gafas sobre el puente de la nariz. Neville contemplaba a Nott con total confusión, mientras que Ron le observaba con repulsión. Nosotras permanecimos en silencio, aguardando lo que tuviera que decirnos.

—No quiero molestar, solo venía a haceros una pregunta —prosiguió él, pasándose los dedos por el pelo negro, revolviéndoselo—. ¿Sabéis dónde puedo encontrar a Lovegood?

—¿Buscas a Luna? —balbucí, sorprendida. El Slytherin asintió despacio, centrando en mí toda su atención. Me incliné hacia la derecha para ver más allá de él, y comprobé que, tal y como había supuesto, Luna no estaba en la mesa de Ravenclaw—. Supongo que habrá salido al Lago.

—¿Al Lago? ¿A estas horas? —dijo Nott, frunciendo el ceño.

—Sí —respondió Ginny—. Suele ir allí a cazar… ¿nargles?

—Ah —dijo únicamente él, claramente desconcertado—. Bueno… iré a buscarla. Muchas gracias. Que tengáis una buena noche.

Y tras estas palabras dio media vuelta y se alejó, saliendo por las grandes puertas de doble hoja del Gran Comedor.

—Qué chico más extraño —comentó Neville—. ¿Para qué creéis que buscará a Luna?

—Para molestarla, ¿para qué la va a buscar? Es una asquerosa serpiente, como todos los de su calaña —replicó Ron, mordiendo con rabia un muslo de pavo.

Le dediqué una mirada de evidente asco y decidí intervenir en favor de Theodore.

—Nott no es como los demás Slytherins, Ronald.

—¿Ah, no? —durante un breve segundo, mi amigo pelirrojo detuvo su brutal destrucción del pavo—. ¿Y puedo saber por qué?

—Bueno —comencé, sintiendo los ojos de todos los demás posados sobre mí—. Es un chico especial… muy educado, ya lo has visto. Tiene unos modales exquisitos. Nunca se mete con nadie, es increíblemente pacífico y no le gustan los problemas. No es avaricioso en absoluto. Y es muy inteligente. Saca unas notas buenísimas.

—Tú también, y no por eso eres especial ni mejor —gruñó Ron, aburrido de mi discurso, mientras regresaba a su muslo.

Me mordí la lengua. Sentía el escozor de unas estúpidas lágrimas traicioneras que pugnaban por salir al exterior, tiñendo mi mirada con un velo acuoso que volvía borrosos los contornos y perfiles a mi alrededor.

—Disculpadme. Creo que me voy ya a dormir —dije con el tono de voz más indiferente que fui capaz de emitir, y me puse en pie alejándome rápidamente de la mesa. Oí a Ginny llamarme, y me pareció escuchar la voz de Harry diciéndole a Ronald que era un auténtico gilipollas, seguido de una larga serie de protestas por parte del pelirrojo.

Pero no me detuve. Las lágrimas ya se habían desbordado, y caían por mis mejillas humedeciéndome el cuello de la túnica. No me importaba. Quería irme. No podría soportar que alguien me parase y me preguntase por la causa de mi tristeza.

Sabía que era una tontería. Que no debería ponerme así por un ridículo comentario. Además, Ron tenía razón. Sacar buenas notas no me hacía especial ni mejor. Pero aun así dolía tanto que un ser querido te dijera a la cara lo poco que importabas…

Apreté con fuerza los puños, empujando sin querer a otro alumno al salir del Gran Comedor. No obstante, no me volví ni me disculpé. Lo sentía, pero no estaba de humor…

Atravesé las puertas principales del castillo, saliendo a los jardines. Rezaba porque Luna y Nott estuviesen bien lejos de la entrada de mi sala común, porque necesitaba encerrarme en mi cuarto cuanto antes.

En ese momento, volví a chocar con alguien, pero en esa ocasión mi propio impulso me hizo rebotar y caer sentada sobre la hierba. Alcé la cabeza, dispuesta a llamar de todo al idiota que se había quedado ahí parado en mitad de los jardines… pero resultó que no era un idiota cualquiera, sino "El idiota".

—Granger —murmuró Malfoy con su grave voz masticando cada letra de mi apellido—. ¿Qué te crees que estás haciendo?

Sin embargo, algo me dijo que Malfoy no se refería a nuestra colisión accidental, sino a las lágrimas que empapaban mis mejillas, dibujando surcos plateados sobre mi piel.

—Yo… —comencé, pero rápidamente recordé algo que tenía que decirle sin falta—. Perdóname, Malfoy. Lo siento muchísimo. Por lo de la otra noche… Fue culpa mía. No debí haberte preguntado por la carta… Es tu vida privada, y yo no tenía derecho a curiosear. De verdad que lo siento.

Lo solté todo de carrerilla y sin coger aire ni una sola vez, y cuando acabé me quedé ahí, aún sentada sobre la hierba fría y húmeda, con las mejillas mojadas y rojas y el pelo revuelto, esperando alguna reacción por su parte.

Malfoy permaneció de pie ante mí unos segundos más. Me miraba fijamente, como si quisiera entrar en mi cabeza y en mi alma y averiguarlo todo… y justo cuando yo ya pensaba que se iría sin decir nada, me tendió una mano. Y eso fue más que suficiente.

Dejé que me ayudara a levantarme y sacudí un poco mi túnica, en la cual se habían quedado pegadas un par de briznas de hierba.

—Creí haberte dicho que no merecía la pena llorar por ese idiota —dijo entonces Malfoy, aún con ese tono de voz lento, arrastrado, serio y estremecedor.

Resultaba escalofriante ver lo bien que me conocía.

Ni siquiera me molesté en negarlo.

—Lo sé, y también sé que tienes razón —murmuré, clavando la vista en mis zapatos.

—Por supuesto. ¿Qué esperabas? Yo siempre tengo razón —respondió él, encogiéndose de hombros. Entrecerré los ojos, pero me mantuve en silencio, decidida a dejar pasar su arrogante comentario.

Escuché cómo suspiraba con aparente resignación, y cuando volví a levantar la mirada descubrí que estaba sacando un pequeño paquetito de papel de un bolsillo de su túnica.

—¿Nos vamos a la sala común? ¿O prefieres quedarte aquí fuera toda la noche? —inquirió con aburrimiento. Parpadeé, confusa, y le seguí mientras él se alejaba con grandes zancadas.

Pude ver desde unos pasos de distancia cómo abría el paquetito y extraía de él un par de hojas verdes que se metió en la boca. Llegamos al Lago, y yo vertí el contenido de mi colgante sobre la pulida superficie acuosa. Él guardó el envoltorio en su túnica de nuevo. Al advertir mi mirada curiosa, alzó una ceja.

—Menta —explicó ante mi muda pregunta—. Ayuda con los dolores de cabeza.

Asentí pese a no estar del todo segura de haber comprendido, y juntos descendimos las escaleras de piedra que conducían a la sala común. Nos dirigimos hacia nuestras respectivas habitaciones, pero justo cuando yo ya estaba a punto de entrar en la mía, Malfoy me sujetó por la muñeca con una delicadeza nada propia de él.

Me giré lentamente y me encontré con sus ojos de mercurio a diez centímetros escasos de mi rostro.

—Que ni se te pase por la cabeza volver a llorar por él —dijo en un murmullo aterciopelado que hizo que dejase de sentir las puntas de mis dedos—. Ya te lo he dicho: no vale la pena… No te merece.

Cabeceé de forma inconsciente, pendiente como estaba de cada una de sus palabras. Él alzó despacio la mano derecha, y con ella retiró un mechón rebelde de mi cara, colocándolo detrás de mi oreja en un gesto que casi rozaba la ternura.

Malfoy me sonrió entonces, de esa forma tan suya: de medio lado, en una mueca que combinaba a la perfección burla, diversión y dolor.

—Buenas noches, Granger —susurró, muy cerca de mí. Y seguidamente se giró y se fue hacia su cuarto, cerrando la puerta tras de sí sin mirarme una sola vez más.

Si lo hubiera hecho, hubiese presenciado mi expresión de asombro, de incredulidad y de sorpresa incontenible.

Porque lo había reconocido.

Ese aroma a menta que constituía el aliento casi natural de Malfoy…

El mismo sabor que había aparecido en mis labios después de aquello.

Después del beso que me había salvado de no despertar jamás.