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Destiny — capítulo 18

¡Hola! Pues hoy os traigo un capítulo más corto que el anterior, pero también menos dramático. Su estructura es: POV Hermione, POV Theo, POV Blaise y POV Theo otra vez. Tiene momentos felices y otros más tristes, pero con un equilibrio bastante relajado.

¡Espero que os guste!

Un beso,

MA.A

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POV Hermione

Suspiré por tercera vez apoyándome de espaldas en la encimera de la cocina. No lograba quitar de mi cuerpo ese temblor persistente.

Hacía ya dos horas que Malfoy y yo habíamos regresado de San Mungo. Fuera, la claridad escapaba entre las ramas de los árboles, y puntos dispersos de luz titilante comenzaban a hacer su aparición en el amplio y oscuro cielo.

Todavía no había ido a ver a Harry y Ron, como les había prometido. Pero no me sentía con fuerzas ni ganas de fingir que todo estaba bien.

Porque nada estaba bien.

Malfoy se había encerrado en su cuarto nada más llegar. Pude oír el chasquido del cerrojo justo antes de escuchar un terrible estruendo, fruto sin duda de la colisión de una cómoda contra el suelo. Seguidamente empezaron los gritos, los puñetazos, los golpes de metales entrechocando y los crujidos de la madera astillándose.

Al principio traté de detenerle, pero por mucho que aporreé su puerta llamándole él no me abrió. Así que finalmente había desistido y me había ido al rincón de la cocina con la intención de preparar algo para cenar.

Los demás alumnos debían de estar en el Gran Comedor, poniéndose las botas con el festín de Nochebuena. Pero ni yo, ni mucho menos Malfoy, estábamos en condiciones de aparecer por esas puertas.

Suspiré una cuarta vez y me pasé la mano por la cara. Una cruda opresión me atenazaba el pecho, y la tristeza hacía que solo tuviese ganas de meterme en mi cama y llorar hasta la saciedad, hasta que cada gota de dolor se hubiese convertido en una lágrima y hubiese salido de mi cuerpo.

Y si yo me encontraba así de mal, no quería ni imaginarme cómo debía de estar pasándolo Malfoy.

Al menos, ya no se oían ruidos en su cuarto. Aunque no sabía si eso era bueno o malo.

Sequé mis mejillas, puse todo lo que había preparado en una bandeja y me dirigí a su habitación.

—Malfoy —traté de decir, pero la voz me falló y supuse que no me habría oído—. Malfoy. Ábreme, por favor.

Los segundos pasaron arrastrándose con desesperante lentitud. Un minuto después, pensé que él no me haría caso. Que tal vez no había nada que yo pudiera hacer por él.

Pero entonces, el cerrojo chasqueóy la puerta se abrió ante mí despacio. Empujé cuidadosamente con el pie para que no se me cayera la bandeja y avancé con aire vacilante. Dentro, todo estaba a oscuras.

Desde mi posición, y gracias a la luz que entraba de la Sala Común, podía adivinar los perfiles irregulares de los muebles destrozados tirados por el suelo. Un halo de polvo me recibió con sus formas cambiantes.

En la cama, sentado con la cabeza gacha y los antebrazos apoyados en las rodillas, estaba Malfoy. El pelo, más revuelto que nunca, le caía desordenado en todas direcciones. Sus hombros subían y bajaban en movimientos profundos.

Me aproximé a él con cuidado y dejé la bandeja sobre la mesita de noche, a la cual le faltaban todos los cajones. Después, me agaché hasta que mi cabeza quedó a la altura de la suya, pero ni aun así pude verle la cara.

—Malfoy —dije en bajo. Luego rectifiqué—. Draco. Mírame, por favor.

Tal vez fue mi uso de su nombre de pila lo que le convenció. Levantó despacio la cabeza y clavó la vista en mí. Me mordí el labio inferior con inquietud. Sus ojos eran dos pozos de dolor y confusión.

—No está —susurró. Su voz sonaba tan rota como los muebles que nos rodeaban—. Se ha ido. No va a volver.

Dudé un segundo antes de alzar la mano derecha y acariciar con ella su mejilla. Él ni siquiera pareció darse cuenta.

—Pero tú sigues aquí, Draco —respondí—. Y tu madre hubiese querido que fueses feliz. Que siguieras adelante.

—No sé seguir adelante sin ella —dejó caer los párpados pesadamente. Temblaba como un frágil pajarillo recién nacido.

—Aprenderás —aparté un mechón de pelo de su frente—. Además… cuando quieres realmente a alguien, nunca se va del todo. Solo su cuerpo desaparece. Pero su esencia va a seguir contigo siempre, Draco.

Una lágrima resbaló despacio de debajo de sus húmedas pestañas. No se movió ni un centímetro.

—Hermione.

Era la primera vez en toda mi vida que escuchaba mi nombre saliendo de sus labios. Y me asombré. Porque hasta entonces no me había percatado de lo bonitas que eran esas pocas letras cuando se juntaban.

—¿Sí?

Él abrió los ojos y me miró.

—Gracias.

Esa noche, Draco Malfoy parecía más humano que nunca.

POV Theo

—¿Y ahora dónde se ha metido Draco? —la voz de Blaise a mi derecha me distrajo en mi contemplación de la mesa de Ravenclaw.

—No lo sé —respondí, sirviéndome un poco más de cerveza de mantequilla, traída de Hogsmeade expresamente para conmemorar esa noche—. No le he visto en todo el día.

—Hum… —Blaise se estiró sobre la mesa para atrapar un pedazo de pavo y lo echó sobre su plato—. Oye, ¿te has dado cuenta de la cantidad de gente que se ha quedado este año durante las Navidades?

Asentí, recorriendo con la mirada el Gran Comedor. Normalmente, éramos menos de diez los que decidíamos permanecer allí en esas fechas tan señaladas. Pero en esa ocasión, seríamos cerca de sesenta alumnos. Por tanto, se había decidido que comiésemos en nuestras correspondientes mesas.

En mi caso, no había dudado ni un segundo dónde quería pasar las Navidades. Otros años me quedaba en el colegio para evitar a mi padre. Ese curso, solo trataba de evadir la soledad de mi inmensa y vacía mansión... y todos los recuerdos que esta atesoraba.

Mis ojos vagaron de nuevo por la sala y se posaron irremediablemente en una chica de largos cabellos rubios y mirada clara que comía pastelitos en una esquina de su mesa.

Blaise siguió la dirección de mi mirada y sonrió con picardía. Me asestó un codazo y alzó repetidamente las cejas.

—¿Qué, buenas vistas?

—Idiota —me froté las costillas, dolorido—. Sí, Blaise, unas vistas excelentes, muchas gracias.

Él soltó una carcajada, burlón, y yo puse los ojos en blanco. Me volví otra vez hacia Luna y descubrí, no sin sorpresa, que ella me estaba mirando.

Ella esbozó una dulce sonrisa y levantó la mano derecha, moviéndola discretamente en un suave saludo.

Me enderecé en el banco y la señalé con el tenedor que sostenía en la mano. Después, apunté hacia mí mismo, y luego a la puerta del Gran Comedor. Ella asintió y se levantó, sacudiéndose las migas de la túnica.

Yo la imité, pero la zarpa de Blaise me enganchó del codo antes de que pudiera escapar.

—Hey, tío, espera.

—¿Qué ocurre ahora?

Él me miró con seriedad durante dos segundos. Solo durante esos dos segundos.

Y luego volvió a dibujar una mueca socarrona en su cara.

—Que ligues bien —bromeó, y yo me zafé de su agarre con una sacudida seca. Su voz seguía resonando a mis espaldas—. ¡No la lieis tú y tu corazón de hielo! —sacudí la cabeza. A veces me preguntaba a mí mismo cómo podía ser tan amigo de ese individuo.

Avancé deprisa hasta el gran portón. Luna ya había salido.

Cuando llegué a los jardines, la vi acercándose a la orilla despejada del Lago. Corrí hacia ella. La oscuridad bañaba el aire y el frío mordía mi ropa, pero no me importaba. Había tomado una decisión.

Luna se sentó bajo un árbol, directamente sobre la hierba húmeda, y yo me dejé caer a su lado.

Ambos contemplamos la superficie del Lago. Un espejo imperturbable, perfecto, amplio como un firmamento. Y, en él, se reflejaba todo un mundo de destellos inconstantes.

Me giré para mirar a Luna. Ella observaba el paisaje de arrebatadora perfección sin apenas pestañear. Sus labios estaban ligeramente separados, y entre ellos se deslizaban nubes de cálido aliento. En sus pupilas negras brillaban puntos inconexos de luminosidad.

La luna, ese día en su máximo esplendor, alumbraba su pálida piel y hacía que su pelo pareciese de plata. Los ojos azules centelleaban ante aquella fría y silenciosa belleza.

Ella era pureza. Era fragilidad. Era inocencia. Era delicadeza. Era ingenuidad. Era verdad. Era canción.

Ella era luz, tan clara y sutil como la que desprendía su tocaya desde las alturas.

Era Luna. Mi Luna.

Sin tan siquiera pensar qué estaba haciendo, ni las consecuencias que mis actos acarrearían, me incliné sobre ella y rocé sus labios con los míos. Un beso tan leve que me supo a aire y azúcar. Una caricia tan etérea que pudo no haber existido nunca.

Pero estaba ahí. Justo ahí. Ella alzó despacio una mano para posarla en mi mejilla. Por instinto. Por curiosidad. Por probar.

Y me devolvió el beso.

El calor que inundó entonces mi pecho podría haber derretido toda la nieve del mundo.

Incluida la de mi corazón.

Veinte minutos después, no nos habíamos movido de allí. Luna estaba aún sentada a mi lado, con su cabeza sobre mi pecho y su peculiar gorro amarillo en el regazo. Yo me distraía acariciando lentamente su pelo. Me sentía en paz, tanto conmigo mismo como con el mundo.

—Theo —la voz de Luna fue solo un susurro.

—¿Sí?

—¿Vamos a quedarnos aquí mucho más tiempo?

Arrugué la nariz, incómodo.

—¿Por qué? ¿Quieres irte?

Ella se removió un poco para poder mirarme a los ojos. Sonreía de esa forma tan dulce y sincera que tanto me encandilaba.

—¡No! No, claro que no. Me gusta mucho estar contigo. Me gustas mucho tú, Theo Nott.

Y dicho esto volvió a acomodarse entre mis brazos. Yo permanecí totalmente inmóvil, con los dedos de la mano izquierda aún enterrados en su cabello. ¿Había oído bien?

"Tal vez se refiera a que le gustas como amigo".

Pero los amigos no se besaban...

¿Y si me arriesgaba y preguntaba?

"Podría enfadarse y dejar de hablarme".

No quería perder su amistad.

"Es Luna. No creo que se enfade".

Cogí aire, buscando la forma de introducir el tema.

—¿Cuánto tiempo quieres estar conmigo, Luna?

—Mucho. Todo el que podamos.

—¿Te gustaría estar conmigo de otra forma?

—¿Qué quiere decir "de otra forma"?

Tragué saliva. Hora de poner las cartas sobre la mesa.

—¿Me concederías el honor de ser mi novia, Luna?

Ella se volvió hacia mí con los ojos abiertos como platos.

—¿De verdad? —preguntó. Asentí, temeroso. Y de pronto, me besó. Con una ilusión y un entusiasmo que me desarmaron por completo. Cuando se separó de mí, alzó los brazos al aire y casi gritó—. ¡Sí! Sí, Theo Nott, me encantaría ser tu novia.

Sonreí, relajado y feliz. Y entonces fui yo quien la besó. Cuando nos separamos para coger aire, apoyé mi frente en la suya y susurré:

—Tú a mí también me gustas mucho, Luna. Mucho. No sabes cuánto.

POV Blaise

Caminé solo por los amplios jardines del castillo. Con Draco desaparecido y Theo ligando, me aburría mortalmente. ¿A qué podría dedicarme yo a esas horas de la noche?

Pateé con tedio una piedra que apareció ante mí. A cada paso que daba me alejaba un poco más de los villancicos que emergían del Gran Comedor. Gruñí, tapándome los oídos. Detestaba la Navidad. Si no fuera por la bebida, pensaría que esas fechas no tenían nada de bueno.

De pronto, una figura se delineó ante mí. Sonreí al reconocer la cabellera rubia de mi mejor amigo, pero la curva de mis labios se desvaneció en cuanto vi su cara. Algo no marchaba bien.

—¿Draco?

Él se detuvo de golpe al oír su nombre y levantó la cabeza. Sus ojos ocultaban un dolor demasiado grande como para ser obviado. Me acerqué a él.

—Draco, ¿qué te pasa?

—Blaise…

Las fuerzas le fallaron y sus rodillas cedieron. Lo atrapé rápidamente por debajo de los hombros para evitar que se fuera al suelo.

—Draco, tío, ¿qué ocurre? Me estás asustando.

Él me miró. Si no lo conociera, diría que había estado llorando.

—Blaise, mi… mi…

Se detuvo para cerrar los ojos y coger aire. Cuando los abrió de nuevo, supe lo que había ocurrido antes de escuchar sus palabras.

—Mi madre ha muerto.

POV Theo

Luna y yo andábamos juntos de la mano en dirección al castillo. Yo sonreía. Por extraño que pudiera parecer, me sentía feliz. Más feliz que nunca.

Ella correteaba a mi lado, señalándolo todo y hablando sin parar de cada pequeño detalle, matices sin aparente importancia que a mí me habrían pasado desapercibidos, pero que vistos de cerca escondían un mundo de belleza sin igual.

Entonces, Luna se detuvo de golpe mirando un punto fijo delante de nosotros.

—¿Qué pasa, Luna?

—¿No es esa Parvati? —seguí el rumbo de sus ojos y, efectivamente, descubrí a una de las gemelas Patil cobijada entre varios árboles, riéndose estúpidamente en compañía de alguien—. No deberíamos molestarle. Creo que está con su novio, Seamus.

Permanecí en silencio y sin expresar en voz alta mis pensamientos. Sin decir lo mucho que dudaba que aquel chico que soltaba risitas infantiles y que toqueteaba a Patil fuese Finnigan. Y lo poco que me gustaba esa situación.

De pronto, en un beso especialmente impulsivo entre ambos, los dos tortolitos cayeron al suelo, dejando sus rostros al descubierto.

—¿Luna? —Patil miró a mi chica con desconcierto, sentimiento que mudó a vergüenza cuando reparó en mi presencia. Pero yo no le prestaba atención. Todos mis sentidos estaban puestos en él. En ese desgraciado que me contemplaba con los ojos muy abiertos por el terror. En esa rata traidora que tan poco había sabido valorar lo que tenía.

En ese cobarde.

Ronald Weasley.