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Destiny — capítulo 20
¡Hola a todos y todas! Sí, he vuelto con un nuevo capítulo bastante largo y un poco más positivo que el resto… No sé, a ver qué os parece. Algo más de la mitad es un****POV Harry (el primero largo), con importancia para el personaje de Blaise. El resto es un POV Draco … y en él se basa el título del capítulo.
¡Espero que os guste!
Un abrazo,
MA.A
PD/ En unos días me voy a una especie de viaje de estudios y tardaré en regresar, además de que estoy liadísima con los preparativos. Por ello, no creo que pueda volver a actualizar hasta finales de mes (lo sientoooo), como tampoco puedo responder ahora vuestros comentarios, pero que sepáis que los he leído todos, y que****os estoy infinitamente agradecida por ellos.
POV Harry
Había pasado ya una semana desde aquella víspera de Navidad que terminó en desastre. Aún no lograba desprenderme de ese terrible peso que se había instalado en la boca de mi estómago cuando, poco antes de medianoche, Lavender Brown había llegado corriendo al Gran Comedor para decirme que Ron estaba en la enfermería.
El miedo se había apoderado de mí durante un largo minuto, mientras yo corría por los pasillos del castillo en busca de mi amigo.
Cuando llegué, lo encontré tumbado en una camilla, con la túnica teñida de manchas oscuras y una mano en la cara. Su piel estaba cubierta de rastros de sangre.
—¿Qué… qué ha pasado? —había murmurado yo.
La respuesta de Ron estuvo cargada de odio:
—Malfoy.
Poco después, Hermione había llegado a la enfermería muy agitada, nerviosa, preocupada por Ron, excusándose por haber tardado tanto en volver. Él había esbozado una mueca lastimosa y se había dedicado a insultar de mil formas distintas al Slytherin, alternando las ofensas con quejas sobre lo mucho que le dolía y lo mal que respiraba.
No obstante, por la cara que puso la señora Pomfrey adiviné que solo estaba exagerando para ganarse la atención de Hermione. En el fondo, a Ron siempre le había gustado que le mimaran y consintieran.
—Por Morgana, solo tiene la nariz rota, mañana estará de nuevo como una rosa y lejos de esta enfermería. Déjese de hacer tanto teatro, Weasley —le reprochó la mujer, haciendo un gesto con la mano y suministrándole a mi avergonzado amigo un vaso del desagradable Crecehuesos.
Aquella noche nuestros cinco sentidos fueron para Ron, pero yo pude advertir algo que a él le pasó desapercibido: en los ojos claros de Hermione, escondido tras una muralla de inquietud propia de la situación, se ocultaba un destello de tristeza y decepción que me hizo preocuparme seriamente por ella.
No obstante, cuando Herms me pilló observándola con curiosidad, sacudió la cabeza de un lado a otro, indicándome con la mirada que lo dejara para otro momento. Y yo, comprensivo aunque no muy seguro, le había hecho caso.
Y hoy, siete días después de aquella noche, no podía quitarme de la cabeza la sensación de pesar que me acompañaba allá donde iba. Algo le ocurría a Hermione. Algo no precisamente bueno. Y yo quería saberlo para ayudarla en todo cuanto estuviese en mi mano.
Caminaba por los jardines del castillo, rumbo a la Sala Común que compartía con mi compañero en el Proyecto Huxley. Hundí las manos en los bolsillos de la túnica, cansado de pensar tanto.
Ese día, los alumnos que habían pasado las Navidades en sus casas con sus familias habían regresado, y Hogwarts había vuelto a llenarse de nuevo de voces alegres y vida enérgica. Sin embargo, conforme las horas habían ido pasando, el positivismo y ánimo de los estudiantes había decaído: la noche nos recordaba que al día siguiente empezarían las clases, perspectiva nada alentadora para la mayoría de nosotros.
Y pese a ello, en esos instantes los jardines estaban ocupados por grupos de jóvenes magos y brujas que arañaban los efímeros momentos de descanso y libertad que les restaban.
Yo me interné en el Bosque Prohibido, silencioso y melancólico, alejándome del jolgorio de mis compañeros en dirección opuesta al Lago Negro.
Caminé entre los matojos y los árboles sin mirar demasiado por dónde iba, acostumbrado como estaba a seguir aquel camino inexistente, y finalmente me detuve ante un roble imponente, robusto y poderoso que ejercía su soberanía en un claro apartado del Bosque. Me subí a una de sus gruesas raíces que emergían de la tierra con sus estructuras retorcidas, y me puse de puntillas para alcanzar una rama escuálida sobre mi cabeza.
La rodeé con los dedos y tiré de ella hacia abajo. Al instante, se escuchó un rumor bajo, arrastrado, y el nudoso tronco del roble comenzó a doblar su corteza hacia fuera, abriendo en su centro un hueco oscuro que no tardó en iluminarse por una serie de fuegos fatuos azulados, los cuales revelaron un túnel descendente que se internaba en el suelo.
Me bajé de un salto de la raíz y me deslicé por el agujero justo antes de que este se cerrara a mis espaldas. Bajé los escalones del pasadizo de dos en dos hasta llegar al final, desembocando en la Sala Común.
Era una habitación pequeña con colores terrosos y cálidos: paredes marrones, suelo de madera, una chimenea (solo Merlín sabía cómo salía el humo de allí) y un banco de madera con un par de almohadones encima en un lateral.
A la izquierda había también una cocina de hierro y una vieja nevera, y al fondo, junto a la chimenea, un sillón de mimbre y una mesita baja.
Una rama salía de la pared junto a la entrada del túnel, y yo tiré de ella para que el hueco se cerrara. Después, me volví hacia la Sala.
Era limpia y acogedora, pero también humilde y sencilla, como lo sería la cabaña de un leñador. Justo el tipo de lugar que no encajaba para nada con la forma de vida de los Slytherins, acostumbrados como estaban a vivir rodeados de lujos y comodidades… y las habitaciones eran más de lo mismo.
Pero precisamente por eso estaba yo allí con Zabini: porque el mayor problema de ese ex-mortífago era el continuo derroche de recursos y suntuosidades que le habían acompañado desde niño. Al fin y al cabo, había crecido en una inmensa mansión rodeada de amplios jardines con fuentes y setos recortados, una casa gigantesca de mármol blanco y ostentaciones de plata, cristal y esmeraldas, con grandes ventanales y más habitaciones de las que ocuparían todos los alumnos de Hogwarts, Durmstrang y Beauxbatons juntos.
Por tanto, mi misión ese año era concienciar a Zabini de que no todos nacían con su suerte y su dinero. En otras palabras, debía enseñarle a ser generoso y responsable con sus propios recursos.
Y aunque en un principio temí que aquel curso fuera una continua sucesión de protestas, discusiones y perretas por parte del Slytherin, me sorprendió descubrir que Zabini se había amoldado bastante bien al estilo de vida simple y sin pretensiones que tenía que llevar en esos nueve meses.
Mentiría si dijera que aquel chico me caía mal. Sí, era directo, lascivo, orgulloso, arrogante y hasta ofensivo, como la mayoría de las serpientes, pero no resultaba mal compañero. Parecía muy consciente de lo que había hecho, de cuáles habían sido sus errores, y se mostraba dispuesto a enmendarlos. Además, en varias ocasiones me encontré a mí mismo charlando con él en la Sala Común de temas tan banales pero entretenidos como lo podían ser el quidditch y las chicas, dos campos en los que él era todo un experto.
No podía llegar aún al extremo de afirmar que le consideraba un amigo, pero las tensiones que nos habían separado esos siete años se habían difuminado con el paso de los días, y nuestro trato había pasado de ser cortante y frío a relajado y natural.
Por tanto, Zabini se había convertido casi en mi forma de desahogarme: era lo suficientemente abierto como para poder contarle mis problemas, pero no tan amistoso e involucrado como para que estos le afectaran o le inquietaran, algo que se agradecía cuando yo no quería molestar a Ron y Hermione.
En esos momentos precisamente, Zabini estaba sentado en el sillón de mimbre con los codos en las rodillas y la barbilla apoyada sobre sus dedos entrelazados. En sus ojos se reflejaban las llamas del fuego que crepitaba en la chimenea.
—Hola —saludé, dirigiéndome a mi cuarto. Él me respondió con un leve gesto de cabeza sin separar la mirada de la hoguera, y eso me hizo detenerme. Zabini también llevaba una semana especialmente raro. Su buen humor y su energía inagotable se habían silenciado, dejando tras de sí ese estado callado y melancólico tan impropio de él. Me acerqué despacio, dubitativo—. Hum… ¿estás bien?
Zabini levantó entonces la cabeza y me miró con una de sus sonrisas torcidas.
—¿Es una pregunta o una afirmación? Porque en caso de que se trate de lo segundo, déjame decirte de que soy perfectamente consciente de que estoy bien. No, mejor que bien. Estoy bueno de narices.
Apreté los labios para no sonreír yo también, divertido con su narcisismo, incapaz de discernir todavía si hablaba en serio o no.
—Pues no, me refería a lo primero. Es una pregunta. Pareces triste.
—¿Triste, yo? No conozco esa palabra.
Alcé una ceja, escéptico, apoyándome en la pared junto a la chimenea para encararle con los brazos cruzados.
Él alzó las palmas de las manos con gesto falsamente inocente.
—Vale, vale, tranquilo. No estoy triste. Solo… preocupado. Un buen amigo mío está pasando una mala racha… y por cierto, eso se debe en parte a la brillante actuación del inútil de Weasley —añadió, arrugando la nariz.
—¿Ron? —pregunté, confuso, dejando caer los brazos—. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho?
—Pues… —Zabini me miró con reservas, como si dudara si continuar hablando o no. Después, suspiró resignado—. Potter, ¿no te has dado cuenta de que Granger está enamorada de la Comadreja?
—"La Comadreja" tiene nombre —gruñí, aunque distraídamente—. Sí que me he dado cuenta… pero, ¿qué tiene eso que ver con los Slytherins?
—Nott vio en Nochebuena a Weasley morreándose con una de las Patil en el Bosque Prohibido. No sé mucho de eso del amor, pero tal vez sería conveniente que la Comadreja le echara huevos al asunto y le aclarase de una vez a Granger que no está interesado en ella. Creo que los Gryffindors os referís a ese comportamiento como "jugar con los sentimientos de alguien", y dudo que consideréis eso justo, ni caballeroso, ni noble.
Permanecí en silencio con la boca abierta, macerando la información que Zabini acababa de ofrecerme. Las mejillas me ardían de pura vergüenza, y no podía sentirme peor amigo: él tenía razón. Ron estaba jugando con los sentimientos de Hermione, y ella sufría mientras tanto. Y yo no había hecho nada para evitarlo.
El pesar de mi estómago se acentuó, amenazando con provocarme arcadas. "Eres un grandísimo imbécil, Harry Potter".
Zabini me miró con condescendencia.
—Hey, tranquilo, Potter, no te deprimas… Granger es fuerte, lo superará. Pero yo te lo comento igualmente para que decidas si deberías o no poner cartas en el asunto.
Asentí quedamente, notando que me faltaba la voz.
—Gracias —musité. Tragué saliva y arrugué el ceño, notando que la conversación se había desviado—. ¿Qué… qué decías de un amigo tuyo? ¿Y qué relación hay entre él y los problemas de Ron y Hermione?
—Ah, eso —murmuró él. Claramente, no se esperaba que yo regresara al tema principal—. Bueno… creo que un amigo está… cómo decirlo… interesadoen Granger… Y en fin, es un tío muy celoso y posesivo, y eso… bueno… el caso es que el papel de Weasley en todo esto no le hace mucha gracia. Temo que haga alguna tontería… otra más… y que eso haga que Granger deje de hablarle por completo. Dada la situación familiar por la que está pasando ahora, lo último que necesita son más razones para preocuparse.
Parpadeé, confuso. ¿Un Slyhterin interesado en Herms? Eso me olía terriblemente mal. Las serpientes eran conocidas por el carácter puramente físico de sus relaciones y por sus matrimonios arreglados… y yo no quería ver a Hermione sufriendo por algún idiota que solo quisiera aprovecharse de ella, de su cuerpo o de su fama.
De todas formas, ¿quién podría…?
De pronto, la comprensión prendió en mí como una cerilla que ha tardado en encenderse pero que, cuando lo consigue, reluce y chisporrotea con una fuerza sorpresiva.
El recuerdo de Ron tumbado en aquella camilla de la enfermería cubierto de sangre regresó a mí. Sus ojos llenos de odio cuando había pronunciado ese único nombre, ese que en aquel momento no me había dicho nada pero que ahora lo cambiaba todo.
Precisamente él, con todo el daño que nos había hecho, con todas sus traiciones y sus burlas, con toda su arrogancia y su egoísmo.
Precisamente él.
Malfoy.
POV Draco
Una semana. Ese era el tiempo que había pasado desde aquella terrible noche cuya rememoración me mareaba y me daba ganas de gritar y destrozar todo cuanto se pusiera en mi camino.
Mi madre, Nott, Granger, Weasley… demasiadas cosas de las que ocuparme, demasiados problemas en los que pensar, demasiado dolor que soportar.
McGonagall me había llamado a su despacho dos días después de Nochebuena para "comunicarme la terrible noticia del fallecimiento de mi madre". Y yo había tenido que quedarme ahí, en silencio, sin variar un ápice la expresión, fingiendo que la noticia me sorprendía. Al fin y al cabo, se suponía que yo no había salido en ningún momento del castillo. Y que nada de aquello me afectaba, pese a que me sentía como si me hubieran arrancado el alma.
Y después, estaba *ella… Ella,*que se negaba a hablarme desde que le pegué aquel puñetazo al inútil de Weasley. Ella, que me evitaba como si fuera la mismísima peste. Ella, que ni tan siquiera me dirigía la mirada.
Y eso me quemaba. Me quemaba mucho.
Pero eso iba a cambiar esa noche, porque la vieja del sombrero de aguilucho le había encargado a Granger que me enseñara una de las actividades muggles más conocidas: el baile. ¡Ja! Como si los magos no supiésemos bailar… ¡y más aún yo, que como todo sangre limpia que se precie había sido educado para dominar a la perfección ese arte! No entendía esa estupidez que le había dado de repente a McGonagall. Me preguntaba si no sería una estratagema para obligarme a mantener contacto físico con una nacida de muggles…
Una sonrisa casi cruel impregnó mi cara. Granger no podría eludirme más.
Entré en la Sala Común con pasos firmes y decididos, y allí estaba ella: inclinada sobre un extraño aparato con forma cúbica lleno de ruedas y botones. Había apartado los sillones y la mesa para dejar espacio.
Supe que había detectado mi presencia. Siempre lo hacía. Y, aun así, no se volvió.
Apreté con fuerza los puños, herido en mi orgullo. ¿Por qué me ignoraba?
Entonces, del artilugio con el que operaba comenzaron a salir los primeros acordes de una melodía parsimoniosa, armónica, pausada. Violín y piano como instrumentos predominantes. ¿Íbamos a hacer un baile lento?
Granger se levantó y se giró hacia mí, pero siguió sin mirarme: sus ojos apuntaban más allá de mis hombros.
—Voy a enseñarte a bailar como lo hacen los muggles en sus bodas y fiestas —dijo. Su voz era monocorde, sin vida, llana y blanca. No obstante, pude detectar que la idea le hacía tanta gracia como a mí.
Quise decirle que yo ya sabía bailar, pero las palabras se quedaron enredadas en mi lengua, negándose a traspasar el umbral de mis labios.
Ella se acercó a mí, aún sin dirigirme la mirada.
—Mano derecha arriba, mano izquierda en mi cintura —indicó con el mismo tono de antes, ese tan desquiciante y vacío. Seguí sus instrucciones observando fijamente sus ojos, llenos de mil matices distintos de marrón.
Y entonces, comenzó el baile.
Granger se movía despacio, con aire ausente, callada, pero con naturalidad, como si hubiese hecho eso cientos de veces. En un principio pretendió guiarme, pero yo me hice rápidamente con el control de la situación, haciéndole saber que nada ni nadie me superaba ni me daba órdenes. Yo llevaba las riendas, y ella se dejaba tutelar.
Pero su indiferencia, como si su espíritu no se hallase en su cuerpo a mi lado, me hizo temblar de rabia.
—¿Por qué me ignoras? —siseé, tratando de contener mi desesperación.
—No te ignoro —respondió en un murmullo apagado, sin dejar de bailar—. Solo trato de discernir por qué eres tan imbécil a veces.
—No soy imbécil —protesté, apretando los dientes.
Ambos nos movíamos como estrellas fugaces, como copos de nieve, como plumas ligeras. Pausadamente, sin prisa, con una coordinación que casi parecía sugerir una coreografía premeditada entre nosotros.
Granger no lo hacía nada mal.
—¿Por qué estás enamorada de Weasley? —las palabras resbalaron entre mis dientes antes de que pudiera contenerlas, e incluso a mí me sonó terriblemente patético.
Ella arrugó el ceño, molesta, pero siguió con la mirada fija en la diáfana distancia.
—No es asunto tuyo.
—Lo es cuando has dejado de prestarme atención por su culpa.
Resopló, entrecerrando los ojos.
—No he dejado de prestarte atención por su culpa, sino porque no entiendo por qué, justo cuando más convencida estaba yo de que es cierto que todas las almas tienen salvación, vas y te comportas de nuevo como un grandísimo idiota. Y de todos modos, no veo por qué debería preocuparte que no te haga caso. Creía que eso era lo que querías.
Inconscientemente, apreté el agarre que proyectaba en su cintura*. Tocado y hundido.*
El silencio regresó a nosotros tras sus palabras, solo distorsionado por la música de fondo que seguía sonando.
Y yo, mientras, muriéndome de ansiedad, buscando anhelante algún argumento con el que rebatirle.
¿Cómo podía tenerla tan cerca y a la vez tan lejos?
—No sé si mi alma tiene o no salvación, Granger, pero desde luego yo tampoco pienso que eso sea algo que deba inquietarte precisamente a ti., demasiados problemas en los que pensar, demasiado dolor queson una fuerza sorpresiva.
a
Apretó con fuerza los labios, alzando la barbilla con orgullo.
—No quiero que vayas a Azkaban. No es tan difícil de entender.
El sonido de su voz, tan cerca de mi oído, y diciendo justamente eso, me hizo perder la concentración durante unos segundos, y a punto estuve de pisarla.
—¿Por qué? —balbucí torpemente. Ella tardó tanto en responder que llegué a pensar que nunca lo haría.
—Porque me importas más de lo que piensas, imbécil —susurró, bajo, muy bajo, tan bajo como se lo permitieron sus cuerdas vocales, tan bajo que sus palabras casi se camuflaron con la música, tan bajo que creí, o quise creer, que me lo había imaginado.
Pero no. Ahí estaba ese extraño brillo en sus ojos claros, ese delirio inconfundible que delataba la existencia de una confesión velada.
Y yo me sentí realmente asustado.
—Mírame —murmuré con la voz ronca. Ella, por toda respuesta, cerró con fuerza los párpados. No. Eso no—. Mírame, Granger.
Al ver que seguía resistiéndose, solté su mano izquierda y la sujeté por la barbilla, girando su rostro hacia mí.
El gesto, firme y delicado al mismo tiempo, pretendiendo conseguir mi propósito pero no herirla, hizo que al fin abriera los ojos.
Tragué saliva. Ya no estaba asustado. Estaba aterrado. Porque no, maldita sea, eso no estaba bien. Eso no podía estar bien.
Ella no podía estar mirándome con ese temor, esa tristeza, esa preocupación y, a la vez, con ese cariño que luchaba por ocultarse en el fondo de sus iris enmelados.
Y no, yo tampoco podía sentirme tan liviano y tan sereno teniéndola ahí, en mis brazos, totalmente a mi merced, totalmente para mí… como si realmente me gustara.
Quise enfadarme, irme, desaparecer, largarme lejos, donde ella no lograse encontrarme, donde no consiguiera alcanzarme. Quise gritar, destrozar algo, golpear con todas mis fuerzas cada mueble de aquella habitación hasta que solo quedaran astillas y polvo. Quise odiarla, de verdad que lo quise, pero no pude.
Porque, en cuanto caí perdido en el infinito de miel que me contemplaba y llamaba, me olvidé de mí mismo.
Y así, esclavo de sus ojos y su silenciosa petición, absoluto náufrago en las mareas impredecibles de su mirada, me acerqué más a ella, a su calor reconfortante y revitalizador, a su piel suave y clara.
A sus labios de caramelos y esperanza.
Y la besé.