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Destiny — capítulo 16

¡Hola! ¿Qué tal? Sí, lo sé, prometí que actualizaría pronto y no lo he hecho, pero no sabéis lo liada que he estado con todo el tema de la matrícula para el curso que viene, el papeleo, despedidas de muchas personas y cosas por el estilo… Además, este domingo me marcho de vacaciones, y no volveré hasta el día 10 de julio, periodo durante el cual no podré escribir. Sin embargo, hoy logré rescatar unos minutos perdidos de aquí y de allá para actualizar una última vez antes de irme y no dejaros sin nada todo el mes… y después, julio y principios de agosto será un capítulo semanal como mínimo .

Antes de nada, os lo advierto: puede que hoy me haya salido todo un poco empalagoso, así que para "aligerarlo" un poco he puesto un breve POV Blaise por ahí perdido, para quitarle dulzura al asunto, jajajaja.

Así que este capítulo se distribuye así: un POV Hermione, un POV Theo, un POV Blaise y otro POV Hermione.

¡Espero que os guste!

POV Hermione

24 de diciembre. Nochebuena.

Los copos de nieve caían del cielo como frágiles bailarinas de hielo que protagonizaban sutiles aterrizajes a nuestros pies, bañando el suelo de un manto frío y esponjoso.

De los umbrales de las puertas colgaban ramilletes de muérdago bajo los que se agrupaban parejitas ansiosas de mejillas rosadas y ojos brillantes, y por todo el castillo resonaban villancicos y cancioncillas alegres.

Una nube reducida de estudiantes jolgoriosos armaba un gran escándalo en el Gran Comedor, donde los pocos alumnos que habían optado por pasar aquellas fechas en Hogwarts hablaban emocionados de los regalos que podrían aparecer la mañana siguiente a los pies de sus camas.

Suspiré, retirando un mechón de mi cabello para recogérmelo tras la oreja. Devolví la mirada al libro que tenía ante mí, tratando de olvidarme de mis ruidosos compañeros, tarea que resultó totalmente imposible. Sus griteríos podrían escucharse desde Hogsmade.

Resignada, cerré el libro y lo dejé a un lado, frotándome los ojos con cansancio. La noche anterior apenas había dormido, como venía ocurriéndome en las últimas semanas, desde mi descubrimiento en torno a Malfoy.

Él me había besado. Aquella terrible tarde de últimos de octubre el Slytherin me había salvado la vida. Y después mintió haciendo dueño de los hechos a Harry.

Aún no le había comentado nada a Malfoy acerca de esa revelación que había tenido cuando, al inclinarse sobre mí, recocí el olor a menta que me rodeaba cuando desperté de mi trance.

Cobardemente justificaba mi silencio con el hecho de no haber tenido ocasión de hablar a solas con él, pero mi parte racional me reprochaba el no ser capaz de admitir que oportunidades para preguntarle sobre ese beso había tenido de sobras. Al fin y al cabo, vivíamos juntos.

Pero no. Mi relación con Malfoy había experimentado de nuevo una increíble mejora. Se comportaba conmigo como cualquier chico con cualquier chica: educado, respetuoso y, en determinados momentos, incluso medianamente amable.

Yo estaba demasiado cómoda en esa situación como para hacer nada que pudiese estropearlo todo otra vez… aunque eso me llevaba a enfrentarme a mi segundo gran problema.

Y es que me había pillado a mí misma mirando inconscientemente a Malfoy en más de una ocasión. Y pensando sin pretenderlo en lo guapo que estaba cuando se despertaba por las mañanas, sin camiseta y con el pelo dorado y revuelto cayendo desordenado sobre sus ojos de tormenta. Y esperando con una impaciencia más o menos disimulada su llegada a la Sala Común por las noches, cuando yo me sentaba en un sofá a leer y fingir que no miraba el reloj cada veinte segundos con patético nerviosismo, aguardando su estelar aparición por el hueco de la pared.

Y me había dado cuenta ya de lo mucho que me molestaban las constantes atenciones que Parkinson le prestaba, o cuando él decidía ser otra vez demasiado Malfoy y se disponía a ignorarme vilmente.

E incluso me había percatado de lo ridículo y humillante que había sido correr a ver las listas expuestas en el Gran Comedor, en las cuales se estaban apuntando los alumnos que permanecerían en el castillo durante las vacaciones de Navidad, buscando comprobar si el nombre del Slytherin figuraba en ellas. Y cuán idiota me había sentido cuando no logré contener una sonrisa al ver que así era.

Todo esto en tan solo unas semanas… Tantas cosas en tan poco tiempo.

Estúpida, estúpida, estúpida. No podía parar de insultarme a mí misma por no ser capaz de detener aquello. Por no poder…. o por no querer.

Pero una cosa estaba clara. Yo, Hermione Jane Granger, me estaba enamorando.

Apreté con fuerza los dientes, rabiosa. El ruido que producían los demás alumnos en el Gran Comedor estaba provocándome un severo dolor de cabeza.

Me puse en pie y me alejé a grandes zancadas en dirección a mi santuario personal: la biblioteca. Saludé a la señora Pince con un cabeceo y me asenté en una mesa muy alejada de la entrada, semi-oculta por un par de estanterías estratégicamente colocadas. Mi lugar preferido en todo el mundo. Un sitio que generalmente frecuentaba para estudiar o para leer, pero que ese día sería la olla en la que bullirían mis más enrevesados pensamientos.

POV Theodore

Antes de salir de mi habitación, me miré en el espejo de cuerpo entero del baño, revisando mi aspecto. Asentí dándome el visto bueno y traté de escabullirme por la puerta, pero Blaise me llamó desde su cama.

—¿Adónde vas?

—A dar una vuelta —respondí sin detenerme, colocándome la bufanda con los colores de Slytherin.

Salí a toda prisa al pasillo, deseoso de sentir el frío del invierno en la cara.

Recorrí las mazmorras a grandes zancadas, y atravesé el portón principal del castillo para encontrarme de frente con una ráfaga de aire gélido que casi me echa para atrás.

Me detuve de golpe en las escaleras de la entrada, contemplando la majestuosa vista que ofrecían los jardines vestidos de blanco.

Unos cuantos chiquillos de tercero se lanzaban bolas de nieve a lo lejos, mientras una parejita de novios de Hufflepuff paseaban de un lado a otro cogidos de la mano.

Pero a mí solo me interesaba una persona. Una chica solitaria, cubierta con prendas demasiado ligeras para el frío que hacía, que se encontraba en mitad del jardín con las manos entrelazadas tras la espalda y el pelo rubio cayendo desordenado desde un gorrito de lana de color amarillo chillón.

La joven se balanceaba suavemente adelante y atrás, como siguiendo el ritmo de una canción que solo ella podía escuchar, y paseaba la mirada por el cielo en busca de quién sabía qué, mientras los copos de nieve bajaban despacio y humedecían sus mejillas o se enredaban entre sus cabellos.

Sentí que la tensión que había atenazado mis músculos durante todo el día desaparecía, dejando tras de sí una serenidad muy reconfortante. Bajé los escalones y me acerqué a la chica, pero esta reparó en mi presencia antes de que yo llegase junto a ella.

Una sonrisa de sincera alegría cubrió sus delicadas facciones al verme.

—Hola, Theo —me saludó, tranquila y feliz.

—Hola, Luna —respondí, situándome a su lado. Ella volvió a sonreírme y después devolvió la vista a las alturas. Permanecí un periodo de tiempo indeterminado mirándola, contemplándola en silencio. Finalmente, hablé en voz baja, temiendo interrumpirla en lo que quiera que estuviese haciendo—. ¿Qué buscas?

—Estoy viendo cómo bailan las ninfas del hielo.

—¿Ninfas? —repetí, confuso—. ¿Qué ninfas, Luna?

—Estas —dijo ella, extendiendo la palma abierta de su mano entre nosotros. Un copo de nieve se posó sobre ella, deshaciéndose al contacto y transformándose en un charquito de agua. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba—. Las ninfas del hielo. Son preciosas, ¿no crees?

Alcé la vista, clavando mis ojos en los suyos. Ella me dedicaba una mirada brillante e ilusionada, iluminándome sin pretenderlo con su aura de inocencia. Era algo fascinante que había descubierto en las últimas semanas, durante mi convivencia con ella. Luna vivía en su propia visión del mundo, un universo paralelo donde nada podía hacerte daño, donde todo era sencillo y hermoso, donde los problemas desaparecían como ese copo de nieve en su mano. Y Merlín, yo quería acceder a ese mágico lugar con ella, y olvidarme de todas las heridas que la guerra me había dejado, de que estaba solo en mitad de un montón de gente. Quería recordar qué se sentía al ser feliz y reír. Deseaba tener motivos para reír. Y tal vez Luna fuese uno de esos motivos.

—¿Theo? —insistió ella, devolviéndome a la realidad—. ¿No son preciosas?

Alcé una mano y acaricié con las puntas de los dedos su mejilla, enrojecida por el frío.

—Sí —respondí casi sin aliento, notando las cosquillas de una sonrisa titilando en mis labios—. Sí, Luna. Son preciosas.

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POV Blaise

Theo entró de nuevo en nuestra habitación una hora después, y si no lo conociera de toda la vida habría jurado que aquel no era el mismo Theo que escuchaba en silencio desde una esquina mientras veía la vida pasar a su alrededor.

En ese momento tenía las mejillas y la nariz rojas por el frío, y se frotaba las manos para entrar en calor mientras se quitaba la empapada chaqueta.

Pero no era eso lo que llamaba la atención de él, sino sus ojos brillantes y su expresión de felicidad.

—¿Qué ha pasado? —pregunté—. ¿McGonagall se retira y nadie me lo ha dicho?

—Claro que no —respondió él, mirándome divertido y sentándose en su cama para descalzarse.

—Entonces es que todas las tías del colegio han decidido hacer una campaña contra el gasto excesivo de fondos económicos en ropa y como protesta se dedican a andar desnudas por el castillo.

Theo puso los ojos en blanco.

—¿Por qué tendría que haber pasado algo?

—No sé, tú dirás. Pero creo que nunca te he visto tan contento.

—No ha pasado nada, Blaise.

—Ya, claro. Y yo soy tan rubio como Draco o incluso más. Venga ya, Theo, dispara. ¿Qué te ha pasado?

Él colocó ceremoniosamente su segunda bota en una esquina y me miró con suspicacia.

—Si te lo contara, querido Blaise, estarías riéndote de mí hasta las próximas Navidades. Así que no. Gracias, pero no.

—Venga ya, Theo, que somos amigos. Suéltalo de una vez, vamos.

Se rascó la cabeza con aire distraído, paseando la mirada por la habitación hasta posarla sobre su mesilla de noche. Entonces, sus ojos se abrieron desmesuradamente, y exclamó:

—¡Blaise! ¿Has posado un vaso de agua sobre mi libro?

—¿Yo? Claro que no. Pero no me cambies de tema y responde.

Él resopló, cogiendo dicho vaso y apartándolo de encima de su preciado ejemplar de "*Tres sombreros de copa",*justo donde yo lo había colocado veinte escasos minutos antes.

Cuando volvió a sentarse en su cama, suspiró y dijo al fin.

—Blaise, creo que me he enamorado.

—¡¿Qué?! —grité, incorporándome de golpe—. ¿Y a qué estabas esperando para contármelo, idiota? ¡Vamos! ¡Quiero saber todos los detalles! ¿Quién es? ¿La conozco? ¿De qué casa es? ¿Cómo besa? ¿Cuántos…?

—¡Para, para, por Circe, apenas puedo seguirte!

Cerré la boca, deseando que así él me revelara más información. ¡Qué callado se lo tenía el muy listo!

—Es una Ravenclaw —respondió tras varios segundos de un angustioso silencio que yo estuve tentado de romper en más de una ocasión.

—¿Y? ¿Qué más? —le apremié, pero una de sus miradas fulminantes le bastó para callarme de nuevo.

—Sí que la conoces, pero no sé cómo besa porque no me he acercado tanto a ella…

—¿Cómo? —interrumpí de nuevo, incapaz de contenerme—. Joder, Theo, ¿te enamoras sin haberla besado nunca? Pues de la cama ya ni pregunto…

—¡Blaise! —me reprochó él, indignado por mi atrevimiento. Me encogí de hombros con falsa inocencia.

—Pero tío, todavía no me has dicho lo más importante: ¿de quién se trata?

Theo tragó saliva, visiblemente nervioso. Se pasó una mano por el pelo, revolviéndoselo, y finalmente murmuró.

—Es… es Luna Lovegood.

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POV Hermione

Seguía dándole vueltas al tema de Malfoy.

De todos los chicos que había en Hogwarts, tenía que ser él. Precisamente él. El único que ni siquiera me miraría dos veces a la cara… el único al que no podía dejar de odiar.

Porque sí, aunque admitía que tal vez me gustase un poco, seguía detestándole al mismo tiempo.

Malfoy no dejaba de ser un ex-mortífago, además de una serpiente orgullosa, arrogante, despiadada, pretenciosa y retorcida. Nos había hecho mucho daño, a mí y a mis amigos. Podía llegar a olvidar o al menos obviar sus ofensas hacia mi persona, pero no podría perdonarle las humillaciones que Harry y Ron habían sufrido por su culpa.

Además… ¿en qué diantres estaba pensando? Era un maldito Slytherin. Un asqueroso reptil que no sabía hacer más que fastidiar a todo aquel que se le pusiera a tiro. Por muy humano que pudiese parecer a veces.

Pero es que…

Maldita sea. Tenía que decirle que sabía lo del beso. Debía hacerlo. No soportaba más esa curiosidad que me devoraba por dentro como un pelotón de ratones habría hecho con las páginas de un libro.

Decidido. Ese día sin falta hablaría con él. Cuando nos viésemos. Si nos veíamos…

—Hey, sabelotodo.

Oh, no.

—¿De cuántos centímetros tenía que ser la redacción que nos mandó el fantasma ese?

—El profesor Binns, Malfoy —le corregí, apartando mi libro mientras Malfoy se dejaba caer en una silla a mi lado.

—Lo que sea —respondió haciendo un gesto de dejadez con la mano—. ¿Cuántos centímetros?

—Setenta.

—¡Por Circe! ¿Tantos? Ese loco quiere matarnos.

Malfoy resopló y sacó su libro de Historia de la Magia de la mochila. Seguidamente, se hizo con unos pergaminos, pluma y tintero y comenzó a escribir.

Yo le contemplé en silencio durante unos segundos, antes de murmurar su apellido de forma casi inconsciente.

—Malfoy.

Él ni siquiera se molestó en mirarme.

—Qué.

—Tengo que hablar contigo.

—Habla.

—¿Podrías dejar eso al menos un minuto?

Bufó y soltó la pluma, enderezándose en su asiento con cara de pocos amigos.

—¿Qué quieres, Granger? Tengo que terminar esto.

Me mordí el labio inferior, preguntándome por dónde podría empezar. No era un tema de conversación precisamente fácil.

—Yo… ¿Recuerdas lo que pasó en octubre con Parkinson? Lo del Filtro de Muertos en Vida… —observé detenidamente sus reacciones, pero él se limitó a asentir, animándome a continuar y comenzando a balancearse sobre las patas traseras de la silla—. Pues verás… Hace unas semanas, recordé que cuando desperté tenía un sabor muy particular en los labios.

—¿Y? —dijo él al ver que me quedaba callada. Empezaba a impacientarse.

—Bueno… En un principio pensé que sería porque, ya sabes, como Harry me besó… Podría haber estado comiendo un caramelo, o algo así. El caso es que me resultaba complicado discernir qué sabor era exactamente. Podía ser, por ejemplo, menta.

Bingo. Al sonido de esta mágica palabra, Malfoy entrecerró los ojos y cambió de postura en la silla. Los primeros signos de incomodidad se hacían visibles.

—La cosa está en que es raro que Harry hubiese estado comiendo caramelos de menta, porque es un sabor que él detesta. Curioso, ¿no crees?

Malfoy apretó sus finos labios hasta que estos se tornaron blancos.

—Sí —concedió entonces—. Muy curioso. ¿Has pensado que quizás fuera el sabor de la poción Wiggenweld?

—No lo es —aseveré—. Lo he buscado y comprobado. La poción Wiggenweld es insípida o, en todo caso, tiene un ligero sabor dulzón.

—Tú siempre tan rápida —respondió él con una mueca de dolor.

—¿Sabes a quién sí que le gusta la menta y que, de hecho, la mastica muy a menudo?

Malfoy dejó caer de golpe las patas delanteras de la silla sobre el suelo y se giró por completo hacia mí, sentándose de lado. Sus ojos centelleaban con un matiz de peligro que no tardé en percibir.

—Déjate de juegos —me cortó secamente—. ¿Qué quieres de mí, Granger?

—Me mentiste —siseé—. Fuiste tú el que me besó. Y después hiciste que Harry te siguiera la corriente.

Malfoy sonrió en ese gesto que era el punto exacto entre la diversión, la ira y el dolor.

—Vaya, vaya, la sabelotodo vuelve a demostrar lo perspicaz que puede ser. ¿Y qué si es así, Granger?

Abrí la boca para responder, pero la volví a cerrar al instante, confusa.

¿Y qué?

Dale las gracias. Te salvó la vida.

—Gracias.

—No las quiero.

Me crucé de brazos, enfadada. ¿Por qué? Ni idea. Solo sabía que tenía ganas de pegarle puñetazos hasta que cerrara esa bocaza que lucía en la cara.

De pronto, a Malfoy le cambió la expresión por un gesto de repentino interés mezclado con pinceladas de regocijo.

—Dime la verdad, Granger: te alegras de que haya sido yo y no Potter.

—Claro que no —protesté al instante, enrojeciendo.

—Ya, ya, por supuesto —prosiguió él, ensanchando su sonrisa y poniéndome los pelos de punta. Inconscientemente, me moví un poco sobre la silla tratando de alejarme de él. Entonces, y sin previo aviso, se puso serio, y su voz pasó a ser un susurro—. ¿Qué ocurriría si volviera a besarte, Granger?

—¿Q-qué? —balbucí, incapaz de moverme más. Estaba paralizada por algún tipo de fuerza superior a mí que me mantenía inmóvil ahí, a su lado, mientras él se inclinaba despacio.

—¿Qué pasaría —prosiguió— si decidiera besarte ahora mismo?

No pude responder. Ni siquiera era capaz de desviar la mirada. Todo a mi alrededor estaba bañado en oscuridad, exceptuando su rostro. Sus palabras lo llenaban todo.

*Perdida.*Estaba perdida en sus ojos del color de la tormenta que empapa las calles y las almas, del color del mercurio que se derrama por accidente, del color del océano revuelto cuando alza sus crestas rebeldes.

Malfoy estaba justo delante de mí. Apenas unos milímetros que nos separaban. Apenas una brizna de soplos de aire que se colasen entre nuestras bocas, mezclándose con el suspiro que exhalé sin querer.

Ese intenso olor a menta me sumió por completo en un limbo imperdonable.

Malfoy se acercó más, hasta que su nariz rozó la mía.

Después, cerré los ojos. Y se hizo el silencio.

¡Hola de nuevo! ¿Qué os ha parecido? Cómo me gusta dejar las cosas en suspense, ¿eh? Jajajaja.

Pues nada, que nos leemos de nuevo pronto, y que disfrutéis mucho de vuestras vacaciones (los españoles, que sé que algunos latinoamericanos estáis en mitad del curso…).

¡Un besazo enorme!

Meri