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Destiny — capítulo 17

¡Hola! ¡He vuelto! Sí, me he demorado más de lo esperado, pero este capítulo es bastante especial y… bueno, quería que quedara tan perfecto como me fuese posible, así que decidí trabajarlo bien antes de subirlo.

Es el más largo que he escrito nunca: unas de 4500 palabras. También es, quizá, el más triste de esta historia. Así que si sois sensibles espero que tengáis pañuelos a mano…

¡Os dejo con la lectura!

POV Draco

Cuando mis labios se encontraron con los de Granger por segunda vez en mi vida, una descarga eléctrica provocó un latigazo de corriente desde mi boca hasta la base de mi estómago.

Ella cerraba con fuerza los ojos. Yo no tardé en imitarla. Me sentía bien. Demasiado bien…

Un segundo… ¿Draco Lucius Malfoy Black estaba disfrutando un beso con una sangre-sucia? Peor aún. ¿Un beso con LA sangre-sucia por excelencia?

"Es simplemente la sensación de triunfo, de victoria. De saber que ella está bajo mi poder ahora mismo". Sí, eso debía de ser. No había otra explicación lógica. Y no pasaba nada. Todo estaba controlado. Aquello duraría tanto como yo quisiera que durase. Podía detenerlo en cualquier momento.

Granger entreabrió los labios, invitándome a profundizar el beso, y enredó las puntas de sus dedos en el pelo de mi nuca. Me estremecí. Merlín. Quería más. Necesitabamás.

"Apártate, Draco. Ya es suficiente."¿Lo era?

Deslicé las manos hasta su cuerpo, una en la cintura, la otra en su mejilla. Con cuidado. Sin asustarla. Y me perdí otra vez en el sabor de su boca. ¿Cómo podía ser tan dulce? ¿Tan sutil? ¿Tan pura?

"Apártate de una vez. Para. Esto no está bien." Por Circe, pero es que realmente yo no quería detenerme. No. Lo que quería era seguir besándola hasta que se olvidara de su nombre. Hasta aprenderme de memoria el sabor de sus suaves labios. Hasta grabarle a fuego el recorrido de mi boca. Deseaba…. deseaba…

—¿Malfoy? —el instinto asesino que sacudió mis entrañas en ese instante hizo que me apartase de Granger para atravesar con la mirada al dueño de esa irritante voz que tan inoportunamente me había interrumpido. Gruñí al reconocer a Zack Caveney, un Slytherin de cuarto curso, que me miraba entre asustado y divertido.

—¿Qué crucios quieres, Caveney? —rugí, entrecerrando los ojos y pensando en los pros y los contras de cometer un homicidio en la biblioteca de Hogwarts estando tan cerca de Granger, que había bajado la cabeza apretando con fuerza los labios mientras su rostro se teñía de rojo.

—Yo… Bueno, ha llegado una carta urgente para ti, y me han pedido que te la traiga.

Solo entonces fui consciente de que el mocoso me tendía un sobre lacrado con el sello de San Mungo. Toda mi ira se esfumó con la velocidad con la que se extingue la llama de una cerilla, y olvidándome de Granger y nuestro beso me abalancé sobre el chaval para arrebatarle la carta.

—Eh… Pues eso. Yo me largo —murmuró Caveney, inquieto, pasando la mirada de Granger a mí. Dio media vuelta y desapareció como una exhalación entre las estanterías.

Yo ni siquiera me percaté del todo de su marcha, absorto como estaba en la contemplación del sobre que sostenía entre mis manos. De repente, respirar se había vuelto una difícil misión.

—¿Malfoy? —susurró Granger muy cerca de mí. ¿Cuándo se había movido?— Malfoy, ¿estás bien?

Su voz era modulada, delicada, como si temiera asustarme. Sin embargo, aún podía percibir en ella el temblor propio de los minutos posteriores a un beso.

Alcé la vista y la descubrí a mi lado, mirándome con sincera preocupación. Todavía tenía las mejillas arreboladas.

Parpadeé, despertando de la extraña somnolencia en la que me había sumido. Bajé la cabeza bruscamente y rasgué el sobre con un tirón potente para sacar la carta. Recorrí las líneas de estilizada caligrafía con el corazón atenazado por una sombra oscura.

Y mi mundo entero amenazó con derrumbarse.

POV Hermione

Cuando el Slytherin le mostró la carta a Malfoy, la reacción de este me asustó. Se lanzó a por ella como si su vida dependiese de su contenido… y algo me dijo que tal vez fuera así.

El niño se despidió algo incómodo, recordándome con sus miradas indiscretas el beso que unos segundos antes Malfoy me había robado. Estúpida. ¿Por qué no se lo había impedido?

No obstante, en esos momentos tenía otras preocupaciones. Mi compañero estaba lívido, respirando irregularmente, contemplando el sobre como si no supiera qué hacer con él.

—¿Malfoy? Malfoy, ¿estás bien?

Él levantó la cabeza y me miró sin verme realmente. Sus ojos grises estaban inundados de una tristeza tan profunda que un escalofrío resbaló por mi espalda.

Entonces, bajó de nuevo la mirada y rompió el sobre violentamente. Sacó la carta y la leyó a la velocidad de la luz. Yo podía ver las letras de tinta negra reflejadas en sus trémulas pupilas. De pronto, todo su cuerpo comenzó a temblar.

Cerró los ojos y un gemido escapó de su garganta. Sus hombros se convulsionaron en un sollozo silencioso. La carta calló al suelo.

Conmocionada, me incliné para recogerla, y vi en la esquina superior derecha el sello de San Mungo. Tuve miedo de que mis sospechas se vieran confirmadas.

Sin poder evitarlo, empecé a leerla.

Estimado señor Malfoy,

Las noticias que tengo para usted no son, me temo, nada esperanzadoras. Como ya le dije en cartas anteriores, la enfermedad de su madre crece cada día,y ahora los paliativos para el dolor que le suministramos desde su entrada en San Mungo han dejado de hacerle efecto, al igual que gran parte de los sedantes.

Pese a que ella sigue luchando contra la muerte con el mismo empeño de siempre, me veo en la obligación de ser sincero, y comunicarle, como único heredero del patrimonio de los Malfoy que es, que la probabilidad de que sobreviva es ya demasiado escasa como para confiar en su recuperación.

Lamento ser portador de tan desolador informe, pero esa es la realidad: Narcissa Malfoy no podrá contar con muchas más horas de vida.

Nos hubiera gustado haber podido evitar esto, pero me temo que poco queda ya por hacer más que esperar.

Mis más sinceras condolencias.

Un cordial saludo,

Philip Colbert

Director delHospital San Mungo de Enfermedades y Heridas mágicas

Sentí el sabor salado de una lágrima y supe que estaba llorando. Aparté la mirada de la carta. Ahora lo entendía todo.

—Tengo que verla —la voz de Malfoy me sobresaltó. Sonaba rota. vencida, derrotada. Me giré hacia él y le encontré sentado a mi lado, quieto, con la cabeza gacha, los puños cerrados, los dientes apretados y los ojos más tristes del mundo fijos en ninguna parte.

En ese mismo instante odié verle así.

—Tengo… tengo que salir de aquí. Tengo que verla. Quiero hablar con ella —las palabras salían de su boca con torpeza y dificultad. Parecía que él también se estuviera muriendo.

—Malfoy —susurré. Otra lágrima escapó por mi mejilla—. No puedes salir de Hogwarts. El Ministerio…

—El Ministerio puede irse a la mierda —me interrumpió, mirándome a los ojos por primera vez—. ¿Es que no lo entiendes, Granger? Mi madre se muere. Lo único que me queda en el mundo se va. Y está sola. Le prometí que no la dejaría sola.

Sollocé. Claro que lo entendía. Y quería ayudarle. De verdad que sí. Pero tras la derrota de Voldemort, Malfoy había sido indultado de la pena de prisión en Azkaban… pero por un precio: cada uno de sus movimientos era minuciosamente controlado por el Ministerio de Magia, que aguardaba a la espera de verle cometer el más mínimo error para así tener una excusa con la que encerrarle. Y largarse de Hogwarts de golpe y sin permiso alguno podía considerarse un error bastante importante.

Pero por otra parte… ¿qué culpa tenía de ello Narcissa Malfoy? ¿Qué tenía que ver haberse equivocado en el pasado con no poder despedirse del último familiar que te queda? ¿No hubiese querido yo decirle adiós a mi madre si ella estuviera muriéndose?

—Te ayudaré —mi boca habló por sí sola, pero estuve de acuerdo con ella de inmediato.

—¿Qué? —Malfoy me miró estupefacto, aún temblando y con las pestañas formando puntas de estrella por la humedad.

—Te ayudaré a salir… pero con una condición: yo voy contigo.

—¿Por qué harías algo así por mí? —preguntó. Entrecerró los ojos, escéptico.

—Porque no creo que sea justo todo lo que te está pasando. Y porque todo el mundo merece una segunda oportunidad. Tú no eres menos que nadie, por difícil que nos resulte de creer.

Dicho esto me levanté, sintiéndome de pronto fuerte, decidida, valiente.

—Espérame en el hall de entrada. Tengo una idea. No tardaré en bajar.

No me quedé para ver la reacción de Malfoy. En su lugar, eché a correr con un destino fijo: el despacho de la directora.

Cuando llegué a la gárgola que cubría las escaleras ascendentes, solté a bocajarro la contraseña que poseía en virtud de mi título de prefecta.

Una vez arriba, golpeé la puerta con los nudillos y aguardé una respuesta alisándome la túnica y respirando hondo.

—Oh, Granger, qué sorpresa —esas fueron las palabras de McGonagall cuando me abrió.

—Profesora, necesito pedirle un favor muy importante. ¿Podemos hablar?

—Claro. Adelante, siéntese.

—No, gracias, lo cierto es que tengo algo de prisa… Verá, como usted sabe, mi trabajo en el Proyecto Huxley es acercar a Malfoy al mundo de los muggles…

Ella soltó un suspiro de resignación.

—Déjeme adivinar: ha tenido problemas con él, ¿me equivoco? Sé que es un chico difícil, Granger, pero créame cuando le digo que…

—No es nada de eso, profesora —intervine. Rápidamente me sonrojé, avergonzada por haberla interrumpido. Pero no había tiempo para eso—. De hecho, quería decirle que Malfoy se muestra muy abierto a aprender cosas nuevas, sea por el motivo que sea. Además, siente… curiosidad, por ver en persona muchas de las cosas de las que le hablo. Creo que ha descubierto un nuevo ambiente que no es tan terrible como le hicieron pensar, y como buen Slytherin que es tiene… llamémosla "ambición"… de conocimientos. Y bueno, dado que no ha causado ningún problema en todos estos meses, me preguntaba si usted sería tan amable de concedernos un permiso para salir de Hogwarts durante unas horas. Me gustaría llevarle al Londres muggle para que viese en directo cómo es la vida allí.

Tras ese discurso que había crecido en mi mente de camino al despacho, cerré la boca, tragué saliva y recé a quien quisiera oírme para que McGonagall aceptase mi propuesta, para que no notase que no le estaba diciendo la verdad…

El miedo entumecía cada uno de mis músculos. ¿Cuándo me había vuelto yo así? ¿Cuándo había pasado a ser capaz de mentirle a una profesora? ¿Y todo para qué? ¿Para ayudar a un Slytherin que ni siquiera estaba segura de si merecía o no tales atenciones?

McGonagall inclinó la cabeza, sopesando la idea. Me aparté un mechón de pelo de la cara, tratando de aparentar normalidad. Aunque, de repente, me había olvidado de cómo se actuaba siendo normal.

—Bueno —comenzó al fin—. Tratándose de cualquier otro alumno, hubiera denegado dicha posibilidad de inmediato por considerarla una temeridad, pero… En fin, bien es cierto que hablamos de la alumna más responsable de todo el colegio, y dado que yo confío ciegamente en usted, si cree que eso podrá ayudar al señor Malfoy tiene mi permiso para ir. Aunque le pediría que tratara de no hacer eco de esta improvisada excursión. No quisiera reclamaciones de otros estudiantes por no poder salir ellos también.

—Lo entiendo, profesora. Muchísimas gracias. Estaremos de vuelta antes de que los demás se percaten de nuestra ausencia.

—Eso espero —murmuró McGonagall, mirándome fijamente tras los cristales de sus finas gafas.

Le sonreí con toda la sinceridad que pude, me despedí con un cabeceo y me dirigí hacia la salida.

Mientras corría por los pasillos en dirección al hall de entrada con el corazón desbocado, empecé a sentirme terriblemente mal. "…yo confío ciegamente en usted…" Si la anciana profesora supiera que esa confianza no era tan merecida como pensaba, se llevaría una tremenda decepción.

De pronto, y como si el destino se hubiese empeñado en dificultarme el día, me choqué de frente con nada menos que mi mejor amigo: Harry Potter.

—¡Hermione! ¿Qué pasa, por qué corres tanto?

—Respira, mujer, que te va a dar algo —comentó Ron, apareciendo a su derecha.

—Yo… —empecé sin aliento. Cogí aire y volví a intentarlo—. Tengo que hacer cosas con Malfoy. Ya sabéis, del Proyecto Huxley y eso…

—¿Ahora? —Harry y Ron se miraron con desconcierto—. Pero Hermione, ¡es Nochebuena! ¡Han suspendido todas las actividades del Proyecto!

Solté un gemido de frustración. Mierda. Me había olvidado por completo.

"Improvisa, genio…"

—Sí, pero debido a que Malfoy es de los alumnos más vigilados, me han encomendado pasar la tarde con él para enseñarle cómo celebran los muggles la Navidad. Solo serán unas horas. Estaré de vuelta para la cena y lo celebraremos juntos, ¿vale?

—Vale —respondió Ron, frunciendo el ceño. Ninguno de los dos parecía muy convencido. Pero no había tiempo para más.

—¡Hasta luego! —exclamé antes de reemprender mi desenfrenada carrera por los pasillos del castillo.

Sin embargo, una idea atravesó de improviso mi mente como un cometa que ilumina el cielo nocturno. Volví atrás junto a mis amigos a toda velocidad.

—Ah, Harry, una cosa… ¿Podrías prestarme tu capa?

—¿Mi capa? —el aludido alzó una mano y pellizcó la tela que colgaba de sus hombros, confuso.

—No, esa capa no —dije con un gesto de la mano. Después bajé la voz—. La otracapa.

Los ojos verdes de Harry brillaron al entender.

—Sí, claro que te la dejo. Mira, justo ahora la llevo encima, había ido con Ron a buscar… bueno, da igual. Ten, pero, ¿para qué la necesitas?

—Cosas de chicas, ya te lo explicaré más tarde —respondí, tomando el bulto que acababa de sacarse de debajo de la túnica. Me puse de puntillas y deposité un sutil beso en su mejilla—. Muchas gracias, Harry. ¡Nos vemos luego!

—Adiós —murmuró él, viéndome marchar junto a un Ron que estaba tan desorientado como él.

Cuando llegué al hall, me encontré a Draco Malfoy aguardando recostado contra una pared con las manos en los bolsillos y la inquietud pintando su rostro. Cambiaba el peso de una pierna a otra y miraba constantemente el gran reloj que pendía sobre la entrada del Gran Comedor.

—¡Malfoy! —llegué a su lado agotada. Él me observó con una intensidad devastadora—. Ya está todo… todo arreglado. Tenemos hasta la hora de la cena. Vamos.

Salí fuera con paso firme y decidido. Escuché cómo él se apresuraba para quedar a mi altura y siseó por lo bajo.

—¿Arreglado? ¿Qué está arreglado? ¿Qué has hecho, Granger?

—Ya lo verás. Sígueme.

Nos dirigimos al exterior de los jardines del castillo por los grandes portones, flanqueados por sendos cerdos alados. Las verjas se abrieron sin oponer resistencia, pues salíamos con el permiso de la directora.

Una vez en el camino que conducía a Hogsmeade, desplegué la capa de invisibilidad de Harry y se la tendí.

—Póntela.

—No pienso ponerme esta horterada.

Lo fulminé con la mirada. A veces podía ser realmente idiota.

—¿Quieres ver a tu madre o no?

La simple alusión a Narcissa Malfoy pareció darle una descarga de sentido común. Apretando con fuerza los labios, cogió la capa y se la puso. Apenas dos segundos después escuché una exclamación ahogada.

—¡No veo mi cuerpo! —susurró—. ¿Cómo es posible? ¿Qué clase de capa es esta? ¿De dónde la has sacado, Granger?

—No hay tiempo para explicaciones —repliqué entre dientes. Empezaba a arrepentirme de todo eso.

Alargué un brazo hacia donde suponía que debía de estar el hombro de Malfoy, le agarré y nos desaparecimos.

Destino: Londres.

Cerca de cinco minutos después me encontraba en la entrada del Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas. Todo a mi alrededor era blanco y reluciente. Exactamente igual a los hospitales muggles. Y yo odiaba los hospitales.

Respiré hondo y susurré en voz baja sin apenas mover los labios:

—No te muevas de mi lado, no te quites la capa y ni se te ocurra hacer el menor ruido.

Después me dirigí con mi expresión más serena y profesional al mostrador, donde una mujer joven con el pelo rubio estirado hacia atrás y recogido en un moño apretado me recibió con una sonrisa artificial.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?

—Hola, buenas tardes. Me gustaría ver a Narcissa Malfoy Black. ¿Podría decirme en qué habitación se encuentra?

La máscara de falsa felicidad de la mujer se resquebrajó un poco, pero no tardó en recomponerla.

—Espere un segundo, por favor.

Asentí con calma y aguardé a que revisara Merlín-sabía-qué.

Pasados unos segundos se volvió de nuevo hacia mí.

—Lo lamento, pero la paciente Narcissa Malfoy se encuentra en una situación sumamente delicada. Me temo que no puede pasar.

Escuché perfectamente el gruñido de frustración de Malfoy. Y, a juzgar por la mirada de perplejidad que la mujer le dedicó al supuesto vacío situado a mi derecha, ella también lo oyó.

—Por favor —insistí—. Comprendo lo que quiere decirme, pero es importante. Necesito verla.

—Le aseguro que no hay nada que yo pueda hacer al respecto. La enfermedad de la señora Malfoy está tan avanzada que las visitas podrían perjudicar su salud.

—¿Perjudicar su salud? —empezaba a enfadarme. Y sentía que a mi lado Malfoy estaba haciendo un esfuerzo titánico para no gritar. Con rabia en la sangre, me incliné hacia delante mirándola fijamente a los ojos—. Por lo que tengo entendido, la señora Malfoy se muere. Y nada ni nadie podrá impedirlo. Su "avanzada enfermedad" acabará con ella en unas horas hagamos lo que hagamos. ¿Y, pese a ello, usted se opone a que alguien importante para ella la vea por última vez?

La mujer retrocedió un poco, intimidada por mi repentina agresividad. Sacudió la cabeza de un lado a otro y miró en derredor en busca de ayuda.

—Yo…

—En qué habitación —repetí entrecerrando los ojos, sin molestarme en entonar correctamente la pregunta. Adiós a mi educación y mis buenos modales. No podían hacerle esto a Malfoy. No podían impedir que viera a su madre.

—Se-segunda planta, "Enfermedades mágicas"… Ha… habitación 231 —tartamudeó la mujer.

—Muy amable —dije por toda respuesta.

Di media vuelta y me dirigí a las escaleras. El roce de la capa contra el suelo me indicó que Malfoy me seguía de cerca.

Una vez ante la habitación, abrí con sumo cuidado la puerta. El aire se removió a mi lado, y un segundo después, el Slytherin entraba y tiraba la capa en una esquina, corriendo hacia la cama que ocupaba el puesto presidencial del lugar.

Cerré a mis espaldas y me mordí el labio inferior para aguantar las ganas de llorar.

Apenas había visto a Narcissa Malfoy un par de veces en toda mi vida. Momentos sueltos: la estación de King's Cross… Malfoy Manor… la Segunda Gran Batalla de Hogwarts… la tienda de túnicas Madam Malkin's…

No obstante, sabía por Harry que, de no haber sido por su ayuda tras la presunta "muerte" de mi amigo, no habríamos vencido la guerra. Y, después de la caída de Voldemort, tanto ella como su hijo habían colaborado con el Ministerio en la busca y captura de los mortífagos restantes.

Así pues, no era capaz de estar resentida con ella. Ni siquiera aunque recordaba su mirada fría el día que Bellatrix Lextrange me torturó en la mansión de los Malfoy.

Además, Harry también me había dicho que Narcissa obró como lo hizo contra los nacidos de muggles por mandato de su esposo, y no por decisión propia, lo cual era un punto a su favor.

Esa mujer, en mi memoria, era alta, esbelta, de belleza innegable, con el cabello rubio perfectamente recogido en precarios peinados inigualables, con vestidos caros y el porte propio de la nobleza…

Y, de pronto, ahí estaba. Tendida en una cama de la habitación 231 de San Mungo, segunda planta. Sola en mitad de todas esas sábanas blancas, abandonaba entre un montón de máquinas mágicas que se movían y provocaban murmullos casi inaudibles

Tenía la piel casi transparente. El pelo le caía lacio sobre la almohada. Sin vida. Igual que sus ojos acristalados que se perdían en el techo del cuarto. Su pecho ascendía y descendía despacio. Provocaba ruidos extraños. Sonidos que no deberían estar ahí. Sus labios pálidos habían perdido todo el color.

Se moría. Y eso era evidente.

Entonces, Malfoy calló de rodillas junto a la cama. Apoyó los codos sobre las sábanas y tomó con sumo cuidado una mano de la mujer.

—Madre —susurró.

Narcissa parpadeó lentamente y después giró la cabeza. Cuando su mirada se encontró con la imagen de su hijo arrodillado a su lado, los ojos se le abrieron por la sorpresa y la vida pareció tocarla durante unos segundos, pintando de color el fondo de su alma.

—Draco —su voz rasgada salió trémula de entre sus labios—. Draco, hijo… Draco, eres tú…

Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de papel de la mujer, que atrajo sin fuerzas la cabeza de su hijo hacia su pecho, queriendo abrazarlo. Malfoy se dejó hacer. Temblaba como una hoja a merced del viento.

—Sí, madre… soy yo… estoy aquí… Te prometí que no te dejaría sola, ¿verdad?

—Draco… Oh, Draco, mi niño…

Tragué saliva y sentí de nuevo en los labios el sabor de las lágrimas. Mis esfuerzos por detener la tristeza habían sido inútiles.

—¿Cómo has… cómo has llegado aquí? —preguntó entonces Narcissa.

—Me ha ayudado Granger. La…

Malfoy se detuvo y se giró para observarme. Le devolví la mirada con firmeza. "Vamos, dilo", pensé. "La sangre-sucia".

—La amiga de Potter —finalizó en su lugar Malfoy. Pestañeé sorprendida. Él, por toda respuesta, vocalizó sin hablar una palabra que sabía de primera mano que rara vez salía de su boca: "Gracias".

—¿Granger? ¿Dónde está? —preguntó Narcissa alzando la cabeza con dificultad.

Cuestioné a Malfoy con la mirada. Él asintió casi imperceptiblemente. Me aproximé a la cama.

—Estoy aquí, señora Malfoy —dije en voz baja al llegar a su lado.

Sus ojos me encontraron. Aún lloraba.

—Oh, Granger… No sabes… no sabes lo agradecida… que te estoy… por haberme traído a mi hijo… Es todo… todo cuanto deseaba hacer… antes de morir… Poder verle una vez más…

Cerré los ojos, terriblemente apenada.

—No digas eso —la voz de Malfoy sonó rota cuando habló—. No digas que vas a morir. No lo digas nunca, ¿me oyes?

Narcissa bajó de nuevo la mirada hacia su hijo y le acarició despacio el pelo.

—Pero es la verdad. Draco… Tienes que ser fuerte… Ahora más que nunca… ¿Lo entiendes?

—No. No, no lo entiendo. No quiero perderte. No puedo perderte, madre. Todavía te necesito.

—No, cielo… no me necesitas… —Narcissa sonrió con dulzura—. Ya eres… todo un hombre. Y puedes… valerte… por ti mismo.

—No quiero —de repente, Draco parecía un niño pequeño con una perreta. Pero había mucho más detrás de las lágrimas que desbordaban ya sus ojos. Y yo no podía evitar sentirme en mitad de una escena que no me pertenecía. Pero entonces, Narcissa volvió a llamarme.

—Granger… quiero pedirte… un favor.

—Lo que usted necesite, señora Malfoy —respondí, secándome las lágrimas con fuerza. Ella sonrió. Se veía más vieja y cansada que cuando entramos, pero también más feliz.

—Quiero… que cuides… de mi hijo. No dejes… no dejes que… el Ministerio… se lo lleve… Por favor… Él es un buen chico… tiene un gran corazón… aunque no sepa… demostrarlo…

—Madre —interrumpió Malfoy.

—No, Draco… déjame terminar… Granger… Sé que no nos hemos comportado… bien… contigo. Pero por favor… por favor… Él es todo lo que me queda…

Sus palabras se apagaron despacio. Quería llorar y gritar y hacer algo para que aquella mujer no se muriese.

—Se lo prometo. Le prometo que no se lo llevarán.

—Gracias… —Narcissa miró una vez más a Malfoy, que había bajado la cabeza para ocultar sus mejillas empapadas—. Hijo… Draco, mírame…

Él alzó despacio los ojos, que mostraban un color rojo y una textura acuosa.

—Estoy… muy… orgullosa… de ser… tu madre… —Narcissa parpadeó despacio. Y me dio tiempo a ver cómo su conciencia se desvanecía lentamente en el fondo de su mirada—. Te quiero, Draco…

Los ojos de Narcissa Malfoy quedaron varados en mitad de la nada. La mano que acariciaba el pelo de su hijo cayó sobre la cama, inerte. Un sonido agudo y estridente resonó sobre nuestras cabezas, como un timbre desolador.

—Madre —todo al aliento que Malfoy guardaba en sus pulmones salió en ese único susurro.

Después, se desató el caos.

Dos sanadores vestidos de blanco entraron por la puerta y se detuvieron en mitad de la estancia con sendas expresiones sorprendidas al encontrarnos allí. Pero eso no era importante. Nada era ya importante.

—¡Madre! —el grito de Malfoy desgarró las fuerzas que me quedaban, y caí de rodillas a su lado. Draco lloraba, esta vez sin preocuparse de que pudieran verle. Agarró con fuerza el fino camisón de Narcissa como si eso fuese suficiente para detener su partida—. ¡Madre, no! ¡Por favor! ¡Madre!

Uno de los sanadores reaccionó, dio media vuelta y echó a correr, posiblemente en busca de los de seguridad. El mundo a mi alrededor se veía borroso por culpa de las lágrimas. Pero sabía lo que se nos venía encima.

Cogí las manos de Malfoy y tiré para que soltara a la mujer. No obstante, sus dedos se habían cerrado como garfios de hierro sobre la tela y se negaban a aflojar su agarre.

—Malfoy, tenemos que irnos —le dije. El otro sanador se nos acercó, metiendo despacio la mano en un bolsillo—. ¡Malfoy! ¡Vámonos!

—¡No! ¡No, por favor! ¡Madre!

—No pueden estar aquí —el sanador nos apuntó con su varita. Pero yo fui más rápida.

Antes de que el hechizo paralizante nos alcanzara, y justo a tiempo de ver cómo el primer sanador aparecía en la puerta acompañado por dos fuertes hombres de negro, tiré una vez más de Draco y nos desaparecimos.

Abandonando el cuerpo de Narcissa Malfoy tras de nosotros.

Aparecimos en un callejón del Londres muggle, varias calles más allá. El frío lo invadía todo. Había empezado a nevar.

Malfoy temblaba. Me miró sin entender.

—No… —susurró.

Negué despacio con la cabeza.

—Lo siento. Lo siento mucho —mi murmullo apenas se escuchó, porque él se volvió y arremetió con todas sus fuerzas contra unos cubos de basura.

—¡No! —gritó con desesperación, asestando potentes puñetazos a los cubos hasta abollar el metal.

—¡Malfoy! —corrí a su lado y le sujeté desde detrás—. ¡Malfoy para, por favor!

Me costó varios minutos lograr que se calmara. Cuando dejó de golpear todo lo que encontraba su paso, se zafó de mí con un movimiento seco y trató de alejarse. No paraba de llorar.

—Malfoy… Draco. Espera.

Volví a alcanzarle y le abracé.

—¡Déjame! ¡Déjame solo!

Pero, en lugar de obedecerle, apreté el abrazo, negándome a soltarle. Hasta que, finalmente, se rindió, y dejó caer su cabeza sobre mi hombro, liberando su pena y sollozando mientras rodeaba mi cintura y me estrechaba contra él.

Y, en ese momento, supe que yo hubiera hecho cualquier cosa por borrar de su vida todo ese dolor.

Por borrarlo para siempre.

¡Hola! Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Alguien ha llorado? ¿Qué opináis de esta versión de Draco, más frágil y sensible? ¿Y Hermione, que ha demostrado ser capaz de sacar las garras como buena leona que es?

Espero que os haya gustado. Ah, y una cosa: he decidido hacerme una cuenta en Facebook (podéis encontrarme con el mismo nombre que uso en esta página, MeriAnne Abévaz). Allí iré comentando cómo voy con los nuevos capítulos y qué día actualizaré. Además, puede que os haga alguna pregunta sobre cómo os gustaría que transcurrieran determinados hechos…

Si queréis mandarme una solicitud de amistad, enviadme también un mensaje diciendo que venís de Potterfics e incluid vuestro nick, porque si no, no la aceptaré.

¡Un beso muy fuerte!

MA.A