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Destiny — capítulo 19
¡Hola! Sí, lo sé, no tengo perdón por tardar dos siglos en actualizar, pero tengo una excusa más o menos aceptable y decente: estoy en el pueblo, y aquí Internet, poco. Ahora he conseguido un poco de wifi, pero no dispongo de mucho tiempo, así que os dejo el capítulo y me voy (siento mucho no poder responder los comentarios, pero os prometo que los he leído todos, y muchas gracias por ellos). Este tiene más de 3700 palabras, es el segundo más largo del fic. También tiene momentos más bien tristes, y Draco empieza a pensar.
Espero que os guste y que no queráis asesinarme por la tardanza. ¡Un abrazo!
MA.A
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POV Harry
Me dirigí a la Sala Común de Gryffindor. Habían pasado muchas horas desde que Hermione había desaparecido, diciendo que tenía cosas que hacer con Malfoy. Además, hacía ya un buen rato que Ron tampoco daba señales de vida, y cansado de dar vueltas por el castillo yo solo, decidí comprobar si alguno de ellos estaba allí.
—Caput Draconis —dije cuando llegué al retrato de la Señora Gorda. La mujer me dirigió una mirada molesta y, con un deje de hastío, el cuadro se hizo a un lado. Entré suspirando, y nada más hacerlo me detuve de golpe.
Ron y Parvati eran los únicos que estaban allí, pues el resto de alumnos permanecían en el Gran Comedor celebrando la noche. Ambos discutían acaloradamente entre susurros y gesticulando exageradamente. Me acerqué vacilante, pues no quería molestar.
—Ya te he dicho que no pasa nada, ¡nadie se va a enterar! —medio gritó mi amigo.
—Esto… ¿Ron? —balbucí, dubitativo. Él se sobresaltó y se volvió hacia mí. El color de su cara y sus orejas competía exitosamente con el de su pelo.
—¡Harry! —exclamó, abriendo mucho los ojos. Parvati, ruborizada hasta la raíz del cabello, bajó la vista y se excusó con un "Yo tengo que irme ya" murmurado a toda prisa, y sin mirarme en ningún momento salió por el hueco del retrato.
—Lo siento… he interrumpido algo importante, ¿verdad? —dije, recolocándome las gafas y sintiéndome incómodo.
—No, no… Solo estábamos… Bueno, da igual —Ron se retorció la túnica inconscientemente—. Eh… ¿Bajamos al Gran Comedor?
Asentí y me giré hacia la entrada, pero entonces me detuve poniéndome lívido.
—¡Mierda! —gemí, cerrando los ojos.
—¿Qué pasa?
—¡El trabajo de pociones que nos mandó Snape para las vacaciones! ¡Me he olvidado por completo de él y aún no lo he empezado! ¡Tenía pensado terminarlo antes de Navidad!
Me giré hacia Ron y vi que todo su sonrojo había desaparecido, dejando tras de sí una palidez que delató sus pensamientos.
—Tú tampoco te has acordado, ¿eh? —le dije, sonriendo con tristeza y condescendencia.
—No… pero hey, no pasa nada, le pediré a Hermione que me lo deje y se lo copiaré —resolvió, y una sonrisa esperanzada e infantil pintó su cara. Arrugué la nariz y me revolví el pelo.
—Ron… no creo que eso sea buena idea. Deberías hacerlo tú solo…
—¿Qué más da? —respondió, haciendo un gesto con la mano para restarle importancia—. A ella le da igual.
—Ya, pero… A ver, Ron, ese trabajo es importante y tiene mucho peso en la nota final. Además, Snape dijo que la originalidad contaría bastante, y si le copias a Herms su trabajo, harás que saque menos nota.
—¿Qué importa eso? ¡No lo necesita! Es la mejor alumna, puede hacer cualquiera de sus redacciones extra y conseguir una mayor puntuación. ¡Yo sí que lo necesito! Y si es buena amiga, me lo dejará. Venga, no te piques. Cuando acabe yo con él te lo pasaré para que puedas copiarlo tú también.
—No, gracias. Prefiero sacar peor nota pero saber que es un resultado que me pertenece a mí por completo.
—Muy bien, tú mismo… Luego no te extrañes si soy yo el que saca un Supera las expectativas al final.
Suspiré de nuevo, moviendo la cabeza de un lado a otro. Desistía en mi intento de meterle en la mollera que eso no estaba bien.
—Venga, anda… vámonos ya.
—¡Sí! Creo que dijeron que a medianoche sacarían tentempiés… ¡Vamos!
Me cogió del codo y tiró de mí hacia el hueco del retrato, y yo le seguí cabizbajo. Últimamente, no podía evitar sentir que Ron estaba cambiando. Y no para mejor precisamente.
POV Blaise
—Draco… ¿Estás mejor?
Mi amigo asintió despacio y se pasó una mano por el pelo, revolviéndoselo aún más si es que eso era posible. Sus ojos grises paseaban por el perfil del horizonte. La oscuridad nos cobijaba en lo alto de la Torre de Astronomía, ajenos a las melodías que escapaban del Gran Comedor.
Me mantuve en silencio y pateé suavemente la botella de whiskey de fuego que había ante mí, en el suelo. El cristal tintineó cuando rodó sobre la piedra, arrojando destellos verdes y perlados.
—¿Blaise?
—¿Sí, Draco?
—Creo que podré seguir adelante si me lo propongo.
Alcé la cabeza y le miré de nuevo. Él seguía perdido en la contemplación del firmamento. El eco de su confesión me hizo estremecerme.
—Claro que podrás. No lo dudes. Aunque cueste, lo lograrás. Pero si el camino se te hace muy cuesta arriba, recuerda que tus amigos estamos aquí para lo que necesites. No vamos a dejarte solo, Draco.
Tragué saliva después de hablar. Tanta dulzura me empalagaba y me provocaba arcadas, pero era mi mejor amigo quien sufría su dolor en silencio junto a mí.
Draco me rodeó los hombros y me dio un abrazo de compañerismo, de agradecimiento, que me recordó esos tiempos en los que ambos éramos dos críos que jugaban juntos en los jardines de su mansión. Cuando uno se caía, el otro siempre le tendía la mano. Era una cálida certeza que nos respaldaba. Y esa noche Draco estaba tan hundido que necesitaría todo mi apoyo para levantarse.
De pronto, oímos pasos a nuestras espaldas. Nos giramos rápidamente y nos encontramos con Theo, que subía las escaleras para entrar en la parte superior de la Torre.
—No le digas nada de mi madre —susurró Draco tan bajo que apenas le oí, y después esbozó una media sonrisa, ocultándose tras una máscara tan perfecta que nadie hubiera dicho que había estado llorando.
—Hey —saludó a Nott. Malfoy respondió con un cabeceo. El recién llegado miró le fijamente a los ojos y frunció el ceño.
—¿Estás bien?
—¿Yo? —Draco se volvió hacia mí con fingida confusión, y yo no me moví. No sabía qué hacer ni decir, y decidí dejarle proseguir con su brillante actuación. A veces me sorprendía lo bien que mentía, y no podía evitar preguntarme cuántas veces me habría engañado a mí—. Claro. ¿Por qué?
—No, por nada —Theo se acercó a nosotros, apoyándose en el balcón sin dejar de mirar con suspicacia al rubio. No obstante, el otro permaneció imperturbable ante el escrutinio de Nott, y finalmente este se rindió, volviendo la vista al paisaje nocturno—. Tengo algo que deciros.
—Cuenta —dije, subiéndome de un salto a la barandilla que nos separaba del vacío.
—Veréis, estoy… estoy saliendo con una chica —comenzó él. Draco parpadeó, prestándole más atención que al principio.
—¿Con quién?
—Con… Luna. Luna Lovegood —confesó Nott, ladeando la cabeza.
Sonreí. En ocasiones, hasta Theodore Nott podía resultar predecible. Le di una palmada en la espalda, ligeramente burlón.
—Enhorabuena, campeón.
—¿Lovegood? ¿Te refieres a Lunática Lovegood? —inquirió Draco, confuso y asombrado a partes iguales. Theo se volvió hacia él con los puños apretados y una rabia en los ojos que me asustó. No era algo frecuente verle perder los papeles.
—Si vuelves a insultarla o a faltarle al respeto, te destrozo, Draco Malfoy. ¿Ha quedado claro? —siseó.
Draco arrugó la nariz, y suspiré, temiéndome lo peor. Sin embargo, y tal vez como consecuencia de la pesadumbre que asolaba a mi amigo esa noche, no le entró al juego a Theo, y asintió despacio, girándose hacia la aterciopelada noche que nos amparaba.
Tras casi diez minutos en silencio, Nott susurró:
—Perdona, Draco. No quería ser violento. Es que… estoy algo tenso. Acabo de ver al idiota de Ronald Weasley siendo más infantil de lo que viene siendo normal en él, y eso me ha puesto de mala leche… Pobre Granger. Es una lástima que esté enamorada de ese grandísimo imbécil.
Ante la sola mención de la sabelotodo, Draco se irguió de golpe, mirando fijamente a Theo.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —pese a que trató de ocultar su ansiedad bajo una fachada de fría indiferencia, pequeñas fisuras en ese nuevo antifaz me permitieron ver que deseaba con todas sus fuerzas saber más. Y entonces me di cuenta de que, si bien Draco era un excelente actor, cuando se trataba de esa chica él perdía por completo todas sus habilidades.
—Nada, que Weasley estaba magreándose como si la vida le fuera en ello con una de las gemelas Patil en el Bosque Prohibido. Y mientras, Granger sufriendo de amor por él… Me da verdadera pena. Es una chica muy inteligente y atractiva, y se merece algo más que ese patán.
—Desde luego —murmuró Draco por lo bajo, entrecerrando los ojos. Después, sonrió de medio lado de una forma casi agresiva—. ¿No te gustará a ti, eh, Theo?
El aludido se volvió hacia él, serio e impasible.
—No digas necedades, Draco. A mí me gusta Luna, acabo de decírtelo. No tienes motivos para ponerte celoso.
—¿Celoso, yo? ¿Qué mierdas estás diciendo, Nott?
—Vamos, Draco —intervine yo, tratando de ser el mediador pacífico—. No pasa nada, somos tus amigos. Sabemos que te sientes atraído por Granger, y no vamos a juzgarte por ello.
—¿Atraído por una hija de muggles? ¿Pero vosotros os estáis escuchando?
Draco había retrocedido hacia las sombras que espesaban el aire en el interior de la Torre, alejándose de la barandilla del balcón y, por tanto, también de nosotros. Su expresión denotaba un sentimiento cercano a la ira, mostrándole ofendido, pero en el gris de sus ojos se diluía un destello de duda y miedo.
—Si tan poco te importa y tanto la detestas, ¿por qué te has referido a ella como "hija de muggles"? ¿Dónde ha quedado el típico "sangre-sucia"? —inquirió Theo sin malicia, mirándole con serenidad.
Draco dio un nuevo paso hacia atrás, acorralado.
—No estoy enamorado de Hermione Granger —afirmó con toda la determinación que pudo reunir, y con una fiereza tal que yo asentí inconscientemente, creyéndomelo. Pero Nott suspiró y movió la cabeza de un lado a otro, como un padre que se siente decepcionado con la testarudez de su hijo.
—Nadie ha hablado de amor, Draco, ese es un tema que has introducido tú solito. De todas formas, no es a mí a quien tienes que convencer de eso, sino a ti.
Theo se separó de la barandilla y se metió las manos en los bolsillos. Después, echó a andar, y al pasar junto a Draco, que le miraba de hito en hito con la boca abierta, se detuvo un segundo y le dijo en un murmullo apagado:
—Lamento mucho lo de tu madre. Yo estaré por aquí si quieres hablar, pero creo que hay alguien con aún más disposición a ayudarte. Alguien a quien necesitas. Y, si me lo permites, también alguien que te necesita. Buenas noches, Draco. Adiós, Blaise.
Y tras esta decidida sentencia, Theo desapareció de nuevo por las escaleras descendentes, dejando tras de sí a un Draco inmóvil que, con la mirada perdida en un vacío inmenso suspendido ante él, dejó resbalar una lágrima por sus mejillas pálidas, una gota salada que yo no habría visto de no haber sido por el reflejo de la luna que proyectó por un instante.
—Draco… —me acerqué a él despacio, viendo cómo cerraba los ojos lentamente.
—Lo sabía. ¿Cómo podía saberlo? —susurró.
—No creo que lo supiese. Él era consciente del estado en que se encontraba tu madre. Lo habrá adivinado por cómo estás… Nadie puede engañarle.
Draco jadeó y apretó los dientes con fuerza, agotado. Yo alcé con cautela una mano y la posé sobre su hombro, apretando suavemente para tratar de infundirle ánimos.
—Tal vez deberías hacerle caso e ir a ver a ese alguien. Como bien ha dicho, no eres el único necesitado. Te sentará mejor de lo que te podría sentar otra botella de whiskey de fuego, ¿no crees?
Cuando él volvió a levantar la mirada, un brillo distinto a todos los demás titiló en el fondo de sus ojos.
POV Draco
Avancé hacia el Bosque Prohibido tan rápido como mis zancadas me lo permitían. Me sentía confuso, triste, obnubilado, ajeno a la tierra que pisaba, como si nada de lo que me rodeaba fuese verdad. El alcohol que había bebido con Blaise corría por mis venas, haciéndome arder. Las palabras de Theo se repetían en mi cabeza, martilleándome desde dentro con una insistencia agobiante.
"No es a mí a quien tienes que convencer de eso, sino a ti.". Pero yo ya estaba convencido. ¿O no? ¿Me gustaba de verdad Hermione Granger?
"¡Claro que no!" ¿Cómo podía siquiera pensar algo así? ¿Yo, atraído por una rata de biblioteca de sangre impura ignorante y sin ningún tipo de belleza?
Tan pronto como estos pensamientos cruzaron mi mente me sentí el peor traidor del mundo. No estaba siendo justo, ni con ella ni conmigo. Porque no, tal vez no era la chica más guapa de Hogwarts, pero maldita sea, Blaise tenía razón al decir que en ese último año había cambiado mucho, y para mejor. Además, de ignorante no tenía un pelo. De hecho, era la mujer más brillante que había conocido nunca, y podía estar horas discutiendo con ella sin lograr vencerla del todo, porque siempre parecía tener un nuevo argumento con el que rebatir cada palabra que yo pronunciaba.
Y Merlín, eso era algo que, inevitablemente, sí que me gustaba de ella: que no era otro cuerpo bonito más con el que pasar el rato. No, Granger tenía una cabeza bien amueblada y una lengua lo suficientemente ágil como para mantener mi activa mente entretenida. Además, era la única que me sacaba de mis casillas, la única que me plantaba cara, la única que, en los últimos meses, para bien o para mal, me prestaba atención. Y eso me encantaba.
Por Circe. ¿Podía ser cierto que a mí, Draco Lucius Malfoy, me gustase Granger?
Arrugué la nariz y pateé una piedra, furibundo. ¿Cómo se sabía cuándo te gustaba alguien? Yo nunca me había enamorado. Jamás. Un Malfoy no se enamora. ¿O sí?
Gruñí, tirándome del pelo con rabia. La cabeza me daba vueltas y el revoltijo de ideas inconexas que latía en su interior me estaba provocando un severo dolor. Me detuve y busqué entre los pliegues de mi túnica las hojas de menta que siempre llevaba conmigo. Mientras sacaba un par de ellas de su paquete, creyendo que el cerebro me iba a estallar, una cabellera pelirroja se interpuso en mi campo de visión.
—Malfoy —dijo Weasley, y entonces hubo un pensamiento en concreto que resaltó por encima del resto: Granger estaba loca por ese imbécil—. ¿Vas a tu Sala Común? Dile a Hermione de mi parte que la estoy buscando. No la encuentro por ningún sitio y necesito que me ayude con el trabajo de Navidad de pociones.
—¿Qué? —espeté, incrédulo. ¿Acaso ese idiota me veía cara de criado? ¿Desde cuándo estaba a su disposición para hacer de lechuza mensajera? Además… ¿después de jugar como lo estaba haciendo con los sentimientos de Granger, todavía tenía la cara de ir en su busca para exigirle su ayuda con las tareas escolares, como si ella fuera responsable de su terrible incompetencia?
—Ya me has oído, Malfoy. No tienes que mancharte tu cara túnica, tranquilo. Solo dile que la estoy buscando.
Granger está loca por Ronald Weasley. Granger está loca por Ronald Weasley.
—¿Me estás escuchando, Malfoy?
Daría igual si me gustase Granger. Ella está enamorada de Ronald Weasley. Enamorada de Ronald Weasley, que no se atrevió a salvarle la vida. Que la hubiera dejado morir. Enamorada de Ronald Weasley.
—¡Eh, hurón oxigenado!
Del imbécil que le hizo daño.
—¿Malfoy?
Ni una sola palabra más salió de la boca del pelirrojo, porque lo siguiente que ocurrió fue que mi puño impactó violentamente contra su cara. Sentí el tabique nasal fracturarse bajo mis nudillos, acompañado de un crujido que me supo a victoria. Un intenso pitido resonó en mis oídos durante unos segundos, mientras un filtro cubría mi mirada y lo teñía todo de sombras y luces rojas.
De pronto, me percaté de que a nuestro alrededor se habían detenido varios estudiantes que paseaban bajo la luna. Me miraban asustados y confusos, como si fuera un monstruo. Como si el mortífago que un día había sido hubiera vuelto de nuevo.
Weasley estaba en el suelo, contemplándome con las pupilas dilatadas por el terror y una mano cubriéndose la nariz. Entre sus dedos escapaban lenguas de sangre oscura y brillante.
Jadeé, apretando los puños, y sintiendo los ojos de aquella nube de curiosos fijos en mí, me agaché y le cogí de la pechera de la túnica para alzarlo unos centímetros y aproximar mi cara a la suya.
—Si vuelves a acercarte a ella, o a hacerle el más mínimo daño, te mato —siseé, tan bajo que solo él pudo oírme. Su mirada imploraba piedad y libertad. Le empujé de nuevo contra el suelo y me incorporé. Alguien corrió hasta el pelirrojo y se inclinó sobre él hablando muy deprisa, pero no me paré a ver quién era. Los susurros nerviosos y acobardados se habían extendido como la pólvora, y ni siquiera eso me importó. Porque toda mi atención estaba puesta en la joven de cabellos castaños y ojos de miel que me observaba de pie a apenas un par de metros de distancia. Una lágrima resbaló por su mejilla, y algo se hundió dentro de mí. El peso de aquella mirada, llena de desconcierto y temor, amenazó con enterrarme bajo tierra. Ella me tenía miedo.
No soporté ni un segundo más estar ahí en medio. Di media vuelta y eché a correr, alejándome tan rápido como me era posible. Yo sí que estaba asustado.
¿Por qué había hecho eso? ¿Había sido quizá un impulso de defender a Granger, de protegerla de ese idiota? ¿O tal vez fueron celos de saber que yo no tenía ninguna posibilidad, me gustase o no esa chica, porque todo su cariño estaba enfocado hacia una persona que ni siquiera la merecía?
El pánico me hizo temblar. Me sentía terriblemente solo.
Llegué a orillas del Lago con el corazón bombeando demasiado deprisa en mi pecho. Cerré los ojos y apoyé los antebrazos en las rodillas.
*Solo.*Solo y olvidado. Odiado, repudiado por todos. Temido y apartado.
Solo.
Sin la menor oportunidad de ser feliz. Sin opción a escoger qué quería ser… quién deseaba ser.
Me dejé caer sobre la tierra húmeda y la nieve. El frío entumecía mis músculos, y ni siquiera sentía las puntas de los dedos.
Daba igual qué pudiera sentir por Granger. Tal vez yo tampoco la mereciese, y ni siquiera eso importaba. Ella nunca me elegiría a mí. Siempre estaría delante ese imbécil. Esa comadreja pobretona que no podría hacerla feliz. Que desconocía la existencia de detalles que la hacían diferente.
Él no sabía que las galletas de chocolate eran sus preferidas. Que los fines de semana se duchaba con agua caliente, mientras que el resto de los días lo hacía con agua fría. Que le daban miedo las tormentas, pero que lo ocultaba por orgullo. Que las alturas le provocaban pánico, aunque en el fondo le encantaría aprender a volar. Que olía siempre los libros nuevos cuando los abría, y que después sonreía cerrando los ojos. Que se mordía el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar cuando se ponía nerviosa. Que sus ojos no eran marrones, sino que ocultaban un paraíso de matices y gamas que viajaban entre la miel, el chocolate, el café y el ámbar.
Weasley no sabía nada de eso. Era su amigo, y ni siquiera se había molestado en averiguar esas pequeñas cosas que yo había descubierto con el paso de los años. Y seguía sin ser suficiente: ella lo elegiría a él.
Siempre a él. Por eso daba igual si me gustaba o no Granger. Por eso no merecía la pena pensar más en las palabras de Theo.
La rabia y la tristeza me consumían desde dentro.
De pronto, el crujido de la nieve a mi derecha me hizo saber que ya no era el único que ocupaba aquel rincón de la orilla.
—¿Por qué? —su voz trémula me indicó que seguía llorando. Por qué. Qué dos palabras tan difíciles. Por qué.¿Qué podría responderle? ¿Que no me gustaba verla sufrir por alguien a quien no le importaba lo más mínimo? ¿Que me moría de celos al ver que yo era menos que Weasley ante sus ojos?
No. No podía decirle eso.
Una sonrisa cruel y falsa asomó a mis labios, y murmuré:
—Porque sí. Sencillamente se cruzó en mi camino. Y me molestó su cara de comadreja.
El silencio fue lo único que quedó tras mis palabras. Me giré despacio y la vi arrodillada a mi lado. Me miraba con tanto dolor en los ojos que sentí que me faltaba el aire. Inconscientemente, alcé la mano para limpiar una lágrima que rodaba por la fina piel de su mejilla, pero ella se dejó caer hacia atrás, apoyándose en las manos y alejándose de mí. Su gesto, quizás involuntario, me atravesó como una daga de hielo cortante. Dejé caer la mano apretando los labios. Y esa mirada…
Quise que me gritara. Que me chillara con todas sus fuerzas, que me dijera lo mucho que me odiaba, lo poco que valía, lo podrido que estaba. Que me pegara con cada gramo de energía que le quedara hasta destrozarme por completo. Cualquier cosa. Lo que fuera con tal de no ver más esa mirada, que no era rencor ni aversión, sino algo peor, mucho, mucho peor. Algo que no estaba capacitado para soportar, y menos aún viniendo de ella: decepción.
Granger se levantó despacio, y la lágrima se descolgó de su barbilla, fundiéndose con la nieve. A lo lejos, en el Gran Comedor, se desató un estruendo jolgorioso como celebración para la medianoche. Era 25 de diciembre.
—Feliz Navidad, Malfoy —susurró ella, y sonó como lo haría una ola acariciando la cálida arena de la orilla. Pero en sus ojos brillaba una tristeza que quise borrar. Y casi me puse de pie para abrazarla y decirle que todo iba a estar bien, que no tenía nada que temer, que no dejaría que le hicieran más daño. Casi.
—Feliz Navidad, Granger —respondí en su lugar, y su apellido nunca me supo tan amargo.
Después, ella dio media vuelta, y su figura se alejó paulatinamente, desapareciendo despacio entre las ramas y las hojas que tapizaban el Bosque.
Dejándome atrás.
Dejándome allí. Solo.